MADRE TIERRA y JUNG
. El Yo
Centro del campo consciente, identidad, continuidad y adaptación.
Jung ha
entrado en la casa. Y antes de bajar
a sótanos, abrir habitaciones cerradas o preguntarse por aquello que permanece
fuera de la conciencia, encontramos a alguien que ya está allí: EL YO. El que dice:
YO PIENSO.
YO SIENTO. YO RECUERDO. YO QUIERO. YO DECIDO.
ESTO ME ESTÁ OCURRIENDO
A MÍ.
Para Jung,
el Yo ocupa el centro del campo de la conciencia. No equivale a la totalidad de
la psique; es el centro alrededor del cual se organiza aquello que reconocemos
conscientemente como propio. Y
esto es fundamental. Porque sin
algún grado de continuidad de ese YO,
difícilmente podríamos hablar de un caminante capaz de reconocer su propio
itinerario.
EL YO DICE:
ÉSTE SOY YO
Durante el
desarrollo van ocurriendo innumerables experiencias. Pero progresivamente aparece una
organización. Mi cuerpo. Mi nombre.
Mis recuerdos. Mis relaciones.
Lo que me
gusta. Lo que rechazo. Lo que creo.
Lo que he hecho. Lo que espero. Lo que considero mío.
Y alrededor
de todo ello va adquiriendo consistencia algo que permite decir: YO. No tenemos que imaginarlo
como un pequeño director sentado dentro de la cabeza. Es una manera de organizar la experiencia
consciente alrededor de una identidad.
Y Jung
realiza aquí una distinción importantísima:
EL YO ES
NECESARIO, PERO EL YO NO ES TODO. La habitación desde la que
miro no es la casa entera.
EL YO DA
CONTINUIDAD AL CAMINANTE
Aquí Madre
Tierra encuentra algo extraordinariamente útil. Porque nuestro ITINERARIO necesita
continuidad. El niño que fui no es
idéntico al adulto que soy.
Mi cuerpo ha
cambiado. Mis conocimientos han
cambiado. Mis posibilidades han
cambiado. Mis opiniones pueden haber
cambiado radicalmente. Y sin embargo
puedo decir: AQUEL NIÑO ERA YO. Aquí aparece una de las
grandes funciones del Yo: MANTENER UN HILO DE IDENTIDAD A TRAVÉS
DEL CAMBIO. No una
identidad inmóvil. Una continuidad.
Esto encaja magníficamente
con nuestra imagen del caminante. El
paisaje cambia. El caminante cambia. Las circunstancias cambian. Pero existe un hilo que permite reconocer: ÉSTE
ES MI CAMINO.
EL YO
TAMBIÉN ES UN ADMINISTRADOR
Y aquí
aparece una imagen que ya estaba en tus apuntes de Jung: EL
YO COMO ADMINISTRADOR. Recibe
una cantidad inmensa de información. Atiende
unas cosas y otras no. Relaciona. Valora.
Decide hasta donde puede. Intenta
mantener cierta coherencia. Se presenta
ante otros. Responde a las
circunstancias. Construye una
explicación sobre quién es.
Y administra
aquello que en cada momento tiene disponible. Pero aquí Madre Tierra hace una precisión: ADMINISTRADOR
NO SIGNIFICA PROPIETARIO DE TODA LA CASA.
Muchísimo de
lo que ocurre en nosotros no está simultáneamente presente en la conciencia. El cuerpo continúa funcionando. Aparecen asociaciones. Emociones.
Recuerdos. Automatismos. Aprendizajes. Reacciones.
El Yo
administra una parte extraordinariamente importante de la experiencia, pero no
necesita conocer en cada instante todo aquello que hace posible su
funcionamiento. Jung vio esto con
enorme claridad. Y por eso no
convirtió al Yo en la totalidad.
PERO ¿QUÉ
ESTÁ ADMINISTRANDO?
Aquí entra
nuestra primera pregunta Madre Tierra.
El Yo no apareció antes del itinerario. Se fue organizando mientras el itinerario estaba
ocurriendo.
Por tanto,
aquello que reconoce como: «YO»
ya contiene historia.
Puede contener lenguaje recibido.
Valores aprendidos. Normas. Recuerdos.
Papeles familiares. Experiencias. Preferencias. Identificaciones. Adaptaciones. Expectativas sociales. Y también respuestas
propias ante todo ello. Entonces
aparece una pregunta fascinante: ¿CUÁNTO DE LO QUE LLAMO «YO» ES MODELO Y CUÁNTO ES ITINERARIO?
No
necesitamos responder de golpe. La
pregunta ya abre una puerta enorme.
«YO SOY
ASÍ»
Aquí el Yo
puede cometer uno de sus errores más comprensibles. Convertir continuidad en permanencia. Dice:
YO SOY ASÍ. Y Madre Tierra pregunta: ¿DESDE
CUÁNDO? Menuda
pregunta.
«Soy
tímido.» ¿Desde cuándo? «Soy desconfiado.» ¿Desde cuándo? «Necesito agradar.» ¿Desde cuándo? «No sirvo para esto.» ¿Desde cuándo?
«Yo siempre
he sido fuerte.» ¿Desde cuándo? No estamos negando aquello que la persona
observa sobre sí misma. Estamos
introduciendo tiempo. Y cuando introducimos tiempo aparece el
itinerario.
Quizá: «YO
SOY ASÍ» pueda
transformarse en: «HE APRENDIDO A FUNCIONAR ASÍ.» O: «DADAS
MIS DISPOSICIONES Y MI HISTORIA, HE LLEGADO A FUNCIONAR FRECUENTEMENTE ASÍ.» Y
entonces aparece una posibilidad que la primera frase había cerrado: ¿TENGO
QUE CONTINUAR SIEMPRE ASÍ?
IDENTIDAD
NO ES SENTENCIA
Esto puede
ser importantísimo. Necesitamos
identidad. Pero una identidad
demasiado rígida puede convertirse en una habitación cerrada.
Soy esto. No soy aquello. Esto me corresponde. Aquello no.
Yo nunca... Yo siempre... Y poco
a poco una herramienta necesaria para orientarnos puede empezar a reducir
nuestras propias posibilidades.
Madre Tierra
no pretende destruir la identidad. Sería
absurdo. Quiere devolverle movimiento: IDENTIDAD
COMO HILO, NO COMO CADENA.
Soy quien ha
recorrido este itinerario. Eso me da
continuidad. Pero precisamente porque
sigo recorriéndolo, TODAVÍA NO ESTOY TERMINADO.
EL YO SE
ADAPTA
Y llegamos a
una de las funciones que más nos interesa.
El Yo necesita desenvolverse en un exterior. Aprende.
Responde. Calcula. Se protege.
Negocia. Modifica conductas. Se relaciona con las exigencias del entorno.
SE
ADAPTA. Perfecto. Pero aquí Madre Tierra levanta
inmediatamente la mano: ¿A QUÉ?
Ésta será la
pregunta del próximo capítulo. Porque
no es lo mismo adaptarse al frío que adaptarse a una norma social. No es lo mismo reconocer una necesidad
corporal que satisfacer una expectativa de prestigio. No es lo mismo aprender a convivir que
aprender a obedecer una construcción histórica concreta. Todo llega desde «fuera».
Pero no todo exterior pertenece a la misma
categoría de realidad.
Y el Yo, especialmente durante el desarrollo, no dispone necesariamente
de esa distinción. Se adapta al mundo que encuentra.
EL YO PUEDE
ADAPTARSE PERFECTAMENTE A ALGO QUE NECESITA SER REVISADO
Aquí aparece
un problema enorme. Supongamos que
una sociedad considera valiosa determinada conducta. El individuo aprende a realizarla. Es premiado. Reconocido.
Aceptado. Ha conseguido una
magnífica adaptación.
Pero Madre
Tierra puede preguntar: ¿Y ESA SOCIEDAD A QUÉ SE ESTÁ
ADAPTANDO? De repente
la psicología deja de poder utilizar la adaptación como criterio final.
Una persona puede
estar muy bien adaptada a una construcción humana que produce sufrimiento,
destruye posibilidades o necesita evolucionar. Esto no convierte la inadaptación en
virtud. Simplemente introduce una
coordenada exterior al propio constructo:
VIDA.
EL YO
TAMBIÉN CONSTRUYE UNA HISTORIA SOBRE SÍ MISMO
Y esto será
decisivo cuando lleguemos a la Sombra.
El Yo necesita cierta coherencia. «Soy buena persona.» «Soy racional.» «Soy valiente.» «Soy responsable.» «Soy independiente.» Perfecto.
Pero ¿qué
ocurre cuando aparece algo que no encaja?
Una emoción. Un deseo. Una conducta. Un miedo.
Una contradicción. Quizá el Yo
tenga dificultades para incorporarlo a la historia que cuenta sobre sí mismo. Ahí Jung encuentra una de sus grandes
puertas.
LO
QUE NO ENCAJA EN MI IMAGEN CONSCIENTE NO DEJA POR ESO DE EXISTIR.
Y aparece la
Sombra. No todavía. Pero ya podemos verla esperando en el
pasillo.
EL YO NO ES
EL ENEMIGO
Esto también
conviene dejarlo claro. A veces, al
hablar de superar el ego, parece que el Yo fuera una especie de error del que
deberíamos librarnos. No es nuestra
posición.
Necesitamos
al administrador. Necesitamos
continuidad. Necesitamos orientación. Necesitamos poder decir: ESTO
ME OCURRIÓ A MÍ.
Sin ese hilo
sería muy difícil realizar precisamente el trabajo que estamos proponiendo: investigar mi itinerario, reconocer mis contenidos, reconsiderarlos, y participar conscientemente en lo que
continúe. Por tanto: NO
HAY QUE DESTRUIR EL YO. Hay
que impedir que confunda su despacho con toda la casa.
JUNG HACE
ALGO EXTRAORDINARIO CON EL YO
Le devuelve
importancia y al mismo tiempo le quita la corona. Le dice, aproximadamente: ERES
EL CENTRO DE LA CONCIENCIA, PERO NO ERES EL CENTRO DE TODO LO PSÍQUICO. Eso es una
enorme liberación. Porque
permite al Yo decir: HAY COSAS DE MÍ QUE TODAVÍA NO
CONOZCO. Sin que eso
implique estar roto. Simplemente: MI
CAMPO CONSCIENTE NO AGOTA MI VIDA. Y
entonces puede comenzar la investigación.
En tus
apuntes ya habías descrito precisamente al Yo como centro consciente,
identidad, continuidad, filtro y adaptación, y añadías inmediatamente tu propia
imagen: «administrador
dentro del CONSTRUCTO». Esa observación nos coloca exactamente
en la puerta que ahora queremos abrir.
MADRE
TIERRA LE AÑADE UNA VENTANA AL DESPACHO DEL YO
El Yo está
trabajando. Organiza. Decide.
Recuerda. Se identifica. Se adapta.
Construye continuidad.
Madre Tierra
no entra para despedirlo. Abre una
ventana. Y le dice: MIRA
FUERA. Hay un cuerpo
que no diseñaste. Hay una vida que
estás administrando pero que no inventaste.
Hay un planeta del que dependes.
Hay un itinerario anterior a muchas de tus explicaciones. Hay un mundo construido que entró en ti. Hay contenidos que todavía no conoces. Hay posibilidades que todavía no has
utilizado.
Y quizá
algunas cosas que considerabas: «YO»
resulten ser: «ALGO QUE YO APRENDÍ A SER.» No pasa nada. No has desaparecido. Al contrario. ACABAS
DE GANAR ESPACIO.
EL
YO TOMA TIERRA
Podemos
entonces conservar casi entero el extraordinario instrumento jungiano y añadir
nuestra coordenada: EL YO ES CENTRO DEL CAMPO CONSCIENTE.
Organiza
identidad. Proporciona continuidad. Participa en la adaptación. Administra aquello que puede reconocer. Pero:
NO ES TODA LA
CASA.
No comenzó
antes que la vida. No construyó Madre
Tierra. No eligió todo aquello que recibió. No conoce necesariamente el origen de todo
lo que considera suyo. No está
terminado. Y no tiene obligación de
conservar eternamente todas las formas que adoptó durante su itinerario. Por eso podemos decirle: YO,
NO TE QUEREMOS ELIMINAR.
Te
necesitamos. Pero queremos que tengas
una linterna. Que conozcas la casa. Que recuerdes el camino. Que distingas el suelo del edificio. Que puedas reconocer qué recibiste. Que puedas revisar qué administras. Y que, cuando digas: «YO
SOY», dejes siempre una
pequeña puerta abierta: «...Y SIGO SIENDO.»
Porque el Yo
no es una estatua. Es el centro
consciente de un
caminante vivo. Y
ahora llegamos a una pregunta que Jung dejó servida y que Madre Tierra puede
hacer con toda su fuerza: ¿ADAPTACIÓN A QUÉ? Ahí empieza el siguiente capítulo.
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