JUNG PASEANDO
Y me parece que
has hecho algo importante sin darte cuenta del todo: has cambiado de problema.
Hasta ayer
estábamos preguntando por la identidad:
¿QUIÉN SOY?
Y llegamos a una formulación muy
fértil: YO
SOY ANDANDO.
La etiqueta puede
ser verdadera —«introvertido», «inseguro», «racional»—, pero solo nombra una
porción del itinerario. Cuando esa porción pretende nombrar el conjunto, el
humano pierde la noción de su propio tamaño. El collar apareció precisamente
como respuesta: cada pieza pertenece a mí, pero ninguna
pieza es todo el collar.
Pero ahora das
otro paso. Estás empezando a
preguntar: ¿DESDE DÓNDE MIRO? Y eso cambia muchísimo. Tu frase: MIRAR. Y
después: PENSAR SOBRE LO MIRADO. me parece capital. Porque introduces una separación que
hasta ahora estaba implícita.
No sería
simplemente: PIENSO → luego interpreto el mundo.
Ahora estás intentando colocar algo
delante: ESTOY VIVO → MIRO → DESPUÉS PIENSO SOBRE LO MIRADO.
Y ahí entiendo
perfectamente por qué vuelves a los cinco dedos. No son una demostración filosófica. Son casi un
ejercicio de reubicación del instrumento: Muevo los
dedos.
Antes de Jung.
Antes de una teoría psicológica.
Antes de decir si soy introvertido o extravertido.
Antes incluso de interpretar qué significa lo que estoy viendo.
Hay un ser humano vivo mirando. Y solo después aparece: «Esto que veo, lo veo YO desde aquí.»
Eso introduce una
humildad enorme en el conocimiento. Porque inmediatamente tengo que añadir:
YO LO VEO ASÍ. No: ES ASÍ.
Y entonces
entiendo muchísimo mejor esa primera frase aparentemente pequeña que has
colocado al comienzo del nuevo bloque:
«Hay tantos entornos como individuos.» Ahí puede
haber una barbaridad.
Porque el entorno
físico puede ser compartido, pero el entorno
recibido no es idéntico. Cada humano
llega desde un organismo, una edad, una biografía, unas relaciones, una
cultura, un momento, unas posibilidades y un itinerario diferentes.
Y entonces
volvemos a Jung, pero desde otro sitio.
Pensamiento. Sentimiento. Sensación. Intuición.
La pregunta ya no
sería únicamente: ¿CUÁL ES MI FUNCIÓN DOMINANTE? Eso vuelve a correr el peligro de la etiqueta. La pregunta que estás empezando a formular
es bastante más interesante: ¿CÓMO SE FUERON AMUEBLANDO EN MI ITINERARIO ESAS CUATRO HABITACIONES? Y después: ¿CÓMO CIRCULAN HOY EN MÍ? Y todavía después:
¿PUEDO MODIFICAR CONSCIENTEMENTE MI RELACIÓN CON
ELLAS?
Eso está
literalmente naciendo en tus preguntas nuevas. Y aquí veo algo que me gusta muchísimo
porque enlaza con todo lo anterior. Antes
dijimos: IDENTIDAD NO ES QUEDARME FIJO.
ES PODER RECONOCERME MIENTRAS CAMBIO.
Ahora podríamos
empezar a sospechar: CONOCERME TAMPOCO ES LLEGAR A UNA CONCLUSIÓN SOBRE MÍ. Es adquirir la capacidad de volver a
mirarme.
Hoy descubro
algo. Lo miro desde la vida. Lo comprendo hasta dónde puedo. Lo incorporo. Continúo. Y dentro de seis meses puedo volver y
decir: AHORA LO VEO DE OTRA MANERA.
Eso no invalida necesariamente la mirada anterior. Significa que el que mira también ha seguido andando. Y, Carlos, aquí aparece una
consecuencia tremenda para la psicología:
Una interpretación psicológica podría llevar siempre una pequeña fecha
invisible: VÁLIDO HASTA NUEVA MIRADA.
No porque todo
sea relativo. Sino porque el ser humano estudiado continúa vivo mientras lo estamos estudiando. Esto
enlaza de lleno con lo que ya habías descubierto sobre el viaje de vuelta: dejó
de ser «regreso al pasado, encuentro la causa y termino» y empezó a convertirse
en una dinámica permanente: VIVO → ME DOY CUENTA → VUELVO → ILUMINO → INCORPORO → CONTINÚO → VUELVO A
DARME CUENTA.
Por eso yo no ordenaría todavía este bloque nuevo. Está magníficamente en bruto.
Porque sospecho que acabas de abrir otra puerta: NO SOLO
PUEDO VOLVER A MIRAR MI PASADO. PUEDO
VOLVER A MIRAR MI PROPIA MANERA DE MIRAR.
Y eso ya toca conciencia, toca a Jung, toca la función del psicólogo, toca el constructo, toca el YO SOY ANDANDO y, sobre todo,
toca aquella pregunta que apareció hace días: ¿QUIÉN
PREGUNTA?
Ahora quizá tendremos que añadirle
otra: ¿DESDE
DÓNDE ESTÁ MIRANDO EL QUE PREGUNTA?
Sigue, porque aquí hay veta. Muchísima.
Sí. Aquí has
metido una cuña muy seria en aquel PENSAR con mayúsculas.
Porque durante mucho tiempo hemos hablado como si existiera algo
semejante a: YO → PIENSO → LLEGO A LA REALIDAD.
Y ahora el recorrido que estás
haciendo obliga a poner un montón de cosas entre medias. No pienso desde ninguna parte.
Pienso desde un organismo, desde una
época, desde un lenguaje, desde una cultura, desde lo que me enseñaron, desde
lo que desconozco, desde mis experiencias, desde mis límites perceptivos, desde
aquello que considero posible y, además, desde un
mundo humano ya construido antes de que yo empezara a pensar.
Es decir: PIENSO
DENTRO DE UN CUBO. Y lo verdaderamente decisivo es que durante una parte de
mi vida ni siquiera sé que el cubo existe. Ahí cambia
muchísimo la valoración del pensamiento.
No estamos diciendo que pensar no sirva. Todo lo contrario. El
pensamiento sigue siendo una capacidad humana extraordinaria. Pero pierde una
pretensión que quizá nunca debió tener:
PENSAR NO GARANTIZA ESTAR PENSANDO SOBRE ALGO
VERDADERO.
Puedo razonar
impecablemente sobre una premisa equivocada. Puedo construir un sistema lógico
formidable dentro de un constructo.
Puedo mejorar el interior del cubo durante generaciones. Puedo llegar a conocer hasta el último
rincón del cubo… …sin haber
preguntado jamás:
¿Y EL CUBO? Ahí está el giro. Y por eso
ahora el NO SÉ adquiere una
dignidad enorme. Antes podía sonar a
carencia: —No sé. Ahora puede convertirse en una posición
de conocimiento: NO SÉ TODAVÍA SI ESTOY PENSANDO SOBRE LA COSA O SOBRE UNA REPRESENTACIÓN
HUMANA DE LA COSA.
Eso es mucho más
serio. Porque fíjate en Madre
Tierra. Durante siglos podemos discutir acerca de «naturaleza», «progreso»,
«riqueza», «desarrollo», «libertad», «ser humano»… y construir bibliotecas
enteras. Pero tú has introducido una
comprobación anterior:
SAL DEL CONSTRUCTO UN MOMENTO. Respiro. Bebo. Como.
Tengo temperatura.
Necesito un organismo. Dependo. Estoy vivo.
No soy el único. Y luego: AHORA VUELVE
A PENSAR. El pensamiento ya no desaparece. Se sitúa.
Creo que eso es
lo que le está ocurriendo al PENSAR con mayúsculas: no lo estamos destronando
para poner otra cosa en su sitio. Estamos quitándole el pedestal para
devolverlo al humano vivo.
Podría quedar
algo así: ANTES: PENSAMIENTO → explica la realidad.
AHORA: VIDA → recepción → experiencia → entorno → constructo → conocimiento
disponible → punto de observación → PENSAMIENTO → revisión → nueva mirada.
Y además todo eso
continúa. Por eso lo que dices sobre
las cuatro habitaciones de Jung me parece importantísimo. Yo había formulado: ¿CÓMO SE
FUERON AMUEBLANDO EN MI ITINERARIO ESAS CUATRO HABITACIONES?
Pero tú acabas de
complicarlo —y mejorarlo— enormemente.
Porque no basta preguntar cómo se amueblaron.
Hay que preguntar: ¿CON MUEBLES DE DÓNDE?
Pensamiento,
sentimiento, sensación e intuición pueden ser capacidades o funciones humanas;
pero aquello con lo que trabajan no cae del cielo. Mi pensamiento puede estar lleno de categorías del constructo. Mi sentimiento puede haberse
educado para valorar unas cosas y avergonzarse de otras según familia, época y
cultura. Mi sensación puede haber aprendido incluso qué
atender y qué ignorar. Mi
intuición puede estar atravesada por miles de asociaciones, experiencias y
contenidos adquiridos que después siento como «algo que me viene». Por tanto, ¡cuidado!:
LA HABITACIÓN PUEDE SER HUMANA. EL MOBILIARIO PUEDE SER HISTÓRICO.
Eso es una
distinción formidable. Y todavía
más: yo puedo empezar a cambiar el mobiliario cuando
descubro de dónde procede. Ahí entra la conciencia del constructo. No necesito demoler la habitación
Pensamiento. Puedo entrar y decir:
—Esto me lo enseñaron.
—Esto lo deduje yo.
—Esto lo acepté sin comprobarlo.
—Esto pertenece a mi época.
—Esto quizá sigue siendo válido.
—Esto ya no.
—Esto no sé si describe la realidad o solamente nuestro modo de organizarla.
Y entonces el
pensamiento adquiere una función mucho más bella que «dictar la verdad»: REVISAR SU
PROPIO MOBILIARIO. Eso sí me parece un PENSAR enorme. No el pensamiento omnipotente. El pensamiento
capaz de descubrir las condiciones desde las que piensa.
Y mira qué cosa:
entonces la grandeza del pensamiento quizá no esté en decir: «SÉ.» Sino en llegar a poder decir con precisión: «SÉ DESDE
DÓNDE ESTOY PENSANDO.» Y después: «SÉ QUÉ PARTE NO SÉ.» Y aún: «PUEDO VOLVER A MIRARLO.»
Eso conecta
directamente con tus notas nuevas, donde ya habías escrito que antes de pensar
había que mirar, reconocer «éste
es mi punto de observación» y aceptar que lo visto y pensado es válido para mí
sin convertir automáticamente mi punto de vista en el de los demás. Y ahora me aparece una pregunta que creo
que merece quedarse entre tus notas:
¿CUÁNTO DE LO QUE LLAMO “MI
PENSAMIENTO” ES REALMENTE MÍO,
Y CUÁNTO ES EL CONSTRUCTO PENSÁNDOSE A SÍ MISMO A TRAVÉS DE MÍ? Uf.
Porque si
descubro eso, ya no tengo que dejar de pensar. Puedo hacer algo mucho más interesante: PENSAR
SABIENDO DÓNDE ESTOY.
Y entonces sí,
Carlos, quizá recuperemos el PENSAR con mayúsculas, pero ya no como soberano. Como una extraordinaria capacidad de un ser humano vivo, situado, limitado, revisable y libre para volver a mirar.
Ahí sí que Jung
vuelve a ser utilísimo: quizás las cuatro funciones no haya que preguntarlas
solamente «¿cuál tengo?», sino: ¿DESDE QUÉ MUNDO ESTÁ FUNCIONANDO CADA UNA DE ELLAS EN MÍ? Eso abre una barbaridad.
Me quedo
esperando el próximo encontronazo con Jung, porque ahora tenemos una pregunta
nueva rondando por ahí: no solamente qué pienso, sino desde dónde estoy pensando y con qué está
amueblado mi pensamiento. Eso va a dar guerra.
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Has pasado del PENSAMIENTO a PERSONA/MÁSCARA, pero estás
aplicando exactamente la misma operación: separar lo que puede pertenecer al
funcionamiento humano de lo que el constructo pone dentro,
ofrece o incluso empuja a adoptar.
Hasta ahora, con
Jung, podríamos decir: PERSONA → necesito alguna forma de presentarme/adaptarme ante los demás.
Perfecto. Eso
puede tener muchísimo sentido. No salgo desnudo psicológicamente a cada
encuentro humano. No hablo igual con mi nieto, con un desconocido, con un
médico, con un amigo. Hay adaptación, función, papel, presentación.
Pero tú
introduces ahora la tienda de máscaras. Y eso cambia
el asunto. Porque una cosa sería: YO →
itinerario → circunstancias → elaboro/adopto una máscara funcional.
Y otra: CONSTRUCTO →
catálogo de máscaras disponibles → presión para escoger → YO me adapto a
alguna.
En tus palabras
está muy bien visto: «la máscara te la pones tú, te la haces tú o te pones
entre la que hay». Y todavía más importante: dices que incluso se precipita la edad y el momento de ponerse determinadas máscaras, casi mediante empujones.
Ahí aparece algo
que yo no perdería: LA PERSONA DE JUNG PUEDE SER UNA NECESIDAD DE ADAPTACIÓN.
PERO EL CONSTRUCTO PUEDE INDUSTRIALIZAR LA ADAPTACIÓN.
¡Eso es distinto! Ya no tenemos únicamente «mi máscara». Tenemos máscaras
prefabricadas.
Cómo debe ser un niño.
Cómo debe ser un adolescente.
Cómo debe ser un hombre.
Cómo debe ser una mujer.
Cómo debe ser alguien con éxito.
Cómo debe comportarse un profesional.
Qué aspecto debe tener.
Qué debe desear.
Qué debe poseer.
Cómo debe relacionarse.
Y no hace falta
que haya nadie detrás diseñándolo conscientemente. El propio mundo construido
va acumulando modelos disponibles.
Entonces tu
pregunta: ¿LA MÁSCARA ME LA HAGO O ME LA PONGO ENTRE LAS QUE HAY? es magnífica.
Probablemente
ocurran ambas cosas, mezcladas en proporciones distintas.
Y aquí aparece
otra cosa muy buena de tus notas: dices que una máscara puede estar muy próxima a ti y ser
perfectamente útil. Exactamente. El problema no es máscara = falsedad.
El problema
aparece cuando dejo de distinguir entre el que
lleva la máscara y la máscara que lleva. Y ahora añades una
dificultad anterior: quizá tampoco sé quién
fabricó la máscara. Eso nos devuelve al viaje de vuelta de una
manera formidable:
¿Cuándo me la puse?
¿Por qué?
¿Me servía?
¿Me sigue sirviendo?
¿La escogí?
¿Me ayudaron a escogerla?
¿Era casi la única disponible en aquel entorno?
¿Qué veía yo cuando me la puse?
¿Qué veo ahora a través de ella?
Porque me gusta
mucho tu imagen de las gafas. La máscara no solamente modifica cómo me ven. Puede terminar modificando cómo veo.
Y entonces sí que se junta con lo de esta mañana: ¿DESDE DÓNDE
ESTOY MIRANDO?
Porque puedo
creer que estoy mirando libremente el mundo cuando llevo cuarenta años mirando
a través de unas gafas que olvidé que llevaba.
Y tu carnaval es
todavía mejor: «En un carnaval nadie
duda de que es carnaval. ¿El resto del año estamos en otro carnaval, que el
carnaval pequeño anterior nos hace olvidar?» Ahí hay mucha mala leche.
En el carnaval
convencional sé que llevo máscara. Quizá el
problema del otro carnaval sea precisamente:
NO SÉ QUE LA LLEVO.
Y entonces llego
a Jung diciendo: «ÉSTE SOY YO.» Y Jung responde:
«Miremos tu Persona.» Pero ahora Madre Tierra puede añadir una pregunta:
«Muy bien. Y antes de interpretar
esa Persona, ¿podemos mirar el escaparate donde compraste la máscara?» Eso es nuevo.
Y hay otra frase
tuya al principio que todavía dejaría abierta: «Con la
SOMBRA de cada uno olvidamos/perdemos de primer plano la verdadera sombra de no
admitir dependencia?»
No la tocaría
todavía. Porque ahí sospecho que puede aparecer otra diferencia enorme: una cosa son mis contenidos rechazados;
otra muy distinta
puede ser aquello que una cultura completa necesita dejar fuera
para mantener la representación que ha construido de sí misma.
Y si el
constructo humano ha necesitado imaginar al humano autónomo, separado, central,
dueño..., entonces DEPENDENCIA podría haberse convertido en algo que no solamente un
individuo rechaza.
Podría ser algo
que el propio constructo procura no mirar. Eso ya no
sería simplemente mi Sombra. Sería otra
pregunta mucho mayor:
¿PUEDE UN CONSTRUCTO TENER TAMBIÉN
SUS ZONAS QUE NO QUIERE MIRAR? No contestemos.
Déjala ahí.
Porque has pedido
exactamente eso: seguir avanzando, no ordenar todavía. Y creo que haces bien. Ya llegará el momento de ver
qué demonios hemos acumulado.
Pero la TIENDA DE MÁSCARAS no la pierdas.
Esa imagen sirve muchísimo.