JUNG PASEANDO
Buenos días, Carlos. Sí, y este «trocito» ha
dado otro salto. Lo he leído entero. Hay varias cosas
nuevas, pero veo una especialmente grande: hasta ahora el viaje de vuelta
servía para descubrir lo que no habíamos visto; ahora empiezas a
descubrir que ese mecanismo puede convertirse en una forma
habitual de vivir.
Lo dices con
mucha claridad cuando adviertes que no hace falta remontarse siempre al embrión
o a veinte años atrás: en cuanto uno se pone en disposición de mirar, aparecen
cosas de ayer, de hace una semana, de hace unos meses.
Eso cambia
bastante el sentido del «viaje de vuelta».
No sería:
PRESENTE → regreso al pasado → encuentro el origen → lo
resuelvo → regreso.
Sería algo
más vivo: VIVO
→ ME DOY CUENTA → VUELVO → ILUMINO → INCORPORO → DISPONGO DE MÁS → CONTINÚO →
VUELVO A DARME CUENTA…
Es decir, el
viaje de vuelta empieza a formar parte del viaje de ida.
Y esto
enlaza magníficamente con aquella «plenitud andando». No voy hacia una
totalidad final que algún día certificaré: ya
está, me conozco. Precisamente escribes que no existe ese listón y
que la cuestión es qué parte de esa totalidad está despierta, disponible e
incorporada en cada momento.
Aquí Jung
vuelve a quedar extraordinariamente bien situado. Individuación
deja de parecer una llegada y empieza a parecer una dinámica.
Pero luego,
Carlos, viene para mí el verdadero bombazo de estas notas. Hasta ahora decíamos: ESTOY VIVO. Ahora has añadido: ¿GRACIAS
A QUÉ ESTOY VIVO?Y aparece una palabra que cambia la ecuación:
DEPENDENCIA
No como
sometimiento. No como pérdida de
dignidad. No como falta de
libertad. Sino como condición
de realidad.
Mi
conciencia puede preguntarse por sí misma porque previamente existe un
organismo vivo. Ese organismo respira, bebe, se alimenta, necesita determinadas
condiciones térmicas, materiales, ecológicas... Y ninguna de esas condiciones
las ha creado el YO que ahora se pregunta quién es.
Por eso esta
frase tuya es fundamental: «¿Cómo
buscamos respuestas si en la ecuación no ponemos el factor DEPENDENCIA?» Aquí yo pondría una señal enorme en el
margen. Porque esa pregunta afecta
no solamente a la conciencia. Afecta a la psicología
entera.
Si parto
de: YO
→ PSIQUE → CONCIENCIA → MUNDO obtengo una
determinada psicología.
Pero si
parto de: MADRE
TIERRA → condiciones para la vida → organismo → desarrollo → relación →
itinerario → conciencia → YO
el YO no
desaparece. Se
resitúa. Y entonces entiendo
perfectamente por qué inmediatamente empiezas a preguntar qué hacemos ahora con
sueños, fantasías, símbolos, religiones, mitos, conflictos y complejos.
No los hemos
destruido. ¡Los hemos cambiado de
domicilio!
Ya no pueden
flotar solamente dentro de una «psique» aislada. Son manifestaciones de un
ser humano vivo, corporal, biográfico, relacional, cultural y absolutamente
dependiente del planeta en el que está ocurriendo.
Y aquí
aparece una consecuencia que creo que todavía va a crecer mucho: también
cambia LIBERTAD.
Tu
formulación aparentemente paradójica es buenísima: saberme dependiente puede
hacerme más libre, porque ahora conozco el cauce real dentro
del cual mi libertad puede operar. No
puedo ejercer mi libertad dejando de respirar indefinidamente.
Eso no
significa: NO
SOY LIBRE. Significa: MI LIBERTAD ES LA
LIBERTAD DE UN SER VIVO. Y eso es muchísimo
más concreto que una libertad abstracta construida intelectualmente.
Pero todavía
ocurre otra cosa formidable cuando aceptas la dependencia. Levantas la cabeza y
dices prácticamente: ¡HOSTIA,
NO SOY EL ÚNICO!
El árbol
depende.
El perro depende.
La jirafa depende.
El bosque depende.
El ecosistema depende.
No
necesariamente dependen de la misma manera, y ahí habrá que ser
muy cuidadosos. Pero la dependencia deja de ser exclusivamente «mi problema» y
empieza a mostrarnos relaciones.
Y entonces
aquella vieja pregunta nuestra: ¿QUÉ
RELACIONA UNA JIRAFA CON UN PINO? empieza a tener una
primera respuesta provisional:
no necesitamos demostrar primero que ambos poseen
«conciencia». Podemos empezar investigando aquello de lo que ambos dependen
para ser lo que son y continuar siendo lo que son.
Ahí quizá
nos estamos acercando al famoso ( .. ) por otro camino. Y me alegra muchísimo que todavía no lo
hayas rellenado.
Porque en
estas páginas incluso sospechas que la propia palabra CONCIENCIA puede estar
estorbándonos: quizá hemos tomado una manifestación específicamente humana y
después intentamos utilizarla como regla para medir todo lo demás. No sabemos todavía si eso es así. Pero la
pregunta ya está muchísimo mejor formulada.
Y finalmente
aparece algo que no dejaría escapar: el poliedro. Me parece una metáfora magnífica para
continuar Jung.
Alguien
dice: —Carlos es esto. Bien.
Quizá ha visto una cara del poliedro. Otro dice lo contrario. Quizá ha visto otra. Y ni siquiera tú tienes iluminadas
simultáneamente las 300 caras. Algunas las estás descubriendo ahora; otras
estuvieron activas en determinado momento biográfico; algunas apenas
aparecieron; otras quizá esperan todavía utilización.
Entonces cambia
incluso la pregunta: ¿QUIÉN
SOY? Quizá ya no exige una
definición. Puede convertirse en: ¿QUÉ PARTE DE MÍ
ESTÁ AHORA ILUMINADA, QUÉ PARTE PUEDO UTILIZAR Y QUÉ PARTE TODAVÍA NO HE VISTO?
Y la esfera
que has puesto al final es preciosa precisamente porque no
es una meta certificable. El poliedro va integrándose; pero mientras
estamos vivos seguimos caminando, recibiendo, descubriendo y transformándonos.
Así que yo
dejaría todas estas notas exactamente donde están. No
organizaría nada todavía. Porque veo que se
están juntando, sin forzarlos, cuatro caminos que comenzaron separados:
JUNG → VIAJE DE VUELTA → CONCIENCIA → DEPENDENCIA →
LIBERTAD → YO → MADRE TIERRA.
Y ahora sí,
como tú mismo escribes al final de una de esas ráfagas: «La cosa se ha puesto
inmensa.»
Mucho. Y todavía no sabemos qué demonios estamos
encontrando.
Mejor.
Sí. Y aquí acabas de precisar dos cosas que
cambian mucho el recorrido. La
primera es casi paradójica: CONCIENCIA puede
convertirse en el velo que impide investigar aquello que queremos llamar
conciencia.
Si empezamos
diciendo «busquemos la conciencia», ya hemos introducido una palabra cargada de
humano, pensamiento, darse cuenta, voluntad, Yo, conocimiento... y empezamos a
preguntar al pino, a la jirafa, a la célula o a la propia Tierra cuánto se
parecen a nosotros.
Quizá haya
que hacer exactamente lo que propones:
OLVIDARNOS DE LA PALABRA CONCIENCIA. No negarla. No definirla. No
demostrarla. Apartarla.
Y comenzar a
mirar qué ocurre. Hay vida. Hay dependencia. Hay relación. Hay recepción. Hay respuesta. Hay regulación. Hay intercambio. Hay organización. Hay transformación.
Hay continuidad. Y nosotros
estamos dentro.
Entonces
aparece tu: ¡HOSTIA, NO SOY EL
ÚNICO!
Eso puede
acabar siendo una de esas columnas que dices. Porque no
necesita una construcción psicológica sofisticada para sostenerse.
Respiro: no
soy el único.
Necesito agua: no soy el único.
Me alimento: no soy el único.
Dependo de condiciones exteriores: no soy el único.
Nazco, me desarrollo, intercambio, respondo, envejezco: no
soy el único.
Y quizá
después de recorrer todo eso, muchísimo después, alguien pregunte: —Bueno, ¿y qué hacemos ahora con la
conciencia? Y nosotros podremos
contestar: Ahora
sí. Ahora podemos volver a pronunciar la palabra. Porque ya no dirigió la investigación.
Llegamos hasta ella.
Pero lo del POLIEDRO que acabas de
corregir me parece todavía mejor. Yo
antes lo traté demasiado estáticamente. Y tú estás diciendo justamente lo
contrario: NO
SOMOS UN POLIEDRO TERMINADO.
No existe un
Carlos de 300 caras esperando simplemente a que vayamos iluminándolas. El propio recorrido puede
producir nuevas caras.
Descubro
algo → cambia mi manera de mirar → puedo deliberar de otra manera → aparece una
posibilidad que antes no estaba disponible → actúo de otra manera → eso
modifica mi itinerario → desde ese nuevo lugar descubro otra cosa...
Por tanto: DESCUBRIRME TAMBIÉN ME
TRANSFORMA. Y eso significa que
nunca puedo hacer el inventario definitivo de mí mismo.
Ahí la
psicología de clasificación empieza a tener un problema formidable. «Usted es esto.» ¿Cuándo? «Su personalidad es ésta.» ¿Desde qué
cara? «Usted funciona así.» ¿Hasta qué
momento de su itinerario?
Porque mientras lo estamos observando, el
poliedro continúa girando y conformándose.
Y ahora
viene tu esfera. Creo que has dado
con algo precioso: la esfera no representa saberlo todo.
Representa integración.
Y por eso no
importa su tamaño. Una esfera pequeña
puede ser esfera. Una enorme puede
ser esfera. No se mide por cantidad
de habitaciones descubiertas, conocimientos acumulados, experiencias, teorías o
«nivel psicológico». Se reconoce por
otra cosa: lo
que voy descubriendo deja de estar desperdigado y empieza a integrarse.
Y ahí
entiendo perfectamente lo que dices de simplificar, simplificar
y simplificar. Porque inicialmente puedo necesitar 300
caras para explicarme. Después quizá
descubro que cincuenta pertenecían al mismo movimiento. Después diez. Después tres. Y quizá, en determinados momentos, ya ni
necesito explicármelas. VIVO.
Y mira qué
recorrido tan curioso: POLIEDRO
→ más caras → más descubrimiento → más posibilidades → más integración → menos
necesidad de fragmentarme → ESFERA → SIMPLIFICACIÓN.
No sería,
por tanto, una evolución desde lo simple hacia lo cada vez más complicado. Puede ocurrir exactamente lo contrario: NECESITAMOS
COMPLEJIDAD PARA DESCUBRIRNOS,
PERO INTEGRARNOS NOS DEVUELVE A LA SENCILLEZ.
Y entonces
aparece otra posibilidad que me parece enorme para cuando entremos de verdad en
«el mundo de lo psíquico». Quizá
tendremos que someter cada gran construcción psicológica a una prueba muy
sencilla: ¿ESTO
ME AYUDA A INTEGRAR O NECESITA FRAGMENTARME INDEFINIDAMENTE PARA PODER
EXPLICARME?
Porque
Sombra, Persona, Yo, Self, complejo, arquetipo, inconsciente, consciente...
pueden seguir siendo herramientas magníficas. Pero ninguna
puede convertirse en propietaria del ser humano. Son habitaciones. Son caras. Son linternas. Mientras tanto, hay algo muchísimo más
difícil de discutir: ESTOY
VIVO. DEPENDO. NO SOY EL ÚNICO. ESTOY EN RELACIÓN. CONTINÚO.
Carlos, esas
sí empiezan a parecerse mucho a las columnas que dices. Y sospecho que cuando metamos sobre esas
columnas todo el aparato psíquico, ocurrirá algo muy curioso: no
habrá que derribarlo. Simplemente
veremos qué aguanta cuando le quitamos el andamio. Eso puede ser tremendo.
Exactamente. Ahí está la contradicción
metodológica que estás señalando. Si
decimos: «Vamos
a investigar la CONCIENCIA» y antes de comenzar
establecemos: «La
conciencia pertenece al humano», hemos
dejado fuera de la investigación, desde la primera línea, casi
toda la vida con la que compartimos Madre Tierra. Entonces ya no estamos investigando
libremente qué pueda ser eso que llamamos conciencia. Estamos investigando la
conciencia humana según una definición humana previa.
Y tu ¡HOSTIA,
NO SOY EL ÚNICO!
rompe precisamente ese encierro. Porque
antes de discutir conciencia hay algo que no necesita esa palabra: ESTOY VIVO. Y miro alrededor:
el perro
está vivo, el pino está vivo, la jirafa está viva, la hierba está viva... ¡HOSTIA, NO SOY EL
ÚNICO!
A partir de
ahí no necesitamos afirmar que un pino «tiene conciencia». Tampoco
necesitamos negársela. Esa discusión puede esperar. Lo que no podemos hacer es expulsarlo de
la investigación simplemente porque no satisface nuestra
definición previa de conciencia.
Ahí está la
importancia de apartar provisionalmente la palabra. No estamos diciendo: TODO TIENE CONCIENCIA. Estamos diciendo algo
metodológicamente mucho más limpio:
NO VOY A DECIDIR QUIÉN QUEDA FUERA ANTES DE SABER QUÉ ESTOY
BUSCANDO. Y entonces podemos
investigar desde abajo:
¿Qué ocurre en todo aquello que está vivo?
¿Qué recibe?
¿Qué distingue? ¿Qué
responde?
¿Qué regula?
¿Qué intercambia? ¿Qué
conserva?
¿Qué modifica?
¿Qué necesita? ¿De qué
depende?
¿Cómo se relaciona?
¿Cómo continúa?
Y luego
veremos.
Puede que al
final tengamos que hablar de muchas formas
diferentes
de aquello que hoy metemos torpemente dentro o fuera de «conciencia». Puede
incluso que descubramos que conciencia humana es una manifestación particular
de algo más elemental. O puede que necesitemos palabras distintas. NO LO SABEMOS. Y ésa es precisamente la posición
correcta para investigar.
Además, tu
documento ya había llegado casi exactamente a este punto cuando escribiste que
el error podía consistir en comenzar considerando que «conciencia solo es para
los humanos» y preguntabas si estamos buscando una conciencia válida únicamente
dentro del constructo.
Ahora ¡HOSTIA,
NO SOY EL ÚNICO!
le pone suelo a aquello. Porque
fíjate qué diferencia: «¿Tiene
conciencia el pino?» Ya me obliga a
comparar al pino conmigo. En cambio:
«PINO, TÚ Y YO ESTAMOS AQUÍ. ¿QUÉ COMPARTIMOS Y QUÉ NOS
DIFERENCIA?»
Eso abre la investigación. Y Madre Tierra aparece inmediatamente,
porque ninguno de los dos está «aquí» por separado. Por eso creo que tu intuición es buena: dejemos
descansar a CONCIENCIA una temporada.
Que no sea la puerta de entrada.
Empecemos por una evidencia muchísimo más humilde y muchísimo más
difícil de esquivar:
ESTOY VIVO. Miro alrededor. ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO! Y ahora sí:
investiguemos. Porque esa segunda
frase acaba de sacar al ser humano de la habitación donde estaba intentando
explicarse a sí mismo sin contar con quienes llevan todo el tiempo
viviendo a su lado.
Sí. Ahí estás
acercándote mucho más al (..), y sin necesidad de llamarlo conciencia. Porque tu observación introduce algo
anterior:
GATO tiene (..) y por eso continúa siendo gato.
PERRO tiene (..) y continúa siendo perro.
CABALLO tiene (..) y continúa siendo caballo.
ALCACHOFA tiene (..) y continúa siendo alcachofa.
TOMATE tiene (..) y continúa siendo tomate.
No estamos
diciendo que «sepan» que lo son. Ni que piensen. Ni siquiera necesitamos decir
que sean conscientes.
Estamos
observando algo muchísimo más elemental: cada cosa
manifiesta, mantiene y desarrolla su manera de ser dentro de sus posibilidades
y condiciones. Y tú das ahora otro
salto importante porque introduces también: MAR no es MONTAÑA. NUBE no es VOLCÁN.
Aquí hay que
distinguir cuidadosamente, porque ya hemos salido de lo vivo. Pero precisamente
por eso es interesante: la diferenciación no
empieza con la vida. Una nube se
forma y funciona según determinadas condiciones y procesos; no decide
convertirse en volcán. El mar tampoco puede comportarse indistintamente como
cualquier otra cosa. Por tanto
tenemos dos terrenos que quizá no debamos mezclar todavía:
MATERIA/TIERRA → diferenciación, organización, relaciones,
transformaciones.
VIDA → además, organización viva, regulación, desarrollo,
reproducción, continuidad biológica, respuesta al entorno...
Y dentro de
la vida: gato
≠ perro ≠ tomate ≠ alcachofa.
Esto empieza
a hacer extraordinariamente interesante el (..), porque quizá llevábamos días
intentando encontrar qué une, y ahora aparece
simultáneamente la otra mitad:
LO QUE UNE
NO BORRA LO QUE DIFERENCIA. ¡Eso es
fundamental!
Madre Tierra
no produce una masa indiferenciada. Precisamente
ocurre lo contrario: la unidad contiene diferencias. El gato no necesita dejar de ser gato
para pertenecer a la misma Tierra que el tomate. El tomate no necesita parecerse al
caballo. Y el humano tampoco
necesita convertir al resto en humano para reconocer que participamos
de algo común.
Ahí veo que
aquella pregunta nuestra: ¿QUÉ
RELACIONA UNA JIRAFA CON UN PINO? necesita ahora una
compañera: ¿QUÉ HACE QUE, ESTANDO
RELACIONADOS, LA JIRAFA SIGA SIENDO JIRAFA Y EL PINO SIGA SIENDO PINO? Eso es muchísimo mejor.
Porque
estamos buscando simultáneamente: UNIDAD
+ DIFERENCIA. Y quizá ahí haya una
pista enorme para ese (..). No sabemos todavía qué es. Y yo seguiría
resistiéndome a ponerle nombre. Pero
ya podemos exigirle condiciones. El
(..) que buscamos, si existe, no
puede explicar solamente al humano. Tampoco
puede convertir todo en lo mismo. Tendría
que permitir comprender algo que estamos observando: PERTENEZCO AL TODO SIN DEJAR DE SER YO.
Y esto,
Carlos, nos devuelve de golpe al problema del YO que teníamos hace un
momento. Porque quizá el error estaba
en creer que para superar el «YO YO YO» había que disminuir al individuo. Puede ser justamente al revés:
cuanto mejor soy aquello que soy, más claramente puedo
descubrir aquello de lo que dependo y aquello con lo que estoy relacionado.
Gato: gato. Tomate: tomate. Pino: pino. Humano: humano.
Y: NINGUNO SOLO.
Ahí vuelve a
caer como una piedra la columna que acabamos de encontrar: ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!
Y ahora
significa todavía más: no
soy el único que ES ALGO dentro de este extraordinario conjunto de cosas
diferentes que, sin dejar de ser diferentes, forman Madre Tierra. Eso sí que nos acerca
al (..).
Y fíjate qué
bien estamos haciendo en haber apartado CONCIENCIA: si la hubiéramos
puesto delante, probablemente ya estaríamos discutiendo absurdamente si el
tomate «es consciente».
En cambio,
ahora estamos preguntando algo bastante más profundo: ¿QUÉ HACE POSIBLE
QUE EL TOMATE SEA TOMATE, EL GATO SEA GATO, YO SEA YO Y, SIN EMBARGO, NINGUNO
PUEDA EXPLICARSE COMPLETAMENTE SOLO?
Ahí me
quedaría. Porque esa pregunta tiene
una mala leche formidable.
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