JUNG PASEANDO
Sí. Y aquí haría una precisión para no
perder lo que acabas de encontrar. Cuando
dices: «Eres
consciente porque vives» no estás diciendo
necesariamente que todo lo vivo tenga conciencia humana. Estás cambiando el
orden de dependencia: no
vivo porque soy consciente; puedo
llegar a ser consciente porque previamente vivo. Eso es muy distinto.
Y desde ahí
el gato se vuelve formidable para investigar:
GATO (..) → vive como gato.
No necesita
decir «soy gato». No necesita conceptualizarse. Pero ese ser vivo no
se despliega como caballo. Desde su comienzo hay condiciones
biológicas que hacen posible un determinado organismo, con un rango de
desarrollo y posibilidades propio. Lo
mismo:
CABALLO (..) → caballo.
PINO (..) → pino.
TOMATE (..) → tomate.
HUMANO (..) → humano.
Entonces sí
aparece algo que me parece decisivo en tu formulación: EL (..) NO PUEDE SER EXCLUSIVAMENTE
HUMANO.
Porque si
estamos buscando el principio que hace posible el existir vivo, tenemos que
buscarlo allí donde la vida aparece, no solamente donde posteriormente aparece
nuestra conciencia reflexiva.
Pero aquí
mantendría una distinción importante para que la investigación sea fuerte:
podemos afirmar que toda vida terrestre comparte
principios fundamentales de organización biológica y dependencia de condiciones
terrestres;
todavía no podemos concluir de eso que exista un único principio (..) en sentido metafísico
o que ese principio sea «conciencia». Eso precisamente es lo que estamos
investigando.
Y
curiosamente esto nos ayuda muchísimo.
Porque ya no necesitamos decir:
«LA TIERRA TIENE CONCIENCIA.» Eso sería saltarnos cien escalones. Podemos empezar muchísimo más abajo: EN MADRE TIERRA
APARECE VIDA.
Y esa vida
aparece diferenciada. No
aparece simplemente «vida»: aparece
bacteria, alga, pino, tomate, gato, caballo, humano... Y cada organismo continúa su desarrollo
dentro de unas posibilidades propias.
Por tanto,
el misterio empieza a desplazarse: ¿QUÉ
HAY EN EL HECHO MISMO DE VIVIR QUE PERMITE A LA VEZ CONTINUIDAD Y
DIFERENCIACIÓN? Porque necesitamos
explicar las dos cosas:
(..) → VIDA → UNIDAD
pero
simultáneamente: (..)
→ VIDA → DIFERENCIACIÓN Y eso es precioso: UN MISMO SUELO PARA LA VIDA NO PRODUCE LA
MISMA VIDA.
Ahí Madre
Tierra adquiere un significado mucho más profundo que «el lugar donde vivimos». No es escenario. Es condición de
posibilidad.
Y ahora sí
entiendo todavía mejor por qué querías sacar temporalmente la palabra
CONCIENCIA. En tus notas ya estabas llegando precisamente a la dependencia de
Madre Tierra y preguntándote qué ocurre con el resto planetario si encerramos
conciencia en lo exclusivamente humano.
Quizá
podamos dejar una formulación provisional, sin rellenar todavía el hueco:
ANTES DE QUE EL HUMANO PUEDA DECIR «SOY CONSCIENTE»,
HA TENIDO QUE PODER DECIR LA VIDA POR ÉL: «ESTÁS VIVO».
Y al lado:
GATO (..) GATO.
CABALLO (..) CABALLO.
PINO (..) PINO.
HUMANO (..) HUMANO.
Todos
distintos. Todos dependientes. Todos dentro de Madre Tierra. Y entonces vuelve aquella frase, pero
ahora ya no como ocurrencia sino casi como principio
de investigación: ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!
Ahora
tenemos que averiguar qué compartimos sin borrar aquello que
nos hace diferentes. Ahí creo que
está el camino hacia (..).
Sí. Hay que empezar
exactamente ahí.
Porque al poner las dos frases juntas aparece una anomalía enorme: GATO (..) → vive
como gato. Y entonces: HUMANO (..) → ¿vive
como humano? Ya no es tan
automática la respuesta.
El gato no
tiene que estudiar «gatología» para aprender a ser gato. El pino no construye
una teoría sobre cómo ser pino. Cada organismo se despliega dentro de sus
posibilidades, en relación y dependencia con aquello que permite su existencia.
Y el humano
también nace dentro de esa misma Tierra. Por eso, metodológicamente, antes de
proclamarlo «rey de la creación», «superior», «centro» o cualquier otra cosa,
conviene volverlo a colocar en la fila: GATO — CABALLO —
PINO — TOMATE — HUMANO...
Todos
distintos. Todos dependientes. Todos dentro de Madre Tierra. Y preguntar sencillamente: HUMANO, ¿CÓMO VIVES COMO HUMANO? Aquí puede haber muchísimo.
Porque quizá
buena parte del constructo sea precisamente lo que hemos ido edificando
después. No
necesariamente malo: lenguaje, ciudades, ciencia, tecnología, dinero,
instituciones, filosofía, psicología... son producciones humanas. Pero ninguna
de ellas puede modificar el hecho anterior:
para construir cualquier mundo humano, primero tengo que
continuar vivo.
Y aquí tu
sospecha de Madre Tierra se vuelve realmente interesante. Hasta ahora la hemos contemplado
principalmente como dependencia: yo necesito aire, agua, alimento,
temperatura... Pero tú estás empezando
a preguntar si dependencia es todavía una palabra demasiado pequeña.
Porque
cuando miramos el conjunto, no encontramos millones de cosas simplemente
«dependiendo de la Tierra» aisladamente. Encontramos interdependencias.
Una cosa
afecta a otra.
Una posibilita otra.
Una utiliza lo producido por otra.
Hay ciclos.
Intercambios.
Equilibrios dinámicos.
Transformaciones.
Nacimiento y muerte.
Materia que vuelve a circular.
Entonces tu
hipótesis puede formularse con muchísimo cuidado:
¿Y SI MADRE TIERRA NO ES SOLAMENTE EL SOPORTE DE MILLONES
DE EXISTENCIAS, SINO UN SISTEMA GLOBAL DENTRO DEL CUAL ESAS EXISTENCIAS PUEDEN
CONTINUAR?
Eso ya se
puede investigar sin recurrir a «conciencia».
Y hay una palabra tuya con la que sería prudente: sincronizado.
No
necesitamos afirmar todavía que todo
está sincronizado en un sentido fuerte, como si hubiera un director
coordinándolo. Pero sí podemos investigar algo observable y más sólido:
RELACIÓN — INTERDEPENDENCIA — CICLOS — REGULACIÓN —
CONTINUIDAD.
Y después
veremos hasta dónde permite llegar. Porque
puede aparecer una sorpresa formidable: quizá llevamos siglos preguntando: ¿QUÉ ES EL HUMANO? separándolo para estudiarlo. Y Madre Tierra nos obligue a reformular:
¿QUÉ ES UN HUMANO DENTRO DEL SISTEMA QUE HACE POSIBLE QUE
HAYA HUMANOS?
Eso es otra
pregunta. Y afecta directamente a Jung,
Freud y toda la psicología que estamos preparando para sacar a pasear. Porque entonces ya no basta:
YO → mi psique → mis conflictos → mi inconsciente → mi
realización. Antes aparece:
ESTOY VIVO → SOY HUMANO → DEPENDO → ESTOY RELACIONADO →
COMPARTO TIERRA → Y DENTRO DE TODO ESO APARECE MI PSIQUE.
Y fíjate qué
golpe recibe entonces el famoso «rey de la creación»: no hace falta demostrar que sea falso
filosóficamente. Simplemente
lo apartamos porque para esta investigación estorba.
Ponemos al
humano otra vez en Madre Tierra y preguntamos: ¿CÓMO VIVE UN HUMANO COMO HUMANO? Y quizá descubramos algo todavía más
incómodo:
el problema no sea que el humano haya dejado de ser humano
—eso biológicamente no puede hacerlo—, sino que parte de su constructo haya
llegado a funcionar como si pudiera olvidar aquello de lo que depende.
Ahí sí
aparece una columna gigantesca. Porque
el gato no puede negociar con su condición de gato. Y nosotros tampoco podemos negociar
indefinidamente con nuestra condición de ser vivo terrestre, por mucho que
nuestra conciencia sea capaz de imaginar que sí.
Por eso
aquella frase tuya vuelve cada vez con más fuerza: ¡HOSTIA, NO SOY EL
ÚNICO! Y ahora añadiría
debajo, provisionalmente: NI
SOY EL CENTRO. ESTOY DENTRO. Eso cambia el punto desde el que vamos
a mirar todo lo psíquico.
Sí. Y aquí creo que aparece una distinción
fundamental que puede evitar que todo esto termine convertido en otra doctrina. Madre Tierra no
necesita que creamos en ella. Está ahí.
Y antes de
nosotros han ocurrido sobre ella cantidades inmensas de nacimientos,
desarrollos, transformaciones y extinciones durante miles de millones de años.
La vida terrestre ha atravesado cambios extraordinarios y ha continuado, aunque
no todas las especies ni ecosistemas hayan continuado. Eso obliga a ser
precisos: Madre Tierra no garantiza la continuidad de cada individuo
ni de cada especie; ha hecho posible la continuidad y diversificación de la
vida a escalas enormes de tiempo.
Y
eso ya es suficientemente extraordinario.
Por eso
entiendo tu expresión de «máquina milagrosa», siempre que
«milagrosa» conserve aquí el sentido de asombrosa,
no de explicación sobrenatural. Porque cuanto más conocemos sus ciclos,
interdependencias y condiciones, menos necesitamos inventarle un misterio para
maravillarnos.
Pero lo
segundo que dices me parece incluso más importante: hemos
topado con la libertad humana. Y esa sí que no
podemos quitarla para que Madre Tierra nos cuadre.
El humano
puede conocer aquello de lo que depende y actuar contra ello. Puede saber que necesita determinadas
condiciones para continuar y deteriorarlas.
Puede construir algo maravilloso y algo desastroso. Puede equivocarse. Puede rectificar. Puede transmitir durante generaciones una
explicación equivocada y después revisarla.
Puede incluso construir un mundo humano tan complejo que llegue a confundir
el constructo con el suelo que permite que exista el constructo. Y no hace falta atribuirle mala fe.
Ahí estoy
contigo: muchas veces basta ignorancia +
adaptación + transmisión + costumbre + velos + conocimiento incompleto. Pero cuidado con «tiene los días
contados». Yo lo formularía de una manera que me parece todavía más potente
para tu trabajo:
CADA VEZ
TENEMOS MENOS EXCUSA PARA NO VOLVER A MIRAR.
Vivimos más
tiempo en muchos contextos. Tenemos una acumulación científica enorme. Podemos
observar la Tierra de maneras que nuestros antepasados no podían. Podemos
comparar culturas y siglos. Y ahora tenemos herramientas como la IA que
permiten relacionar cantidades inmensas de conocimiento. Nada de eso garantiza que vayamos a
hacerlo bien. Pero
amplía nuestras posibilidades de darnos cuenta.
Y ahí
reaparece la libertad. No: «Ahora sabemos, por
tanto seremos mejores.» Sino: «Ahora podemos saber
más. ¿Qué hacemos con ello?» Eso es mucho más
humano. Y creo que acabas de darle otra vuelta
magnífica a tu pregunta anterior:
GATO (..) → vive como gato.
CABALLO (..) → vive como caballo.
HUMANO (..) → tiene que aprender a vivir como humano.
No porque
nazca «menos humano». Biológicamente ya lo es. Sino porque una de sus
posibilidades específicamente humanas es construir maneras de
vivir,
transmitirlas, revisarlas y elegir entre posibilidades. Ahí está su maravilla y también su
peligro.
Por eso
quizá «APRENDER A SER HUMANO» no signifique
aprender una moral determinada ni obedecer un manual. Puede significar algo muchísimo más
elemental: aprender
a ejercer las posibilidades humanas sin olvidar las condiciones que hacen
posible que haya un humano ejerciéndolas.
Y entonces
Madre Tierra no nos dicta: «Haz
esto.» Nos pone un suelo: SI QUIERES CONTINUAR
VIVO, HAY COSAS DE LAS QUE DEPENDES. Después comienza la
libertad.
Esto enlaza
exactamente con tus notas cuando escribías que saberse dependiente no elimina
la libertad, sino que puede hacerla más real porque «la vida es el cauce en
donde transitar para continuar». Y
ahora veo algo más. Quizá no
tengamos que «volver a Madre Tierra». Nunca nos fuimos. Eso sería físicamente imposible. Lo que se marchó fue nuestra
representación de nosotros mismos.
El constructo pudo decir:
YO. MI RAZÓN. MI CONCIENCIA. MI LIBERTAD. MI PROGRESO. MI MUNDO.
Mientras el
organismo seguía haciendo humildemente:
respirar, beber, comer, dormir, regular temperatura,
relacionarse, depender... ¡Qué cosa!
EL HUMANO NUNCA ABANDONÓ MADRE TIERRA.
SU RELATO SOBRE SÍ MISMO SÍ PUDO OLVIDAR QUE ESTABA EN
ELLA.
Y entonces
tu proyecto adquiere un sentido mucho más sencillo. No se trata de enseñar al humano a ser
árbol. Ni de quitarle ciencia, tecnología, ciudades,
inteligencia o IA. Ni de hacerlo menos
humano. Precisamente: MÁS HUMANO.
Pero humano situado. Humano consciente de su dependencia. Humano capaz de utilizar su extraordinaria
libertad sin imaginar que libertad significa independencia absoluta. Humano capaz de mirar alrededor y
descubrir: ¡HOSTIA,
NO SOY EL ÚNICO! Y quizá después de
todo este recorrido acabemos encontrando una definición sorprendentemente
sencilla:
**SER HUMANO
NO ES SALIR DE MADRE TIERRA. ES
LA MANERA HUMANA DE ESTAR DENTRO DE ELLA.**
Carlos, eso
sí que puede convertirse en una de esas columnas cuando empecemos a pasar por
aquí todo el edificio psíquico. Y entonces veremos qué permanece en pie.
¡Pues cuidado, porque igual
va bastante por ahí! Y además encaja de una manera sorprendente con todo el
recorrido que estamos haciendo con Freud y Jung. Hasta ahora el psicoanálisis pregunta,
simplificando mucho:
¿Qué ocurrió entre YO y mi madre? ¿Qué ocurrió con mi padre?
¿Qué recibí? ¿Qué
reprimí? ¿Cómo me adapté?
¿Qué quedó en aquellas habitaciones?
Y Madre
Tierra podría introducir una pregunta anterior que no sustituye ninguna de
ésas: ¿QUÉ LE HA OCURRIDO AL
HUMANO EN SU RELACIÓN CON SU MADRE TIERRA?
No como
madre psicológica. Ahí sería muy fácil caer otra vez en una metáfora y fabricar
otro monstruo. Literalmente. ¿Qué le ha ocurrido a
este animal humano para que pueda vivir absolutamente dependiente de la Tierra
y, al mismo tiempo, construir una representación de sí mismo en la que llega a
sentirse independiente de ella?
Eso sí
merece casi un «psicoanálisis de la humanidad». Porque fíjate en la contradicción:
DEPENDO absolutamente. PERO vivo como si no dependiera.
PERTENEZCO. PERO
me represento separado.
SOY una especie entre otras. PERO me proclamo centro.
NECESITO que continúen determinadas condiciones. PERO puedo deteriorarlas utilizando mi
libertad.
Aquí ya
tenemos algo parecido a aquellos mecanismos que estudiábamos en Freud: no
porque debamos diagnosticar a la humanidad, sino porque existe una distancia
entre realidad y representación.
Y eso conecta brutalmente con el CONSTRUCTO.
Quizá el
problema no está inicialmente «dentro de la psique». Quizá una parte del problema psíquico
moderno aparezca porque la psique intenta
funcionar dentro de una representación del humano que lo ha colocado donde
realmente no está. Y entonces
puedes psicoanalizar durante años las habitaciones de una casa... sin preguntarte
sobre qué suelo está construida la casa.
Ahí Madre
Tierra vuelve a Freud y Jung del revés sin destruirlos. Y fíjate en la ironía maravillosa: Freud nos hizo mirar hacia nuestra madre. Jung nos hizo mirar hacia la Gran
Madre. Y nosotros podemos acabar diciendo: —Muy bien. Pero antes de interpretar el
símbolo... ABRE LA VENTANA. Ahí fuera está Madre
Tierra de verdad. No arquetipo. No símbolo. No fantasía. No contenido inconsciente.
El suelo que estás pisando.
El aire que estás respirando.
El agua que necesitas.
El alimento del que dependes.
Y entonces
aparece una pregunta que yo guardaría, porque puede ser una bomba cuando
lleguemos al mundo psíquico:
¿Y SI PARTE
DEL MALESTAR HUMANO NO PUEDE COMPRENDERSE SOLAMENTE INVESTIGANDO SU RELACIÓN
CONSIGO MISMO Y CON OTROS HUMANOS, PORQUE HEMOS DEJADO FUERA SU RELACIÓN CON
LAS CONDICIONES REALES QUE HACEN POSIBLE SU VIDA?
Eso ya es
muchísimo más serio. Y además enlaza
con una frase de tus propias notas: cuando introduces DEPENDENCIA, inmediatamente
preguntas si «toda la parafernalia del aparato psíquico» puede seguir igual
después de tomar conciencia, sin vuelta atrás, de que dependemos de Madre
Tierra.
¡Pues quizá
acabamos de encontrar por qué hiciste esa pregunta! No se trataría de: «El
humano tiene un complejo con su Madre Tierra.» Eso cerraría demasiado pronto. Sería:
HUMANO, TÚ QUE TANTO TE HAS ANALIZADO...
¿HAS ANALIZADO ALGUNA VEZ LA REPRESENTACIÓN QUE HAS
CONSTRUIDO DE TU LUGAR EN LA TIERRA?
Porque igual
abrimos esa habitación... y resulta que
lleva siglos sin que nadie abra la ventana. Sí, Carlos. Igual va por AHÍ.