LIBROS de BARBARIN I II III

lunes, 12 de octubre de 2026

JUNG PASEANDO SINCRONICIDAD ¿Con qué recibimos?

 JUNG PASEANDO  SINCRONICIDAD

 ¿Con qué recibimos?        Sí. Y aquí cambia otra vez el foco. Hasta ahora hemos mirado lo que está ocurriendo: ritmos, cambios, señales, información, correspondencias. Ahora tenemos que girarnos hacia el peregrino y hacer una pregunta casi incómoda: todo eso puede estar delante de mí, pero ¿con qué lo recibo? Porque decir simplemente «con los sentidos» empieza a quedarse muy corto.

17. ¿CON QUÉ RECIBIMOS?

El peregrino se detiene.      Hasta ahora ha mirado hacia fuera.     El cielo.    Los árboles.    Los pájaros.    El agua.   El viento.   Las estaciones.    Los sonidos.    Los cambios.

Pero ahora tiene que hacer algo diferente.    Mirar al que está mirando.     Porque puede haber información por todas partes.    Puede haber señales.    Puede haber cambios.     Puede haber correspondencias.    Pero para que algo entre en su experiencia tiene que ocurrir otra cosa:              ALGO EN ÉL TIENE QUE PODER RECIBIRLO.          Y aparece la pregunta:      ¿CON QUÉ RECIBIMOS?


LA RESPUESTA FÁCIL: CON LOS SENTIDOS

Veo.   Oigo.   Huelo.   Toco.   Saboreo.   Perfecto.    Pero salgamos a caminar.  

Dos personas recorren el mismo camino.   Tienen ojos.   Tienen oídos.  Tienen piel.    Y, sin embargo, no reciben el mismo camino.

Una oye un pájaro.   La otra distingue varios cantos.   Una nota que hace calor.   La otra percibe que ha cambiado la temperatura desde hace unos minutos.    Una ve árboles.   La otra advierte que determinada especie empieza a brotar.    Una mira el cielo.    La otra nota una modificación de las nubes.

Entonces los órganos sensoriales son indispensables.      Pero no parecen explicar por sí solos lo que recibimos.


EL OJO NO RECIBE SOLO

El ojo proporciona información visual.      Pero aquello que finalmente «veo» depende también de otras cosas.    Atención.    Experiencia.    Memoria.   Aprendizaje.   Interés.    Estado corporal.   Emoción.    Expectativa.  Biografía.

Un árbol puede entrar por mis ojos y casi no existir para mí.    Otro árbol puede detenerme.     ¿Por qué?    Quizá porque lo conozco.   Porque me recuerda algo.    Porque ha cambiado.    Porque esperaba encontrarlo.   Porque nunca había visto uno semejante.    Porque estoy especialmente atento.

Entonces:    MIRAR NO ES TODAVÍA VER.     Y quizá:

RECIBIR NO ES SIMPLEMENTE QUE ALGO ENTRE POR UN SENTIDO.


EL CUERPO TAMBIÉN RECIBE           Esto es fundamental.

El peregrino nota frío.    No ha «visto» el frío.   Su organismo está respondiendo.    Siente humedad.   Cansancio.    Sed.    Cambio de luz.   Desequilibrio del terreno.   Tensión.    Relajación.

Quizá antes de pensar:      «está bajando la temperatura»,    su cuerpo ya había comenzado a responder.

Entonces tenemos que ampliar el receptor.    No recibimos solamente mediante unos órganos colocados en la cabeza.     RECIBE EL ORGANISMO.      Y el organismo responde continuamente a aquello en lo que está viviendo.


¿RECIBIMOS ANTES DE SABER QUE HEMOS RECIBIDO?     Aquí empieza algo muy importante.

El peregrino camina y de pronto disminuye el paso.     No sabe por qué.    Después descubre que el terreno está cambiando.     O se detiene.    Mira alrededor.     «Aquí pasa algo.»    Pero todavía no sabe decir qué.    ¿Qué ha ocurrido primero?      ¿La explicación?      No.

Parece haber habido una captación anterior.   Algo fue recibido.   Después llegó la conciencia de que algo había sido recibido.    Y solamente después puede llegar la explicación.      Entonces tendríamos:

RECEPCIÓN.     ADVERTENCIA.     INTERPRETACIÓN.

Tres momentos que pueden sucederse tan rápidamente que normalmente los confundimos.


«NO SÉ QUÉ HE NOTADO»

Esta frase, que podría parecer pobre, empieza a adquirir muchísimo valor.     «No sé qué he notado.»     No significa:     «he recibido una revelación».

Tampoco significa:    «me lo estoy inventando».      Significa exactamente lo que dice:

ALGO HA LLAMADO MI ATENCIÓN Y TODAVÍA NO SÉ IDENTIFICARLO.

Entonces el peregrino puede detenerse.    No para imaginar.     Para observar.       ¿Qué ha cambiado?     ¿El sonido?     ¿La luz?      ¿La temperatura?      ¿Mi cuerpo?    ¿El comportamiento de los animales?     ¿El terreno?       ¿Mi estado?

Puede descubrirlo.     O puede no descubrirlo.     Pero no necesita rellenar inmediatamente el hueco con una explicación.

PUEDE CONSERVAR EL «NO SÉ».


Y AQUÍ APARECE NUESTRA HABITACIÓN DE CAPTACIÓN

Ahora empieza a tener un lugar natural.     No necesitamos introducirla como una facultad extraordinaria.     Podemos empezar con una hipótesis mucho más sencilla:

¿EXISTE EN EL SER HUMANO UNA CAPACIDAD DE RECIBIR, REGISTRAR Y RELACIONAR INFORMACIÓN ANTES DE QUE ÉSTA HAYA SIDO FORMULADA EN PALABRAS?

Sabemos al menos algo evidente:     antes de hablar ya estamos vivos.

El niño recibe.    Temperaturas.    Voces.   Ritmos.   Contactos.   Presencias.   Ausencias.    Sonidos.    Luz.     Movimiento.

Y todavía no dispone del lenguaje adulto con el que posteriormente organizará todo eso.      Por tanto, la recepción no puede comenzar con la palabra.       Esto es enorme.      Porque significa que:

PRIMERO RECIBIMOS.
DESPUÉS, ENTRE MUCHAS OTRAS COSAS, APRENDEMOS A NOMBRAR.


Y QUIZÁ AL APRENDER A NOMBRAR GANAMOS... Y PERDEMOS

La palabra es una herramienta extraordinaria.      Permite distinguir.    Recordar.     Transmitir.    Comparar.    Pensar.    Pero puede ocurrir algo curioso.

Aprendo:       «árbol».       Y después veo:      árbol.

Aprendo:    «pájaro».    Y escucho:      pájaro.

Aprendo:     «lluvia».     Y ocurre:      lluvia.

La palabra organiza la realidad.     Pero también puede hacer que dejemos de mirar.        Porque una vez clasificado algo sentimos que ya lo conocemos.

«ES UN ÁRBOL.»    Sí.    Pero:    ¿qué árbol?    ¿cómo está?    ¿qué momento atraviesa?    ¿qué ha cambiado?   ¿qué ocurre en sus hojas?   ¿qué animales hay en él?    ¿qué relación tiene con este terreno?

La etiqueta puede ayudarnos a reconocer.      Pero también puede cerrar prematuramente la recepción.


EL CONSTRUCTO TAMBIÉN RECIBE POR NOSOTROS

Y aquí aparece otro problema.      No solamente recibimos aquello que está delante.     También llevamos aprendido qué merece atención.

Qué es importante.     Qué es insignificante.     Qué es posible.     Qué es imposible.    Qué significa cada cosa.     Qué debemos temer.    Qué debemos buscar.           Entonces podemos mirar un paisaje entero y recibir únicamente aquello para lo que nuestro aprendizaje nos ha preparado.

Y volvemos a nuestro peregrino.      Quizá no necesita aprender inmediatamente un nuevo diccionario.     Quizá necesita recuperar algo anterior:

MIRAR ANTES DE NOMBRAR.        ESCUCHAR ANTES DE CLASIFICAR.

SENTIR ANTES DE EXPLICAR.

Y después sí.    Pensar.   Comparar.    Nombrar.     Contrastar.


LA BIOGRAFÍA RECIBE CON NOSOTROS

Dos personas escuchan la misma canción.     Una continúa andando.    La otra se detiene.      No porque sus oídos funcionen necesariamente de manera diferente.     Sino porque aquella canción pertenece a su historia.

Entonces cuando recibimos algo, nuestra biografía puede recibirlo con nosotros.    Memorias.    Aprendizajes.    Miedos.    Deseos.    Asociaciones.    Experiencias.     Todo puede intervenir.

Y esto será decisivo para la sincronicidad.     Porque cuando algo exterior me conmueva profundamente tendremos que preguntar:      ¿QUÉ HA RECIBIDO MI ORGANISMO?       pero también:       ¿QUIÉN, EN MI BIOGRAFÍA, ESTÁ RECIBIENDO ESTO?

No para reducir la experiencia a biografía.    Para conocer mejor al receptor.


EL RECEPTOR NO ES NEUTRO          Ésta quizá sea la conclusión más importante.      Hasta ahora podríamos haber imaginado:

MUNDO → INFORMACIÓN → YO

como si «yo» fuera una pantalla limpia.       Pero no.      Estoy cansado o descansado.     Tengo miedo o tranquilidad.     Conozco o desconozco.  Espero algo.    Recuerdo.   Deseo.   He aprendido.    Estoy distraído.   Estoy atento.    Tengo una historia.     Estoy en un momento determinado de mi vida.        Por tanto:

LO QUE RECIBO Y CÓMO LO RECIBO
TAMBIÉN DEPENDE DEL ESTADO DEL RECEPTOR.

Esto no invalida lo recibido.    Pero nos obliga a incluirnos en la observación.


Y AHORA UNA COSA TODAVÍA MÁS GRANDE

Quizá la pregunta:    «¿Con qué recibimos?»      esté mal formulada si esperamos encontrar un solo órgano.      Porque quizá recibimos con un conjunto.     Sentidos.   Cuerpo.   Atención.   Memoria.   Experiencia.  Emoción.   Aprendizaje.   Biografía.   

Consciente.      Y posiblemente procesos que todavía no han alcanzado la   conciencia.      Entonces podríamos formularlo así:

NO RECIBO SOLAMENTE CON MIS OJOS.

RECIBO CON EL SER VIVO QUE SOY EN ESTE MOMENTO DE MI ITINERARIO.

Y eso cambia todo.


VOLVAMOS A LA SINCRONICIDAD

Ahora imaginemos una coincidencia extraordinaria.    Antes preguntábamos:    «¿Qué significa?»      Ahora tendremos que añadir:    ¿CON QUÉ LA HE RECIBIDO?

¿Qué percibieron mis sentidos?       ¿Qué respondió mi cuerpo?

¿Qué reconoció mi memoria?          ¿Qué añadió mi biografía?

¿Qué esperaba?          ¿Qué ignoraba?

¿Qué interpretación apareció después?

¿Había recibido antes información que conscientemente no había advertido?

¿Y qué queda cuando intento distinguir todo ello?

Ahora sí estamos preparando un estudio serio.     Porque ya no investigamos solamente el acontecimiento.     Investigamos también el instrumento que afirma haberlo recibido.      Y ese instrumento...     somos nosotros.


El peregrino mira nuevamente el paisaje.      Todo aquello estaba allí antes.

Árboles.    Viento.    Pájaros.   Temperatura.   Agua.    Horizonte.    Pero ahora comprende algo:

NO BASTA QUE EL MUNDO ESTÉ DELANTE.

TIENE QUE HABER ALGUIEN CAPAZ DE RECIBIRLO.

Y quizá parte del camino humano consista precisamente en eso:     RECUPERAR CAPACIDAD DE RECEPCIÓN.

No para recibir mensajes extraordinarios.      Mucho antes.       Para volver a recibir lo ordinario que nunca dejó de estar hablando sin palabras.

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