MADRE TIERRA y CONSTRUCTO HUMANO
Comprensión y perdón
Comprender
el pequeño universo desde el que otros —y nosotros mismos— actuamos. Comprender no significa justificar
cualquier daño. Ésta es una
distinción imprescindible.
Porque si
hemos descubierto que el ser humano nace dentro de un edificio ya construido,
recibe significados antes de poder interrogarlos, aprende qué es normal, qué es
deseable, qué debe temer, qué debe defender y cómo interpretar aquello que le
ocurre, entonces también tendremos que modificar nuestra manera de mirar a quienes vivieron dentro de otros
edificios.
Y también
nuestra manera de mirar a quien fuimos nosotros mismos.
Nadie comienza desde cero
Una persona
nace. No elige su siglo. No elige inicialmente su lengua. No elige la cultura que encontrará. No decide qué conocimientos estarán
disponibles. No determina las
creencias de quienes la rodearán. No
construye las instituciones en las que será educada. No decide cuáles serán las amenazas de su
tiempo. No escoge el mapa del mundo
que recibirá.
Cuando
empieza a mirar, ya hay
un mundo mirándola.
Un mundo que le dice: esto
existe, esto importa, esto está bien, esto está mal, esto es peligroso, esto es sagrado, esto es normal, esto no se hace, esto debes llegar a ser. Y desde ahí comienza a construir su propia
respuesta.
Por tanto,
cuando observamos una conducta humana, quizá necesitemos añadir una pregunta
que normalmente olvidamos: ¿DENTRO DE QUÉ MUNDO TENÍA SENTIDO
HACER ESTO? No para aprobarlo. Para comprenderlo.
El pequeño universo
Cada ser
humano habita algo parecido a un pequeño universo. Contiene aquello que conoce. Aquello que cree conocer. Lo que le enseñaron. Lo que experimentó. Lo que teme. Lo que desea. Lo que considera posible. Lo que ni siquiera sabe que podría
preguntarse.
Sus
relaciones. u época. Su lenguaje. Sus símbolos. Sus heridas. Sus seguridades. Y desde ese pequeño universo interpreta
aquello que ocurre.
Dos personas
pueden encontrarse ante el mismo acontecimiento y vivir realidades humanas muy
diferentes. No porque existan dos
hechos materiales distintos. Sino
porque cada una los recibe desde un
edificio diferente.
Esto no
significa que todas las interpretaciones sean igualmente acertadas. Significa que para comprender una respuesta
humana necesitamos conocer, en la medida de lo posible, el mundo desde el que fue producida.
Mirar hacia atrás es especialmente peligroso
Desde el
presente poseemos información que quienes vivieron antes quizá no tenían. Conocemos consecuencias que ellos todavía
no podían conocer. Disponemos de
experiencias acumuladas. Nuevos
instrumentos. Otros valores. Otras posibilidades. Y desde ahí resulta muy fácil mirar hacia
atrás y preguntar:
«¿Cómo
pudieron hacer aquello?»
A veces la
pregunta está completamente justificada.
Pero quizá deba acompañarse de otra:
¿QUÉ MUNDO
HABITABAN CUANDO LO HICIERON?
¿Qué sabían? ¿Qué desconocían?
¿Qué consideraban evidente? ¿Qué amenazas percibían?
¿Qué instituciones existían? ¿Qué posibilidades podían imaginar?
¿Qué significados habían heredado?
¿Qué paredes consideraban montañas?
La historia
humana empieza entonces a adquirir profundidad.
Comprender no es absolver
Aquí debemos
detenernos. Porque existe un peligro
evidente. Si todo comportamiento puede
ser situado dentro de un contexto, podríamos terminar diciendo: «Entonces
nadie es responsable de nada.» No. No es ésa nuestra conclusión.
Comprender
cómo pudo construirse una conducta no elimina automáticamente sus consecuencias. El daño continúa siendo daño. La violencia continúa teniendo víctimas. La responsabilidad individual y colectiva
puede continuar existiendo. Una
explicación no es una absolución.
**COMPRENDER
POR QUÉ OCURRIÓ NO SIGNIFICA DECIR
QUE DEBIÓ OCURRIR.**
Podemos
comprender el miedo que llevó a alguien a levantar una pared y, al mismo
tiempo, reconocer que aquella pared terminó dañando a otros. Podemos comprender las circunstancias que
originaron una institución y cuestionar profundamente sus consecuencias. Podemos estudiar cómo apareció una ideología
sin aceptarla. Podemos comprender a
una persona sin aprobar sus actos. Esta
distinción nos permite abandonar una alternativa demasiado pobre: CONDENAR
O JUSTIFICAR. Existe
una tercera posibilidad: COMPRENDER, RESPONSABILIZAR Y
RECTIFICAR.
La comprensión nos permite llegar a la raíz
Si solamente
condenamos el resultado, quizá nunca comprendamos cómo se produjo. Y si no comprendemos cómo se produjo,
podemos repetirlo. Imaginemos una
construcción que termina generando sufrimiento. Podemos decir: «Esto
está mal.» Quizá sea
cierto. Pero nuestro método nos obliga
a continuar:
¿Cómo apareció? ¿Qué necesidad intentaba resolver?
¿Qué miedo había debajo? ¿Qué circunstancias la hicieron posible?
¿Qué interpretaciones se añadieron? ¿Qué instituciones la consolidaron?
¿Por qué fue transmitida?
¿Por qué personas razonables llegaron a
defenderla?
¿Qué obtenían de ella? ¿Qué temían perder si desaparecía?
Ahora
comenzamos a conocer el
mecanismo de construcción.
Y conocer el mecanismo puede resultar mucho más útil para evitar su
repetición que limitarse a condenar el resultado.
También nosotros habitamos un pequeño universo
Sería muy
cómodo aplicar todo esto solamente a los demás. A nuestros antepasados. A otras culturas. A quienes piensan diferente. A quienes consideramos equivocados.
Pero
entonces habríamos vuelto a construir una posición privilegiada para nosotros. También nosotros vivimos dentro de un
edificio. También hemos recibido
premisas. También confundimos
normalidad y naturaleza. También
razonamos dentro de sistemas. También
tenemos puntos ciegos. También
defendemos cosas porque nos proporcionan seguridad. También interpretamos desde nuestra época. Y también es muy probable que generaciones
futuras miren algunas de nuestras prácticas y pregunten: «¿Cómo
pudieron considerar normal aquello?»
Eso debería
introducir una saludable prudencia. NOSOTROS TAMBIÉN SOMOS HISTORIA EN
CONSTRUCCIÓN. No hemos
llegado al punto desde el cual finalmente se ve todo. Estamos construyendo el siguiente piso.
Y entonces aparece el perdón La palabra perdón puede resultar difícil. No significa olvidar. No significa borrar consecuencias. No significa renunciar a reparar. No significa permitir que el daño continúe. Ni siquiera significa necesariamente
reconciliación.
Aquí la
utilizamos en un sentido más elemental:
DEJAR DE EXIGIR
AL PASADO QUE HUBIERA VISTO CON LOS OJOS QUE TENEMOS AHORA.
Podemos
decir: «Por ahí os desviasteis.» Y después: «Ahora
puedo comprender algo mejor por qué.»
Las dos frases pueden convivir. Ésa es quizá una forma profundamente humana
de perdón. No borra la historia. La reubica.
El perdón hacia nosotros mismos
Y quizá aquí
aparezca una aplicación todavía más cercana.
Miramos hacia atrás. Una
decisión. Una relación. Una elección profesional. Una creencia que mantuvimos. Una oportunidad que no vimos. Algo que hicimos. Algo que no hicimos. Y juzgamos a quien fuimos utilizando todo
lo que sabemos ahora.
Pero aquella
persona no sabía todo lo que sabemos hoy.
Vivía dentro de otro pequeño universo.
Tenía otras circunstancias. Otros
miedos. Otras posibilidades visibles. Otro grado de comprensión. Quizá podamos preguntarnos: ¿QUÉ
PODÍA VER YO DESDE ALLÍ?
Esto no
convierte automáticamente en acertada aquella decisión. Pero puede transformar el juicio. Ya no decimos necesariamente: «¿Cómo
pude hacer aquello?» Podemos
decir: «Comprendo mejor desde dónde lo hice.» Y después aparece la
pregunta verdaderamente importante: AHORA QUE PUEDO VER MÁS, ¿QUÉ HAGO? El perdón deja entonces de
ser cierre. Se convierte en posibilidad de rectificación.
No somos nuestros constructos
Aquí podemos
recuperar otra consecuencia de la reubicación. Una persona puede haber habitado durante
décadas una construcción determinada. Una
ideología. Una profesión. Una interpretación religiosa. Una teoría.
Una identidad social. Una
determinada imagen de sí misma. Y un día
descubrir que una parte de aquello necesita revisión.
Eso no
significa que toda su vida haya sido falsa.
Ni que ella sea falsa. Significa
que ha podido ver una
pared que antes no veía.
Y esto debería ser motivo de apertura, no de humillación. Porque si convertimos cada rectificación
en una confesión de fracaso, construiremos sociedades en las que nadie querrá
cambiar de opinión.
Necesitamos
exactamente lo contrario. Una cultura
capaz de decir:
«CON LO QUE SABÍAMOS, CONSTRUIMOS ESTO.»
«AHORA SABEMOS ALGO MÁS.»
«PODEMOS RECTIFICAR.»
Eso es
evolución.
Incluso el error puede enseñarnos el camino
Una
construcción equivocada puede revelar una necesidad verdadera. Una interpretación insuficiente puede haber
sido un intento legítimo de comprender.
Una solución que hoy resulta inadecuada puede haber funcionado durante
una etapa. Una teoría abandonada
puede haber permitido formular preguntas que condujeron a otra mejor. Por eso nuestra arqueología no busca
solamente errores.
Busca el camino humano. Intentos.
Aciertos. Desviaciones. Correcciones. Añadidos.
Descubrimientos. Miedos. Creatividad.
El edificio
humano no fue levantado por seres omniscientes. Fue construido por generaciones que hicieron
lo que pudieron con aquello que tenían disponible. Y nosotros somos una de ellas.
Comprender cambia la manera de rectificar
Cuando no
comprendemos, queremos arrancar. Cuando
comprendemos, podemos distinguir. Esto
servía. Esto protegía. Esto resolvía una necesidad. Esto apareció después. Esto se deformó. Esto continúa siendo valioso. Esto produce ahora consecuencias que debemos
corregir. Esto ya no necesitamos
mantenerlo. La comprensión permite una
cirugía mucho más
precisa.
No incendia
el edificio porque una habitación tenga problemas. Tampoco conserva la habitación solamente
porque nuestros antepasados la construyeron.
Pregunta: ¿QUÉ HACEMOS AHORA CON ELLA?
Y quizá aparezca una nueva manera de mirar al otro
Cuando
alguien vive dentro de un mundo que no compartimos, nuestra primera reacción
puede ser: «¿Cómo puede creer eso?» Ahora
podemos añadir:
«¿QUÉ EDIFICIO ESTÁ HABITANDO?»
¿Qué historia contiene? ¿Qué lenguaje? ¿Qué necesidad?
¿Qué pertenencia? ¿Qué seguridad? ¿Qué experiencia?
¿Qué perdería esa persona si abandonara de
repente aquello que cree?
Esto no
obliga a darle la razón. Pero cambia
completamente el diálogo. Porque
dejamos de enfrentarnos solamente a una idea.
Empezamos a comprender el
pequeño universo que la sostiene. Y quizá entonces podamos encontrar una
puerta.
Una humanidad que pueda perdonarse sin dejar de aprender
Hemos
construido muchísimo. También nos
hemos equivocado muchísimo. Sería
extraño que no fuera así.
Estamos
hablando de una especie que tuvo que aprender mientras vivía. No recibió un manual terminado. Observó.
Probó. Transmitió. Construyó.
Rectificó. Y volvió a
construir.
Por eso
quizá no necesitemos contemplar la historia humana únicamente como una sucesión
de culpables y héroes. Podemos
contemplarla también como una
inmensa construcción en marcha.
Sin borrar
responsabilidades. Sin blanquear
daños. Sin renunciar a distinguir
aquello que destruye de aquello que ayuda.
Pero comprendiendo algo esencial:
CADA GENERACIÓN
CONSTRUYÓ DESDE EL MUNDO QUE PODÍA VER.
Y nosotros también.
Pero necesitamos una referencia
Ahora
aparece una pregunta inevitable. Si
comprendemos todos los contextos... si
aceptamos que cada época construye...
si reconocemos que las interpretaciones cambian... ¿desde dónde vamos a valorar nuestras propias
construcciones? Porque podríamos caer
fácilmente en otro extremo:
«Todo
depende del mundo desde el que se mire.»
Y entonces
habríamos perdido nuevamente el suelo.
Necesitamos una referencia que no nos diga qué religión elegir, qué
sistema económico adoptar, qué profesión ejercer o qué símbolos utilizar. Una referencia mucho más elemental. Anterior a nuestras diferencias. Anterior incluso a nuestras explicaciones. Ya la conocemos. Estaba debajo del edificio desde el
principio.
LA VIDA.
No como
mandamiento. No como nueva ideología. No como respuesta para todo. Sino como primera referencia desde la que preguntar
por aquello que construimos. Y ahí
entramos en: La Vida como primera referencia No para convertir la Vida en una nueva
doctrina, sino para recordar que cualquier mundo humano necesita primero que
haya alguien vivo capaz de habitarlo.
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