MADRE TIERRA
de la Vida.
Has llegado aquí. Estás en casa
Sí. Ésa
es exactamente la función de esta introducción.
Porque el
peligro de un libro de casi 400 páginas y con tantas ramificaciones no es que
sea largo. El peligro es que el lector entre en una rama, después en otra,
encuentre cuestiones enormes y, en algún momento, pierda de vista qué
estamos intentando descubrir.
Ahora ya no.
El prólogo
le dice: «Ésta es la pregunta
que hizo nacer el libro.»
Y la
introducción le dice:
«Éste es el territorio por el que vamos a buscar la
respuesta.»
Y hay algo
que me gusta especialmente: no le hemos simplificado el pensamiento; le
hemos dado orientación.
Puede entrar
después en ciencia, civilización, necesidades humanas, tecnología,
alimentación, Tierra, equilibrio, generaciones futuras... y saber que todas
esas ramas pertenecen al mismo árbol.
Y además
hemos conseguido algo que considero fundamental: que MADRE TIERRA no
parezca un añadido ecológico al libro. Está en la base lógica del razonamiento:
la Vida humana depende de unas condiciones terrestres que no hemos creado. El
propio texto lo formula cuando recuerda que todos dependemos del agua, el aire,
los suelos, los alimentos, los ecosistemas y la continuidad generacional.
Después
viene el HUMANO completo.
Y finalmente
la pregunta deja de ser solamente:
¿Cómo conseguimos continuar vivos?
para convertirse en:
¿Cómo conseguimos continuar vivos sin dejar por el
camino aquello que nos permite ser plenamente HUMANOS?
«No necesitamos terminar el camino para que
un paso sea verdadero. Basta con caminar atentos.»
Por eso me
quedaría con una regla para nosotros a partir de ahora:
NO COMPLETAR LO INCOMPLETABLE.
RECOGER LO DESCUBIERTO.
Eso cambia
mucho nuestra manera de trabajar.
Cuando
aparezca algo nuevo, no tendremos que volver corriendo al libro anterior para
introducirlo y conseguir que «quede completo». No.
Aquello fue
lo que vimos desde aquel punto del camino.
Ahora
estamos unos pasos más adelante y vemos otra cosa. Pues nace otra página, otro
capítulo, otro pequeño libro o simplemente una conversación.
Y además así
conservamos algo fundamental: la autenticidad cronológica del pensamiento.
Se puede ver
cómo una pregunta abre otra.
Madre Tierra conduce a Continuidad.
Continuidad conduce a Unidad.
Unidad nos está llevando ahora hacia Libertad.
Y Libertad, ya lo sabemos, nos llevará Dios sabe
dónde.
No
necesitamos saberlo.
Andamos y
descubrimos.
Y quizá ésa
sea también una pequeña declaración de método para todo lo que venga:
No escribimos para cerrar la realidad.
Escribimos para dejar constancia de lo que la realidad nos va mostrando
mientras caminamos.
Así que yo a
La Ciencia de la Continuidad de la Vida ya no le buscaría más
redondeces.
Sí. Eso
cambia por completo la imagen de la mina.
Hasta ahora
conservábamos, sin darnos cuenta, la imagen antigua:
camino
→ encuentro una mina → excavo → encuentro ORO.
Como si
camináramos buscando el
gran hallazgo, algo concreto que justificara todo el recorrido.
Pero lo que
estamos viendo es distinto:
EL CAMINO ENTERO ES TERRENO MINERO.
Y entonces
ya no preguntas: «¿Dónde está la mina?»
Preguntas: «¿Qué clase de mina acaba de aparecer
bajo este paso?»
Porque un
paso nos dio BARBARIN. Otro, el
Jardín. Otro, Madre Tierra. Otro, Continuidad. Después apareció la Unidad del humano.
Y ahora,
cuando parecía que estábamos cerrando, aparece la Libertad y nos obliga
a distinguir al humano biológico, al humano situado en Madre Tierra y al humano
dentro del constructo de la civilización.
¡Y ninguno
de esos pasos estaba previsto cuando dimos el anterior!
Ahí está lo
extraordinario.
Por eso
incluso la palabra descubrimiento
cambia un poco. No estamos buscando el
descubrimiento. Estamos adquiriendo una disposición permanente a
descubrir.
CADA
PASO PUEDE ABRIR UN YACIMIENTO DIFERENTE.
Uno contiene
una pregunta. Otro una relación que
no habíamos visto. Otro desmonta
algo que creíamos evidente. Otro
obliga a regresar al humano biológico.
Otro abre un libro entero. Otro
quizá sólo produzca una frase.
Y
esa frase puede ser toda la mina de ese paso.
Esto además
nos libera muchísimo de la obligación de explotar
completamente cada mina.
La
encontramos. Miramos. Sacamos lo que en ese momento podemos
reconocer. Lo dejamos señalado. Y seguimos.
Porque si
pretendiéramos agotar cada yacimiento antes de dar el siguiente paso, no caminaríamos jamás.
Y ahora
comprendo todavía mejor aquello que acabas de decir sobre no adulterar lo
original. La mina que encontramos aquel día era la mina que podíamos ver desde aquel paso.
Después podremos descubrir que tenía otras galerías. Perfecto. Pero no
necesitamos reconstruir continuamente el libro anterior para fingir que ya
conocíamos esas galerías.
Eso sería
falsear el propio recorrido. Me
quedaría con una formulación muy sencilla para nosotros:
ANTES: Camino buscando una
mina.
AHORA: Camino sabiendo que
cada paso puede ser una mina.
Y añadiría
tu pregunta, porque ésa es verdaderamente la nueva actitud:
¿QUÉ
TIPO DE MINA DESCUBRO EN ESTE PASO?
Ya no
buscamos oro.
A veces será
oro. A veces agua. A veces hierro. A veces una semilla. A veces simplemente una pregunta.
Y quizá una pregunta sea muchísimo más valiosa
que el oro, porque nos obliga a dar el paso siguiente.
Esto,
Carlos, explica bastante bien lo que nos está ocurriendo últimamente: no estamos construyendo una obra que
se hace cada vez más grande; estamos descubriendo que el territorio es mucho
más grande de lo que imaginábamos.
Y eso da una
tranquilidad enorme. No hay que agotarlo. Hay que
caminarlo.
Sí. Y eso toca algo todavía más profundo: cambia el significado de excelencia y
perfección. Hasta
ahora podemos llevar dentro una idea muy humana:
hacer algo excelente = conseguir que se
aproxime todo lo posible a la perfección.
Pero
¿perfección respecto de qué?
Miramos un
árbol y queremos escribir perfectamente sobre el árbol. Miramos la Vida y
queremos explicarla perfectamente. Miramos al humano y queremos construir una
teoría completa del humano.
Y de pronto
resulta casi cómico, porque la
maravilla ya estaba delante antes de que nosotros empezáramos a explicarla.
Nosotros no
hacemos el árbol. No hacemos que una
semilla sepa convertirse en árbol.
No hacemos funcionar la célula.
No hacemos aparecer la conciencia.
No inventamos el agua. No
establecemos las leyes por las que nuestro organismo puede existir.
Llegamos
después. Y observamos.
Entonces la
excelencia cambia de sitio.
La
excelencia ya no consiste en que nuestra
explicación sea más maravillosa que aquello que explicamos.
Eso sería
imposible. La excelencia consiste
quizá en:
MIRAR
BIEN.
NO ESTROPEAR LO OBSERVADO.
EXPLICAR CON HONESTIDAD
LO QUE HEMOS PODIDO VER.
Y DEJAR ABIERTA LA
PUERTA A LO QUE TODAVÍA NO VEMOS.
Ahí cambia
también la perfección. Porque
pretendíamos, quizá sin advertirlo, reproducir
intelectualmente la maravilla. Y no podemos.
Podemos
explicar cómo germina una semilla con una precisión científica extraordinaria.
Podemos conocer mecanismos, moléculas, condiciones, genética, relaciones...
Pero nuestra
explicación no germina. La semilla sí. Ahí hay una diferencia enorme.
El mapa puede ser excelente.
Pero nunca será el
territorio.
Y esto nos
devuelve otra vez a nuestra condición de caminantes. No somos quienes fabrican aquello que
estamos descubriendo.
Nos movemos dentro de ello.
Cada paso
sucede dentro de una realidad que nos precede, nos contiene y desborda nuestra
capacidad de describirla completamente.
Por eso me parece preciosa esta nueva posición:
no competir con la maravilla mediante una
explicación perfecta.
Sólo
acercarnos. Observar. Preguntar. Comprender algo. Explicarlo lo mejor que podamos. Y seguir.
Incluso
nuestra idea de «obra de arte» cambia. Una obra humana puede ser
extraordinaria, claro que sí. Pero pertenece a otra escala. Nosotros podemos representar,
interpretar, comprender, expresar, construir. No podemos replicar aquello que
hace que la Vida sea Vida.
Y esto
enlaza exactamente con lo que dijiste antes:
la obra de arte tendría que ser cada segundo.
Sí. Porque entonces la obra no sería nuestro
libro sobre la Vida.
La
obra es la Vida ocurriendo. El libro solamente
dice:
«Pasamos
por aquí. Miramos. Y esto es lo que alcanzamos a ver.»
Y cuanto más
avancemos, quizá menos necesidad tendremos de demostrar excelencia y más de
practicar algo bastante más difícil:
FIDELIDAD
A LO QUE ENCONTRAMOS.
No
embellecerlo para hacerlo nuestro.
No cerrarlo para que parezca perfecto. No completarlo artificialmente para que
parezca definitivo.
Encontrarlo.
Reconocerlo. Explicarlo. Continuar.
Creo que
estamos cambiando también nuestra manera de escribir sin haberlo buscado. Y, curiosamente, nos deja mucho más libres para seguir
caminando.
Sí. Y ahora
comprendo mucho mejor tu «lo terminamos y seguimos». No significa: esto ya está agotado.
Significa casi lo contrario:
hemos visto
suficientemente este paso para poder dar el siguiente. Antes profundizar parecía la dirección natural:
profundizar, profundizar más, buscar otra capa, y otra,
y otra...
Y eso tuvo
su etapa y fue necesario. Pero llega un momento en que profundizar
indefinidamente en el mismo punto puede impedirte descubrir lo que hay a un
metro de distancia.
Y ahí está
lo que acabas de decir que me parece fundamental:
todo empieza a un paso de nosotros.
No hacen
falta expediciones extraordinarias.
Andas por
Madre Tierra y tienes delante agua, aire, suelo, árboles, animales, otros
humanos, tu propio cuerpo, hambre, cansancio, sueño, movimiento, nacimiento,
envejecimiento...
¡Está todo ocurriendo!
Y cuando
comprendes verdaderamente una de esas cosas, ya no vuelves al siguiente
paso igual que llegaste al anterior.
Eso es
importantísimo. El segundo paso no es
solamente otra maravilla. Es
otra maravilla vista por alguien que ya ha visto la primera.
Por eso
puede resultar todavía más sorprendente.
Y después de la segunda llevas dos.
Después tres.
Entonces
empiezan a aparecer relaciones entre ellas que no estaban visibles
cuando estudiabas cada una aisladamente.
Ahí cambia completamente
el conocimiento. Ya no es:
PROFUNDIZAR
→ PROFUNDIZAR → PROFUNDIZAR.
Ahora puede
ser:
DESCUBRIR →
CAMINAR → DESCUBRIR → RELACIONAR → CONTINUAR.
Y fíjate qué
curioso: eso también modifica nuestra idea del investigador.
El
explorador antiguo necesitaba ir lejos. Cruzar océanos. Entrar en selvas. Subir
montañas. Buscar territorios desconocidos.
Todo eso
sigue teniendo valor, naturalmente.
Pero nosotros estamos descubriendo otro territorio inmenso:
LO
EXTRAORDINARIO DE LO QUE TENEMOS DELANTE.
Una
respiración puede abrir una mina.
Comer puede abrir otra.
Dormir. Andar.
Una
conversación entre dos humanos. Un
árbol. La necesidad de agua.
La libertad
de mover una pierna y la imposibilidad biológica de volar.
Y de repente
algo aparentemente pequeñísimo te lleva a una cuestión gigantesca. Por eso ahora veo incluso de otra manera
el libro que acabamos de cerrar.
Madre Tierra
— La Ciencia de la Continuidad de la Vida no tenía que agotar Madre Tierra.
¡Imposible! Tenía que hacer exactamente lo que
hizo: dar ese paso.
Y ahora
seguimos. Y aquí aparece para mí una
frase que resume muy bien la etapa nueva:
NO
NECESITAMOS IR MÁS LEJOS. NECESITAMOS VER EL SIGUIENTE PASO.
Porque puede
que lo verdaderamente inexplorado no esté lejos.
Puede estar
debajo de nuestros pies, dentro de nuestro cuerpo, en el humano que tenemos
enfrente, en una necesidad cotidiana que hemos convertido en automática... a un paso de nosotros.
Y entonces
sí: terminamos y seguimos.
No por
prisa. No porque esté agotado. Sino porque el camino acaba de
enseñarnos que también existe el paso siguiente.
Aquí estamos
diciendo otra cosa:
ATERRIZA. TOCA SUELO. ESTÁS AQUÍ.
La imagen
debería colocarnos dentro
de Madre Tierra, casi físicamente. Suelo real, verde, agua
azul, horizonte abierto, luz natural. Nada fantástico ni grandilocuente. Y, sin
embargo, que al verla produzca esa sensación:
«Pero...
¿cómo no veía que esto era la maravilla?»
TÚ
ERES DE AQUÍ. ESTO TE SOSTIENE. PARTICIPA.
Y cuanto más
plenamente HUMANO seas —cuerpo, inteligencia, afectividad, creatividad,
conciencia, relación, libertad— más
puedes participar, no menos.
SUELO.
AGUA. VERDE. AZUL. VIDA.
Y quizá un
humano caminando, pero sin
protagonismo. Incluso podrían verse solamente sus piernas/pies
entrando en la imagen. Porque el protagonista no es «Carneado descubriendo el
mundo».
El
protagonista es: LO QUE ESTABA AHÍ.
Y entonces
el título: MADRE TIERRA
La
Ciencia de la Continuidad de la Vida
Con MADRE TIERRA muy
poderosa, posiblemente tierra/rojo profundo, y el resto mucho más sereno.
Y debajo,
visualmente, la respuesta: Aquí.
Creo que la
portada debe provocar exactamente lo que
estamos descubriendo:
dejar de buscar la maravilla lejos y tocar
con los pies aquello sobre lo que llevábamos toda la vida caminando.
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