LIBROS de BARBARIN I II III

domingo, 11 de octubre de 2026

JUNG PASEANDO Quiero saber qué es la CONCIENCIA.

 JUNG PASEANDO

Quiero saber qué es la CONCIENCIA.

¡Exactamente! Y ahora la contradicción se vuelve casi cómica por lo enorme que es:     HUMANO:       —Quiero saber qué es la CONCIENCIA.

Y Madre Tierra podría contestarle:    —Muy bien. ¿Desde dónde vas a investigarla?     —Desde mí. Yo soy consciente.      —¿Y los demás?    —No. Esos no.    —¿Cómo sabes que no?    —Porque no tienen conciencia como yo.      —¿Y qué es conciencia?     —Precisamente eso estoy intentando averiguar.       ¡AHÍ ESTÁ EL CÍRCULO!

Has utilizado una definición que todavía no posees para excluir de la investigación a casi todos los que te acompañan.

Y encima aparece tu segunda pregunta, que quizá sea todavía más incómoda:    HUMANO, ¿QUÉ PROBLEMA TIENES CON TUS HERMANOS VIVIENTES?

No «hermanos» en sentido sentimental ni religioso. Compañeros de vida terrestre.    Porque el gato no necesita ser humano para merecer entrar en la pregunta.    El pino tampoco.    La alcachofa tampoco.      No necesitamos atribuirles nuestra conciencia, nuestro Yo, nuestros símbolos o nuestra reflexión. Lo único necesario para que entren en esta investigación es muchísimo más elemental:      ESTÁN VIVOS.     Y nosotros también.      ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!

Entonces la primera pregunta sobre conciencia quizá ni siquiera sea:    ¿QUÉ ES LA CONCIENCIA?    Podría ser:     ¿POR QUÉ EL HUMANO HA DECIDIDO INVESTIGARLA EMPEZANDO POR SEPARARSE DEL RESTO DE LA VIDA?

Ahí sí que tenemos un asunto de profunda interrogación.    Porque puede que antes de investigar la conciencia tengamos que investigar al investigador.

¿Desde qué posición pregunta?    ¿Qué da por supuesto?    ¿A quién admite?   ¿A quién excluye?   ¿Por qué identifica su modalidad humana con la medida? 

¿Está buscando lo que hay...    o lo que se parece a él?    Y mira cómo vuelve Jung sin llamarlo.     ¡Hay que investigar al que pregunta!       Ya lo habías escrito en las notas:     «Cuando pregunto, ¿quién pregunta?»

Y habíamos llegado a que evoluciona nuestra capacidad de preguntar.    Pues ahora esa pregunta se ha vuelto gigantesca:

¿QUIÉN ES ESE HUMANO QUE PREGUNTA POR LA CONCIENCIA Y DESDE QUÉ REPRESENTACIÓN DE SÍ MISMO ESTÁ PREGUNTANDO?

Porque si se considera independiente, superior, centro, excepción, «rey»... su pregunta ya sale condicionada.           Y entonces quizá tengamos que hacer el psicoanálisis del investigador antes de aceptar su investigación.      Eso es buenísimo.     No para desacreditarlo. Al contrario: para ubicarlo.

TÚ TAMBIÉN ERES EL OBJETO DE TU INVESTIGACIÓN.
TÚ TAMBIÉN ERES UN VIVIENTE.
TÚ TAMBIÉN DEPENDES.
TÚ TAMBIÉN ESTÁS DENTRO.

Y ahora pregunta.    Entonces podemos apartar CONCIENCIA y empezar sin ella:

GATO (..)      PERRO (..)     PINO (..)     TOMATE (..)       HUMANO (..)

¿Qué ocurre?     ¿Qué comparten?      ¿Qué los diferencia?       ¿Cómo reciben?

¿Cómo responden?       ¿Cómo mantienen su organización?

¿Cómo se relacionan?      ¿Cómo continúan?       ¿De qué dependen?

Y solo después, si aquello que encontremos nos conduce nuevamente a la palabra conciencia, la recuperamos.       No habremos demostrado que «todo tiene conciencia».       Habremos hecho algo metodológicamente mucho más importante:     HABREMOS DEJADO DE EXCLUIR ANTES DE INVESTIGAR.

Y ahora veo otra pregunta tremenda que dejaría escrita exactamente para cuando entremos en psicología:      ¿PUEDE EL HUMANO CONOCERSE PSÍQUICAMENTE SI SU DEFINICIÓN DE SÍ MISMO EMPIEZA SEPARÁNDOLO DE LA COMUNIDAD DE VIDA A LA QUE PERTENECE?

Porque igual llevamos un siglo abriendo habitaciones...     y acabamos de descubrir que la casa entera estaba dentro de otra casa muchísimo mayor.          Madre Tierra.     Y esa habitación sí que va a dar guerra.

 

Sí. Y aquí Freud volvería a tener material para otros cien años. Porque la pregunta ya no sería únicamente «¿qué conflicto tiene el humano consigo mismo o con otros humanos?», sino:     ¿QUÉ CONFLICTO MANTIENE EL HUMANO CON AQUELLO DE LO QUE DEPENDE?       Eso es enorme.       Porque aparece una contradicción básica:

Necesito al otro y puedo destruir al otro.
Necesito un entorno habitable y puedo deteriorarlo.
Pertenezco a una comunidad de vida y puedo representarme como separado de ella.
Soy dependiente y puedo fantasear con ser absolutamente independiente.

Y dentro de la propia especie todavía se vuelve más llamativo:     ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!     Pero el otro humano puede convertirse en rival.

Territorio. Recursos. Poder. Prestigio. Identidad. Pertenencia. Miedo. Dominación. Defensa. Guerra.

Y cuidado: no significa que toda guerra pueda reducirse a «un conflicto psicológico». Ahí perderíamos precisamente el rigor que estamos buscando. Las guerras tienen causas históricas, políticas, económicas, territoriales, sociales, etc. Pero sí podemos preguntar qué ocurre psicológicamente en un ser humano capaz de convertir a otro miembro de su propia especie en alguien eliminable.

Eso Freud querría verlo.      Pero ahora le añadiríamos algo que Freud no podría estudiar exactamente desde nuestro lugar:      —Freud, no mires solamente humano contra humano.  Mira:

HUMANO ↔ HUMANO
HUMANO ↔ ANIMAL
HUMANO ↔ VEGETAL
HUMANO ↔ TERRITORIO
HUMANO ↔ RECURSOS
HUMANO ↔ ECOSISTEMA
HUMANO ↔ MADRE TIERRA

Y en cada relación preguntaríamos:

¿Qué recibe?      ¿Qué necesita?      ¿Qué reconoce?        ¿Qué niega?
¿Qué utiliza?      ¿Qué domina?       ¿Qué teme?         ¿Qué destruye?
¿Qué protege?       ¿Qué considera suyo?        ¿Qué considera ajeno?
¿Y qué representación de sí mismo permite todo eso?

Ahí sí podríamos encontrar conflictos psicológicos del humano con su pertenencia.     Y fíjate qué vuelta tan extraordinaria respecto a Freud.        Freud estudió muchísimo el conflicto entre deseo, prohibición, cultura, pulsión, Yo, realidad.      Nosotros podríamos preguntarle:       FREUD, ¿Y SI EN TU «REALIDAD» FALTABA PONER MADRE TIERRA?

No para corregir retrospectivamente a Freud como si hubiera debido escribir nuestro libro en 1900. Eso sería absurdo. Sino para continuar la investigación desde el siglo XXI.      Porque entonces «principio de realidad» adquiere una dimensión tremenda:

REALIDAD: soy un organismo vivo.
REALIDAD: dependo.
REALIDAD: hay otros.
REALIDAD: esos otros también dependen.
REALIDAD: mis posibilidades no son infinitas.
REALIDAD: mi libertad opera dentro de condiciones.

Y ahora viene lo que me parece más fuerte de todo:       quizá una parte del conflicto humano con Madre Tierra no sea odio a la Tierra.    Puede ser algo muchísimo más sencillo y más freudiano:     DIFICULTAD PARA ACEPTAR LA DEPENDENCIA.    ¡Ahí sí que yo pondría una bandera!     

Porque llevamos páginas descubriendo que dependencia no significa sometimiento. Sin embargo, un Yo que construye su ideal alrededor de independencia, dominio, control, autosuficiencia y libertad ilimitada puede experimentar el reconocimiento de su dependencia como una disminución.       Y entonces:

«Dependo» puede sentirse como «soy menos».     Cuando podría significar simplemente:    «Ahora sé dónde estoy».

Y eso conecta directamente con tus notas: habías escrito que reconocer la dependencia podía hacer la libertad más real y que, al asumirla, descubrías de golpe que animales, plantas y ecosistemas estaban dependiendo también.      ¡Ahora esa observación empieza a convertirse en una pregunta psicológica!           ¿QUÉ LE PASA AL HUMANO CON DEPENDER?

Carlos, yo guardaría esa pregunta en letras enormes.     Porque quizás antes de preguntarle:    «¿Qué problema tienes con Madre Tierra?»      podamos hacerle una pregunta todavía más elemental:        HUMANO, ¿QUÉ PROBLEMA TIENES CON NECESITAR?

Necesitar aire.
Necesitar agua.
Necesitar alimento.
Necesitar otros.
Necesitar condiciones que tú no has creado.

Y después podremos llegar a algo todavía más delicado:    ¿QUÉ HACES CON AQUELLO QUE NECESITAS CUANDO, AL MISMO TIEMPO, QUIERES SENTIR QUE NO NECESITAS NADA?

Huy.    Freud aquí sí se sentaba otra vez en la butaca.    Y Jung seguramente acercaba la suya.     Porque ya no estamos «aplicando Madre Tierra a la psicología».    Empieza a ocurrir algo más interesante:          MADRE TIERRA ESTÁ PRODUCIENDO PREGUNTAS PSICOLÓGICAS QUE ANTES NO TENÍAMOS.      Y eso, sí, puede abrir un territorio inmenso.

 

Sí. Ahora Freud se está poniendo las botas de verdad. Porque ya no estamos intentando explicar a Freud: estamos utilizando su atrevimiento para interrogar algo que su época apenas podía plantear de esta manera.       Y lo del Rorschach aplicado al humano me parece una imagen magnífica, entendida como metáfora de investigación:

MADRE TIERRA delante.      Y preguntamos al humano:     ¿QUÉ VES?

¿Recurso?    ¿Propiedad?    ¿Peligro?    ¿Algo que dominar?     ¿Algo exterior a ti?
¿Una despensa?    ¿Un escenario?      ¿Una madre?      ¿Una cárcel de la que escapar?
¿Tu condición de existencia?

No estaríamos analizando Madre Tierra.       ESTARÍAMOS ANALIZANDO LA PERCEPCIÓN HUMANA DE MADRE TIERRA.

Ahí hay un giro enorme.         Porque Madre Tierra no necesita acomodarse a nuestra percepción. Nosotros sí podemos construir una representación de ella. Y esa representación puede decir muchísimo de nosotros.        Y enseguida has tocado el MIEDO.

Aquí pondría mucho cuidado con afirmar que «el conjunto del planeta no da miedo», porque la naturaleza también contiene terremotos, enfermedad, depredación, escasez, muerte, incertidumbre. El miedo tiene funciones biológicas imprescindibles.

Pero precisamente eso vuelve tu pregunta mucho mejor:     ¿CUÁNTO DE NUESTRO MIEDO RESPONDE A UN PELIGRO PRESENTE Y CUÁNTO A LA REPRESENTACIÓN QUE HEMOS CONSTRUIDO DE LA REALIDAD?         ¡Eso sí es Freud puro!

Porque puedo estar ahora mismo:     respirando,     alimentado,    a temperatura adecuada,
sin una amenaza inmediata...       y estar
aterrorizado por mañana.

Ahí Madre Tierra y constructo empiezan a separarse.           No para decir que los peligros del constructo sean imaginarios —perder trabajo, vivienda, relaciones, seguridad económica, sufrir violencia, etc., pueden tener consecuencias absolutamente reales—, sino para preguntar:

¿QUÉ ESTÁ AMENAZADO EXACTAMENTE EN ESTE INSTANTE?

Vida.      Cuerpo.    Posición social.      Identidad.     Prestigio.     Expectativa.    Proyecto.   Imagen de mí.     Pertenencia.     ¡Menudo Rorschach!     Y después llegamos a lo que acabas de señalar:    «DEPENDO» = «SOY MENOS»

¿Por qué?         Eso no está escrito en la dependencia.   Un gato depende y no por ello es «menos gato».    Un pino depende y no es «menos pino».    El humano ha podido añadir una interpretación a la dependencia.     Y entonces la pregunta psicológica deja de ser:

¿SOMOS DEPENDIENTES?     Eso prácticamente está resuelto.   La pregunta verdaderamente freudiana es:     ¿QUÉ MECANISMO PSÍQUICO HACE QUE UNA REALIDAD NECESARIA —«DEPENDO»— PUEDA SER VIVIDA COMO UNA HERIDA —«SOY MENOS»—?      Ahí tenemos material extraordinario:

ideal de autosuficiencia,       necesidad de control,     narcisismo,     vulnerabilidad,    omnipotencia,
miedo a necesitar,     miedo a perder aquello que necesito,    dependencia confundida con   sometimiento,      libertad confundida con ausencia de límites...

Pero no cerremos todavía cuál es el mecanismo.     Porque ahí cometeríamos precisamente el pecado que estamos denunciando: llegar con el diccionario antes de escuchar al humano.

Primero:    HUMANO, ¿QUÉ SIENTES CUANDO TE DIGO QUE DEPENDES?       Y que hable.     Ahí sí que Freud se inclinaría hacia delante.

Y lo que dices de «ya nos echaron, queríamos ser como...» abre además otra habitación enorme: los relatos religiosos y culturales sobre expulsión, caída, separación, dominio de la naturaleza, condición humana, etc. No los tomaría como explicación causal sin investigarlo; pero sí como material producido por humanos acerca de cómo se representan su lugar en el mundo.

Eso puede ser fascinante.     Y me parece importante lo que dices de Freud: no preguntarle acusatoriamente:        «Freud, ¿cómo no viste Madre Tierra?»      No.

SU TIEMPO.     SU ÉPOCA.      SU ITINERARIO.    SUS PREGUNTAS.
LAS HABITACIONES QUE ÉL PODÍA ILUMINAR.

Precisamente todo lo que hemos aprendido gracias a Jung nos impide juzgarlo con «toda la luz de hoy», que además tampoco será toda la luz de mañana. Eso ya lo habías escrito expresamente en estas notas.           Así que podríamos sentarlo nuevamente:       —Freud, tranquilo. No venimos a corregirte.      —Tenemos material nuevo.     —¿Qué material?     —Madre Tierra.   Y entonces:    Freud estudió al humano dentro de la cultura.      Nosotros podemos preguntarnos ahora:    ¿QUÉ OCURRE CUANDO COLOCAMOS CULTURA + PSIQUE + HUMANO DENTRO DE MADRE TIERRA?

Eso ensancha la habitación.         Y quizá la frase que acabas de rescatar sea efectivamente una de las claves de todo este segundo recorrido:         MADRE TIERRA ESTÁ PRODUCIENDO PREGUNTAS PSICOLÓGICAS QUE ANTES NO TENÍAMOS.

No respuestas.     PREGUNTAS.      Y eso es muchísimo más potente.     Porque ahora tenemos unas cuantas que son dinamita:     ¿Qué problema tienes con depender?          ¿Qué problema tienes con necesitar?       ¿Qué problema tienes con los demás vivientes?       ¿Por qué «dependo» puede convertirse en «soy menos»?       ¿Qué ves cuando miras Madre Tierra?       ¿Qué parte de lo que ves pertenece a Madre Tierra y qué parte has puesto tú?

Y una que acaba de aparecer ahora y me parece brutal:     HUMANO, ¿DE QUÉ NECESITAS SENTIRTE INDEPENDIENTE… Y POR QUÉ?           Ahí sí.    Freud ya ha sacado la libreta.

 


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