MADRE TIERRA y el CONSTRUCTO HUMANO
Mío y tuyo
Propiedad,
pertenencia, posesión y territorio: no juzgarlos de entrada, sino investigar
cómo, por qué y para qué aparecieron.
Hay dos palabras que aprendemos muy pronto: MÍO. TUYO.
Parecen
sencillas. Un niño señala un objeto y
dice: «Mío.» Otro intenta cogerlo. Inmediatamente aparece una frontera. Aquí termina lo que puedes utilizar tú. Aquí comienza aquello sobre lo que yo
reclamo alguna forma de pertenencia, posesión, uso o control. Con el tiempo aquellas dos palabras
pueden extenderse enormemente.
Mi juguete. Mi habitación. Mi casa.
Mi terreno. Mi dinero. Mi empresa.
Mi obra. Mi idea. Mi país.
Y también: mi familia, mi grupo,
mi cultura, mi religión, mi historia. La palabra «mío» puede
desplazarse desde un objeto material hasta territorios, derechos, símbolos,
relaciones e identidades.
Estamos ante
una construcción humana de una potencia extraordinaria. Pero no comenzaremos preguntando si es
buena o mala. Nuestra pregunta será
anterior: ¿CÓMO, POR QUÉ Y PARA QUÉ APARECIÓ?
Primero, no inventemos una historia
Aquí
necesitaremos especialmente nuestro propio método. Sería muy fácil imaginar una escena: Un día alguien clavó un palo en la tierra,
dijo «esto es mío» y apareció la propiedad.
Puede servir como relato. Pero
no como explicación histórica suficiente.
Las formas
de posesión, uso, territorio, herencia y propiedad han variado enormemente
entre sociedades y épocas, y sus historias concretas necesitan investigación. Por tanto, no vamos a fabricar otro
constructo para explicar el constructo.
Preguntaremos. Quizá determinadas formas aparecieron
para organizar el uso de recursos. Quizá
para proteger aquello que alguien había producido. Quizá para garantizar acceso futuro. Quizá para delimitar responsabilidades. Quizá para evitar conflictos. Quizá para transmitir bienes entre
generaciones. Quizá para controlar un
territorio. Quizá distintas necesidades
produjeron formas diferentes en lugares diferentes.
No
necesitamos una respuesta única para continuar. Lo importante es haber abierto la
excavación. Antes de «mío», había
cosas Aquí Madre Tierra vuelve a
proporcionarnos una posición exterior extraordinariamente sencilla.
Antes de que
existiera la palabra «mío»: había
tierra. Había agua. Había árboles. Había animales. Había piedras. Había frutos. Había territorio. Había vida.
Después
llega el humano y comienza a establecer relaciones con todo aquello. Usa.
Ocupa. Cultiva. Guarda.
Transforma. Protege. Intercambia. Delimita.
Y en algún punto de esas relaciones aparecen construcciones que permiten
decir: ESTO ME PERTENECE.
La realidad
material continúa ahí. Pero hemos
añadido una capa humana de significado, reconocimiento y regulación.
Una parcela
de tierra no cambia su composición física cuando pasa de una persona a otra. Lo que cambia es una relación humana
reconocida alrededor de ella. Y, sin
embargo, ese cambio puede tener consecuencias enormes. Otra vez encontramos nuestra distinción: LA CONSTRUCCIÓN NO ES IRREAL.
Pero no
es real de la misma manera que la tierra sobre la que se construye. «Mío» puede resolver problemas
Imaginemos
que una persona cultiva durante meses un terreno. Prepara la tierra. Siembra.
Cuida. Espera. Finalmente obtiene alimento. Parece comprensible que aparezca alguna
forma de reconocimiento sobre aquello que ha producido, utilizado o cuidado.
También
necesitamos espacios donde podamos descansar.
Objetos que podamos utilizar sabiendo que continuarán disponibles. Herramientas que no tengamos que disputar
cada vez que las necesitamos. Alguna
seguridad sobre aquello de lo que depende nuestra vida cotidiana.
El «mío»
puede establecer una frontera que diga:
«PUEDO CONTAR CON ESTO.» Y
esa previsibilidad puede ser enormemente útil.
Aquí la
propiedad deja de aparecer solamente como deseo de poseer. Puede aparecer también como instrumento
de organización y seguridad. «Tuyo»
también protege Curiosamente,
reconocer lo mío implica reconocer también lo tuyo. Si solamente existiera: «Todo es mío», no tendríamos realmente un sistema de
propiedad. Tendríamos apropiación
ilimitada.
El
reconocimiento de la pertenencia ajena introduce otra frontera: «Esto no puedo tomarlo simplemente porque
lo deseo.» Por tanto,
determinadas formas de propiedad pueden también limitar comportamientos. Organizar responsabilidades. Reducir disputas. Establecer derechos. Permitir intercambios. Proteger ámbitos personales. Otra vez:
LA
CONSTRUCCIÓN PUDO TENER UNA FUNCIÓN.
Y puede
continuar teniéndola. Nuestro trabajo
no consiste en negar esa función. Consiste
en impedir que desaparezca de nuestra vista.
Pero el «mío» puede crecer
Una vez establecida la posibilidad de poseer, aparece inmediatamente
otra posibilidad: POSEER MÁS.
Y volvemos
al capítulo anterior. Si poseer
proporciona seguridad, quizá poseer más proporcione más seguridad. Si poseer proporciona capacidad de actuar,
más posesión puede proporcionar más capacidad. Si poseer otorga reconocimiento dentro de
determinado mundo humano, acumular puede convertirse también en una manera de
aumentar posición.
Entonces una
construcción originalmente funcional puede adquirir capas nuevas. USO → POSESIÓN → SEGURIDAD →
ACUMULACIÓN → POSICIÓN → IDENTIDAD. Y
llega un momento fascinante. Ya no
decimos solamente: «Tengo esto.» Podemos empezar a sentir: «ESTO DICE QUIÉN SOY.»
De lo que tengo a lo que soy Aquí la propiedad puede entrar profundamente en la
identidad. Una casa deja de ser
solamente refugio. Puede expresar
éxito. Un automóvil deja de ser
solamente transporte. Puede expresar
posición. Un determinado patrimonio
puede convertirse en medida de realización.
Una profesión puede dejar de ser únicamente actividad y convertirse en identidad. Incluso podemos extender el posesivo a
aquello que difícilmente puede entenderse como objeto: mi pareja, mis hijos,
mi gente.
La palabra
es la misma. Pero evidentemente la
relación no puede ser la misma. Aquí
descubrimos algo importante. El
lenguaje puede utilizar un mismo posesivo para realidades completamente
diferentes.
Decir «mi
abrigo» y «mi hijo» no significa poseer ambas cosas del mismo modo. Por eso tendremos que vigilar
continuamente nuestras palabras. Pueden
ocultar construcciones diferentes bajo una misma forma lingüística.
Después aparece el territorio La misma lógica puede extenderse colectivamente. NUESTRA TIERRA. NUESTRO TERRITORIO. NUESTRO PAÍS.
Aquí pueden
aparecer pertenencia, identidad, protección, memoria, organización y vínculos
profundos con un lugar. Pero también
fronteras. Derechos de acceso. Exclusiones. Conflictos.
Defensa. Y nuevamente sería
absurdo resolverlo diciendo simplemente:
«Las fronteras son inventadas.»
Sí, las
fronteras políticas son construcciones humanas. Pero millones de personas organizan su vida
dentro de ellas. Existen sistemas
jurídicos. Responsabilidades. Servicios.
Derechos. Obligaciones. Historias.
Identidades. Consecuencias. La línea puede ser construida.
LAS
CONSECUENCIAS DE LA LÍNEA PUEDEN SER COMPLETAMENTE REALES. Ésta es precisamente la complejidad que estamos
aprendiendo a sostener. El mapa y
el territorio vuelven a separarse
Imaginemos
una frontera dibujada sobre un mapa. A
un lado aparece un color. Al otro,
otro. Pero el río puede atravesarla. Las aves pueden cruzarla. El viento no se detiene. Las nubes no necesitan pasaporte. Un ecosistema puede extenderse a ambos
lados. La contaminación tampoco
reconoce necesariamente aquella línea. La
Tierra continúa funcionando según dinámicas que no coinciden
obligatoriamente con nuestras divisiones humanas.
Y ahí Madre
Tierra vuelve a enseñarnos sin necesidad de decir una palabra: EL MAPA HUMANO Y EL TERRITORIO
PLANETARIO NO SON LA MISMA COSA.
Ambos
importan. Pero pertenecen a pisos
diferentes. ¿Puede alguien poseer
Tierra? Aquí aparece una pregunta
provocadora, pero no necesitamos responderla apresuradamente.
Cuando
decimos: «Este terreno es mío», ¿qué significa exactamente?
¿Que podemos utilizarlo? ¿Transformarlo?
¿Venderlo? ¿Impedir
el acceso? ¿Transmitirlo?
¿Destruir cualquier forma de vida que contenga?
¿Modificarlo sin límite?
La palabra propiedad
puede esconder muchas facultades diferentes.
Y precisamente por eso merece ser interrogada. Madre Tierra introduce aquí una distinción
fascinante. Una persona puede poseer
jurídicamente un bosque. Pero no
ha construido el proceso que hace posible que aquel bosque esté vivo. Puede poseer legalmente un terreno. Pero no ha fabricado la materia de la que
está compuesto. Puede tener derechos
sobre un río según determinado sistema jurídico. Pero no construyó el ciclo planetario del agua. Entonces quizá necesitemos distinguir: POSEER UNA RELACIÓN JURÍDICA SOBRE ALGO de
SER EL ORIGEN DE AQUELLO QUE POSEEMOS.
La
diferencia es enorme. Quizá somos
propietarios y dependientes al mismo tiempo Ésta puede ser una de las
paradojas más interesantes. Podemos
decir: «Este terreno me
pertenece.» Y simultáneamente
reconocer: «YO DEPENDO DE LA
TIERRA.»
La primera
afirmación pertenece a una construcción humana. La segunda señala una condición material y
vital. No tienen por qué destruirse
mutuamente. Pero cuando olvidamos la
segunda, la primera puede adquirir una dimensión desmesurada.
Porque
empezamos a comportarnos como si poseer jurídicamente algo significara haber
adquirido independencia respecto de aquello que nos sostiene. Y
no es así. Podemos distribuir la
Tierra mediante millones de escrituras de propiedad. Después de firmarlas todas: SEGUIMOS DEPENDIENDO DE ELLA.
La propiedad también puede significar responsabilidad Y aquí aparece una posibilidad completamente
diferente. Si reconocemos nuevamente
la función, quizá «mío» no tenga que significar únicamente: «Puedo disponer de esto.» También podría implicar: «ME CORRESPONDE CUIDAR DE ESTO.»
Tengo una
casa: debo mantenerla. Tengo una
herramienta: puedo conservarla. Tengo
responsabilidad sobre un terreno: mis decisiones afectan a aquello que contiene
y quizá también a otros. La
pertenencia puede generar derechos. Pero
también responsabilidades.
Entonces el
constructo puede reubicarse sin necesidad de desaparecer. No necesitamos saltar de: PROPIEDAD ABSOLUTA a
AUSENCIA DE PROPIEDAD. Podemos
hacer algo mucho más interesante: VOLVER
A INTERROGAR QUÉ SIGNIFICA POSEER.
No estamos proponiendo otro sistema Éste es un punto decisivo. Este libro no pretende decidir qué modelo
de propiedad debe adoptar una sociedad.
Hacerlo nos llevaría inmediatamente a construir otra doctrina política o
económica. Nuestro trabajo es anterior. Queremos recuperar preguntas que pueden
formularse antes de elegir el sistema:
¿Qué necesidad resuelve la propiedad? ¿Qué protege?
¿Qué organiza? ¿Qué responsabilidades crea?
¿Qué consecuencias produce? ¿Dónde deja de servir a su función?
¿Qué ocurre cuando poseer se convierte en identidad?
¿Qué ocurre cuando la seguridad de poseer para unos
compromete las condiciones vitales de otros?
¿Qué parte pertenece al territorio y qué parte hemos
dibujado nosotros sobre él?
No tenemos
que conocer todavía las respuestas. Hemos
recuperado algo más importante: LA
CAPACIDAD DE VOLVER A PREGUNTAR.
Mío, tuyo... nuestro Y quizá Madre Tierra introduzca una tercera palabra. No para eliminar las otras dos. Sino para situarlas. MÍO.
TUYO. Y: NUESTRO.
Podemos
poseer cosas diferentes. Habitar casas
diferentes. Administrar territorios
diferentes. Tener responsabilidades
distintas. Pero existe una realidad
que no puede fragmentarse completamente siguiendo nuestras escrituras y mapas. La atmósfera. Los océanos. Los grandes ciclos planetarios. La continuidad de la vida.
Podemos
repartir jurídicamente el suelo. Pero
no podemos repartir de la misma manera las consecuencias de todo lo que
hacemos sobre él. El aire vuelve
a mezclarse. El agua circula. La vida atraviesa fronteras.
Y nosotros
también dependemos de procesos que ocurren mucho más allá de aquello que
llamamos «mío». Por eso quizá la
madurez no consista en eliminar: MÍO
Y TUYO. Puede consistir en
aprender a colocarlos dentro de algo mayor:
MÍO Y TUYO DENTRO DE NUESTRO.
La pared vuelve a ser visible Después de este recorrido no hemos resuelto la
propiedad. Y eso es bueno. No era nuestra intención.
Hemos hecho
algo anterior. La hemos sacado
durante unos minutos de la categoría:
«LAS COSAS SON ASÍ.»
Y la hemos
devuelto a: «LOS HUMANOS HEMOS
CONSTRUIDO FORMAS DE ORGANIZAR ESTO.»
Ahora podemos estudiarlas. Compararlas. Comprenderlas. Conservar aquello que funciona. Modificar aquello que ya no. Y reconocer sus límites frente a la
realidad terrestre que no construimos.
Ésa es exactamente nuestra arqueología.
Pero cuando
una construcción lleva suficiente tiempo funcionando, cuando organiza nuestra
seguridad, nuestra identidad, nuestras relaciones y nuestra manera de
comprender el mundo, puede ocurrir algo todavía más profundo.
Podemos
sufrir dentro de ella sin saber ya qué parte del sufrimiento pertenece a la
vida y qué parte pertenece al escenario que hemos levantado alrededor de ella. Ahí llegamos a: . Cuando padecemos lo que construimos Una construcción puede ser humana y
modificable, y al mismo tiempo producir consecuencias y sufrimientos
completamente reales.
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