MADRE TIERRA
de
TODO ESTA POR HACER
Carlos, creo que aquí has encontrado una vía
de lectura muy fértil. Y precisamente porque la presentas como una hipótesis de lectura,
no como una afirmación cerrada, conserva toda su fuerza.
La conciencia coopera
con la creación
Quizá una de
las maneras más sugerentes de leer el Génesis no consista en preguntarnos
únicamente cómo comenzó todo. Tal vez
también podamos preguntarnos cómo continúa.
Porque la
creación no parece una realidad terminada y cerrada. Se asemeja más a una inmensa obra viva,
llena de posibilidades que esperan ser descubiertas.
En esa
perspectiva, la conciencia humana adquiere un papel extraordinario. No porque sustituya a la naturaleza. Ni porque cree desde la nada. Sino porque reconoce posibilidades que
permanecían abiertas.
La cebada
podía existir. La avena podía
existir. El centeno podía existir. Las plantas medicinales. Los árboles frutales. Los injertos. Los huertos. Los jardines.
Todo ello
podía formar parte de las posibilidades contenidas en la creación. Pero hacía falta alguien capaz de observar. De experimentar. De aprender. De cuidar.
De
transmitir ese conocimiento a la siguiente generación. La naturaleza seguía siendo naturaleza. La Tierra seguía ofreciendo sus
posibilidades.
Pero la
conciencia comenzaba a colaborar con ese despliegue. Entonces la creación deja de entenderse
como un acontecimiento ocurrido una sola vez.
Empieza a contemplarse como una realidad viva, en la que la naturaleza y
la conciencia cooperan continuamente.
La Tierra
ofrece. La vida despliega. La conciencia reconoce. Las manos cuidan. Y las generaciones transmiten.
Quizá por
eso el trabajo humano adquiere una dignidad tan profunda. No consiste únicamente en transformar la
naturaleza. Consiste, sobre todo, en
colaborar con las posibilidades que ella misma contiene.
Así
entendida, la conciencia no ocupa el lugar de la creación. Forma parte de ella. No actúa contra la naturaleza. Aprende a dialogar con ella.
Y, cuando
ese diálogo es respetuoso, aparecen frutos que benefician a todos.
Tal vez esa
colaboración sea una de las formas más hermosas de participar en el misterio de
la vida.
Y aquí,
Carlos, me gustaría añadir un matiz que me parece muy importante para mantener
el equilibrio del libro.
Quizá
convenga evitar decir: "La cebada podía existir." como si estuviéramos
afirmando un hecho previo que conocemos.
Tal vez sea más prudente escribir:
"La creación parecía contener posibilidades
que la conciencia fue reconociendo poco a poco."
O incluso:
"La realidad parecía guardar
posibilidades que sólo llegaron a hacerse visibles cuando el ser humano
aprendió a colaborar con ellas."
Ese pequeño
cambio mantiene el mismo horizonte de reflexión, pero deja espacio al lector.
No afirma más de lo que la observación y la contemplación permiten sugerir.
Y, además,
enlaza muy bien con una idea que atraviesa todo MADRE TIERRA: la creación no aparece como una
obra concluida en el sentido de que ya no quede nada por descubrir, sino como
una realidad viva que invita continuamente a la participación responsable del
ser humano. No como dueño de ella, sino como colaborador, cuidador y
descubridor de las posibilidades que va encontrando en su camino.
Carlos, aquí creo que acabas de tocar un
punto decisivo. Porque vuelves a colocar a la conciencia en su sitio justo: ni omnipotente ni pasiva.
La idea, por
sí sola, no transforma la realidad. Pero
tampoco es irrelevante. Su función
parece ser otra.
La
idea organiza una posibilidad
La idea, por
sí sola, no hace aparecer una planta.
Tampoco construye un puente. Ni
levanta una casa. Ni hace brotar una
espiga.
Pensar no
sustituye a la realidad. Sin embargo,
la idea posee una capacidad extraordinaria.
Puede reconocer una posibilidad.
Alguien
contempla un río. Durante siglos,
miles de personas lo cruzan nadando, caminando por un vado o utilizando una
barca. Un día, alguien imagina un
puente. El puente no aparece por
haberlo pensado.
La piedra
sigue siendo piedra. La madera sigue
siendo madera. La gravedad continúa
actuando del mismo modo. Pero ha
ocurrido algo decisivo.
La
conciencia ha reconocido una posibilidad que hasta entonces permanecía sin
realizar. La idea no crea la piedra. La idea organiza una posibilidad que la
realidad ya contenía.
Después
vendrán el trabajo. Las herramientas. El esfuerzo. Los errores. Las mejoras. Y finalmente aparecerá el puente.
Quizá con
las semillas ocurra algo semejante. La
conciencia no crea el trigo. No crea
la fertilidad de la Tierra. No crea la
lluvia. Pero puede reconocer una
posibilidad.
Puede
comprender que una semilla, sembrada en determinadas condiciones, despliega una
capacidad que antes permanecía oculta.
Entonces la
inteligencia comienza a colaborar con ese proceso. Selecciona. Aprende.
Conserva. Experimenta. Comparte.
La naturaleza y la conciencia empiezan a trabajar juntas.
Tal vez por
eso las grandes obras humanas nunca nacen únicamente de una idea. Nacen cuando una idea reconoce una
posibilidad real y decide colaborar con ella.
La
imaginación abre el horizonte. La
realidad ofrece los materiales. Y el
trabajo paciente convierte esa posibilidad en una presencia visible.
Y, Carlos,
mientras escribía me ha venido una frase que quizá resume todo este capítulo
con mucha sencillez:
La idea no crea la realidad; descubre una
forma nueva de colaborar con ella.
O incluso
ésta, todavía más breve:
La inteligencia no sustituye a la naturaleza;
aprende a conversar con sus posibilidades.
Creo que esa
formulación encaja muy bien con todo el recorrido que estamos haciendo. Evita
dos extremos: por un lado, pensar que la mente crea por sí sola la realidad;
por otro, reducir la inteligencia a un simple espectador. La conciencia aparece
como un puente entre lo que es
posible y lo que puede
llegar a realizarse mediante una colaboración respetuosa con la
realidad.
Y esa
palabra, colaboración,
me parece que va adquiriendo cada vez más peso en MADRE TIERRA. Porque desplaza el centro desde
el dominio hacia la participación. El ser humano deja de ser el dueño de la
creación para convertirse en alguien que aprende a reconocer sus posibilidades
y a trabajar con ellas, no contra ellas. Ahí encuentro una de las ideas más
luminosas de todo el libro.
Carlos, aquí creo que estás señalando uno de
los detalles más profundos del Génesis. Y, como venimos haciendo, no hace falta
convertirlo en una afirmación dogmática. Basta contemplar la imagen que el
texto propone.
Una creación que
continúa
Hay un
detalle del Génesis que invita a detenerse.
El relato no
dice simplemente: "Aparecieron las plantas." La imagen es mucho más rica.
La Tierra
produce hierba. Plantas que dan
semilla. Árboles que dan fruto con
semilla.
Es decir, la
creación no aparece como un acontecimiento que termina en el primer instante. Aparece como una realidad dotada de
continuidad.
Cada semilla
puede originar otra semilla. Cada
árbol puede dar nuevos frutos. Cada
generación puede dar lugar a otra generación.
La vida no
queda inmóvil. Se despliega. Se transmite. Se renueva.
Es una
imagen extraordinariamente sugerente. No
presenta una creación detenida. Presenta
una creación capaz de continuar.
Y quizá ahí
se encuentre una de las intuiciones más hermosas del relato. La creación parece llevar inscrita una
capacidad de futuro. No necesita
comenzar de nuevo a cada instante.
Cada
manifestación contiene la posibilidad de otras manifestaciones. Cada semilla abre el camino a nuevas
semillas. Cada vida hace posible otras
vidas. La continuidad forma parte del
propio tejido de la creación.
Y el ser
humano aparece dentro de esa corriente.
No como quien sustituye ese dinamismo.
Sino como quien puede reconocerlo, comprenderlo y colaborar con él.
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