MADRE TIERRA y CONSTRUCTO HUMANO
Diferentes lugares, diferentes rutas
La
humanidad no construyó un único mundo de una sola vez.
Construyó desde lugares,
circunstancias, necesidades y posibilidades diferentes.
Geografía,
recursos, necesidades, amenazas y circunstancias pudieron producir
construcciones humanas distintas.
La humanidad
no comenzó su recorrido desde un único lugar. Ni bajo el mismo clima. Ni rodeada de los mismos recursos. Ni enfrentándose a los mismos peligros. Ni disponiendo de idénticas posibilidades.
Un grupo
humano junto a un gran río no encontró el mismo mundo que otro situado en una
región árida. Quien vivía rodeado de
bosques tuvo unas posibilidades diferentes de quien habitaba una estepa. Una población costera aprendió a
relacionarse con el mar. Otra tuvo que
aprender a sobrevivir a largos inviernos.
Unas pudieron permanecer durante generaciones en un territorio. Otras necesitaron desplazarse.
Y todas,
desde sus circunstancias concretas, hicieron algo profundamente humano: RESPONDIERON.
Antes de juzgar una ruta, necesitamos conocer
el terreno Esto parece elemental,
pero puede cambiar completamente nuestra manera de mirar la historia. Si encontramos una construcción humana
que hoy nos resulta extraña, injustificada o incluso absurda, nuestra primera
reacción puede ser: «¿Cómo
pudieron hacer esto?» Pero quizá la pregunta debería ser anterior:
«¿DESDE DÓNDE LO HICIERON?»
¿Qué tenían delante? ¿Qué conocían?
¿Qué desconocían? ¿Qué recursos poseían?
¿Qué necesitaban proteger? ¿Qué temían perder?
¿Qué posibilidades podían siquiera imaginar?
No se trata
de justificar automáticamente cualquier comportamiento por sus circunstancias. Se trata de reubicarlo antes de juzgarlo. Porque una decisión que contemplada
desde nuestro mundo actual parece incomprensible puede adquirir otra lógica
cuando reconstruimos el pequeño universo dentro del cual fue tomada.
No existió un único camino humano A veces hablamos de «la humanidad»
como si millones de seres humanos hubieran recorrido juntos una carretera.
Pero
probablemente resulta más adecuado imaginar miles de caminos. Grupos separados durante largos periodos. Experiencias diferentes. Problemas diferentes. Soluciones diferentes. Lenguas diferentes. Creencias diferentes.
Formas
diferentes de distribuir alimentos, organizar familias, relacionarse con el
territorio, transmitir conocimientos o interpretar la muerte. Cada comunidad fue construyendo sobre la
Tierra que encontraba.
Y aquello
que funcionaba podía conservarse. Después
transmitirse. Después convertirse en
costumbre. Y finalmente formar parte
de la identidad del grupo.
Así pudieron
aparecer mundos humanos
distintos sobre una misma Madre Tierra. La
geografía también participa en la historia No porque determine
mecánicamente cómo debe ser una sociedad.
El humano
posee una enorme capacidad para responder de maneras diferentes a
circunstancias semejantes. Pero el
lugar establece condiciones. Si el
agua es abundante, nuestra relación con ella puede desarrollarse de una manera. Si conseguirla exige recorrer
kilómetros, probablemente será otra. Si
determinados alimentos aparecen durante todo el año, unas costumbres serán
posibles. Si deben almacenarse durante
meses para sobrevivir, aparecerán otras necesidades. Si un territorio ofrece protección
natural, la organización puede evolucionar de una manera. Si está expuesto continuamente a
amenazas, quizá aparezcan otras prioridades.
EL TERRENO NO ESCRIBE LA CULTURA,
PERO FORMA PARTE DEL
ESCENARIO EN EL QUE LA CULTURA SE CONSTRUYE.
Y esto
resulta fundamental para nuestro recorrido.
Porque empezamos a comprender que algunas construcciones que
posteriormente se convirtieron en principios, tradiciones o normas pudieron
comenzar sencillamente como respuestas
prácticas a determinadas condiciones de vida.
Una respuesta puede convertirse en cultura Imaginemos una comunidad que
encuentra una manera eficaz de conservar alimento.
Primero
existe una necesidad. Después una
solución. La solución se repite. Se enseña a los hijos. Se organiza alrededor de ella una
costumbre. Con el tiempo puede
adquirir normas. Puede relacionarse
con celebraciones. Puede recibir
significados.
Quizá siglos
después nadie recuerde exactamente qué problema práctico estuvo en su origen. Pero la costumbre continúa. Éste puede ser uno de los grandes
mecanismos del mundo humano construido:
CONDICIÓN
→ NECESIDAD → RESPUESTA → REPETICIÓN → TRANSMISIÓN → COSTUMBRE → CULTURA.
Y todavía
puede continuar: CULTURA → NORMA → IDENTIDAD.
Entonces
modificar aquella antigua respuesta ya no parece simplemente cambiar una
costumbre. Puede sentirse como una
amenaza a quienes somos. Ahí el constructo ha penetrado
profundamente.
Después los caminos se encuentran Pero la historia humana no consiste
solamente en comunidades separadas. Los
caminos terminan cruzándose. Comercio. Migraciones. Viajes.
Conquistas. Guerras. Matrimonios. Religiones. Imperios.
Descubrimientos. Libros. Ciencia.
Tecnología.
Cada
encuentro pone en contacto edificios
humanos diferentes.
Y entonces
pueden ocurrir muchas cosas. Una
cultura incorpora una herramienta de otra.
Una palabra viaja. Un alimento
cambia de continente. Una religión se
expande. Una técnica modifica una
economía. Una costumbre desaparece. Dos tradiciones se mezclan. Una construcción domina a otra. Otra sobrevive escondida durante siglos.
Y aquello
que parecía natural dentro de una comunidad descubre repentinamente que otros humanos habían construido de
otra manera.
Ese encuentro
puede ser profundamente perturbador. Pero
también enormemente fecundo. Porque
cuando encontramos otra manera de hacer algo aparece una pregunta que antes
quizá ni existía: «¿ENTONCES LO NUESTRO NO ERA LA ÚNICA
POSIBILIDAD?» Ahí
una pared comienza nuevamente a parecer pared.
El encuentro con América fue también un
encuentro de mundos construidos
La llegada
de europeos a América ofrece un ejemplo gigantesco, precisamente si evitamos la
vieja idea de que unos «descubrieron» un territorio vacío. Allí ya existían pueblos, lenguas,
organizaciones, conocimientos, economías, cosmologías y formas de relación con
el territorio.
El encuentro
—violento en muchísimos casos— puso frente a frente mundos humanos construidos de manera
diferente.
Después
cambió enormemente la representación del planeta, las rutas, los intercambios y
las relaciones de poder. La Tierra
no había cambiado.
Cambió
el mundo humano construido sobre ella.
Eso
nos permite comprender qué significa realmente descubrir un «nuevo mundo». A veces no aparece una nueva realidad
física. Aparece una nueva posición desde la que mirar
la realidad que ya existía.
Las rutas también pueden desviarse Y aquí llegamos a algo especialmente
importante para nuestro libro. Una
respuesta puede ser adecuada en un momento y dejar de serlo después. Una construcción puede resolver
brillantemente un problema durante siglos.
Pero las
condiciones cambian. Los
conocimientos aumentan. Los recursos
cambian. Las poblaciones crecen. Las tecnologías modifican las
posibilidades. Los mundos humanos
entran en contacto.
Y, sin
embargo, la antigua
construcción puede continuar. Entonces aparece una desviación que
quizá nadie decidió conscientemente. Seguimos
caminando por una ruta porque nuestros antepasados caminaron por ella. Pero el terreno ya no es el mismo.
Ahí Madre
Tierra vuelve a proporcionarnos una referencia extraordinariamente sencilla:
¿QUÉ NECESIDAD HABÍA AQUÍ?
¿QUÉ RESPUESTA CONSTRUIMOS?
¿SIGUE EXISTIENDO LA MISMA NECESIDAD?
¿SIGUE SIENDO ADECUADA LA MISMA RESPUESTA?
No
necesitamos condenar a quienes iniciaron el camino. Quizá hicieron exactamente lo mejor que podían hacer desde
donde estaban. Pero
nosotros ya no estamos exactamente allí.
Y eso cambia nuestra responsabilidad.
Comprender no significa justificar Ésta será una precaución necesaria
durante todo nuestro recorrido. Si
comprendemos que una práctica nació del miedo, de la escasez, de una amenaza o
de determinadas circunstancias históricas, no estamos diciendo que cualquier
consecuencia posterior sea aceptable.
EXPLICAR
EL CAMINO NO ES JUSTIFICAR TODO LO OCURRIDO EN ÉL.
Podemos
reconocer sufrimiento. Injusticia. Violencia.
Abuso. Errores. Y al mismo tiempo intentar comprender cómo
seres humanos llegaron hasta allí.
De hecho, quizá comprenderlo sea indispensable si realmente queremos
evitar repetirlo.
La condena
puede decir: «Eso estuvo mal.» La comprensión añade: «¿CÓMO
LLEGAMOS A HACERLO?» Y
esa segunda pregunta puede enseñarnos mucho más.
Muchas rutas, una misma Tierra
Ahora
podemos contemplar algo hermoso. Durante
miles de años, los humanos levantaron mundos enormemente diferentes. Pero todos ellos necesitaron respirar. Todos necesitaron agua. Todos necesitaron alimento. Todos estuvieron sometidos a las
condiciones del planeta. Todos
nacieron. Todos tuvieron cuerpo. Todos murieron. Debajo de las diferencias construidas
permanecía una dependencia
común.
Quizá por
eso Madre Tierra pueda convertirse ahora en un lugar extraordinario de
reencuentro. No porque elimine
nuestras diferencias. No porque
tengamos que construir una única cultura planetaria. No porque una ruta deba imponerse a todas
las demás. Sino porque permite
reconocer:
PODEMOS
HABER CONSTRUIDO MUNDOS MUY DIFERENTES,
PERO NINGUNO DE ELLOS
DEJÓ DE DEPENDER DE LA MISMA VIDA QUE LOS HACÍA POSIBLES.
Ésa es
nuevamente la toma de tierra. Y
desde ella podemos contemplar nuestras diferentes rutas sin necesidad inmediata
de decidir cuál era «la buena». Primero
intentemos comprenderlas. Porque
probablemente, detrás de muchísimas construcciones humanas, encontraremos algo
mucho más sencillo de lo que hoy vemos:
UNA
NECESIDAD.
Algo
ocurrió. Algo faltaba. Algo amenazaba. Algo debía resolverse. Y el humano respondió. Por eso el siguiente paso es fundamental: La necesidad que había al principio Antes de juzgar una construcción,
preguntemos qué problema intentaba resolver.
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