MADRE TIERRA
de
TODO ESTA POR HACER
Carlos, aquí veo con mucha claridad la
distinción que estás haciendo. Y me parece una distinción muy importante porque
evita mezclar dos planos distintos de investigación.
Dos preguntas
diferentes
La historia
del trigo puede contemplarse desde dos perspectivas muy distintas. La primera pertenece plenamente al campo
de la observación científica.
¿Cómo apareció el trigo que hoy conocemos?
La biología
evolutiva, la genética, la arqueobotánica y la agricultura llevan muchos años
respondiendo a esa pregunta. Todo
parece indicar que el trigo actual procede de especies silvestres que, durante
miles de años, fueron seleccionadas, cruzadas y cultivadas por innumerables
generaciones de agricultores.
No fue la
obra de una sola persona. Ni el
resultado de un solo acontecimiento. Fue
un proceso lento. Continuo. Extraordinariamente largo. Y ese conocimiento constituye uno de los
grandes logros de la ciencia.
Pero aquí
aparece otra pregunta. No contradice a
la anterior. Simplemente retrocede un
paso más.
No pregunta: ¿Cómo
evolucionó el trigo? Pregunta:
¿Cómo
fue posible que pudiera existir algo capaz de evolucionar hasta convertirse en
trigo?
La
diferencia es muy importante. La
primera investiga un proceso. La
segunda contempla la posibilidad del proceso.
La primera
estudia la historia. La segunda se
pregunta por la condición que hace posible que exista una historia.
No estamos
buscando un hueco donde colocar una respuesta fácil. Ni pretendemos sustituir la explicación
científica por una explicación filosófica.
Al
contrario. Cuanto mejor comprendemos
la evolución del trigo, con más claridad aparece otra pregunta.
¿Cómo puede una realidad contener la
posibilidad de desplegar, a lo largo de millones de años, formas tan complejas
y tan fecundas?
Quizá nunca
podamos responder plenamente a esa cuestión.
Pero formularla ya cambia nuestra manera de mirar. Porque
deja de sorprendernos únicamente el resultado.
Empieza a
maravillarnos la capacidad de la realidad para generar posibilidades nuevas. Y ahí aparece un cambio de perspectiva.
La filosofía
no sustituye a la ciencia. La
acompaña.
La ciencia reconstruye
el camino que ha seguido el trigo.
La filosofía
contempla el hecho de que haya podido existir un camino.
La ciencia
estudia las transformaciones.
La filosofía
se pregunta por la posibilidad de que existan transformaciones.
Ambas
miradas pueden convivir. No son
rivales. Son complementarias.
Una nos
ayuda a comprender mejor el mundo. La
otra nos ayuda a comprender mejor el asombro que ese mundo despierta.
Y, Carlos,
mientras escribía me ha venido una formulación que quizá expresa muy bien el
paso que estás dando.
No diría: ¿Cuál
fue el primer trigo?
Diría: ¿Cuál
fue la primera posibilidad de que pudiera llegar a existir el trigo?
Porque el
centro de la pregunta ya no es el trigo.
El centro es la
posibilidad.
Y ahí,
efectivamente, entramos en filosofía.
No porque abandonemos la ciencia, sino porque la pregunta cambia de
nivel. No preguntamos por el primer
eslabón de una cadena evolutiva. Preguntamos
por aquello que hace posible que una cadena evolutiva pueda existir.
Creo que esa
distinción puede ser una de las aportaciones más originales de MADRE TIERRA. El libro no
discute con la ciencia ni intenta ocupar su lugar. Más bien muestra que,
incluso cuando la ciencia ha descrito admirablemente un proceso, todavía puede quedar
abierta una pregunta de otro orden:
¿Qué
hace posible que exista una realidad capaz de desplegar procesos como éste?
Esa pregunta
no invalida las respuestas científicas. Las presupone y, al mismo tiempo,
invita a contemplarlas desde un horizonte más amplio. Es una pregunta abierta,
y precisamente por eso conserva intacta su capacidad de despertar el asombro.
Carlos, creo que aquí aparece uno de los
capítulos más hermosos de MADRE
TIERRA, porque devuelve a la conciencia su verdadera función.
No la convierte en la dueña del universo, sino en la gran reconocedora de posibilidades.
La conciencia
reconoce posibilidades
Quizá uno de
los mayores errores de nuestra época haya sido imaginar que la conciencia crea
toda la realidad. La observación
parece mostrarnos algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo.
La
conciencia descubre posibilidades que ya estaban presentes.
El
agricultor no crea la cebada. No crea
la avena. No crea el centeno.
Sin embargo,
cuando comprende el principio contenido en una pequeña semilla de trigo, algo
extraordinario sucede en su interior.
Su mirada cambia. Ya no
observa únicamente lo que conoce. Comienza
a sospechar que la realidad puede contener muchas otras posibilidades todavía
no descubiertas.
Ése es el
verdadero salto de la conciencia. No
fabricar una realidad nueva. Aprender
a reconocer que la realidad es más amplia de lo que hasta ese momento
alcanzábamos a ver.
Entonces
aparece un fenómeno que acompaña toda la historia humana.
Alguien
contempla un puente. Y no copia
exactamente ese puente. Comprende el
principio que lo hace posible. Entonces
imagina otro mejor.
Alguien
observa una embarcación. Y no se
limita a repetirla. Comprende que
navegar es posible. Entonces imagina
atravesar mares desconocidos.
Alguien
contempla una semilla. Y deja de ver
solamente una planta. Empieza a
comprender que la naturaleza posee una extraordinaria capacidad de
multiplicación.
Entonces
imagina campos enteros. Más tarde
aparecerán nuevas semillas. Nuevos
cultivos. Nuevas formas de
agricultura.
La
conciencia no ha creado la fertilidad de la Tierra.v Ha reconocido una posibilidad que ya
estaba presente. Quizá todos los
grandes descubrimientos compartan esta misma estructura.
No consisten
únicamente en inventar. Consisten,
sobre todo, en reconocer. Reconocer
relaciones. Reconocer principios. Reconocer posibilidades. Y, una vez reconocidas, colaborar con
ellas.
Por eso la
conciencia posee una capacidad extraordinaria. Puede anticipar. No porque conozca el futuro. Sino porque, al comprender un principio,
comienza a entrever posibilidades que todavía no han llegado a manifestarse.
Ésa es una
de las formas más bellas de la inteligencia.
No imponer un camino a la realidad.
Sino descubrir caminos que la propia realidad mantenía abiertos.
Quizá por
eso el progreso auténtico nunca nace únicamente de la imaginación. Nace del encuentro entre la imaginación y
una posibilidad real. La imaginación sola puede soñar cualquier
cosa.
La
conciencia madura aprende a distinguir entre un simple deseo y una posibilidad
que la realidad verdaderamente contiene.
Y ahí
aparece una de las tareas más nobles del ser humano. No conquistar la realidad. Dialogar con ella. Escucharla. Descubrir sus posibilidades. Y colaborar humildemente en su despliegue.
Carlos,
mientras escribía me ha surgido una formulación que me parece especialmente
importante. Hasta ahora habíamos
dicho:
- La posibilidad
precede a la manifestación.
Ahora
podríamos añadir otro peldaño:
- La conciencia
reconoce la posibilidad.
- La imaginación
explora sus caminos.
- La libertad
elige colaborar.
- La acción la
hace visible.
Fíjate qué
secuencia tan natural aparece:
La
posibilidad precede.
La conciencia reconoce.
La imaginación explora.
La libertad decide.
La acción realiza.
Creo que
esta cadena resume una parte esencial de MADRE
TIERRA. Además, introduce un matiz muy valioso: la imaginación no
queda enfrentada a la realidad. Al contrario, encuentra su lugar. No inventa
arbitrariamente el mundo; explora las posibilidades que la realidad va
revelando a una conciencia atenta.
Y eso,
Carlos, conecta con algo que has repetido muchas veces en nuestros libros: el verdadero avance humano no consiste
en imponer nuestras ideas a la realidad, sino en aprender a reconocer la
dirección en la que la propia realidad invita a crecer. Ahí la
conciencia deja de ser un poder de dominación y se convierte en un órgano de
descubrimiento.
Carlos, aquí siento que has llegado a una
formulación que tiene mucha fuerza porque une tres cosas en una sola imagen: la semilla, la conciencia y la
civilización.
Yo
únicamente le daría un ritmo más pausado, como el que caracteriza MADRE TIERRA.
La primera semilla también alimentó la
imaginación
La primera
semilla no sólo alimentó el cuerpo. Alimentó
también la imaginación. Hasta aquel
momento era, quizá, un alimento más entre muchos otros. Pero cuando el ser humano descubrió que
una pequeña semilla podía multiplicarse, algo cambió para siempre. No sólo había aprendido a cultivar. Había aprendido a mirar de otra manera.
Entonces pudo preguntarse:
"Si existe esta semilla... quizá existan
muchas otras."
Aquella
pregunta fue mucho más importante de lo que parecía. No era únicamente una curiosidad. Era el nacimiento de una nueva forma de
observar la realidad.
Desde ese
instante, la conciencia comenzó a buscar.
A experimentar. A reconocer
semejanzas. A descubrir diferencias. A probar.
A esperar. A volver a sembrar.
Y, poco a
poco, fueron apareciendo nuevos cultivos.
Nuevas maneras de conservar los alimentos.
Los primeros
graneros. Las aldeas. Más tarde, las ciudades. No porque una sola semilla contuviera una
ciudad. Sino porque una posibilidad
reconocida despertó otras muchas posibilidades.
Así parece
avanzar con frecuencia la historia humana.
Un reconocimiento abre otro. Y
éste abre otro más. Como una puerta
que conduce a otra puerta.
Quizá por
eso una de las funciones más profundas de la conciencia no sea crear las
posibilidades. Sea reconocerlas. Descubrirlas. Y colaborar con su despliegue.
La
conciencia no obliga a la realidad a ser distinta. Pero, cuando reconoce una posibilidad
verdadera, puede acompañarla, cuidarla y ayudar a que llegue a manifestarse. Tal vez ahí resida una de las formas más
bellas de la colaboración entre el ser humano y la Tierra.
La Tierra
ofrece. La vida despliega. La conciencia reconoce. Y las manos humanas continúan la obra
sembrando, cuidando y compartiendo.
Y, Carlos,
mientras lo escribía, me ha venido una frase que quizá resume todavía más este
capítulo:
Toda
gran civilización comenzó el día en que alguien reconoció una posibilidad que
hasta entonces había pasado inadvertida.
No porque
esa persona creara la posibilidad. Sino
porque la vio.
Y cuando
alguien ve una posibilidad real, ya no vuelve a mirar el mundo de la misma
manera.
Creo que esa
idea armoniza profundamente con el espíritu de MADRE TIERRA. La conciencia aparece aquí no
como un poder separado de la naturaleza, sino como la capacidad de reconocer lo
que la naturaleza ya ofrece y de colaborar responsablemente con ello. Es una
visión humilde y, al mismo tiempo, extraordinariamente fecunda.
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