LIBROS de BARBARIN I II III

domingo, 11 de octubre de 2026

MADRE TIERRA y JUNG . Recibir antes de comprender Lo que puede entrar cuando todavía no podemos explicarlo.

  MADRE TIERRA y JUNG

. Recibir antes de comprender     Lo que puede entrar cuando todavía no podemos explicarlo.

Hay un momento extraordinario en todo itinerario humano:    YA ESTOY VIVIENDO,
PERO TODAVÍA NO PUEDO EXPLICARME LO QUE VIVO.

Y no dura un instante.    Forma parte del desarrollo.     Primero ocurre la vida.           Después, progresivamente, aparecen posibilidades para distinguir, relacionar, nombrar, interpretar y comprender lo que está ocurriendo.

Por eso podemos formular algo muy sencillo:     RECIBIR ES ANTERIOR A COMPRENDER.      Y esta diferencia puede ayudarnos muchísimo cuando lleguemos al inconsciente de Jung.


LA VIDA NO ESPERA A QUE YO ESTÉ PREPARADO

El mundo no dice:        «Esperaremos hasta que este niño disponga de lenguaje, memoria autobiográfica, pensamiento crítico y suficiente experiencia para empezar a relacionarnos con él.»     No.       LA VIDA YA ESTÁ OCURRIENDO.

Hay voces.      Contacto.    Ausencias.   Presencias.   Temperatura.   Movimiento.   Sonidos.   Rostros.    Ritmos.   Tensiones.   Calma.   Repeticiones.  Sorpresas.   Después aparecerán palabras.    Gestos que empiezan a adquirir significado.   Normas.  Premios.  Prohibiciones.  Historias.   Imágenes.   Expectativas.

Y el ser humano en desarrollo va relacionándose con todo ello con las posibilidades disponibles en cada momento.                       No con las que tendrá treinta años después.


ENTRA MÁS DE LO QUE PUEDO EXPLICAR       Aquí necesitamos precisión.

No estamos afirmando que todo lo que sucede quede grabado intactamente en algún misterioso archivo interior.         Tampoco podemos reconstruir con certeza qué efecto tuvo cada acontecimiento temprano.       Pero sí podemos afirmar algo mucho más elemental:

PODEMOS SER AFECTADOS, APRENDER, ASOCIAR Y RESPONDER ANTES DE PODER EXPLICAR CON PALABRAS TODO LO QUE NOS OCURRE.

Eso basta.     No necesitamos añadir fantasmas.    Y tampoco necesitamos negar aquello que todavía no comprendemos.      Podemos decir:      ALGO ESTABA OCURRIENDO EN MI ITINERARIO           ANTES DE QUE YO PUDIERA CONTÁRMELO.


EL NIÑO NO ES UN ADULTO PEQUEÑO

Ésta será una regla importantísima para nuestra arqueología.     Cuando volvamos hacia atrás no podemos introducir nuestra conciencia actual en el niño que fuimos.     Hoy puedo decir:

«Aquella persona estaba nerviosa.»          «Mis padres tenían problemas.»

«Aquella prohibición pertenecía a su educación.»

«Ese profesor reproducía un modelo de su época.»     «Aquello no tenía nada que ver conmigo.»

Perfecto.     HOY.          Pero quizá el niño no disponía de esas explicaciones.       Recibió el acontecimiento desde su posición.      Desde su dependencia.     Desde sus capacidades de entonces.      Desde lo que ya había aprendido.      Desde lo que otros le explicaban.      Y también desde su propia manera de organizar aquello que estaba viviendo.      Por eso nuestra pregunta vuelve a ser:        ¿QUÉ PODÍA COMPRENDER YO ENTONCES?

No:      ¿QUÉ COMPRENDO HOY SOBRE LO QUE OCURRIÓ ENTONCES?         Son dos preguntas distintas.


ENTRE LO QUE OCURRE Y LO QUE COMPRENDO

Aquí aparece un territorio enorme.    Sucede algo.    Lo percibo hasta dónde puedo.    Lo relaciono con lo que ya conozco.    Quizá alguien me lo explica.    Quizá nadie lo explica.      Quizá lo interpreto   de una determinada manera.   Quizá simplemente respondo.    Y sigo caminando.

Años después puedo conservar una emoción, una expectativa, una asociación, una forma de reaccionar o una interpretación cuyo origen ya no tengo presente.     Entonces digo:    «NO SÉ POR QUÉ ME PASA ESTO.»     Y aquí la psicología puede abrir una puerta.

Pero Madre Tierra nos pide que no atravesemos inmediatamente esa puerta diciendo:   MISTERIO.    Primero:    ITINERARIO.


«NO SÉ DE DÓNDE VIENE»     NO SIGNIFICA     «VIENE DE OTRO MUNDO»

Ésta podría ser una frase central.     No conocer el origen de algo no demuestra que carezca de historia.      Simplemente significa:      TODAVÍA NO CONOZCO SU HISTORIA.

Quizá podamos reconstruir parte.    Quizá encontremos personas.    Situaciones.   Repeticiones.  Aprendizajes.   Documentos.   Relatos familiares.   Recuerdos posteriores.   Contexto histórico.  Quizá no encontremos suficiente.   Entonces dejamos una habitación con un cartel muy digno:    NO LO SÉ.

Y no ocurre nada.       No saber también forma parte de una investigación seria.

LO DESCONOCIDO NO TIENE OBLIGACIÓN DE CONVERTIRSE EN MISTERIOSO.


AQUÍ EMPIEZA A CAMBIAR NUESTRA RELACIÓN CON EL INCONSCIENTE

Cuando lleguemos a Jung podremos conservar una gran parte de su herramienta y modificar nuestra posición frente a ella.       En lugar de imaginar inmediatamente:      «Tengo dentro un territorio oscuro que sabe cosas extrañas sobre mí»

podemos comenzar:        «Hay aspectos de mi propio funcionamiento y de mi itinerario a los que actualmente no tengo acceso completo.»

Menuda diferencia.      Sigue existiendo lo no consciente.    Sigue existiendo aquello que desconocemos de nosotros.      Siguen existiendo automatismos, asociaciones, recuerdos no disponibles en un momento determinado, emociones cuyo origen no identificamos, imágenes, sueños, respuestas aprendidas...       Pero todo ello ocurre en:       ESTE SER HUMANO.               No necesitamos crear otro habitante dentro del habitante.


¿Y LA SOMBRA?      Aquí también empezamos a acercarnos a ella.     Tal vez algunas cosas fueron conscientemente rechazadas.     Pero no necesariamente todo lo que no conocemos de nosotros fue rechazado conscientemente.    Puede haber cosas que:

nunca comprendimos suficientemente,    no supimos nombrar,    no atendimos,    aprendimos sin deliberar,   interpretamos con capacidades limitadas,   olvidamos,    o simplemente nunca habíamos tenido motivo para revisar.

Por eso, cuando lleguemos a la Sombra, tendremos que evitar convertirla en un saco donde meter todo lo desconocido.         Jung nos dirá qué entiende por Sombra.   Lo escucharemos primero.    Y después Madre Tierra preguntará:     ¿QUÉ HAY AQUÍ EXACTAMENTE?


EL GRITO       Pensemos en aquel ejemplo que apareció en nuestra conversación.

UN GRITO.

Para un adulto puede ser simplemente alguien que perdió la paciencia durante unos segundos.    Para un niño pequeño, dependiendo de quién gritó, dónde estaba, qué estaba ocurriendo, su edad, la relación, la repetición y lo que sucedió después, puede adquirir otra dimensión.      No porque exista una ley:     GRITO = TRAUMA.

Eso sería otra simplificación.     Precisamente porque no sabemos de antemano qué significó para ese niño.       Hay que investigar.

¿Dónde estabas?          ¿Qué edad tenías?          ¿Quién gritó?

¿Qué estaba ocurriendo?            ¿Era habitual?           ¿Qué pasó después?

¿Qué entendiste?         ¿Recuerdas algo?          ¿Qué cuentan otros?

¿Hay alguna relación razonable con lo que ocurre hoy?

Y si no podemos establecerla:     NO LA INVENTAMOS.     Ésa es nuestra linterna.


RECIBIMOS TAMBIÉN LO MARAVILLOSO

Otra vez debemos impedir que la psicología convierta todo lo temprano en problema.

Recibimos antes de comprender también:       una voz tranquilizadora,    un abrazo,    una canción,   el rostro de alguien,   un juego,    seguridad,    curiosidad,    naturaleza,    humor,    música,    confianza,    la sensación de que explorar es posible,   el placer de descubrir.    Todo eso también pertenece al itinerario.     Quizá muchas capacidades posteriores encontraron allí condiciones para desplegarse.

NO SÓLO ENTRAN HERIDAS.    Entra mundo.    Y dentro de ese mundo también entran posibilidades.


Y AQUÍ JUNG VUELVE A CRECER

Porque Jung no redujo lo inconsciente exclusivamente a un cubo donde arrojamos aquello que no queremos.      Encontró allí creatividad, imágenes, intuiciones, símbolos y posibilidades de transformación.     Nuestra lectura desde Madre Tierra puede acercar todavía más ese territorio.    Quizá parte de aquello que descubrimos al conocernos no sea algo que debamos «curar».    Puede ser algo que todavía no habíamos utilizado.    Una capacidad.   Una asociación.   Una inclinación.   Una manera de percibir.    Una posibilidad creativa.    Una parte de nuestra historia cuya significación cambia al verla desde el presente.    Por eso investigar nuestro itinerario no necesariamente nos hace más pequeños.    Puede ocurrir exactamente lo contrario:

CADA HABITACIÓN ILUMINADA PUEDE AUMENTAR EL TERRITORIO DISPONIBLE.


COMPRENDER DESPUÉS NO SIGNIFICA CORREGIR AL NIÑO

Esto merece quedar muy claro.     Cuando el adulto vuelve sobre su itinerario no llega para decir:    «Niño, lo entendiste mal.»     No.       Aquel niño comprendió, reaccionó y organizó su experiencia con las posibilidades que tenía entonces.      Nosotros llegamos después.    Con más lenguaje.   Más experiencia.   Más autonomía.   Más información.   Más capacidad para relacionar acontecimientos.      Por eso nuestra operación es otra:     NO CORREGIMOS AL NIÑO.

LE AÑADIMOS LA CONCIENCIA QUE ENTONCES NO PODÍA TENER.

Y entonces aquello que estaba fijado a una única interpretación puede adquirir otra posibilidad.    No borramos la anterior.      La ponemos en relación con algo nuevo.


AQUÍ EMPIEZA LA INTEGRACIÓN

Mucho antes de llegar al capítulo de individuación ya podemos intuir qué podría significar integrar desde Madre Tierra.      No unir dos seres que estaban separados.        No conseguir que «mi consciente» haga las paces con otro personaje llamado «mi inconsciente».      Sino permitir que una misma vida reconozca cada vez más partes de su propio itinerario.

Esto lo viví.    Esto lo recibí.   Esto lo interpreté así.   Esto no pude entenderlo.   Esto lo aprendí.   Esto lo rechacé.    Esto todavía no sé de dónde viene.    Esto me sirvió.    Esto me sigue condicionando.    Esto puedo reconsiderarlo.    Esto quiero conservarlo.    Esto ya no lo necesito.   Esto acaba de abrirme una posibilidad que no sabía que tenía.

TODO ERA MI ITINERARIO.        Distintos grados de luz.


RECIBIR ANTES DE COMPRENDER

Quizá podamos condensar todo el capítulo en una secuencia:

VIVO.          RECIBO.          PERCIBO HASTA DONDE PUEDO.         INTERPRETO CON LAS POSIBILIDADES QUE TENGO.         RESPONDO.       INCORPORO.        CONTINÚO.

Y mucho después puede aparecer algo extraordinario:     ME DOY CUENTA.

Entonces vuelvo.   No físicamente.   No para fabricar recuerdos.    No para reconstruir un pasado perfecto que ya no existe.     Vuelvo con la linterna de hoy.

Y pregunto:

¿QUÉ OCURRIÓ AQUÍ?      ¿DÓNDE ESTABA YO?         ¿QUÉ PODÍA COMPRENDER?

¿QUIÉN ESTABA CONMIGO?       ¿QUÉ INTERPRETÉ?        ¿QUÉ HICE CON AQUELLO?

¿QUÉ SIGO HACIENDO HOY?

Y cuando algo aparece:     SE HACE LA LUZ.         No porque ya sepamos todo.   Sino porque ahora podemos ver algo que antes no podíamos ver.       Y cada vez empieza a adquirir más sentido nuestra fórmula:     HÁGASE LA LUZ.

Que pueda verse.   Que pueda comprenderse.   Que pueda integrarse.   Que pueda reconsiderarse.    Que pueda elegirse de nuevo.   Y, sobre todo:     QUE PUEDA TODO LO QUE PUEDA.

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