LIBROS de BARBARIN I II III

martes, 13 de octubre de 2026

MADRE TIERRA y CONSTRUCTO HUMANO RECUPERAR LA TOMA DE TIERRA Salir un momento del edificio

 MADRE TIERRA y CONSTRUCTO HUMANO

RECUPERAR LA TOMA DE TIERRA

 Salir un momento del edificio

No para destruirlo.    Para poder verlo.     Hasta ahora hemos recorrido habitaciones.    Lenguaje.   Dinero.   Propiedad.   Instituciones.   Profesiones.   Fronteras.   Sistemas de pensamiento.   Normas.   Símbolos.

Hemos intentado comprender cómo fueron construyéndose, cómo los recibimos, cómo los transmitimos y cómo algunas de esas construcciones pueden llegar a parecernos inevitables.    Pero continuábamos haciendo algo:

SEGUÍAMOS DENTRO DEL EDIFICIO.      Ahora vamos a realizar un movimiento diferente.      No discutiremos durante unos minutos si una construcción es buena o mala.    No intentaremos corregirla.   No buscaremos otra mejor.    Simplemente vamos a salir.

¿Se puede salir?        No completamente.   Somos humanos.  Pensamos mediante lenguajes.   Tenemos memoria.   Cultura.  Historia.   Interpretamos inevitablemente aquello que percibimos.   No podemos convertirnos durante cinco minutos en seres ajenos a toda construcción humana.      Pero podemos hacer algo mucho más sencillo.

CAMBIAR EL PUNTO DE REFERENCIA.

En lugar de mirar el mundo construido desde otra habitación del mismo edificio, podemos dirigir nuestra atención hacia aquello de lo que el edificio entero depende.          Abramos la puerta.     Fuera continúa ocurriendo algo

Salimos.    Y respiramos.    No necesitamos saber qué profesión tenemos para hacerlo.    No necesitamos presentar documentación.   No necesitamos consultar nuestra cuenta bancaria.    No necesitamos conocer nuestra posición social.    No necesitamos pertenecer a una religión.    No necesitamos explicar filosóficamente qué es el aire.

RESPIRAMOS.         Tenemos sed.    Bebemos.    Nuestro organismo reconoce el agua sin necesidad de conocer su fórmula química.   Tenemos hambre.    Necesitamos alimento.   Llega la noche.   Nuestro cuerpo necesita descanso.   Hace frío.    Buscamos protección.   Hace calor.    Nuestro organismo intenta regularse.    El Sol aparece.    Anochece.   Cambian las estaciones.   Llueve.  Germinan semillas.   Otros organismos nacen, se alimentan, se reproducen y mueren.

Y durante todo ese tiempo nuestras instituciones pueden estar abiertas o cerradas.   La bolsa puede subir o bajar.   Puede cambiar un gobierno.  Puede desaparecer una empresa.   Podemos modificar una frontera.  Puede aparecer una nueva tecnología.   

Pero debajo de todo aquello:    LA VIDA CONTINÚA OCURRIENDO.

Éste es el exterior que buscábamos.    No hemos salido de la realidad

Puede parecer que salir del edificio humano significa alejarnos del mundo real.         Pero quizá estemos haciendo exactamente lo contrario.    Estamos regresando durante unos minutos a la realidad que permite que exista el edificio.   Una oficina depende de materiales.   Un ordenador depende de materias primas y energía.   Una ciudad depende de agua.   Una economía necesita seres humanos vivos que participen en ella.  Una universidad necesita cuerpos que puedan llegar hasta sus aulas.   Una religión necesita personas.   Una astrología necesita observadores e intérpretes humanos.   Una inteligencia artificial necesita infraestructura material, energía y seres humanos que la desarrollen y utilicen.   Podemos elevar el edificio hasta alturas extraordinarias.     Pero sus cimientos continúan tocando Tierra.

La prueba de desaparición

Podemos realizar ahora un experimento mental muy sencillo.     Retiremos durante un instante algunas construcciones humanas.     Imaginemos que desaparece una moneda.       La humanidad puede construir otra.    Desaparece una profesión.    Sus funciones pueden reorganizarse.   Desaparece una frontera.    El territorio permanece.    Desaparece un calendario.     Los ciclos continúan.     Desaparece una determinada teoría.    Aquello que intentaba explicar puede continuar existiendo.     Desaparece una institución.    Quizá necesitemos crear otra que cumpla su función.

Ahora hagamos la operación contraria.     Retiremos el aire respirable.   Retiremos el agua disponible.   Retiremos durante suficiente tiempo el alimento.    Retiremos unas temperaturas compatibles con nuestra supervivencia.    Retiremos las condiciones que permiten funcionar a nuestro organismo.   Aquí ocurre algo completamente diferente.

NO NECESITAMOS CONSTRUIR OTRO SISTEMA.  DEJAMOS DE ESTAR.

Ésa es una diferencia de nivel.    Y reconocerla no disminuye el valor de nuestras construcciones.      Las reubica.

Respiramos por el planeta     Podemos decirlo de una manera casi brutal:    RESPIRAMOS POR EL PLANETA.

No respiramos por nuestra profesión.     No respiramos por nuestra nacionalidad.     No respiramos por nuestra cuenta bancaria.    No respiramos por nuestro prestigio.

Todo eso puede tener consecuencias enormes dentro de nuestra vida humana.      Pero ninguna de esas construcciones produce por sí misma la condición básica que permite que haya un ser humano capaz de utilizarlas.     Antes de ser abogado, agricultor, artista, empresario, profesor, creyente, astrólogo o científico:      HAY UN SER VIVO.    Y ésa es nuestra primera reubicación.

Salir permite cambiar la escala        Dentro del edificio podemos discutir durante horas sobre una habitación.    Y la discusión puede ser importante.      Pero al salir vemos algo que desde dentro resultaba difícil percibir:    EL TAMAÑO DEL EDIFICIO.

Una cuestión que ocupaba todo nuestro horizonte puede aparecer ahora como una construcción situada dentro de algo mucho mayor.      No ha desaparecido.    No hemos resuelto el problema.     Pero hemos recuperado proporción.    

Esto puede ocurrir también personalmente.    Una preocupación puede ocupar durante horas nuestra conciencia.    Una discusión.    Una pérdida.   Una comparación.    Una expectativa.    Un conflicto profesional.

Salimos a caminar.    Vemos árboles.    Respiramos.   Sentimos temperatura.   Escuchamos pájaros.    Observamos el cielo.    El problema continúa.   

Pero durante unos minutos deja de ser todo el mundo.       Ha sido reubicado dentro del Mundo.    No es una cura automática.   No resuelve enfermedades, problemas económicos ni conflictos sociales.    Hace algo anterior y mucho más sencillo:     DEVUELVE ESCALA.

Madre Tierra no nos pide que nos quedemos fuera        Éste es un punto esencial.   No estamos proponiendo abandonar las ciudades.  Ni el dinero.  Ni las profesiones.  Ni la ciencia.  Ni la tecnología.  Ni las instituciones.   Ni nuestras construcciones culturales.

No estamos diciendo:     «Volvamos a una supuesta vida natural.»

También esa idea podría convertirse rápidamente en otro constructo idealizado.     La propuesta es diferente:     SAL Y VUELVE A ENTRAR.

Sal durante un momento.    Mira el edificio.    Recuerda dónde está construido.     Y vuelve.    Vuelve a tu trabajo.    A tu familia.  A tu economía.  A tus libros.    A tu investigación.   A tus símbolos.   A tus máquinas.  A tus mundos virtuales.    Pero entra con una diferencia:     AHORA SABES QUE ESTÁS ENTRANDO.

Desde fuera aparecen preguntas nuevas        Mientras permanecíamos dentro preguntábamos:

¿Cómo funciona?         ¿Cómo puedo adaptarme?

¿Cómo mejorarlo?        ¿Cómo triunfar dentro de él?

¿Cómo resolver sus problemas?

Todas pueden ser preguntas legítimas.    Pero desde fuera aparecen otras:

¿PARA QUÉ CONSTRUIMOS ESTO?

¿QUÉ NECESIDAD ATIENDE?               ¿SIGUE ATENDIÉNDOLA?

¿QUÉ PARTE PERTENECE A LA VIDA Y QUÉ PARTE HEMOS AÑADIDO NOSOTROS?

¿QUÉ CONSECUENCIAS PRODUCE HOY?

¿PUEDE MODIFICARSE?

Y una todavía más profunda:      ¿QUÉ OCURRE CON LA VIDA MIENTRAS MANTENEMOS ESTA CONSTRUCCIÓN?

Ésta es una pregunta que quizá no aparezca espontáneamente dentro del edificio.      Necesitábamos salir para poder formularla.

La astrología nos enseñó el movimiento           Eso fue precisamente lo que ocurrió cuando intentamos interrogar la astrología desde Madre Tierra.     Mientras permanecíamos dentro de su arquitectura podíamos discutir signos, casas, planetas, aspectos, técnicas e interpretaciones.     Pero faltaba una pregunta exterior:        ¿ESTO ESTÁ EN LA VIDA O LO HEMOS PUESTO NOSOTROS?

No destruía la astrología.    Hacía visible su construcción.    Permitía distinguir el objeto astronómico de su interpretación simbólica, la observación de lo añadido posteriormente y aquello contrastable de aquello que continúa siendo interpretación.

Y entonces descubrimos algo inesperado:    EL PROCEDIMIENTO SERVÍA PARA MUCHO MÁS QUE PARA LA ASTROLOGÍA.

Podíamos salir momentáneamente de otros edificios.   Economía.   Educación.   Psicología.   Instituciones.   Tecnología.   Incluso de nuestras propias maneras de comprendernos.     Y formular la misma pregunta.

Salir no nos convierte en superiores      Hay aquí una trampa que debemos evitar.     Podríamos salir de un constructo y comenzar inmediatamente a decir:      «Ahora veo la verdad y los demás continúan encerrados.»

Acabaríamos de levantar otra pared.    No existe motivo para la superioridad.   Nosotros también hemos nacido dentro del edificio.    También utilizamos sus lenguajes.   También necesitamos sus estructuras.   También confundimos paredes y montañas.    Y probablemente continuaremos haciéndolo muchas veces.      La toma de tierra no nos convierte en propietarios de la verdad.    Nos proporciona algo más humilde:     UN LUGAR DESDE EL QUE VOLVER A PREGUNTAR.

La salida debe permanecer abierta         Quizá éste sea el punto más importante.    No necesitamos vivir fuera del edificio.   Necesitamos que la puerta no desaparezca.     Una civilización puede construir muchísimo siempre que conserve la capacidad de salir durante un momento y contemplar aquello construido.    Una ciencia necesita revisar sus modelos.    Una institución necesita recordar su función.   Una economía necesita contrastar sus resultados con las condiciones materiales que la sostienen.    Una persona necesita poder revisar las ideas con las que se define.    Una cultura necesita poder interrogar lo heredado.    Una inteligencia artificial puede multiplicar extraordinariamente nuestra capacidad de construir información, modelos y representaciones; precisamente por eso será todavía más importante conservar la puerta de salida.       Porque cuanto más poderoso sea el edificio, más necesario será saber dónde está la puerta.

Y entonces volvemos a mirar        Ahora estamos fuera.   Delante tenemos el edificio humano.   No parece pequeño.     Es inmenso.   Contiene miles de años de inteligencia, miedo, necesidad, belleza, violencia, cooperación, errores, descubrimientos, imaginación y experiencia acumulada.   No queremos incendiarlo.     Sería absurdo.   ES NUESTRO EDIFICIO.

Lo hemos heredado.    Vivimos en él.   Nos ha protegido.   Nos ha permitido llegar hasta aquí.   También contiene habitaciones que quizá ya no necesitamos.   Pasillos que no sabemos adónde conducen.   Paredes que fueron necesarias.   Otras que quizá podrían tener una puerta.  Y construcciones nuevas que apenas estamos comenzando a levantar.  Ahora podemos hacer algo que desde dentro resultaba mucho más difícil:    VERLO.

Y cuando vemos algo construido por nosotros aparece una posibilidad extraordinaria.     Podemos preguntarnos dónde corresponde colocarlo.   No necesitamos destruir.    No necesitamos negar.   No necesitamos ridiculizar.   Necesitamos encontrar su lugar.    Porque quizá una parte considerable de nuestros problemas no proceda de que las cosas existan, sino de haberlas colocado en un piso que no les corresponde.    Una interpretación convertida en hecho.   Un instrumento convertido en finalidad.   Una profesión convertida en identidad.  Una posesión convertida en valor personal.   Una convención convertida en naturaleza.   Una solución convertida en necesidad.   Ha llegado el momento de poner cada cosa en su sitio.    Y para esa operación necesitamos una palabra que va a convertirse en una de las claves de todo nuestro recorrido:     REUBICACIÓN

 Reubicación    No destruir.   No negar.     No ridiculizar.    Preguntar: ¿en qué piso está?

 

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