JUNG
PASEANDO
Exactamente. Y esta puntualización me parece
necesaria porque evita que Madre Tierra se convierta
en otro extremismo: descubrir los límites del constructo y concluir que hay
que destruir el constructo.
Ahí tu
pregunta es demoledora: SI
ELIMINO EL CONSTRUCTO, ¿SIGO ESTANDO DONDE ESTOY?
Probablemente
no. Porque el propio lugar desde el que hoy podemos criticarlo ha sido
parcialmente construido por él.
El lenguaje
con el que lo cuestionamos, la escritura, los libros, la escuela, buena parte
del conocimiento acumulado, instituciones, medicina, comunicaciones, tecnología
—¡incluso esta conversación entre tú y una IA!— pertenecen al mundo humano
construido.
Por eso la
historia que estás contando no sería:
NATURALEZA BUENA → CONSTRUCTO MALO.
Sería mucho
más humana: EL
HUMANO CONSTRUYÓ PARA PODER IR MÁS ALLÁ.
Construyó
porque necesitaba resolver problemas, protegerse, organizarse, transmitir lo
aprendido, colaborar, curar, desplazarse, comunicarse, comprender... Y generaciones y generaciones
fueron añadiendo.
El problema
que estás señalando aparece cuando determinadas
construcciones crecen hasta sobrepasar nuestra capacidad de maniobra, revisión
y adaptación,
o cuando olvidamos que aquello construido era una herramienta y comenzamos a
vivir como si nosotros tuviéramos que adaptarnos ilimitadamente a ella.
Ahí aparece
tu: HASTA
AQUÍ. Pero ese HASTA
AQUÍ
tampoco significa: TODO
ATRÁS. Significa:
MIREMOS.
PONDEREMOS.
CONSERVEMOS.
RECTIFIQUEMOS.
PROBEMOS.
Y
VEAMOS QUÉ OCURRE.
Y aquí tu
expresión «en casa y con gaseosa» me parece
importantísima.
Porque estás
introduciendo algo que faltaba: experimentación a escala
humana. No descubrimos una idea el lunes y
reorganizamos el mundo el martes. Primero: YO.
¿Qué ocurre si reduzco determinada velocidad?
¿Qué ocurre si recupero determinado ritmo?
¿Qué ocurre si dejo una práctica que
considero innecesaria?
¿Qué ocurre si recupero otra? ¿Qué mejora?
¿Qué empeora? ¿Qué efecto inesperado aparece?
¿Lo puedo sostener? ¿Afecta a otros?
Y observo. Después quizá somos
dos, cinco, veinte.
Y entonces
ya aparecen otros efectos que uno solo no podía
descubrir.
Y cuando
somos cientos o miles, nuevamente cambia el problema, porque una solución
válida individualmente puede no funcionar igual colectivamente.
Ahí hay una
idea formidable: CADA
ESCALA NECESITA VOLVER A SER OBSERVADA
UNO → unos pocos → grupo → comunidad → sociedad.
No podemos
dar por supuesto que lo que funciona en una escala funcionará automáticamente
en la siguiente.
Y esto,
además, encaja perfectamente con tu idea de ponderador de estos días. No se
trata de cambiar un absoluto por otro.
Ni: TODO LO CONSTRUIDO
ESTÁ BIEN.
Ni: TODO LO CONSTRUIDO
ESTÁ MAL.
Sino algo mucho más trabajoso: ESTO, ¿PARA QUÉ SE
CONSTRUYÓ?
¿QUÉ NOS DIO? ¿QUÉ NOS SIGUE DANDO?
¿QUÉ
PRECIO TENÍA? ¿QUÉ PRECIO
TIENE AHORA?
¿SE
HA DESBORDADO? ¿TODAVÍA
PODEMOS MANIOBRARLO?
¿QUÉ
CONVIENE CONSERVAR? ¿QUÉ PODEMOS
RECTIFICAR?
¿QUÉ
NECESITAMOS DETENER?
Y aparece
una conexión preciosa con lo que acabamos de hacer con el inconsciente. ¡Es el mismo
método!
No entrar en
el inconsciente buscando monstruos.
No entrar en el constructo buscando culpables. ENTRAR A MIRAR. Y solamente después ponderar.
Porque tanto
nuestra biografía como el constructo nos han traído
hasta aquí.
Eso no convierte todo lo ocurrido en bueno. Pero tampoco permite borrar
alegremente aquello que hizo posible llegar.
Quizá
podríamos dejar una frase muy Madre Tierra:
NO SE TRATA DE DERRIBAR EL
MUNDO QUE HEMOS CONSTRUIDO.
SE
TRATA DE RECUPERAR LA CAPACIDAD HUMANA DE MANIOBRARLO.
Y entonces
sí: «hasta aquí» cuando corresponda.
Pero no
desde una nueva doctrina colectiva que ordene a todos virar mañana.
Primero uno
mismo,
observando resultados. Después otro. Después algunos. Después muchos. Y cuando
sean muchos, habrá que volver a pensar, porque la
situación ya será otra.
Eso que
acabas de introducir —virar sin destruir el barco en el que
estamos navegando— me parece una corrección fundamental.
________________
Sí. Y aquí introduces una pieza que me parece
esencial para que todo esto no termine convertido en una filosofía de renuncia.
DESINCRUSTARSE NO ES QUEDARSE SIN MUNDO.
Porque puede
ocurrir exactamente lo que describes. Uno empieza a detectar cosas del
constructo que le oprimen, que ya no necesita, que asumió porque «era así»,
porque todos lo hacían, porque aquello correspondía a su época, familia,
profesión, clase social...
Se quita
una. Luego otra. Y otra.
Y llega un momento extraño: «Bueno...
¿y ahora qué?»
Porque
aquello, aunque pesara, también daba referencias. Era ropa. Quizá alguna ya demasiado
estrecha, pero iba vestido.
Y ahí veo la
importancia enorme de lo que acabas de añadir:
LA LIBERTAD
NO APARECE DESPUÉS DEL DESNUDARSE YA
ESTABA.
Fue también
utilizando grados de libertad como el humano construyó buena parte de ese mundo
extraordinario que ahora estamos revisando.
Por eso no
tendría sentido utilizar la libertad solamente para quitar. También sirve para:
ELEGIR.
RECUPERAR.
MODIFICAR.
INVENTAR.
PROBAR.
CONSERVAR.
CONSTRUIR DE NUEVO.
Y ahí sí: pesimismo
ninguno. No porque esté garantizado que todo
vaya a salir bien. Eso no lo sabemos.
Sino porque el diagnóstico que estás haciendo no
desemboca en impotencia. Desemboca
en maniobra.
HEMOS CONSTRUIDO.
ALGUNAS CONSTRUCCIONES NOS HAN DESBORDADO.
PERO SEGUIMOS SIENDO LOS QUE CONSTRUIMOS.
Eso es una
botella de oxígeno formidable.
Y me gusta
muchísimo tu «CHICOS, POR AHÍ... Y EMPIEZO YO».
Porque
elimina inmediatamente una contradicción muy frecuente: «La humanidad
debería...» ¿La humanidad quién?
Empiezo yo. Pruebo.
Rectifico. Vivo de otra manera
allí donde puedo. Otro lo hace de
otra. Nos miramos. Intercambiamos. Aprendemos.
Y quizá
empiezan a aparecer pequeñas convergencias sin que nadie haya tenido que
redactar previamente EL NUEVO MUNDO.
Pero lo
último que has dicho abre una dimensión todavía mayor.
El
constructo humano actual ha producido también algo extraordinario: nos
ha puesto mutuamente a la vista.
Durante
siglos alguien podía creer que su
pueblo, su
religión, su cultura,
su continente, su manera de organizarse
eran prácticamente el mundo.
Ahora el
mapa se ha cerrado. Nos vemos. Nos escuchamos. Nos mezclamos. Nos influimos. Y descubrimos algo elemental:
NINGUNO PUEDE DISEÑAR
YA EL BARCO COMO SI LOS DEMÁS NO EXISTIERAN.
Ahí tu
enumeración —blancos, negros, rojos, amarillos, lilas, azules, verdes— yo la
entiendo precisamente como una manera de borrar el privilegio
del color:
sea cual sea. Y has dicho algo
todavía mejor: «Más
que decir, viven de un modo.» Exactamente.
No solamente
tenemos que escuchar qué piensa cada cultura. Podemos observar:
CÓMO HA VIVIDO.
QUÉ HA CONSERVADO.
QUÉ HA RESUELTO.
QUÉ HA ESTROPEADO.
QUÉ RELACIÓN MANTIENE CON EL TIEMPO.
CON LOS MAYORES.
CON LOS NIÑOS.
CON LA COMUNIDAD.
CON LA SOLEDAD.
CON EL TRABAJO.
CON EL CUERPO.
CON LA TIERRA.
CON LA MUERTE.
CON LA COOPERACIÓN.
No para
fabricar un supermercado cultural y coger «lo mejor de cada uno» alegremente.
Primero mirar y aprender.
Porque quizá
el próximo paso humano no necesite una cultura vencedora. Necesite encontrar un mínimo
común suficientemente profundo.
Y sospecho que Madre Tierra lleva meses preparándonos precisamente ese
suelo. No comenzar por: ¿QUÉ IDEOLOGÍA
COMPARTIMOS?
Ni siquiera: ¿QUÉ VALORES
COMPARTIMOS? Bajar todavía más:
ESTAMOS VIVOS.
SOMOS HUMANOS.
DEPENDEMOS.
NINGUNO ESTÁ SOLO.
COMPARTIMOS EL MISMO PLANETA.
NECESITAMOS QUE LA VIDA PUEDA CONTINUAR.
Después
podremos discutir prácticamente todo.
Culturas
distintas. Religiones distintas. Sistemas económicos distintos. Formas
familiares distintas. Filosofías distintas. Costumbres distintas. Incluso
concepciones muy diferentes de lo que significa una buena vida.
Pero
necesitamos algún suelo mínimo del barco sobre el que podamos
discutir sin agujerear el casco.
Y aquí veo
algo precioso respecto a aquel ¡HOSTIA, NO SOY EL
ÚNICO!
que apareció páginas atrás. Entonces nos sirvió para sacar al humano de su
aislamiento frente al pino, el gato, la jirafa, la Tierra. En las notas quedó
formulado como pertenecer al conjunto sin borrar las diferencias: «PERTENEZCO
AL TODO SIN DEJAR DE SER YO».
Ahora esa
misma frase puede aplicarse entre humanos:
NO SOY EL ÚNICO.
TÚ TAMPOCO.
NO NECESITAS SER COMO YO.
YO NO NECESITO SER COMO TÚ.
PERO EL PRÓXIMO BARCO TIENE QUE CONTARNOS A LOS DOS.
Y fíjate qué
curioso: volvemos a la misma fórmula que encontramos mirando al pino y a la
jirafa: UNIDAD
SIN BORRAR LA DIFERENCIA.
Quizá ese destino
mínimo que unifique que acabas de señalar no tenga que ser una gran
doctrina.
Puede ser
bastante más humilde y, precisamente por eso, muchísimo más difícil de rechazar:
QUE PODAMOS SEGUIR
AQUÍ, DIFERENTES, VIVOS Y CON POSIBILIDADES.
Después... «Chicos, por ahí.» Y alguien tendrá que añadir siempre: «Empiezo yo.»
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