MADRE TIERRA y CONSTRUCTO HUMANO
Cuando olvidamos que construimos
La explicación acaba pareciendo realidad.
La costumbre, naturaleza.
La convención, necesidad.
La
convención, necesidad. Y quizá éste
sea uno de los momentos más delicados de toda construcción humana. No porque hayamos construido mal. Ni siquiera porque aquello construido haya dejado
de ser útil. Sino porque hemos perdido conciencia de nuestra
participación en su construcción. Ya no vemos el proceso. Vemos solamente el resultado.
Encontramos
el edificio terminado y, después de habitarlo durante generaciones, podemos llegar
a pensar que el edificio
forma parte del paisaje.
El olvido ocurre poco a poco Probablemente
nadie decide:
«A
partir de hoy olvidaremos que esto lo hemos construido nosotros.»
Ocurre de
una manera mucho más natural. Una
generación encuentra un problema. Busca
una solución. La solución funciona. Se transmite. La generación siguiente ya no recibe
solamente el problema inicial: recibe también la solución preparada. La utiliza. La adapta.
Le añade algo. La transmite
nuevamente.
Después de
varias generaciones puede haberse perdido incluso el recuerdo preciso de la
necesidad que dio origen a aquella construcción. Pero la construcción continúa. Y entonces puede aparecer una frase
aparentemente inocente: «Siempre se ha hecho así.»
Ahí
deberíamos prestar atención. Porque
«siempre» puede significar simplemente:
«No recuerdo
cuándo empezamos a hacerlo.» De explicación a realidad
El mecanismo
puede producirse también con nuestras explicaciones. Observamos algo. Intentamos comprenderlo. Proponemos una interpretación. La interpretación resulta útil. La transmitimos. Otros trabajan sobre ella.
Aparecen
conceptos, categorías y terminologías.
Y finalmente las generaciones siguientes pueden encontrarse con el concepto antes que con aquello que
el concepto intentaba explicar.
Entonces la
dirección se invierte. Ya no miramos
la realidad para construir una explicación.
Miramos la
realidad a través de la explicación que hemos heredado. Y encontramos,
naturalmente, muchas cosas que encajan en ella. Esto no demuestra que la explicación sea
falsa. Puede ser excelente.
El problema
aparece cuando dejamos de distinguir: LO OBSERVADO de LO
INTERPRETADO. Cuando
el mapa deja de ser mapa y empieza a confundirse con el territorio. De
costumbre a naturaleza
Algo
semejante ocurre con las costumbres. Una
manera determinada de organizar la familia puede parecernos natural. Una determinada forma de trabajar puede
parecernos natural. Una idea de
éxito puede parecernos natural. Una
distribución de funciones puede parecernos natural.
Una
determinada relación con la propiedad puede parecernos natural. Pero basta mirar otras culturas o épocas
para descubrir que seres humanos igualmente humanos organizaron muchas de esas
cuestiones de maneras diferentes.
Entonces
aparece una pregunta extraordinariamente liberadora: ¿ES
NATURAL O ES NORMAL DENTRO DEL MUNDO EN EL QUE HE NACIDO? No son necesariamente lo
mismo. Lo normal puede ser una
construcción extraordinariamente estable.
Puede ser incluso conveniente y deseable. Pero reconocerlo como construcción nos
permite preguntarnos por
qué existe y si continúa cumpliendo su función.
De convención a necesidad
Y todavía
podemos dar otro paso. Algo que
comenzó siendo un acuerdo puede terminar pareciendo imprescindible.
Necesitamos
respirar. Necesitamos determinadas
condiciones para que nuestro organismo continúe funcionando. Pero ¿necesitamos necesariamente todas
las formas concretas mediante las cuales hemos organizado nuestra existencia? Aquí conviene no precipitarse.
Que algo sea
construido no significa
que podamos retirarlo mañana sin consecuencias. Una ciudad es construida y millones de
personas dependen de su funcionamiento.
Un sistema económico es construido y condiciona la alimentación y
seguridad de poblaciones enteras. Una
institución es construida y puede desempeñar funciones indispensables.
Precisamente
porque las construcciones humanas producen realidad, rectificarlas exige responsabilidad. Nuestro descubrimiento no concede permiso
para destruir. Concede algo
anterior: permiso para volver a preguntar.
El gran peligro: padecer lo modificable como
inevitable Aquí aparece una
consecuencia enorme. Cuando
confundimos construcción y naturaleza podemos terminar padeciendo algo humano
como si perteneciera al orden inevitable de la existencia.
«No tengo otra posibilidad.» «Tengo que ser esto.»
«Mi vida debería haber sido así.»
«A esta edad tendría que haber conseguido
aquello.»
«Valgo según esto.» «Necesito tener aquello para ser
alguien.»
Algunas de
esas afirmaciones pueden contener necesidades reales. Otras pueden contener una mezcla de
realidad, historia personal, cultura, expectativas y construcciones sociales. Mientras todo permanece mezclado, resulta dificilísimo saber dónde
podemos actuar.
Y esto será
especialmente importante cuando lleguemos a psicología y terapia. No para decir a una persona: «Tu
problema es imaginario.» Sino
para poder preguntarle: «¿QUÉ PARTE DE LO QUE ESTÁS PADECIENDO
ES INEVITABLE Y QUÉ PARTE ESTÁ OCURRIENDO DENTRO DE UN ESCENARIO QUE LOS HUMANOS
HEMOS CONSTRUIDO?»
La
diferencia puede ser enorme. También podemos olvidar dentro de nuestros
conocimientos
La ciencia,
la filosofía, la religión, la economía, la psicología, la astrología y
cualquier sistema humano de conocimiento necesitan especialmente esta
vigilancia. Porque cuanto más
desarrollado está un sistema, más fácil resulta comenzar a trabajar desde sus conceptos ya establecidos.
Cada
especialidad crea su lenguaje. Sus
clasificaciones. Sus métodos. Sus preguntas. Sus problemas. Sus respuestas acumuladas. Eso permite profundizar enormemente. Pero también puede ocurrir que una
disciplina termine interrogándose exclusivamente desde dentro de sí misma.
La
astrología nos proporcionó precisamente esta experiencia. Mientras preguntábamos a la astrología desde
la propia astrología, las respuestas continuaban apareciendo dentro de su
edificio.
El cambio
comenzó cuando introdujimos una pregunta exterior: ¿ESTO
ESTÁ EN LA VIDA O LO HEMOS PUESTO NOSOTROS?
No para destruir la astrología. Para recuperar la posibilidad de
distinguir raíz,
manifestación, interpretación y construcción.
Y entonces
ocurrió algo inesperado. La pregunta
dejó de pertenecer solamente a la astrología. La toma de tierra rompe el hechizo sin
romper el edificio Aquí Madre
Tierra empieza a mostrar su verdadera función.
No viene a
sustituir nuestras construcciones. No
trae otra economía. Otra religión. Otra psicología. Otra astrología. Otra organización política.
Simplemente
proporciona un punto
exterior de contraste.
Aire. Agua. Cuerpo.
Alimento. Condiciones de vida. Interdependencia. Continuidad. Desde ahí podemos regresar al
edificio y preguntar:
¿Qué hay aquí porque pertenece a las
condiciones de la Vida?
¿Qué hemos añadido nosotros?
¿Por qué lo añadimos? ¿Continúa sirviendo?
De pronto la
pared vuelve a ser pared. Y eso no
significa que haya que derribarla. Significa
que volvemos a verla. El
olvido también merece comprensión
Incluso aquí
sería injusto acusarnos demasiado. Olvidar
que construimos puede ser, hasta cierto punto, una consecuencia normal del
éxito de nuestras propias construcciones.
Si cada
mañana tuviéramos que cuestionar nuevamente el lenguaje, el dinero, las señales
de tráfico, el calendario, las leyes y cada convención cotidiana, probablemente
no podríamos vivir.
Necesitamos
automatizar. Necesitamos confiar. Necesitamos recibir muchísimo ya
preparado. El problema no es que una
construcción llegue a funcionar sin que pensemos constantemente en ella.
El problema
aparece cuando perdemos
también la posibilidad de volver a verla como construcción cuando deja de
funcionar, comienza a dañarnos o necesita adaptarse.
Ésa es la
diferencia. No necesitamos vivir
interrogándolo todo. Necesitamos
conservar la capacidad
de interrogar nuevamente.
Recordar que construimos
Quizá éste
sea uno de los grandes despertares posibles para nuestra época. No descubrir que nuestras construcciones
son falsas. No descubrir que nuestros
antepasados estaban equivocados. No
descubrir que tenemos que comenzar otra vez desde cero. Algo mucho más sencillo:
RECORDAR.
Recordar que
construimos. Recordar que heredamos. Recordar que añadimos. Recordar que interpretamos. Recordar que algunas paredes fueron
levantadas por nosotros. Y entonces
recuperamos una posibilidad que parecía perdida:
PODEMOS
MIRARLAS DE NUEVO. No con desprecio. Con curiosidad. Porque cada construcción contiene una
historia. Hubo un momento en que
todavía no existía.
Algo
ocurrió. Alguna necesidad apareció. Alguien tomó una dirección. Otros continuaron por ella. Y quizá, para comprender realmente nuestro
mundo, tengamos que regresar hasta allí.
No para
buscar culpables. Sino para descubrir: ¿POR
QUÉ TOMAMOS PRECISAMENTE ESA RUTA? Ahí
comienza la segunda parte de nuestro recorrido:
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