MADRE
TIERRA
de la Vida.
Antes de todo, la Vida
Este libro
no nació de la intención de fundar una nueva ciencia.
Nació de una
pregunta. Una pregunta tan sencilla
que, precisamente por ello, podía pasar inadvertida:
¿Qué hace
posible que la Vida continúe?
La Ciencia
ha realizado una de las obras más extraordinarias de la humanidad. Ha
observado, medido, comparado, comprobado, rectificado y acumulado conocimiento
durante generaciones.
Gracias a
ella sabemos muchísimo más sobre la materia, el cuerpo, los organismos, la
Tierra, el Universo y sobre nosotros mismos.
Pero cuanto
mayor es nuestra capacidad para conocer y transformar la realidad, mayor se
hace también nuestra responsabilidad ante ella.
Ya no basta
con preguntarnos: ¿Podemos
hacerlo?
Empieza a
ser necesario añadir: ¿Debemos
hacerlo?
¿Qué consecuencias tendrá?
¿Qué conservará?
¿Qué puede deteriorar?
Y,
finalmente: ¿Favorece la
continuidad de la Vida?
De esa
pregunta fue naciendo este libro.
No contra la
Ciencia. Precisamente desde el
reconocimiento de la Ciencia y de su extraordinaria capacidad para
acercarnos a la realidad.
Pero
proponiendo que todo ese inmenso conocimiento pueda encontrarse también
alrededor de una pregunta común.
Porque la
biología estudia la Vida. La
medicina estudia y protege aspectos de la vida humana. La ecología estudia las relaciones de
los organismos con su medio. La
geología estudia la Tierra.
La física,
la química, la climatología, la agricultura, la psicología, la antropología y
tantas otras disciplinas aportan conocimientos indispensables.
Pero la Vida
no existe por departamentos. La
Vida ocurre toda junta.
El agua
participa. El aire participa. Los suelos participan. Los organismos participan. Los ecosistemas participan. El clima participa.
Y también
participa el ser humano. Por eso
apareció poco a poco una posibilidad:
reunir la mirada.
No reunir
todas las ciencias en una sola ni sustituir ninguna de ellas.
Preguntar
qué ocurre cuando los conocimientos que ya poseemos se observan también desde
el punto de vista de aquello que permite que la Vida permanezca.
Así fue
apareciendo lo que en estas páginas llamamos:
LA CIENCIA DE LA CONTINUIDAD
DE LA VIDA
Una ciencia
que no pretende decir a las demás lo que deben investigar. Pretende formular una pregunta
transversal:
¿Cómo
podemos integrar nuestro conocimiento para favorecer la continuidad y el
despliegue de la Vida sobre la Tierra?
La pregunta
parece sencilla. Sus consecuencias
no lo son. Porque inmediatamente
obliga a volver al fundamento.
MADRE TIERRA
Antes de
nuestras ciudades estaba la Tierra. Antes
de nuestras economías estaba la Tierra.
Antes de nuestros sistemas políticos, nuestras fronteras, nuestras
instituciones, nuestras tecnologías y nuestras ciencias, estaba la Tierra.
Y nosotros
mismos hemos podido aparecer porque previamente existían unas condiciones
capaces de sostener la Vida.
No hemos
creado el aire que hizo posible nuestra primera respiración. No hemos creado el agua de la que depende
nuestro organismo. No hemos creado
el suelo, los ciclos naturales ni la larguísima historia biológica de la que
procedemos.
Hemos
llegado a una realidad que ya estaba funcionando.
Por eso Madre
Tierra no aparece aquí únicamente como una expresión afectiva. Representa el fundamento.
El lugar y
el sistema vivo dentro del cual nuestra propia existencia se hace posible.
Y desde ahí
cambia nuestra posición. Ya no somos
únicamente quienes observan la Tierra.
Somos parte de aquello que estamos observando.
No somos
propietarios absolutos de una realidad creada por nosotros. Somos participantes temporales de una
historia muchísimo más antigua que nuestra presencia.
Y entonces
aparece la Continuidad.
No basta con
recibir la Vida. Hay que preguntarse
también en qué condiciones la entregaremos.
A quienes
todavía no han nacido. A nuestros
hijos. A nuestros nietos. A las generaciones que quizá nunca
conoceremos.
La
continuidad introduce el futuro dentro de las decisiones del presente. Y
propone una medida elemental:
¿Lo que
hacemos hoy deja más posibilidades de Vida o deja menos?
Pero durante
el recorrido apareció todavía otra cuestión.
Porque conservar la Vida no consiste únicamente en conservar las
condiciones exteriores que permiten nuestra supervivencia.
También tuvimos que preguntarnos:
¿Qué significa conservar al ser humano?
Y
descubrimos que tampoco el humano funciona por fragmentos.
Cuerpo. Respiración. Alimentación. Descanso. Movimiento. Afectividad. Inteligencia. Memoria. Lenguaje. Creatividad. Relación. Cooperación. Conciencia. Libertad. Sentido. Naturaleza. Silencio. Amor.
No somos una
sola de esas dimensiones.
Somos su participación conjunta.
Entonces la
investigación se hizo todavía mayor.
Porque ya no bastaba con preguntar cuánto había avanzado la
civilización. Había que preguntar
también:
¿Qué ha
ocurrido con la unidad del ser humano mientras avanzábamos?
Cada gran conquista
humana desarrolló capacidades extraordinarias. Y gracias a ellas estamos aquí. No se trata, por tanto, de condenar la
civilización ni de regresar al pasado.
No queremos volver al pasado. Queremos volver al
equilibrio.
Queremos
conservar todo aquello que verdaderamente ha mejorado la Vida y, al mismo
tiempo, atrevernos a observar si alguna dimensión fundamental del ser humano o
de la Tierra ha quedado silenciosamente relegada durante el camino.
De ahí nace
otra de las preguntas centrales de esta obra:
¿Qué ganamos
y qué equilibrio modificamos cada vez que avanzamos?
Porque una
ganancia puede ser verdadera y, simultáneamente, producir un coste que sólo
descubrimos mucho después.
La
inteligencia consiste entonces no en renunciar a avanzar, sino en aprender a
avanzar observando el conjunto.
Y aquí las
piezas comenzaron a ocupar su lugar:
MADRE TIERRA
— el fundamento.
LA CIENCIA —
el método para observar y comprender.
LA
CONTINUIDAD — el criterio para orientar.
EL
EQUILIBRIO — la medida del conjunto.
Y el ser
humano, dentro de todo ello, no como dueño exterior del proceso, sino como una
forma extraordinaria de Vida dotada de conciencia, inteligencia,
responsabilidad y capacidad de elección.
Por eso este
libro no ofrece una conclusión cerrada. Hace justamente lo contrario.
Abre una investigación.
Invita a
científicos, educadores, médicos, agricultores, economistas, tecnólogos,
juristas, políticos, padres, jóvenes, mayores y a cualquier ser humano a
introducir una pregunta más dentro de aquello que ya sabe y hace:
¿Contribuye esto a la continuidad de la Vida?
Y después otra:
¿Contribuye a que el ser humano continúe siendo
plenamente humano?
Quizá no
necesitemos comenzar inventando respuestas. Quizá necesitemos comenzar haciendo
mejores preguntas.
Observar. Agrupar. Relacionar. Comprender.
Y sólo
después decidir.
Porque la
finalidad no es detener el desarrollo humano. Es algo mucho más difícil y,
probablemente, mucho más hermoso:
continuar avanzando sin destruir el suelo que permite
avanzar.
Conservar
sin inmovilizar. Transformar sin
arrasar. Desarrollar sin fragmentar.
Conocer sin
olvidar para qué queremos conocer.
Y transmitir
a quienes vienen detrás no solamente nuestras máquinas, nuestras ciudades,
nuestros descubrimientos y nuestras construcciones, sino aquello sin lo cual
nada de eso tendría sentido:
una Tierra viva y una humanidad capaz de seguir siendo
plenamente humana dentro de ella.
Ése es el
territorio que estas páginas comienzan a explorar.
No una ciencia
contra las demás. Sino una pregunta
dirigida a todas ellas.
No una
respuesta definitiva. Sino una
brújula.
Y quizá la
pregunta más sencilla que podamos llevar con nosotros mientras continuamos
caminando:
¿ESTO
FAVORECE LA CONTINUIDAD DE LA VIDA?
Creo que éste
ya abre el libro desde el lugar correcto. Está muy pegado a lo que
realmente ha nacido en el recorrido: la obra define esta ciencia como
integración del conocimiento para orientar decisiones hacia la continuidad de
la vida, y posteriormente amplía la mirada hasta la arquitectura humana, la
Tierra y el equilibrio.
Y he querido
conservar una cosa esencial: no presentar la Ciencia de la Continuidad como
sustituta de las ciencias existentes. El propio trabajo dice expresamente
«No sustituye a las demás. Las completa», y formula su método como observar,
relacionar, evaluar y orientar.
Después de
éste, la INTRODUCCIÓN sí puede ser más estructurada y casi cartográfica:
“de dónde partimos → qué descubrimos → por qué aparece Madre Tierra → cómo
llegamos al humano → cómo aparece el equilibrio → qué va a encontrar el
lector”. Ahí podemos hacer una síntesis formidable de todo el libro sin repetir
este prólogo.
Sí. Ahí está
la diferencia: el prólogo explica por qué existe el libro; la introducción
debe enseñarnos el mapa antes de empezar a caminarlo.
Y además,
ahora tenemos ese mapa con bastante claridad: qué es el ser humano → qué
necesita para permanecer plenamente humano → qué enseña Madre Tierra → qué hizo
la civilización → qué coste pudo tener cada avance → qué recuperar → cómo
continuar avanzando sin perder la unidad. Ese recorrido aparece ya
formulado dentro del propio trabajo.
Yo haría la
introducción casi como si subiéramos a una montaña y dijéramos: «Mira: todo
esto es lo que vamos a recorrer.»
Podría
comenzar con una frase muy sencilla:
Este libro
es largo porque la Vida no cabe en una sola mirada.
Y desde ahí
desplegar el territorio, pero sin desarrollar todavía cada asunto. Una
verdadera cartografía de lectura.
Veo incluso
seis grandes territorios: MADRE TIERRA → VIDA → CIENCIA → CONTINUIDAD →
HUMANO → EQUILIBRIO, para desembocar finalmente en CONTINUAR. Porque
el propio libro termina encontrando esa brújula: Madre Tierra como fundamento,
Ciencia como método, Continuidad como orientación y Equilibrio como medida.
Y hay una
cosa que cuidaría mucho: que la introducción no parezca un índice explicado.
Tiene que contar el viaje. Que el lector comprenda cómo una pregunta llevó
inevitablemente a la siguiente, exactamente como nos ocurrió a nosotros.
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