JUNG PASEANDO SINCRONICIDAD
¿Con qué recibimos? Sí. Y aquí cambia
otra vez el foco. Hasta ahora hemos mirado lo que está ocurriendo: ritmos, cambios,
señales, información, correspondencias. Ahora tenemos que girarnos hacia el
peregrino y hacer una pregunta casi incómoda: todo eso puede estar
delante de mí, pero ¿con qué lo recibo? Porque decir simplemente «con los
sentidos» empieza a quedarse muy corto.
17. ¿CON QUÉ RECIBIMOS?
El peregrino
se detiene. Hasta ahora ha mirado
hacia fuera. El cielo. Los árboles. Los pájaros. El agua.
El viento. Las estaciones. Los sonidos. Los cambios.
Pero ahora
tiene que hacer algo diferente. Mirar al que está
mirando. Porque puede haber
información por todas partes. Puede
haber señales. Puede haber cambios. Puede haber correspondencias. Pero para que algo entre en su experiencia
tiene que ocurrir otra cosa:
ALGO
EN ÉL TIENE QUE PODER RECIBIRLO.
Y
aparece la pregunta: ¿CON QUÉ RECIBIMOS?
LA
RESPUESTA FÁCIL: CON LOS SENTIDOS
Veo. Oigo.
Huelo. Toco. Saboreo.
Perfecto. Pero salgamos a
caminar.
Dos personas
recorren el mismo camino. Tienen ojos. Tienen oídos. Tienen piel. Y, sin embargo, no reciben el mismo
camino.
Una oye un
pájaro. La otra distingue varios
cantos. Una nota que hace calor. La otra percibe que ha cambiado la
temperatura desde hace unos minutos. Una
ve árboles. La otra advierte que
determinada especie empieza a brotar. Una
mira el cielo. La otra nota una
modificación de las nubes.
Entonces los
órganos sensoriales son indispensables.
Pero no parecen explicar por sí solos lo que recibimos.
EL OJO NO
RECIBE SOLO
El ojo
proporciona información visual. Pero
aquello que finalmente «veo» depende también de otras cosas. Atención.
Experiencia. Memoria. Aprendizaje. Interés.
Estado corporal. Emoción. Expectativa. Biografía.
Un árbol
puede entrar por mis ojos y casi no existir para mí. Otro árbol puede detenerme. ¿Por qué? Quizá porque lo conozco. Porque me recuerda algo. Porque ha cambiado. Porque esperaba encontrarlo. Porque nunca había visto uno semejante. Porque estoy especialmente atento.
Entonces: MIRAR NO ES TODAVÍA VER. Y quizá:
RECIBIR
NO ES SIMPLEMENTE QUE ALGO ENTRE POR UN SENTIDO.
EL CUERPO
TAMBIÉN RECIBE Esto es fundamental.
El peregrino
nota frío. No ha «visto» el frío. Su organismo está respondiendo. Siente humedad. Cansancio.
Sed. Cambio de luz. Desequilibrio del terreno. Tensión.
Relajación.
Quizá antes
de pensar: «está bajando la
temperatura», su cuerpo ya había
comenzado a responder.
Entonces
tenemos que ampliar el receptor. No
recibimos solamente mediante unos órganos colocados en la cabeza. RECIBE EL ORGANISMO. Y el organismo
responde continuamente a aquello en lo que está viviendo.
¿RECIBIMOS
ANTES DE SABER QUE HEMOS RECIBIDO? Aquí empieza algo muy importante.
El peregrino
camina y de pronto disminuye el paso.
No sabe por qué. Después
descubre que el terreno está cambiando.
O se detiene. Mira alrededor. «Aquí pasa algo.» Pero todavía no sabe decir qué. ¿Qué ha ocurrido primero? ¿La explicación? No.
Parece haber
habido una captación anterior. Algo fue
recibido. Después llegó la conciencia
de que algo había sido recibido. Y solamente después puede llegar la
explicación. Entonces tendríamos:
RECEPCIÓN. ADVERTENCIA. INTERPRETACIÓN.
Tres
momentos que pueden sucederse tan rápidamente que normalmente los confundimos.
«NO SÉ QUÉ
HE NOTADO»
Esta frase,
que podría parecer pobre, empieza a adquirir muchísimo valor. «No sé qué he notado.» No significa: «he recibido una revelación».
Tampoco
significa: «me lo estoy inventando». Significa exactamente lo que dice:
ALGO
HA LLAMADO MI ATENCIÓN Y TODAVÍA NO SÉ IDENTIFICARLO.
Entonces el
peregrino puede detenerse. No para
imaginar. Para observar. ¿Qué ha cambiado? ¿El sonido? ¿La luz? ¿La temperatura? ¿Mi cuerpo? ¿El comportamiento de los animales? ¿El terreno? ¿Mi estado?
Puede
descubrirlo. O puede no descubrirlo. Pero no necesita rellenar inmediatamente
el hueco con una explicación.
PUEDE
CONSERVAR EL «NO SÉ».
Y AQUÍ
APARECE NUESTRA HABITACIÓN DE CAPTACIÓN
Ahora
empieza a tener un lugar natural. No
necesitamos introducirla como una facultad extraordinaria. Podemos empezar con una hipótesis mucho
más sencilla:
¿EXISTE EN EL SER HUMANO UNA CAPACIDAD DE
RECIBIR, REGISTRAR Y RELACIONAR INFORMACIÓN ANTES DE QUE ÉSTA HAYA SIDO
FORMULADA EN PALABRAS?
Sabemos al
menos algo evidente: antes de hablar ya
estamos vivos.
El niño
recibe. Temperaturas. Voces.
Ritmos. Contactos. Presencias.
Ausencias. Sonidos. Luz.
Movimiento.
Y todavía no
dispone del lenguaje adulto con el que posteriormente organizará todo eso. Por tanto, la recepción no puede comenzar con
la palabra. Esto es enorme. Porque significa que:
PRIMERO RECIBIMOS.
DESPUÉS,
ENTRE MUCHAS OTRAS COSAS, APRENDEMOS A NOMBRAR.
Y QUIZÁ AL
APRENDER A NOMBRAR GANAMOS... Y PERDEMOS
La palabra
es una herramienta extraordinaria. Permite
distinguir. Recordar. Transmitir. Comparar.
Pensar. Pero puede ocurrir algo
curioso.
Aprendo: «árbol». Y después veo: árbol.
Aprendo: «pájaro».
Y escucho: pájaro.
Aprendo: «lluvia». Y ocurre: lluvia.
La palabra
organiza la realidad. Pero también
puede hacer que dejemos de mirar. Porque
una vez clasificado algo sentimos que ya lo conocemos.
«ES
UN ÁRBOL.» Sí. Pero:
¿qué árbol? ¿cómo está? ¿qué momento atraviesa? ¿qué ha cambiado? ¿qué ocurre en sus hojas? ¿qué animales hay en él? ¿qué relación tiene con este terreno?
La etiqueta
puede ayudarnos a reconocer. Pero
también puede cerrar
prematuramente la recepción.
EL
CONSTRUCTO TAMBIÉN RECIBE POR NOSOTROS
Y aquí
aparece otro problema. No solamente
recibimos aquello que está delante. También
llevamos aprendido qué merece atención.
Qué es
importante. Qué es insignificante. Qué es posible. Qué es imposible. Qué significa cada cosa. Qué debemos temer. Qué debemos buscar. Entonces podemos mirar un paisaje
entero y recibir únicamente aquello para lo que nuestro aprendizaje nos ha
preparado.
Y volvemos a
nuestro peregrino. Quizá no necesita
aprender inmediatamente un nuevo diccionario. Quizá necesita recuperar algo anterior:
MIRAR ANTES DE NOMBRAR. ESCUCHAR ANTES DE CLASIFICAR.
SENTIR ANTES DE EXPLICAR.
Y después
sí. Pensar. Comparar.
Nombrar. Contrastar.
LA
BIOGRAFÍA RECIBE CON NOSOTROS
Dos personas
escuchan la misma canción. Una
continúa andando. La otra se detiene. No porque sus oídos funcionen
necesariamente de manera diferente. Sino
porque aquella canción pertenece a su historia.
Entonces
cuando recibimos algo, nuestra biografía puede recibirlo con nosotros. Memorias.
Aprendizajes. Miedos. Deseos.
Asociaciones. Experiencias. Todo puede intervenir.
Y esto será
decisivo para la sincronicidad. Porque
cuando algo exterior me conmueva profundamente tendremos que preguntar: ¿QUÉ HA RECIBIDO MI ORGANISMO? pero también: ¿QUIÉN, EN MI BIOGRAFÍA, ESTÁ RECIBIENDO
ESTO?
No para
reducir la experiencia a biografía. Para
conocer mejor al receptor.
EL RECEPTOR
NO ES NEUTRO Ésta quizá sea la conclusión más importante. Hasta ahora podríamos haber imaginado:
MUNDO → INFORMACIÓN → YO
como si «yo»
fuera una pantalla limpia. Pero no. Estoy cansado o descansado. Tengo miedo o tranquilidad. Conozco o desconozco. Espero algo. Recuerdo.
Deseo. He aprendido. Estoy distraído. Estoy atento. Tengo una historia. Estoy en un momento determinado de mi
vida. Por tanto:
LO QUE RECIBO Y CÓMO LO RECIBO
TAMBIÉN
DEPENDE DEL ESTADO DEL RECEPTOR.
Esto no
invalida lo recibido. Pero nos obliga
a incluirnos en la observación.
Y AHORA UNA
COSA TODAVÍA MÁS GRANDE
Quizá la
pregunta: «¿Con qué recibimos?» esté mal formulada si esperamos
encontrar un
solo órgano. Porque quizá recibimos con un conjunto. Sentidos.
Cuerpo. Atención. Memoria.
Experiencia. Emoción. Aprendizaje. Biografía.
Consciente. Y posiblemente procesos que todavía no
han alcanzado la conciencia. Entonces podríamos formularlo así:
NO RECIBO SOLAMENTE CON MIS OJOS.
RECIBO CON EL SER VIVO QUE SOY EN ESTE
MOMENTO DE MI ITINERARIO.
Y eso cambia todo.
VOLVAMOS A
LA SINCRONICIDAD
Ahora
imaginemos una coincidencia extraordinaria.
Antes preguntábamos: «¿Qué significa?» Ahora tendremos que añadir: ¿CON QUÉ LA HE RECIBIDO?
¿Qué percibieron mis sentidos? ¿Qué respondió mi cuerpo?
¿Qué reconoció mi memoria? ¿Qué añadió mi biografía?
¿Qué esperaba? ¿Qué ignoraba?
¿Qué interpretación apareció después?
¿Había recibido antes información que
conscientemente no había advertido?
¿Y qué queda cuando intento distinguir todo
ello?
Ahora sí
estamos preparando un estudio serio. Porque
ya no investigamos solamente el acontecimiento. Investigamos también el instrumento que
afirma haberlo recibido. Y
ese instrumento... somos nosotros.
El peregrino
mira nuevamente el paisaje. Todo
aquello estaba allí antes.
Árboles. Viento.
Pájaros. Temperatura. Agua.
Horizonte. Pero ahora comprende
algo:
NO BASTA QUE EL MUNDO ESTÉ DELANTE.
TIENE QUE HABER ALGUIEN CAPAZ DE
RECIBIRLO.
Y quizá
parte del camino humano consista precisamente en eso: RECUPERAR CAPACIDAD DE RECEPCIÓN.
No para
recibir mensajes extraordinarios. Mucho
antes. Para volver a recibir lo ordinario que nunca
dejó de estar hablando sin palabras.
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