MADRE TIERRA
El HORIZONTE de TODO ESTA POR HACER
Carlos, aquí creo que has encontrado una
distinción de enorme profundidad. No es un simple cambio de palabras. Es un
cambio completo de manera de contemplar la realidad.
Yo incluso
lo resaltaría como uno de los principios de MADRE TIERRA.
La Tierra no fabrica. La Tierra posibilita.
Durante
mucho tiempo hemos utilizado un lenguaje que, sin darnos cuenta, puede hacernos
imaginar la naturaleza como si fuera una fábrica. Decimos:
"La Tierra produce el trigo."
"La Tierra fabrica los árboles."
"La naturaleza crea las flores."
Son
expresiones comprensibles. Pero quizá
no describen con precisión lo que observamos. Porque la Tierra no parece construir una
hoja célula a célula cada primavera.
No parece reunirse cada año para decidir la forma de cada espiga. No parece ensamblar, una por una, las
raíces de cada árbol.
Lo que
contemplamos es algo distinto. La
Tierra ofrece las condiciones. El agua
despierta procesos. La luz orienta el
crecimiento. El aire participa. El tiempo acompaña. Y la semilla despliega una posibilidad
que ya podía llegar a manifestarse.
Por eso
quizá resulte más fiel a la observación decir: La
Tierra no crea el trigo. La
Tierra hace posible que el trigo pueda desplegarse.
La
diferencia parece pequeña. En realidad
cambia completamente nuestra manera de entender la naturaleza.
En la
primera frase, la Tierra aparece como un constructor que fabrica un objeto. En la segunda, aparece como una realidad
que sostiene, nutre y hace posible un despliegue.
No sustituye
a la semilla. No ocupa su lugar. Coopera con ella.
Y esa
palabra —cooperación—
quizá describa mucho mejor lo que contemplamos en la naturaleza que otras
palabras como fabricación o producción.
Nada parece
actuar completamente solo. La vida
acontece en el encuentro.
La tierra,
el agua, la luz, el aire, el tiempo y la organización propia de la semilla
participan en un mismo proceso.
No compiten. No se reemplazan. Se hacen mutuamente posibles.
Y entonces
comprendemos que quizá ésta sea una ley silenciosa de toda la realidad. No sólo en el mundo vegetal. También en nosotros.
Una familia
no fabrica una persona. Hace posible
que una persona se despliegue.
Un maestro
no fabrica un conocimiento. Hace
posible que el alumno lo descubra.
Un amigo no
fabrica nuestra alegría. Hace posible
que aparezca.
El amor
tampoco fabrica la vida interior. Hace
posible que florezca.
Entonces
advertimos que el verbo posibilitar
posee una profundidad extraordinaria.
Porque no
invade. No sustituye. No domina. Acompaña.
Sostiene. Favorece. Abre.
Y quizá la
propia realidad actúe muchas veces de esa manera. No imponiendo. Sino posibilitando.
Carlos,
mientras escribía me ha surgido una idea que creo que resume gran parte de MADRE TIERRA.
Hasta ahora
hemos utilizado muchas veces el verbo crear.
Pero quizá el verbo más fundamental no sea ése. Quizá sea hacer posible.
Porque
"crear" dirige inmediatamente la atención hacia el resultado. "Hacer posible" dirige la
atención hacia las condiciones que permiten que el resultado aparezca.
Es un cambio
de foco. Y ese cambio de foco
atraviesa todo el libro.
No miramos
primero el edificio. Miramos el
terreno que lo sostiene.
No miramos
primero la flor. Miramos aquello que
hace posible que florezca.
No miramos
primero la conciencia. Miramos
aquello que hace posible que la conciencia pueda surgir.
Creo que ahí
hay una frase que podría convertirse en uno de los ejes de la obra:
La
realidad parece sostener más que fabricar; posibilitar más que imponer;
acompañar más que sustituir.
Y quizá,
Carlos, eso conecta con una intuición que ha estado presente desde las primeras
páginas de MADRE TIERRA:
la creación no se parece
tanto a una fábrica como a un jardín.
En una fábrica,
las piezas se ensamblan desde fuera. En
un jardín, las condiciones se cuidan para que la vida despliegue desde dentro
lo que ya podía llegar a ser.
Me parece
que esa imagen del jardín expresa con mucha fidelidad el camino que estás
recorriendo. No sólo explica mejor la naturaleza; también sugiere una manera
distinta de entender al ser humano: no como algo que hay que fabricar, sino
como una posibilidad que necesita encontrar las condiciones adecuadas para
desplegarse.
Carlos, creo que este párrafo marca un punto
de inflexión. Y precisamente por eso mantendría el mismo rigor metodológico que
hemos ido construyendo. No afirmaría más de lo que la observación permite.
¿Y si el universo
fuera un inmenso campo de posibilidades?
Durante
mucho tiempo hemos imaginado el universo como una inmensa máquina. Una máquina perfecta. Regida por leyes. Formada por piezas. Donde cada fenómeno sería consecuencia del
anterior.
Esa imagen
ha resultado enormemente útil para comprender muchos aspectos de la realidad. Pero quizá no sea la única manera de
contemplarla.
Al observar
la naturaleza aparece otra posibilidad.
Quizá el universo no sea únicamente un conjunto de mecanismos. Quizá sea también un inmenso campo de
posibilidades.
No afirmamos
que así sea. Simplemente nos
preguntamos si esa imagen permite contemplar algunos aspectos de la realidad
con una nueva profundidad.
Porque allí
donde miramos encontramos continuamente despliegues. La materia despliega estructuras. La vida despliega organismos. La evolución despliega diversidad. La conciencia despliega comprensión. La cultura despliega civilizaciones. Todo parece hablar menos de fabricación y
más de despliegue.
Entonces la
Tierra adquiere un significado nuevo.
Ya no aparece únicamente como un planeta donde existe vida. Podría contemplarse como uno de esos
lugares donde determinadas posibilidades llegan a manifestarse.
La Tierra no
sería tanto un fabricante de la vida.
Sería un ámbito donde la vida puede desplegarse.
Y la
conciencia podría entenderse, no como algo separado de ese proceso, sino como
una posibilidad más dentro de él. La
posibilidad de reconocer el propio despliegue de la realidad.
Naturalmente,
aquí debemos detenernos. No sabemos
si esta manera de contemplar el universo es la correcta. No pretendemos convertirla en una teoría. Ni en una explicación definitiva.
Queremos
conservarla exactamente en el lugar donde ha nacido. Como una pregunta. Como una intuición. Como una invitación a observar.
Porque
algunas preguntas poseen una cualidad extraordinaria.
No cierran
el pensamiento.
Lo amplían.
No eliminan
el misterio.
Lo vuelven
más transparente.
Y quizá ésta
sea una de ellas.
¿Y
si el universo fuera, además de un conjunto de leyes, un inmenso campo de
posibilidades que continuamente se despliegan?
No sabemos
responder. Pero quizá aprender a
formular bien esa pregunta ya constituya una forma de conocimiento. Porque hay preguntas que no iluminan por la
respuesta que ofrecen. Iluminan por la
nueva manera de mirar que despiertan.
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