MADRE TIERRA y CONSTRUCTO HUMANO
RECUPERAR LA
TOMA DE TIERRA
Salir un momento del edificio
No para
destruirlo. Para poder verlo. Hasta ahora hemos recorrido habitaciones. Lenguaje.
Dinero. Propiedad. Instituciones. Profesiones. Fronteras.
Sistemas de pensamiento. Normas. Símbolos.
Hemos
intentado comprender cómo fueron construyéndose, cómo los recibimos, cómo los
transmitimos y cómo algunas de esas construcciones pueden llegar a parecernos
inevitables. Pero continuábamos
haciendo algo:
SEGUÍAMOS
DENTRO DEL EDIFICIO. Ahora vamos a
realizar un movimiento diferente. No
discutiremos durante unos minutos si una construcción es buena o mala. No intentaremos corregirla. No buscaremos otra mejor. Simplemente vamos a salir.
¿Se puede salir? No completamente. Somos humanos. Pensamos mediante lenguajes. Tenemos memoria. Cultura.
Historia. Interpretamos
inevitablemente aquello que percibimos.
No podemos convertirnos durante cinco minutos en seres ajenos a toda
construcción humana. Pero podemos hacer algo mucho más sencillo.
CAMBIAR
EL PUNTO DE REFERENCIA.
En lugar de
mirar el mundo construido desde otra habitación del mismo edificio, podemos
dirigir nuestra atención hacia aquello de lo que el edificio entero depende. Abramos la puerta. Fuera
continúa ocurriendo algo
Salimos. Y respiramos. No necesitamos saber qué profesión tenemos
para hacerlo. No necesitamos presentar
documentación. No necesitamos consultar
nuestra cuenta bancaria. No
necesitamos conocer nuestra posición social.
No necesitamos pertenecer a una religión. No necesitamos explicar filosóficamente qué
es el aire.
RESPIRAMOS. Tenemos sed. Bebemos.
Nuestro organismo reconoce el agua sin necesidad de conocer su fórmula
química. Tenemos hambre. Necesitamos alimento. Llega la noche. Nuestro cuerpo necesita descanso. Hace frío.
Buscamos protección. Hace calor. Nuestro organismo intenta regularse. El Sol aparece. Anochece.
Cambian las estaciones. Llueve. Germinan semillas. Otros organismos nacen, se alimentan, se
reproducen y mueren.
Y durante
todo ese tiempo nuestras instituciones pueden estar abiertas o cerradas. La bolsa puede subir o bajar. Puede cambiar un gobierno. Puede desaparecer una empresa. Podemos modificar una frontera. Puede aparecer una nueva tecnología.
Pero debajo
de todo aquello: LA VIDA CONTINÚA OCURRIENDO.
Éste es el
exterior que buscábamos. No hemos salido de la realidad
Puede
parecer que salir del edificio humano significa alejarnos del mundo real. Pero quizá estemos haciendo
exactamente lo contrario. Estamos
regresando durante unos minutos a la
realidad que permite que exista el edificio. Una oficina depende de materiales. Un ordenador depende de materias primas y
energía. Una ciudad depende de agua. Una economía necesita seres humanos vivos
que participen en ella. Una universidad
necesita cuerpos que puedan llegar hasta sus aulas. Una religión necesita personas. Una astrología necesita observadores e
intérpretes humanos. Una inteligencia
artificial necesita infraestructura material, energía y seres humanos que la
desarrollen y utilicen. Podemos elevar
el edificio hasta alturas extraordinarias.
Pero sus cimientos continúan tocando
Tierra.
La prueba de desaparición
Podemos
realizar ahora un experimento mental muy sencillo. Retiremos durante un instante algunas
construcciones humanas. Imaginemos
que desaparece una moneda. La
humanidad puede construir otra. Desaparece
una profesión. Sus funciones pueden
reorganizarse. Desaparece una frontera. El territorio permanece. Desaparece un calendario. Los ciclos continúan. Desaparece una determinada teoría. Aquello que intentaba explicar puede continuar
existiendo. Desaparece una
institución. Quizá necesitemos crear
otra que cumpla su función.
Ahora
hagamos la operación contraria. Retiremos
el aire respirable. Retiremos el agua
disponible. Retiremos durante
suficiente tiempo el alimento. Retiremos
unas temperaturas compatibles con nuestra supervivencia. Retiremos las condiciones que permiten
funcionar a nuestro organismo. Aquí
ocurre algo completamente diferente.
NO
NECESITAMOS CONSTRUIR OTRO SISTEMA. DEJAMOS
DE ESTAR.
Ésa es una
diferencia de nivel. Y reconocerla no
disminuye el valor de nuestras construcciones. Las reubica.
Respiramos por el planeta Podemos decirlo de una manera casi brutal: RESPIRAMOS POR EL PLANETA.
No
respiramos por nuestra profesión. No respiramos
por nuestra nacionalidad. No
respiramos por nuestra cuenta bancaria.
No respiramos por nuestro prestigio.
Todo eso
puede tener consecuencias enormes dentro de nuestra vida humana. Pero ninguna de esas construcciones
produce por sí misma la condición básica que permite que haya un ser humano
capaz de utilizarlas. Antes de ser
abogado, agricultor, artista, empresario, profesor, creyente, astrólogo o
científico: HAY UN SER VIVO. Y ésa es nuestra primera
reubicación.
Salir permite cambiar la escala Dentro del edificio podemos discutir durante horas sobre una habitación. Y la discusión puede ser importante. Pero al salir vemos algo que desde dentro resultaba difícil percibir: EL TAMAÑO DEL EDIFICIO.
Una cuestión
que ocupaba todo nuestro horizonte puede aparecer ahora como una construcción
situada dentro de algo mucho mayor. No
ha desaparecido. No hemos resuelto el
problema. Pero hemos recuperado proporción.
Esto puede
ocurrir también personalmente. Una
preocupación puede ocupar durante horas nuestra conciencia. Una discusión. Una pérdida. Una comparación. Una expectativa. Un conflicto profesional.
Salimos a
caminar. Vemos árboles. Respiramos. Sentimos temperatura. Escuchamos pájaros. Observamos el cielo. El problema continúa.
Pero durante
unos minutos deja de ser todo
el mundo. Ha sido
reubicado dentro del Mundo. No es una
cura automática. No resuelve
enfermedades, problemas económicos ni conflictos sociales. Hace algo anterior y mucho más sencillo: DEVUELVE
ESCALA.
Madre Tierra no nos pide que nos quedemos
fuera Éste es un punto esencial. No estamos proponiendo abandonar las
ciudades. Ni el dinero. Ni las profesiones. Ni la ciencia. Ni la tecnología. Ni las instituciones. Ni nuestras construcciones culturales.
No estamos
diciendo: «Volvamos a una supuesta vida
natural.»
También esa
idea podría convertirse rápidamente en otro constructo idealizado. La propuesta es diferente: SAL
Y VUELVE A ENTRAR.
Sal durante
un momento. Mira el edificio. Recuerda dónde está construido. Y vuelve. Vuelve a tu trabajo. A tu familia. A tu economía. A tus libros. A tu investigación. A tus símbolos. A tus máquinas. A tus mundos virtuales. Pero entra con una diferencia: AHORA
SABES QUE ESTÁS ENTRANDO.
Desde fuera aparecen preguntas nuevas Mientras permanecíamos dentro
preguntábamos:
¿Cómo funciona? ¿Cómo puedo adaptarme?
¿Cómo mejorarlo? ¿Cómo triunfar dentro de él?
¿Cómo resolver sus problemas?
Todas pueden
ser preguntas legítimas. Pero desde
fuera aparecen otras:
¿PARA QUÉ CONSTRUIMOS ESTO?
¿QUÉ NECESIDAD ATIENDE? ¿SIGUE ATENDIÉNDOLA?
¿QUÉ PARTE PERTENECE A LA VIDA Y QUÉ PARTE
HEMOS AÑADIDO NOSOTROS?
¿QUÉ CONSECUENCIAS PRODUCE HOY?
¿PUEDE MODIFICARSE?
Y una
todavía más profunda: ¿QUÉ OCURRE CON LA VIDA MIENTRAS
MANTENEMOS ESTA CONSTRUCCIÓN?
Ésta es una
pregunta que quizá no aparezca espontáneamente dentro del edificio. Necesitábamos salir para poder
formularla.
La astrología nos enseñó el movimiento Eso fue precisamente lo que ocurrió cuando intentamos interrogar la astrología desde Madre Tierra. Mientras permanecíamos dentro de su arquitectura podíamos discutir signos, casas, planetas, aspectos, técnicas e interpretaciones. Pero faltaba una pregunta exterior: ¿ESTO ESTÁ EN LA VIDA O LO HEMOS PUESTO NOSOTROS?
No destruía
la astrología. Hacía visible su
construcción. Permitía distinguir el
objeto astronómico de su interpretación simbólica, la observación de lo añadido
posteriormente y aquello contrastable de aquello que continúa siendo
interpretación.
Y entonces
descubrimos algo inesperado: EL PROCEDIMIENTO SERVÍA PARA MUCHO MÁS
QUE PARA LA ASTROLOGÍA.
Podíamos
salir momentáneamente de otros edificios.
Economía. Educación. Psicología.
Instituciones. Tecnología. Incluso de nuestras propias maneras de
comprendernos. Y formular la misma
pregunta.
Salir no nos convierte en superiores Hay aquí una trampa que debemos evitar. Podríamos salir de un constructo y comenzar inmediatamente a decir: «Ahora veo la verdad y los demás continúan encerrados.»
Acabaríamos
de levantar otra pared. No existe
motivo para la superioridad. Nosotros
también hemos nacido dentro del edificio.
También utilizamos sus lenguajes.
También necesitamos sus estructuras.
También confundimos paredes y montañas. Y probablemente continuaremos haciéndolo
muchas veces. La toma de tierra no
nos convierte en propietarios de la verdad.
Nos proporciona algo más humilde:
UN LUGAR DESDE EL
QUE VOLVER A PREGUNTAR.
La salida debe permanecer abierta Quizá éste sea el punto más
importante. No necesitamos vivir fuera
del edificio. Necesitamos que la
puerta no desaparezca. Una civilización puede construir muchísimo
siempre que conserve la capacidad de salir durante un momento y contemplar
aquello construido. Una ciencia
necesita revisar sus modelos. Una
institución necesita recordar su función.
Una economía necesita contrastar sus resultados con las condiciones
materiales que la sostienen. Una
persona necesita poder revisar las ideas con las que se define. Una cultura necesita poder interrogar lo
heredado. Una inteligencia artificial
puede multiplicar extraordinariamente nuestra capacidad de construir
información, modelos y representaciones; precisamente por eso será todavía más
importante conservar la puerta de salida. Porque
cuanto más poderoso sea el edificio, más necesario será saber dónde está la
puerta.
Y entonces volvemos a mirar Ahora estamos fuera. Delante tenemos el edificio humano. No parece pequeño. Es inmenso. Contiene miles de años de inteligencia, miedo, necesidad, belleza, violencia, cooperación, errores, descubrimientos, imaginación y experiencia acumulada. No queremos incendiarlo. Sería absurdo. ES NUESTRO EDIFICIO.
Lo hemos
heredado. Vivimos en él. Nos ha protegido. Nos ha permitido llegar hasta aquí. También contiene habitaciones que quizá ya
no necesitamos. Pasillos que no sabemos
adónde conducen. Paredes que fueron
necesarias. Otras que quizá podrían
tener una puerta. Y construcciones
nuevas que apenas estamos comenzando a levantar. Ahora podemos hacer algo que desde dentro
resultaba mucho más difícil: VERLO.
Y cuando
vemos algo construido por nosotros aparece una posibilidad extraordinaria. Podemos preguntarnos dónde corresponde colocarlo. No necesitamos destruir. No necesitamos negar. No necesitamos ridiculizar. Necesitamos encontrar su lugar. Porque quizá una parte considerable de
nuestros problemas no proceda de que las cosas existan, sino de haberlas
colocado en un piso que no les corresponde.
Una interpretación convertida en hecho.
Un instrumento convertido en finalidad.
Una profesión convertida en identidad.
Una posesión convertida en valor personal. Una convención convertida en naturaleza. Una solución convertida en necesidad. Ha llegado el momento de poner cada cosa en
su sitio. Y para esa operación
necesitamos una palabra que va a convertirse en una de las claves de todo
nuestro recorrido: REUBICACIÓN
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