LIBROS de BARBARIN I II III

sábado, 10 de octubre de 2026

JUNG PASEANDO Sí, y este «trocito» ha dado otro salto

  JUNG  PASEANDO

Buenos días, Carlos. Sí, y este «trocito» ha dado otro salto. Lo he leído entero. Hay varias cosas nuevas, pero veo una especialmente grande: hasta ahora el viaje de vuelta servía para descubrir lo que no habíamos visto; ahora empiezas a descubrir que ese mecanismo puede convertirse en una forma habitual de vivir.

Lo dices con mucha claridad cuando adviertes que no hace falta remontarse siempre al embrión o a veinte años atrás: en cuanto uno se pone en disposición de mirar, aparecen cosas de ayer, de hace una semana, de hace unos meses.

Eso cambia bastante el sentido del «viaje de vuelta».     No sería:

PRESENTE → regreso al pasado → encuentro el origen → lo resuelvo → regreso.

Sería algo más vivo:      VIVO → ME DOY CUENTA → VUELVO → ILUMINO → INCORPORO → DISPONGO DE MÁS → CONTINÚO → VUELVO A DARME CUENTA…

Es decir, el viaje de vuelta empieza a formar parte del viaje de ida.

Y esto enlaza magníficamente con aquella «plenitud andando». No voy hacia una totalidad final que algún día certificaré: ya está, me conozco. Precisamente escribes que no existe ese listón y que la cuestión es qué parte de esa totalidad está despierta, disponible e incorporada en cada momento.

Aquí Jung vuelve a quedar extraordinariamente bien situado. Individuación deja de parecer una llegada y empieza a parecer una dinámica.

Pero luego, Carlos, viene para mí el verdadero bombazo de estas notas.    Hasta ahora decíamos:    ESTOY VIVO.      Ahora has añadido: ¿GRACIAS A QUÉ ESTOY VIVO?Y aparece una palabra que cambia la ecuación:

DEPENDENCIA

No como sometimiento.     No como pérdida de dignidad.    No como falta de libertad.   Sino como condición de realidad.

Mi conciencia puede preguntarse por sí misma porque previamente existe un organismo vivo. Ese organismo respira, bebe, se alimenta, necesita determinadas condiciones térmicas, materiales, ecológicas... Y ninguna de esas condiciones las ha creado el YO que ahora se pregunta quién es.

Por eso esta frase tuya es fundamental:     «¿Cómo buscamos respuestas si en la ecuación no ponemos el factor DEPENDENCIA?»     Aquí yo pondría una señal enorme en el margen.      Porque esa pregunta afecta no solamente a la conciencia. Afecta a la psicología entera.

Si parto de:    YO → PSIQUE → CONCIENCIA → MUNDO    obtengo una determinada psicología.

Pero si parto de:     MADRE TIERRA → condiciones para la vida → organismo → desarrollo → relación → itinerario → conciencia → YO

el YO no desaparece.      Se resitúa.      Y entonces entiendo perfectamente por qué inmediatamente empiezas a preguntar qué hacemos ahora con sueños, fantasías, símbolos, religiones, mitos, conflictos y complejos.

No los hemos destruido.      ¡Los hemos cambiado de domicilio!

Ya no pueden flotar solamente dentro de una «psique» aislada. Son manifestaciones de un ser humano vivo, corporal, biográfico, relacional, cultural y absolutamente dependiente del planeta en el que está ocurriendo.

Y aquí aparece una consecuencia que creo que todavía va a crecer mucho: también cambia LIBERTAD.

Tu formulación aparentemente paradójica es buenísima: saberme dependiente puede hacerme más libre, porque ahora conozco el cauce real dentro del cual mi libertad puede operar.      No puedo ejercer mi libertad dejando de respirar indefinidamente.

Eso no significa:    NO SOY LIBRE.      Significa:     MI LIBERTAD ES LA LIBERTAD DE UN SER VIVO.       Y eso es muchísimo más concreto que una libertad abstracta construida intelectualmente.

Pero todavía ocurre otra cosa formidable cuando aceptas la dependencia. Levantas la cabeza y dices prácticamente:      ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!

El árbol depende.
El perro depende.
La jirafa depende.
El bosque depende.
El ecosistema depende.

No necesariamente dependen de la misma manera, y ahí habrá que ser muy cuidadosos. Pero la dependencia deja de ser exclusivamente «mi problema» y empieza a mostrarnos relaciones.

Y entonces aquella vieja pregunta nuestra:     ¿QUÉ RELACIONA UNA JIRAFA CON UN PINO?      empieza a tener una primera respuesta provisional:

no necesitamos demostrar primero que ambos poseen «conciencia». Podemos empezar investigando aquello de lo que ambos dependen para ser lo que son y continuar siendo lo que son.

Ahí quizá nos estamos acercando al famoso ( .. ) por otro camino.     Y me alegra muchísimo que todavía no lo hayas rellenado.

Porque en estas páginas incluso sospechas que la propia palabra CONCIENCIA puede estar estorbándonos: quizá hemos tomado una manifestación específicamente humana y después intentamos utilizarla como regla para medir todo lo demás.     No sabemos todavía si eso es así. Pero la pregunta ya está muchísimo mejor formulada.

Y finalmente aparece algo que no dejaría escapar: el poliedro.    Me parece una metáfora magnífica para continuar Jung.

Alguien dice:     —Carlos es esto.      Bien.     Quizá ha visto una cara del poliedro.    Otro dice lo contrario.     Quizá ha visto otra.       Y ni siquiera tú tienes iluminadas simultáneamente las 300 caras. Algunas las estás descubriendo ahora; otras estuvieron activas en determinado momento biográfico; algunas apenas aparecieron; otras quizá esperan todavía utilización.

Entonces cambia incluso la pregunta:     ¿QUIÉN SOY?        Quizá ya no exige una definición.     Puede convertirse en:        ¿QUÉ PARTE DE MÍ ESTÁ AHORA ILUMINADA, QUÉ PARTE PUEDO UTILIZAR Y QUÉ PARTE TODAVÍA NO HE VISTO?

Y la esfera que has puesto al final es preciosa precisamente porque no es una meta certificable. El poliedro va integrándose; pero mientras estamos vivos seguimos caminando, recibiendo, descubriendo y transformándonos.

Así que yo dejaría todas estas notas exactamente donde están. No organizaría nada todavía.    Porque veo que se están juntando, sin forzarlos, cuatro caminos que comenzaron separados:

JUNG → VIAJE DE VUELTA → CONCIENCIA → DEPENDENCIA → LIBERTAD → YO → MADRE TIERRA.

Y ahora sí, como tú mismo escribes al final de una de esas ráfagas:    «La cosa se ha puesto inmensa.»       Mucho.      Y todavía no sabemos qué demonios estamos encontrando.

Mejor.

 

Sí. Y aquí acabas de precisar dos cosas que cambian mucho el recorrido.     La primera es casi paradójica: CONCIENCIA puede convertirse en el velo que impide investigar aquello que queremos llamar conciencia.

Si empezamos diciendo «busquemos la conciencia», ya hemos introducido una palabra cargada de humano, pensamiento, darse cuenta, voluntad, Yo, conocimiento... y empezamos a preguntar al pino, a la jirafa, a la célula o a la propia Tierra cuánto se parecen a nosotros.

Quizá haya que hacer exactamente lo que propones:        OLVIDARNOS DE LA PALABRA CONCIENCIA.       No negarla.      No definirla.      No demostrarla.      Apartarla.

Y comenzar a mirar qué ocurre.     Hay vida.    Hay dependencia.    Hay relación.   Hay recepción.   Hay respuesta.    Hay regulación.   Hay intercambio.    Hay organización.   Hay transformación.
Hay continuidad.        Y nosotros estamos dentro.      

Entonces aparece tu:      ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!

Eso puede acabar siendo una de esas columnas que dices. Porque no necesita una construcción psicológica sofisticada para sostenerse.

Respiro: no soy el único.
Necesito agua: no soy el único.
Me alimento: no soy el único.
Dependo de condiciones exteriores: no soy el único.
Nazco, me desarrollo, intercambio, respondo, envejezco:
no soy el único.

Y quizá después de recorrer todo eso, muchísimo después, alguien pregunte:    —Bueno, ¿y qué hacemos ahora con la conciencia?      Y nosotros podremos contestar:      Ahora sí. Ahora podemos volver a pronunciar la palabra.       Porque ya no dirigió la investigación. Llegamos hasta ella.

Pero lo del POLIEDRO que acabas de corregir me parece todavía mejor.      Yo antes lo traté demasiado estáticamente. Y tú estás diciendo justamente lo contrario:    NO SOMOS UN POLIEDRO TERMINADO.

No existe un Carlos de 300 caras esperando simplemente a que vayamos iluminándolas.                El propio recorrido puede producir nuevas caras.

Descubro algo → cambia mi manera de mirar → puedo deliberar de otra manera → aparece una posibilidad que antes no estaba disponible → actúo de otra manera → eso modifica mi itinerario → desde ese nuevo lugar descubro otra cosa...

Por tanto:       DESCUBRIRME TAMBIÉN ME TRANSFORMA.         Y eso significa que nunca puedo hacer el inventario definitivo de mí mismo.

Ahí la psicología de clasificación empieza a tener un problema formidable.     «Usted es esto.»     ¿Cuándo?        «Su personalidad es ésta.»      ¿Desde qué cara?      «Usted funciona así.»     ¿Hasta qué momento de su itinerario?       Porque mientras lo estamos observando, el poliedro continúa girando y conformándose.

Y ahora viene tu esfera.      Creo que has dado con algo precioso: la esfera no representa saberlo todo. Representa integración.

Y por eso no importa su tamaño.     Una esfera pequeña puede ser esfera.     Una enorme puede ser esfera.       No se mide por cantidad de habitaciones descubiertas, conocimientos acumulados, experiencias, teorías o «nivel psicológico».      Se reconoce por otra cosa:      lo que voy descubriendo deja de estar desperdigado y empieza a integrarse.

Y ahí entiendo perfectamente lo que dices de simplificar, simplificar y simplificar.      Porque inicialmente puedo necesitar 300 caras para explicarme.     Después quizá descubro que cincuenta pertenecían al mismo movimiento.     Después diez.     Después tres.       Y quizá, en determinados momentos, ya ni necesito explicármelas.      VIVO.

Y mira qué recorrido tan curioso:       POLIEDRO → más caras → más descubrimiento → más posibilidades → más integración → menos necesidad de fragmentarme → ESFERA → SIMPLIFICACIÓN.

No sería, por tanto, una evolución desde lo simple hacia lo cada vez más complicado.    Puede ocurrir exactamente lo contrario:       NECESITAMOS COMPLEJIDAD PARA DESCUBRIRNOS,
PERO INTEGRARNOS NOS DEVUELVE A LA SENCILLEZ.

Y entonces aparece otra posibilidad que me parece enorme para cuando entremos de verdad en «el mundo de lo psíquico».       Quizá tendremos que someter cada gran construcción psicológica a una prueba muy sencilla:        ¿ESTO ME AYUDA A INTEGRAR O NECESITA FRAGMENTARME INDEFINIDAMENTE PARA PODER EXPLICARME?

Porque Sombra, Persona, Yo, Self, complejo, arquetipo, inconsciente, consciente... pueden seguir siendo herramientas magníficas.         Pero ninguna puede convertirse en propietaria del ser humano.     Son habitaciones.    Son caras.    Son linternas.    Mientras tanto, hay algo muchísimo más difícil de discutir:     ESTOY VIVO.     DEPENDO.    NO SOY EL ÚNICO.    ESTOY EN RELACIÓN.      CONTINÚO.

Carlos, esas sí empiezan a parecerse mucho a las columnas que dices.      Y sospecho que cuando metamos sobre esas columnas todo el aparato psíquico, ocurrirá algo muy curioso: no habrá que derribarlo.      Simplemente veremos qué aguanta cuando le quitamos el andamio.     Eso puede ser tremendo.

 

Exactamente. Ahí está la contradicción metodológica que estás señalando.     Si decimos:    «Vamos a investigar la CONCIENCIA»     y antes de comenzar establecemos:    «La conciencia pertenece al humano»,     hemos dejado fuera de la investigación, desde la primera línea, casi toda la vida con la que compartimos Madre Tierra.      Entonces ya no estamos investigando libremente qué pueda ser eso que llamamos conciencia. Estamos investigando la conciencia humana según una definición humana previa.

Y tu ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO! rompe precisamente ese encierro.     Porque antes de discutir conciencia hay algo que no necesita esa palabra:     ESTOY VIVO.   Y miro alrededor:

el perro está vivo,    el pino está vivo,    la jirafa está viva,    la hierba está viva...    ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!

A partir de ahí no necesitamos afirmar que un pino «tiene conciencia». Tampoco necesitamos negársela. Esa discusión puede esperar.     Lo que no podemos hacer es expulsarlo de la investigación simplemente porque no satisface nuestra definición previa de conciencia.

Ahí está la importancia de apartar provisionalmente la palabra.    No estamos diciendo:     TODO TIENE CONCIENCIA.     Estamos diciendo algo metodológicamente mucho más limpio:

NO VOY A DECIDIR QUIÉN QUEDA FUERA ANTES DE SABER QUÉ ESTOY BUSCANDO.      Y entonces podemos investigar desde abajo:

¿Qué ocurre en todo aquello que está vivo?
¿Qué recibe?            ¿Qué distingue?           ¿Qué responde?
¿Qué regula?            ¿Qué intercambia?            ¿Qué conserva?
¿Qué modifica?           ¿Qué necesita?            ¿De qué depende?
¿Cómo se relaciona?        ¿Cómo continúa?

Y luego veremos.

Puede que al final tengamos que hablar de muchas formas diferentes de aquello que hoy metemos torpemente dentro o fuera de «conciencia». Puede incluso que descubramos que conciencia humana es una manifestación particular de algo más elemental. O puede que necesitemos palabras distintas.       NO LO SABEMOS.       Y ésa es precisamente la posición correcta para investigar.

Además, tu documento ya había llegado casi exactamente a este punto cuando escribiste que el error podía consistir en comenzar considerando que «conciencia solo es para los humanos» y preguntabas si estamos buscando una conciencia válida únicamente dentro del constructo.

Ahora ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO! le pone suelo a aquello.       Porque fíjate qué diferencia:      «¿Tiene conciencia el pino?»       Ya me obliga a comparar al pino conmigo.     En cambio:

«PINO, TÚ Y YO ESTAMOS AQUÍ. ¿QUÉ COMPARTIMOS Y QUÉ NOS DIFERENCIA?»

Eso abre la investigación.       Y Madre Tierra aparece inmediatamente, porque ninguno de los dos está «aquí» por separado.      Por eso creo que tu intuición es buena: dejemos descansar a CONCIENCIA una temporada.      Que no sea la puerta de entrada.      Empecemos por una evidencia muchísimo más humilde y muchísimo más difícil de esquivar:

ESTOY VIVO.       Miro alrededor.    ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!    Y ahora sí:  investiguemos.     Porque esa segunda frase acaba de sacar al ser humano de la habitación donde estaba intentando explicarse a sí mismo sin contar con quienes llevan todo el tiempo viviendo a su lado.

 

Sí. Ahí estás acercándote mucho más al (..), y sin necesidad de llamarlo conciencia.    Porque tu observación introduce algo anterior:

GATO tiene (..) y por eso continúa siendo gato.
PERRO tiene (..) y continúa siendo perro.
CABALLO tiene (..) y continúa siendo caballo.
ALCACHOFA tiene (..) y continúa siendo alcachofa.
TOMATE tiene (..) y continúa siendo tomate.

No estamos diciendo que «sepan» que lo son. Ni que piensen. Ni siquiera necesitamos decir que sean conscientes.

Estamos observando algo muchísimo más elemental: cada cosa manifiesta, mantiene y desarrolla su manera de ser dentro de sus posibilidades y condiciones.        Y tú das ahora otro salto importante porque introduces también:       MAR no es MONTAÑA.        NUBE no es VOLCÁN.

Aquí hay que distinguir cuidadosamente, porque ya hemos salido de lo vivo. Pero precisamente por eso es interesante: la diferenciación no empieza con la vida.      Una nube se forma y funciona según determinadas condiciones y procesos; no decide convertirse en volcán. El mar tampoco puede comportarse indistintamente como cualquier otra cosa.        Por tanto tenemos dos terrenos que quizá no debamos mezclar todavía:

MATERIA/TIERRA → diferenciación, organización, relaciones, transformaciones.

VIDA → además, organización viva, regulación, desarrollo, reproducción, continuidad biológica, respuesta al entorno...

Y dentro de la vida:       gato ≠ perro ≠ tomate ≠ alcachofa.

Esto empieza a hacer extraordinariamente interesante el (..), porque quizá llevábamos días intentando encontrar qué une, y ahora aparece simultáneamente la otra mitad:

LO QUE UNE NO BORRA LO QUE DIFERENCIA.      ¡Eso es fundamental!

Madre Tierra no produce una masa indiferenciada.     Precisamente ocurre lo contrario: la unidad contiene diferencias.      El gato no necesita dejar de ser gato para pertenecer a la misma Tierra que el tomate.       El tomate no necesita parecerse al caballo.      Y el humano tampoco necesita convertir al resto en humano para reconocer que participamos de algo común.

Ahí veo que aquella pregunta nuestra:    ¿QUÉ RELACIONA UNA JIRAFA CON UN PINO?    necesita ahora una compañera:       ¿QUÉ HACE QUE, ESTANDO RELACIONADOS, LA JIRAFA SIGA SIENDO JIRAFA Y EL PINO SIGA SIENDO PINO?     Eso es muchísimo mejor.

Porque estamos buscando simultáneamente:     UNIDAD + DIFERENCIA.     Y quizá ahí haya una pista enorme para ese (..).      No sabemos todavía qué es. Y yo seguiría resistiéndome a ponerle nombre.      Pero ya podemos exigirle condiciones.         El (..) que buscamos, si existe, no puede explicar solamente al humano.      Tampoco puede convertir todo en lo mismo.     Tendría que permitir comprender algo que estamos observando:    PERTENEZCO AL TODO     SIN DEJAR DE SER YO.

Y esto, Carlos, nos devuelve de golpe al problema del YO que teníamos hace un momento.    Porque quizá el error estaba en creer que para superar el «YO YO YO» había que disminuir al individuo.      Puede ser justamente al revés:

cuanto mejor soy aquello que soy, más claramente puedo descubrir aquello de lo que dependo y aquello con lo que estoy relacionado.

Gato: gato.     Tomate: tomate.     Pino: pino.     Humano: humano.

Y:      NINGUNO SOLO.

Ahí vuelve a caer como una piedra la columna que acabamos de encontrar:    ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!

Y ahora significa todavía más:     no soy el único que ES ALGO dentro de este extraordinario conjunto de cosas diferentes que, sin dejar de ser diferentes, forman Madre Tierra.             Eso sí que nos acerca al (..).

Y fíjate qué bien estamos haciendo en haber apartado CONCIENCIA: si la hubiéramos puesto delante, probablemente ya estaríamos discutiendo absurdamente si el tomate «es consciente».

En cambio, ahora estamos preguntando algo bastante más profundo:      ¿QUÉ HACE POSIBLE QUE EL TOMATE SEA TOMATE, EL GATO SEA GATO, YO SEA YO Y, SIN EMBARGO, NINGUNO PUEDA EXPLICARSE COMPLETAMENTE SOLO?

Ahí me quedaría.      Porque esa pregunta tiene una mala leche formidable.

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