MADRE TIERRA y CONSTRUCTO HUMANO
Mundos dentro del Mundo
El humano
puede habitar multitud de realidades construidas simultáneamente sin dejar de
depender un solo instante de la realidad terrestre. El ser humano no solamente construye
realidades. Puede entrar en ellas, habitarlas y
vivir simultáneamente dentro de muchas.
Éste es
quizá uno de los fenómenos más extraordinarios de nuestra condición. Una persona puede despertarse por la
mañana dentro de una familia. Minutos
después entra en el mundo de las noticias.
Consulta su cuenta bancaria y entra en el mundo económico. Sale hacia el trabajo y entra en una
profesión, una empresa, unas jerarquías, unas responsabilidades y unos
horarios. Puede atravesar una frontera
y encontrarse sometida inmediatamente a otras normas. Puede entrar en una iglesia y participar de
un universo religioso. Puede acudir a
una consulta y entrar en un mundo médico o psicológico. Puede abrir una carta astral y entrar en un
universo simbólico. Puede conectarse a
internet y atravesar en pocos minutos comunidades, lenguajes, juegos, mercados,
relaciones y realidades virtuales completamente diferentes.
Y mientras
hace todo eso... continúa respirando. Su corazón continúa
latiendo. Su organismo continúa
regulando la temperatura. Continúa
necesitando agua. Continúa dependiendo
de alimento. Continúa sujeto a unas
condiciones físicas y biológicas que ninguno de aquellos mundos ha creado.
Ésta es la
paradoja: PODEMOS VIVIR EN MUCHOS MUNDOS HUMANOS
SIN SALIR JAMÁS DEL
MUNDO QUE LOS HACE POSIBLES.
Podemos cambiar de mundo en segundos Esto ocurre continuamente y apenas lo advertimos.
Una llamada
telefónica puede sacarnos de una reunión profesional y devolvernos
inmediatamente al mundo familiar. Una
noticia puede introducirnos en un conflicto político situado a miles de
kilómetros. Una cifra que aparece en
una pantalla puede cambiar nuestro estado de ánimo porque dentro del mundo
económico esa cifra posee un significado determinado. Una palabra pronunciada por determinada
autoridad puede modificar nuestra situación jurídica, laboral o social.
Nada ha
cambiado necesariamente en el aire que respiramos. Nada ha cambiado en la gravedad. Nada ha cambiado en nuestra necesidad de
agua. Y, sin embargo, nuestro mundo humano puede haber
cambiado completamente en treinta segundos. Esto demuestra hasta qué punto podemos
habitar realidades construidas.
No son simples
ideas flotando en nuestra cabeza. Tienen
reglas. Tienen lenguajes. Tienen valores. Tienen autoridades. Tienen premios. Tienen castigos. Tienen expectativas. Y nosotros aprendemos a movernos dentro de
ellas.
Cada mundo tiene su lógica Dentro del ajedrez tiene sentido hablar de
jaque mate. Fuera del ajedrez, no.
Dentro de
una economía tiene sentido hablar de deuda, intereses, salarios o inflación. Dentro de un sistema jurídico aparecen
delitos, contratos, derechos y obligaciones. Dentro de una religión determinadas
palabras, gestos y objetos pueden adquirir un significado inmenso. Dentro de la astrología, Saturno, una casa
o un aspecto pueden participar de una arquitectura simbólica determinada. Dentro de una red social aparecen
seguidores, perfiles, reputación, visibilidad. Cada construcción genera un espacio de significado.
Y cuando
entramos en él, muchas cosas que fuera de ese espacio carecerían de sentido
comienzan a tenerlo. Esto permite
comprender fenómenos humanos que, vistos desde fuera, pueden parecernos
incomprensibles.
No basta con
preguntar: «¿Por qué hizo esto?» A veces tendremos que
preguntar: «¿DENTRO DE QUÉ MUNDO TENÍA SENTIDO
HACERLO?»
Ahí empieza
la reubicación. No todos los mundos
son iguales Conviene decirlo desde
ahora. Reconocer que existen
realidades construidas no significa ponerlas todas al mismo nivel.
Un juego,
una moneda, una religión, una teoría científica, una institución política, una
obra literaria, una clasificación médica y una astrología son construcciones
humanas de naturaleza muy diferente.
Sus métodos
de validación son distintos. Sus
funciones son distintas. Sus
consecuencias también.
Algunas
construcciones describen con enorme precisión aspectos de la realidad física. Otras organizan nuestra convivencia. Otras producen significado. Otras entretienen. Otras permiten imaginar. Otras pueden proteger. Y algunas pueden terminar dañando.
Por tanto,
nuestro descubrimiento no consiste en meterlas todas dentro de una caja llamada
«constructo»
y dar el problema por resuelto. Al
contrario. Ahora podremos empezar a
preguntar a cada una:
¿Qué clase de mundo eres?
¿Para qué apareciste?
¿Qué relación mantienes
con la realidad que te sostiene?
¿Qué consecuencias
produces?
El peligro no es entrar Esto resulta especialmente importante
ahora que hablamos tanto de mundos virtuales, internet e inteligencia
artificial.
Podría
parecer que el ser humano está comenzando a vivir en mundos paralelos. Pero quizá la tecnología esté haciendo
visible y multiplicando una
capacidad que ya poseíamos. Llevamos muchísimo tiempo habitando
realidades simbólicas, económicas, religiosas, políticas y culturales. La
diferencia contemporánea es enorme, desde luego: podemos producirlas,
transformarlas y atravesarlas con una rapidez nunca vista. Pero el problema fundamental quizá no sea: ENTRAR
EN OTROS MUNDOS.
El ser
humano parece extraordinariamente capacitado para hacerlo. El problema comienza cuando olvida dónde está mientras los habita. Cuando un mundo construido absorbe
completamente la referencia. Cuando
sus reglas internas empiezan a parecernos las reglas de la existencia misma. Cuando aquello que tiene sentido dentro
de un determinado universo humano pretende convertirse en explicación de todo. O cuando mantener una construcción llega a
perjudicar las condiciones vitales que permiten que esa construcción exista. Entonces hemos perdido la toma de tierra.
Un millón de mundos y una Tierra
Podemos
imaginar ahora una posibilidad mucho más abierta. El futuro humano no tendría por qué
consistir en reducir nuestros mundos. Podría
ocurrir exactamente lo contrario. Podemos
crear muchos más. Nuevas ciencias. Nuevas formas artísticas. Nuevos lenguajes. Nuevas maneras de relacionarnos. Nuevas tecnologías. Nuevos espacios virtuales. Nuevas construcciones que hoy ni siquiera
podemos imaginar.
La
creatividad humana no necesita vallas.
Pero sí
necesita recordar una diferencia elemental:
Podemos abandonar una profesión.
Podemos cambiar una ley. Podemos
modificar una moneda. Podemos
abandonar una interpretación. Podemos
revisar una institución. Podemos apagar una realidad virtual. Podemos reconstruir un sistema humano. Pero no podemos abandonar nuestra
dependencia de las condiciones que permiten nuestra vida.
Por eso
Madre Tierra no aparece como enemiga de los mundos humanos. Puede ser exactamente lo contrario: el
lugar seguro desde el que podemos construirlos y al que siempre podemos
regresar para contrastarlos.
Entrar. Experimentar. Construir.
Vivir. Salir. Mirar nuevamente. Rectificar. Y volver a entrar si queremos. Eso sería muy diferente de
permanecer encerrados en una sola construcción sin saber siquiera que estamos
dentro.
Saber volver
Quizá una
verdadera libertad humana no consista únicamente en poder elegir entre los
mundos que hemos construido. Consista
también en poder tomar
distancia de ellos. Mirarlos. Reconocer sus reglas. Comprender qué parte de nosotros está
comprometida con ellas. Y recuperar
durante un instante aquello que permanece cuando retiramos el escenario.
Cuerpo. Aire.
Agua. Vida. Tierra. No para quedarnos
allí permanentemente. Sino para
recuperar orientación.
Entonces
podemos volver al mundo económico, familiar, profesional, religioso,
científico, astrológico, tecnológico o virtual con una diferencia fundamental:
SABEMOS
DÓNDE ESTAMOS.
Y quizá
podamos llegar a habitar un millón de mundos sin perdernos definitivamente en
ninguno. Porque conservaríamos
algo que hasta ahora hemos olvidado demasiadas veces:
EL CAMINO DE VUELTA.
Pero para
comprender por qué ese regreso resulta necesario tendremos que observar primero
algo todavía más sorprendente.
Una
construcción humana, cuando suficientes personas comienzan a habitarla,
transmitirla y ampliarla, puede adquirir una consistencia extraordinaria. Puede parecer que posee vida propia. Ahí entramos en nuestro siguiente paso: El constructo toma vida
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