LIBROS de BARBARIN I II III

lunes, 12 de octubre de 2026

MADRE TIERRA y el CONSTRUCTO HUMANO Mío y tuyo

 MADRE TIERRA y el CONSTRUCTO HUMANO

Mío y tuyo

Propiedad, pertenencia, posesión y territorio: no juzgarlos de entrada, sino investigar cómo, por qué y para qué aparecieron.      Hay dos palabras que aprendemos muy pronto:      MÍO.     TUYO.

Parecen sencillas.    Un niño señala un objeto y dice:     «Mío.»       Otro intenta cogerlo.     Inmediatamente aparece una frontera.    Aquí termina lo que puedes utilizar tú.     Aquí comienza aquello sobre lo que yo reclamo alguna forma de pertenencia, posesión, uso o control.      Con el tiempo aquellas dos palabras pueden extenderse enormemente.

Mi juguete.    Mi habitación.    Mi casa.   Mi terreno.   Mi dinero.   Mi empresa.   Mi obra.    Mi idea.    Mi país.   Y también:    mi familia,   mi grupo,   mi cultura,   mi religión,    mi historia.       La palabra «mío» puede desplazarse desde un objeto material hasta territorios, derechos, símbolos, relaciones e identidades.

Estamos ante una construcción humana de una potencia extraordinaria.     Pero no comenzaremos preguntando si es buena o mala.    Nuestra pregunta será anterior:        ¿CÓMO, POR QUÉ Y PARA QUÉ APARECIÓ?

Primero, no inventemos una historia

Aquí necesitaremos especialmente nuestro propio método.    Sería muy fácil imaginar una escena:     Un día alguien clavó un palo en la tierra, dijo «esto es mío» y apareció la propiedad.     Puede servir como relato.      Pero no como explicación histórica suficiente.

Las formas de posesión, uso, territorio, herencia y propiedad han variado enormemente entre sociedades y épocas, y sus historias concretas necesitan investigación.     Por tanto, no vamos a fabricar otro constructo para explicar el constructo.

Preguntaremos.       Quizá determinadas formas aparecieron para organizar el uso de recursos.     Quizá para proteger aquello que alguien había producido.    Quizá para garantizar acceso futuro.    Quizá para delimitar responsabilidades.     Quizá para evitar conflictos.    Quizá para transmitir bienes entre generaciones.    Quizá para controlar un territorio.   Quizá distintas necesidades produjeron formas diferentes en lugares diferentes.

No necesitamos una respuesta única para continuar.   Lo importante es haber abierto la excavación.      Antes de «mío», había cosas      Aquí Madre Tierra vuelve a proporcionarnos una posición exterior extraordinariamente sencilla.

Antes de que existiera la palabra «mío»:    había tierra.   Había agua.  Había árboles.   Había animales.   Había piedras.   Había frutos.   Había territorio.   Había vida.

Después llega el humano y comienza a establecer relaciones con todo aquello.      Usa.    Ocupa.    Cultiva.   Guarda.   Transforma.   Protege.   Intercambia.   Delimita.   Y en algún punto de esas relaciones aparecen construcciones que permiten decir:     ESTO ME PERTENECE.

La realidad material continúa ahí.   Pero hemos añadido una capa humana de significado, reconocimiento y regulación.

Una parcela de tierra no cambia su composición física cuando pasa de una persona a otra.     Lo que cambia es una relación humana reconocida alrededor de ella.     Y, sin embargo, ese cambio puede tener consecuencias enormes.     Otra vez encontramos nuestra distinción:    LA CONSTRUCCIÓN NO ES IRREAL.

Pero no es real de la misma manera que la tierra sobre la que se construye.       «Mío» puede resolver problemas

Imaginemos que una persona cultiva durante meses un terreno.    Prepara la tierra.    Siembra.   Cuida.   Espera.    Finalmente obtiene alimento.    Parece comprensible que aparezca alguna forma de reconocimiento sobre aquello que ha producido, utilizado o cuidado.

También necesitamos espacios donde podamos descansar.    Objetos que podamos utilizar sabiendo que continuarán disponibles.    Herramientas que no tengamos que disputar cada vez que las necesitamos.    Alguna seguridad sobre aquello de lo que depende nuestra vida cotidiana.

El «mío» puede establecer una frontera que diga:   «PUEDO CONTAR CON ESTO.»     Y esa previsibilidad puede ser enormemente útil.

Aquí la propiedad deja de aparecer solamente como deseo de poseer.     Puede aparecer también como instrumento de organización y seguridad.    «Tuyo» también protege       Curiosamente, reconocer lo mío implica reconocer también lo tuyo.     Si solamente existiera:    «Todo es mío»,   no tendríamos realmente un sistema de propiedad.    Tendríamos apropiación ilimitada.

El reconocimiento de la pertenencia ajena introduce otra frontera:   «Esto no puedo tomarlo simplemente porque lo deseo.»       Por tanto, determinadas formas de propiedad pueden también limitar comportamientos.    Organizar responsabilidades.    Reducir disputas.    Establecer derechos.   Permitir intercambios.    Proteger ámbitos personales.    Otra vez:

LA CONSTRUCCIÓN PUDO TENER UNA FUNCIÓN.

Y puede continuar teniéndola.     Nuestro trabajo no consiste en negar esa función.     Consiste en impedir que desaparezca de nuestra vista.    Pero el «mío» puede crecer        Una vez establecida la posibilidad de poseer, aparece inmediatamente otra posibilidad:     POSEER MÁS.

Y volvemos al capítulo anterior.     Si poseer proporciona seguridad, quizá poseer más proporcione más seguridad.     Si poseer proporciona capacidad de actuar, más posesión puede proporcionar más capacidad.     Si poseer otorga reconocimiento dentro de determinado mundo humano, acumular puede convertirse también en una manera de aumentar posición.

Entonces una construcción originalmente funcional puede adquirir capas nuevas.     USO → POSESIÓN → SEGURIDAD → ACUMULACIÓN → POSICIÓN → IDENTIDAD.     Y llega un momento fascinante.   Ya no decimos solamente:    «Tengo esto.»    Podemos empezar a sentir:   «ESTO DICE QUIÉN SOY.»

De lo que tengo a lo que soy          Aquí la propiedad puede entrar profundamente en la identidad.     Una casa deja de ser solamente refugio.    Puede expresar éxito.    Un automóvil deja de ser solamente transporte.   Puede expresar posición.    Un determinado patrimonio puede convertirse en medida de realización.    Una profesión puede dejar de ser únicamente actividad y convertirse en identidad.    Incluso podemos extender el posesivo a aquello que difícilmente puede entenderse como objeto:   mi pareja,   mis hijos,    mi gente.

La palabra es la misma.    Pero evidentemente la relación no puede ser la misma.    Aquí descubrimos algo importante.    El lenguaje puede utilizar un mismo posesivo para realidades completamente diferentes.

Decir «mi abrigo» y «mi hijo» no significa poseer ambas cosas del mismo modo.     Por eso tendremos que vigilar continuamente nuestras palabras.    Pueden ocultar construcciones diferentes bajo una misma forma lingüística.

Después aparece el territorio         La misma lógica puede extenderse colectivamente.    NUESTRA TIERRA.    NUESTRO TERRITORIO.    NUESTRO PAÍS.

Aquí pueden aparecer pertenencia, identidad, protección, memoria, organización y vínculos profundos con un lugar.     Pero también fronteras.   Derechos de acceso.   Exclusiones.   Conflictos.   Defensa.   Y nuevamente sería absurdo resolverlo diciendo simplemente:    «Las fronteras son inventadas.»

Sí, las fronteras políticas son construcciones humanas.    Pero millones de personas organizan su vida dentro de ellas.    Existen sistemas jurídicos.   Responsabilidades.   Servicios.   Derechos.   Obligaciones.   Historias.  Identidades.    Consecuencias.   La línea puede ser construida.

LAS CONSECUENCIAS DE LA LÍNEA PUEDEN SER COMPLETAMENTE REALES.      Ésta es precisamente la complejidad que estamos aprendiendo a sostener.      El mapa y el territorio vuelven a separarse

Imaginemos una frontera dibujada sobre un mapa.    A un lado aparece un color.    Al otro, otro.   Pero el río puede atravesarla.    Las aves pueden cruzarla.   El viento no se detiene.   Las nubes no necesitan pasaporte.   Un ecosistema puede extenderse a ambos lados.   La contaminación tampoco reconoce necesariamente aquella línea.   La Tierra continúa funcionando según dinámicas que no coinciden obligatoriamente con nuestras divisiones humanas.

Y ahí Madre Tierra vuelve a enseñarnos sin necesidad de decir una palabra:    EL MAPA HUMANO Y EL TERRITORIO PLANETARIO NO SON LA MISMA COSA.

Ambos importan.    Pero pertenecen a pisos diferentes.    ¿Puede alguien poseer Tierra?    Aquí aparece una pregunta provocadora, pero no necesitamos responderla apresuradamente.

Cuando decimos:    «Este terreno es mío»,   ¿qué significa exactamente?

¿Que podemos utilizarlo?       ¿Transformarlo?

¿Venderlo?      ¿Impedir el acceso?      ¿Transmitirlo?

¿Destruir cualquier forma de vida que contenga?

¿Modificarlo sin límite?

La palabra propiedad puede esconder muchas facultades diferentes.    Y precisamente por eso merece ser interrogada.    Madre Tierra introduce aquí una distinción fascinante.      Una persona puede poseer jurídicamente un bosque.     Pero no ha construido el proceso que hace posible que aquel bosque esté vivo.    Puede poseer legalmente un terreno.    Pero no ha fabricado la materia de la que está compuesto.     Puede tener derechos sobre un río según determinado sistema jurídico.     Pero no construyó el ciclo planetario del agua.     Entonces quizá necesitemos distinguir:     POSEER UNA RELACIÓN JURÍDICA SOBRE ALGO    de   SER EL ORIGEN DE AQUELLO QUE POSEEMOS.

La diferencia es enorme.     Quizá somos propietarios y dependientes al mismo tiempo         Ésta puede ser una de las paradojas más interesantes.     Podemos decir:     «Este terreno me pertenece.»     Y simultáneamente reconocer:     «YO DEPENDO DE LA TIERRA.»

La primera afirmación pertenece a una construcción humana.    La segunda señala una condición material y vital.     No tienen por qué destruirse mutuamente.    Pero cuando olvidamos la segunda, la primera puede adquirir una dimensión desmesurada.

Porque empezamos a comportarnos como si poseer jurídicamente algo significara haber adquirido independencia respecto de aquello que nos sostiene.      Y no es así.     Podemos distribuir la Tierra mediante millones de escrituras de propiedad.     Después de firmarlas todas:    SEGUIMOS DEPENDIENDO DE ELLA.

La propiedad también puede significar responsabilidad        Y aquí aparece una posibilidad completamente diferente.    Si reconocemos nuevamente la función, quizá «mío» no tenga que significar únicamente:     «Puedo disponer de esto.»     También podría implicar:      «ME CORRESPONDE CUIDAR DE ESTO.»

Tengo una casa: debo mantenerla.     Tengo una herramienta: puedo conservarla.     Tengo responsabilidad sobre un terreno: mis decisiones afectan a aquello que contiene y quizá también a otros.    La pertenencia puede generar derechos.    Pero también responsabilidades.

Entonces el constructo puede reubicarse sin necesidad de desaparecer.    No necesitamos saltar de:    PROPIEDAD ABSOLUTA   a    AUSENCIA DE PROPIEDAD.    Podemos hacer algo mucho más interesante:    VOLVER A INTERROGAR QUÉ SIGNIFICA POSEER.

No estamos proponiendo otro sistema        Éste es un punto decisivo.    Este libro no pretende decidir qué modelo de propiedad debe adoptar una sociedad.          Hacerlo nos llevaría inmediatamente a construir otra doctrina política o económica.      Nuestro trabajo es anterior.     Queremos recuperar preguntas que pueden formularse antes de elegir el sistema:

¿Qué necesidad resuelve la propiedad?               ¿Qué protege?

¿Qué organiza?                  ¿Qué responsabilidades crea?

¿Qué consecuencias produce?      ¿Dónde deja de servir a su función?

¿Qué ocurre cuando poseer se convierte en identidad?

¿Qué ocurre cuando la seguridad de poseer para unos compromete las condiciones vitales de otros?

¿Qué parte pertenece al territorio y qué parte hemos dibujado nosotros sobre él?

No tenemos que conocer todavía las respuestas.    Hemos recuperado algo más importante:     LA CAPACIDAD DE VOLVER A PREGUNTAR.

Mío, tuyo... nuestro         Y quizá Madre Tierra introduzca una tercera palabra.     No para eliminar las otras dos.    Sino para situarlas.    MÍO.    TUYO.    Y:    NUESTRO.

Podemos poseer cosas diferentes.    Habitar casas diferentes.  Administrar territorios diferentes.   Tener responsabilidades distintas.    Pero existe una realidad que no puede fragmentarse completamente siguiendo nuestras escrituras y mapas.           La atmósfera.     Los océanos.     Los grandes ciclos planetarios.       La continuidad de la vida.

Podemos repartir jurídicamente el suelo.      Pero no podemos repartir de la misma manera las consecuencias de todo lo que hacemos sobre él.      El aire vuelve a mezclarse.      El agua circula.     La vida atraviesa fronteras.

Y nosotros también dependemos de procesos que ocurren mucho más allá de aquello que llamamos «mío».       Por eso quizá la madurez no consista en eliminar:      MÍO Y TUYO.      Puede consistir en aprender a colocarlos dentro de algo mayor:      MÍO Y TUYO DENTRO DE NUESTRO.

La pared vuelve a ser visible            Después de este recorrido no hemos resuelto la propiedad.    Y eso es bueno.    No era nuestra intención.

Hemos hecho algo anterior.     La hemos sacado durante unos minutos de la categoría:     «LAS COSAS SON ASÍ.»

Y la hemos devuelto a:      «LOS HUMANOS HEMOS CONSTRUIDO FORMAS DE ORGANIZAR ESTO.»     Ahora podemos estudiarlas.   Compararlas.    Comprenderlas.    Conservar aquello que funciona.    Modificar aquello que ya no.     Y reconocer sus límites frente a la realidad terrestre que no construimos.      Ésa es exactamente nuestra arqueología.

Pero cuando una construcción lleva suficiente tiempo funcionando, cuando organiza nuestra seguridad, nuestra identidad, nuestras relaciones y nuestra manera de comprender el mundo, puede ocurrir algo todavía más profundo.

Podemos sufrir dentro de ella sin saber ya qué parte del sufrimiento pertenece a la vida y qué parte pertenece al escenario que hemos levantado alrededor de ella.    Ahí llegamos a:     . Cuando padecemos lo que construimos      Una construcción puede ser humana y modificable, y al mismo tiempo producir consecuencias y sufrimientos completamente reales.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario