MADRE TIERRA y el CONSTRUCTO HUMANO
Cuando la solución permanece y la necesidad
desaparece
Construcciones
que pudieron ser funcionales y continuaron viviendo después de cambiar las
circunstancias que las originaron. Construimos para
resolver problemas. Y precisamente
porque algunas soluciones funcionan extraordinariamente bien, pueden sobrevivir al problema que las
hizo necesarias.
Ésta es una
paradoja importante. Si una solución
fracasa rápidamente, probablemente la abandonaremos. Pero si funciona, la repetiremos. La enseñaremos. La protegeremos. La incorporaremos a nuestras costumbres.
Quizá
crearemos instituciones alrededor de ella.
Y llegará una generación que ya no conocerá directamente el problema
inicial. Conocerá solamente la solución heredada. Entonces puede ocurrir algo
extraordinario: EL PROBLEMA CAMBIA O DESAPARECE, PERO LA RESPUESTA CONTINÚA. Lo que funcionó merece permanecer
Imaginemos
una comunidad que atraviesa una situación de grave escasez. Aprende a guardar. A no desperdiciar. A almacenar. A controlar cuidadosamente los recursos. Todo ello puede ser completamente
razonable. Incluso puede haber sido
indispensable para sobrevivir. Quienes
vivieron aquella escasez transmiten a sus hijos una enseñanza: «Guarda.
Mañana puede faltar.»
Los hijos
quizá todavía conozcan periodos difíciles y comprendan perfectamente el
consejo. Pero pasan las generaciones. Las condiciones cambian. La producción aumenta. Aparecen nuevas formas de conservación.
El riesgo
original disminuye. Sin embargo, la
enseñanza puede continuar: «Guarda. Mañana puede faltar.» Ya no se transmite
necesariamente la experiencia que originó aquella conducta. Se transmite la conducta. Y quizá también el miedo.
Las soluciones dejan huella Esto puede ocurrir en muchos niveles. Una familia que atravesó circunstancias
difíciles puede transmitir maneras de protegerse mucho después de haber
cambiado aquellas circunstancias. Una
sociedad que sufrió amenazas puede conservar mecanismos defensivos cuando la
amenaza original ya no existe de la misma manera. Una institución creada para resolver un
problema concreto puede continuar creciendo después de transformarse aquel problema.
Una norma útil en determinadas condiciones puede convertirse posteriormente en costumbre y después en principio. No significa que necesariamente haya que eliminarla. Quizá haya encontrado nuevas funciones. Quizá continúe siendo valiosa por motivos distintos. Pero ahora tenemos derecho a preguntar: ¿PARA QUÉ SIRVE HOY?
Ésta es una
pregunta diferente de: ¿Para qué sirvió? Y necesitamos ambas. El constructo puede buscar una nueva
función Aquí aparece algo todavía más
interesante.
Las
construcciones humanas no siempre permanecen idénticas mientras cambia el
mundo. Pueden adaptarse. Una institución nacida para una finalidad
puede asumir otras. Una celebración
puede perder su significado inicial y adquirir uno nuevo. Una palabra puede cambiar de sentido. Una profesión puede transformarse
completamente. Una tecnología creada
para una tarea puede terminar utilizándose para otras que nadie había
imaginado.
Por eso no
podemos aplicar una regla sencilla: «Si desapareció la necesidad original,
eliminemos la construcción.» Sería
otro automatismo. La pregunta
correcta es más rica: ¿QUÉ FUNCIÓN CUMPLE AHORA?
Quizá la
construcción haya encontrado una segunda vida perfectamente válida. O quizá estemos sosteniéndola simplemente
porque no sabemos
imaginar el mundo sin ella.
El medio puede convertirse en finalidad Éste es quizá uno de los giros más
importantes. Construimos algo para
conseguir otra cosa.
Pero con el tiempo
podemos olvidar aquella finalidad y comenzar a proteger el instrumento mismo. El instrumento deja de estar al servicio
de la función. La función empieza a
estar al servicio del instrumento.
Pensemos,
por ejemplo, en una organización. Nace
para atender determinada necesidad. Para
hacerlo necesita personas, normas, recursos, edificios, procedimientos y
estructuras. Todo ello tiene sentido.
Pero después
de suficiente tiempo puede aparecer una nueva necesidad: mantener
la propia organización.
Ahora una
parte de sus esfuerzos ya no está dirigida únicamente al problema para el que
nació. Está dirigida a garantizar su propia continuidad. Esto no tiene por qué ser perverso. Toda organización necesita cierta
estabilidad para funcionar.
Pero existe
un punto en el que deberíamos volver a preguntar: ¿LA
ESTRUCTURA CONTINÚA AL SERVICIO DE LA FUNCIÓN O LA FUNCIÓN HA TERMINADO AL
SERVICIO DE LA ESTRUCTURA?
Aquí puede aparecer la inversión La secuencia inicial era: NECESIDAD → SOLUCIÓN → CONSTRUCCIÓN.
Pero después
puede transformarse en: CONSTRUCCIÓN → NECESIDAD DE CONSERVAR
LA CONSTRUCCIÓN. Éste
es un cambio enorme. Ya no protegemos
solamente aquello que la construcción debía proteger. Protegemos
la construcción.
Y cuanto más
grande sea, más personas dependan de ella y más integrada esté en otros
sistemas, más difícil resultará modificarla.
Porque habrá empleos. Intereses. Hábitos.
Identidades. Conocimientos
especializados. Infraestructuras. Expectativas. Compromisos.
Y
consecuencias reales. La pared ya no
está simplemente delante de nosotros.
Hemos construido
habitaciones apoyadas sobre ella. Moverla
puede afectar a todo el edificio. Por
eso la reubicación exige inteligencia y responsabilidad.
El problema puede incluso ser producido por
la solución Y existe una
posibilidad todavía más delicada. Una
solución que resolvió un problema puede, después de crecer enormemente,
comenzar a producir problemas nuevos. Algo
construido para proporcionar seguridad puede generar miedo a perder lo
acumulado. Algo construido para
facilitar puede terminar complicando. Algo
creado para organizar puede rigidizar. Algo
creado para representar la realidad puede terminar sustituyéndola. Algo creado para aumentar nuestras
posibilidades puede terminar condicionando nuestra manera de vivir.
Entonces nos
encontramos ante una situación paradójica:
CONTINUAMOS
ALIMENTANDO UNA SOLUCIÓN QUE AHORA PARTICIPA EN LA CREACIÓN DEL PROBLEMA.
No significa
que toda la construcción sea inútil. Quizá
necesite sencillamente reubicación. Volver a preguntarle para qué está. La
seguridad ofrece un ejemplo extraordinario Queremos seguridad. Es completamente omprensible.
Un organismo vivo necesita cierta estabilidad. Necesitamos alimento. Cobijo.
Protección. Previsión. Una mínima capacidad de anticipar el mañana.
Entonces
construimos mecanismos de seguridad. Guardamos. Acumulamos.
Aseguramos. Planificamos. Poseemos.
Protegemos.
Todo puede
tener una función perfectamente razonable.
Pero el proceso puede continuar.
Tener proporciona seguridad. Entonces
quizá: TENER MÁS = ESTAR MÁS SEGURO. Y después: TENER
MÁS = PODER ESTAR TODAVÍA MÁS SEGURO.
Hasta que
aparece una paradoja. Cuanto más
tenemos, más podemos temer perder. La
herramienta creada para disminuir la inseguridad puede comenzar a producir otra forma de inseguridad.
Aquí no
necesitamos condenar el tener. Necesitamos
recuperar la pregunta original: ¿QUÉ SEGURIDAD ESTÁBAMOS BUSCANDO? Quizá hayamos construido
kilómetros alrededor de una necesidad que continúa siendo sencillísima. También ocurre dentro de nosotros
Este
mecanismo no pertenece solamente a las grandes instituciones. Puede aparecer en una persona. Una conducta que fue necesaria en
determinado momento de la vida puede continuar cuando las circunstancias han
cambiado.
Una manera
de protegerse. Una estrategia
aprendida. Una expectativa. Una forma de relacionarse. Algo pudo ser una magnífica respuesta en un
momento difícil. Y precisamente porque
funcionó, quedó incorporado.
Años después
quizá ya no exista aquella situación. Pero
la respuesta continúa activándose. Aquí
la pregunta deja de ser: «¿Qué tengo mal?» Y puede convertirse en: «¿PARA
QUÉ ME SIRVIÓ ESTO?»
El cambio es
enorme. Porque una parte de aquello
que hoy nos limita quizá fue, en otro momento, una solución. Comprenderlo no significa que deba
continuar para siempre. Significa
que podemos agradecer su antigua función y preguntarnos si todavía la
necesitamos.
No todo lo antiguo está caducado
También aquí
debemos evitar una trampa. Nuevo no
significa necesariamente mejor. Antiguo
no significa necesariamente inútil. Hay
soluciones humanas antiquísimas que continúan atendiendo necesidades igualmente
antiguas. Cuidar. Cooperar.
Compartir conocimientos. Organizar
responsabilidades. Proteger a quienes
dependen de nosotros. Celebrar. Despedir a nuestros muertos. Crear vínculos. Transmitir experiencia.
Muchas
formas pueden cambiar mientras las necesidades profundas permanecen. Por eso nuestra investigación no
pregunta: «¿Cuántos años tiene esta
construcción?» Pregunta: «¿QUÉ
RELACIÓN EXISTE HOY ENTRE ESTA CONSTRUCCIÓN Y LA NECESIDAD QUE ATIENDE?»
Ahí está la
clave. La Vida permite comprobar la función Madre Tierra vuelve a
proporcionarnos suelo. No nos dice qué
instituciones debemos conservar. Ni
qué sistema económico utilizar. Ni cómo
organizar una familia. Ni qué
tradiciones mantener.
Eso volvería
a convertirla en otra ideología. Nos
permite formular preguntas anteriores:
¿Qué necesidad vital o humana está atendiendo
esto?
¿Continúa existiendo?
¿La construcción sigue respondiendo a ella?
¿Produce ahora consecuencias que contradicen
su propia finalidad?
¿Existe hoy una respuesta mejor?
Y
finalmente: ¿ESTÁ ESTA CONSTRUCCIÓN AL SERVICIO DE
LA VIDA O ESTAMOS PONIENDO LA VIDA AL SERVICIO DE MANTENER LA CONSTRUCCIÓN?
Aquí la toma
de tierra empieza a convertirse en instrumento. Podemos agradecer y rectificar al mismo
tiempo Quizá ésta sea una actitud
especialmente fértil. No necesitamos
decir: «Nuestros antepasados se equivocaron.» Podemos decir: «Esto
sirvió.»
Y después: «Las
circunstancias han cambiado.» Y
finalmente: «Veamos qué corresponde hacer ahora.» Eso permite algo que la
confrontación dificulta muchísimo: RECTIFICAR SIN NECESIDAD DE DESTRUIR
NUESTRA HISTORIA.
Podemos
agradecer una escalera después de haber llegado al piso superior. No necesitamos insultarla. Pero tampoco necesitamos continuar
subiéndola cuando ya no conduce a ninguna parte.
La pregunta que devuelve movimiento Una construcción se vuelve especialmente rígida cuando deja de poder responder a esta pregunta:
¿PARA QUÉ?
¿Para qué hacemos esto? ¿Para qué conservamos aquello?
¿Para qué necesito esto? ¿Para qué existe esta institución?
¿Para qué sirve esta norma?
¿Para qué continúo actuando de esta manera?
Si
encontramos una función actual, hemos aprendido algo. Si encontramos solamente: «Porque
siempre se hizo así», hemos
encontrado otra cosa. Una construcción que necesita ser
mirada nuevamente.
Y para
mirarla necesitaremos una herramienta humana extraordinaria: la razón. Pero aquí aparece otra sorpresa. Porque la razón puede ayudarnos a salir
de un constructo... y también
puede construir argumentos impecables sin
abandonar jamás sus paredes. Ése será nuestro siguiente paso La
razón dentro del constructo Podemos
razonar perfectamente dentro de unas premisas que nunca hemos interrogado.
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