MADRE TIERRA y CONSTRUCTO HUMANO
Cuando padecemos lo que construimos
El último
giro: una realidad creada por humanos puede llegar a experimentarse como una
condición inevitable de la existencia.
Éste
puede ser uno de los giros más difíciles de reconocer. Construimos una realidad para organizar
nuestra existencia. La habitamos. La transmitimos. La ampliamos.
Olvidamos
cómo apareció. Y finalmente podemos
llegar a padecerla como
si perteneciera al orden inevitable de la Vida. La construcción sigue siendo humana. Pero el sufrimiento que produce puede ser
completamente real. Una deuda es una
construcción humana. Pero puede
quitar el sueño. Una frontera es una
construcción humana. Pero puede
separar una familia. Una determinada
idea de éxito es una construcción humana.
Pero alguien puede sentirse fracasado por no alcanzarla. Una categoría profesional es una
construcción humana. Pero perderla
puede provocar una profunda crisis de identidad. Una expectativa social acerca de cómo
debería desarrollarse una vida puede ser construida. Pero no cumplirla puede sentirse como haber
desperdiciado la propia existencia.
Por tanto,
tendremos que mantener simultáneamente dos afirmaciones: EL
ESCENARIO PUEDE SER CONSTRUIDO. Y: LO
QUE EXPERIMENTAMOS DENTRO DE ÉL PUEDE SER COMPLETAMENTE REAL. Ésta será una distinción
fundamental.
No basta con decir «eso es un constructo» Sería una crueldad. Una persona llega angustiada porque ha perdido el trabajo. No podemos responder: «El trabajo es una construcción humana.»
Es cierto
que las profesiones, contratos, salarios y organizaciones laborales pertenecen
al mundo humano construido. Pero esa
persona puede depender de su salario para pagar una vivienda, alimentarse,
atender a sus hijos o cumplir compromisos.
El constructo se encuentra conectado con necesidades que no son
constructos. Ahí está precisamente su
enorme poder.
NUESTROS
MUNDOS CONSTRUIDOS HAN TERMINADO ORGANIZANDO EL ACCESO A MUCHAS NECESIDADES
REALES.
Por eso
podemos padecerlos profundamente. No
podemos salir de ellos simplemente diciendo:
«Esto lo
inventamos nosotros.»
Pero
reconocer que los construimos abre una posibilidad que antes no existía: quizá
algunas de sus reglas puedan modificarse.
Cuando la pared
parece montaña
Volvamos a
nuestra imagen. Una montaña puede
impedirnos pasar. Una pared también. Desde nuestra posición inmediata, ambas
pueden producir el mismo resultado: NO PUEDO PASAR.
Pero existe
una diferencia decisiva. La montaña
pertenece a unas condiciones que nosotros no hemos establecido. La pared tiene historia humana. Alguien la construyó. Puede tener una función. Puede estar protegiendo algo. Quizá continúe siendo necesaria. Pero también podemos preguntar: ¿SE
PUEDE ABRIR UNA PUERTA?
Ésa es la
diferencia que estamos buscando. No
negar el obstáculo. RECONOCER SU NATURALEZA. Porque si tratamos todas
las paredes como montañas, terminaremos considerando inevitable mucho de lo que
quizá sea modificable.
«La vida es así» Hay una frase que merece nuestra
atención: «LA
VIDA ES ASÍ.» A veces puede señalar una realidad difícil que
necesitamos aceptar. Envejecemos. El cuerpo tiene límites. No controlamos todos los acontecimientos. Perdemos seres queridos. Moriremos.
La
existencia contiene condiciones que no dependen de nuestra voluntad. Pero otras veces, cuando decimos: «La
vida es así», quizá
estemos hablando realmente de: «EL MUNDO HUMANO EN EL QUE HE NACIDO
ESTÁ ORGANIZADO ASÍ.»
Y eso no es
exactamente lo mismo. Trabajar de
determinada manera. Medir el éxito de
determinada forma. Organizar ciertos
horarios. Atribuir determinado prestigio
a unas actividades y no a otras. Esperar
determinados logros a determinada edad.
Vivir bajo unas determinadas reglas económicas. Son realidades humanas enormemente
poderosas. Pero no pertenecen
necesariamente al mismo piso que respirar, alimentarse o envejecer.
Aquí la
pregunta: ¿EN QUÉ PISO ESTÁ? empieza a convertirse en
una herramienta. El sufrimiento puede tener varias capas Esto es especialmente importante
porque raramente sufrimos en un solo nivel.
Imaginemos que alguien pierde su empleo.
Puede
aparecer una necesidad material real: ¿Cómo conseguiré recursos? Pero también puede
aparecer: «Ya no soy nadie.» O: «He
fracasado.» O: «A
mi edad debería estar en otra situación.»
Ahora
tenemos varias capas superpuestas. Hay
un acontecimiento. Hay consecuencias
materiales. Hay una interpretación
personal. Hay expectativas sociales. Hay una identidad construida alrededor de
una profesión. Todo puede estar
actuando simultáneamente. Por eso
reubicar no significa decir: «Tu sufrimiento no existe.» Significa intentar
distinguir:
¿QUÉ ESTÁ OCURRIENDO?
¿QUÉ NECESIDAD REAL ESTÁ AMENAZADA?
¿QUÉ SIGNIFICADO HE CONSTRUIDO ALREDEDOR DE
LO OCURRIDO?
¿QUÉ SIGNIFICADOS HE RECIBIDO DEL MUNDO EN EL
QUE VIVO?
¿QUÉ PARTE PUEDO MODIFICAR?
De pronto el
sufrimiento deja de ser un bloque único.
Podemos padecer una medida humana Imaginemos algo todavía más sencillo. Una persona se considera pobre. Otra rica.
Una exitosa. Otra fracasada. Una importante. Otra insignificante. Pero ¿con qué instrumento estamos midiendo? Aquí puede esconderse una construcción
gigantesca. Porque no solamente
construimos cosas.
CONSTRUIMOS
MEDIDAS PARA VALORAR LAS COSAS.
Después
aplicamos esas medidas a nosotros mismos.
Y finalmente podemos sufrir porque no alcanzamos la medida que nosotros mismos, como
sociedad, hemos creado.
Dinero. Prestigio. Belleza.
Productividad. Posición. Títulos.
Seguidores. Reconocimiento. Rendimiento. No significa que todas esas medidas carezcan
de función. Algunas permiten comparar
cosas que necesitamos comparar.
El problema
aparece cuando una medida creada para una función determinada termina
convirtiéndose en medida
de la persona entera. Entonces
el instrumento ha invadido un territorio que quizá nunca le correspondió.
El diagnóstico ofrece otro ejemplo delicado Una persona puede tener una enfermedad o
una condición psicológica real. Eso no
desaparece porque existan construcciones humanas alrededor de la medicina o la
psicología. Pero una cosa es una
condición y otra todo lo que podemos construir alrededor de ella: clasificaciones, nombres,
modelos explicativos, expectativas, identidades,
interpretaciones sociales.
Un diagnóstico puede ser enormemente útil. Puede permitir comprender. Comunicar. Investigar. Orientar una intervención. Pero existe una diferencia entre: «TENGO ESTA CONDICIÓN» y «SOY ESTA CONDICIÓN.»
Aquí la
reubicación puede devolver espacio a la persona sin negar aquello que realmente
necesita atención. El problema no era
necesariamente el diagnóstico. Podía
ser el piso en el que
terminamos colocándolo.
El constructo puede instalarse dentro Hasta ahora hemos hablado mucho de
edificios exteriores. Pero quizá el
paso definitivo ocurre cuando las paredes entran en nosotros.
«Tengo que...» «Debería...» «A mi edad...»
«Una persona como yo...» «Los hombres son...»
«Las mujeres deben...» «Para ser alguien necesito...»
«Si no consigo esto...»
Ya no
necesitamos que alguien permanezca fuera vigilando la pared.
LA
LLEVAMOS DENTRO. Y podemos defenderla
incluso cuando nos perjudica. Porque
puede estar vinculada con nuestra identidad, nuestra pertenencia, nuestra
seguridad o nuestra manera de comprender el mundo.
Aquí
comprendemos por qué no basta con informar a alguien de que algo es construido. El constructo puede haber participado
durante años en la construcción de su
propia identidad. Salir
de él puede sentirse como perder una parte de sí mismo.
Por eso necesitamos comprensión Ahora adquiere todo su sentido algo que
veníamos encontrando por el camino. COMPRENSIÓN
Y PERDÓN. No como absolución automática. No como negación de responsabilidades. Sino como comprensión del edificio que cada
ser humano recibió.
¿Qué mundo habitaba? ¿Qué significados recibió?
¿Qué podía ver desde allí? ¿Qué temía?
¿Qué necesitaba? ¿Qué posibilidades tenía disponibles?
¿Qué paredes ni siquiera sabía que eran
paredes?
Esto puede
aplicarse a nosotros mismos. Quizá
muchas cosas que hoy juzgamos en nuestro pasado fueron respuestas que tenían
sentido dentro del mundo
que entonces habitábamos.
Ahora vemos
más. Perfecto. Entonces la pregunta no necesita ser: «¿Cómo
pude ser tan absurdo?» Puede
convertirse en: «AHORA QUE PUEDO VER LA PARED, ¿QUÉ
HAGO CON ELLA?» Ahí
comienza la libertad. El padecimiento demuestra el poder del
constructo
Podríamos
pensar que descubrir el mundo construido disminuye su importancia. Ocurre exactamente lo contrario. Ahora comprendemos su enorme poder. Una idea compartida por millones de
personas puede organizar ciudades. Una
norma puede transformar vidas. Una
creencia puede atravesar siglos. Una
categoría puede cambiar la manera en que alguien se contempla. Una cifra puede desencadenar euforia o
desesperación. Un símbolo puede
movilizar pueblos enteros.
LO
CONSTRUIDO PUEDE TENER CONSECUENCIAS REALES.
Por eso
necesitamos tratarlo con enorme responsabilidad. Construir no es un juego inocente. Cada ladrillo que incorporamos al mundo
humano puede terminar siendo habitado por otros. Y quizá transmitido durante generaciones.
Pero aquí aparece la gran noticia Precisamente porque una parte de
aquello que padecemos ha sido construida, una
parte puede ser revisada. No todo.
No inmediatamente. No sin
consecuencias. No siempre por una sola
persona. Pero puede ser revisada. Ésta es una diferencia gigantesca. Ante una condición inevitable necesitamos
aprender a vivir con ella. Ante una
construcción humana podemos además preguntar:
¿PODEMOS
HACERLA DE OTRA MANERA? Y quizá ésta sea una
de las preguntas más esperanzadoras de todo nuestro recorrido. Porque durante siglos podemos haber dicho: «ES
ASÍ.» Y ahora
comenzamos a poder decir: «LO HICIMOS ASÍ.»
La frase
parece casi idéntica. Pero abre una
puerta inmensa. Porque inmediatamente
aparece: «¿PODRÍAMOS HACERLO DE OTRA MANERA?»
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