MADRE TIERRA y el CONSTRUCTO HUMANO
Miedo, seguridad y acumulación
Cómo
necesidades comprensibles de protección pueden crecer hasta producir
construcciones que terminan dominándonos.
Hay
necesidades que no necesitan demasiada explicación. Protegernos. Proteger a nuestros hijos. Conservar alimento. Tener refugio. Prepararnos para una época difícil. Guardar algo para mañana. Reducir la incertidumbre.
Todo eso
resulta profundamente comprensible. Un
organismo vivo no puede relacionarse con el futuro como si éste no existiera. Necesita anticipar. Prepararse. Proteger.
Y el ser
humano, además, posee una capacidad extraordinaria para imaginar lo que todavía no ha ocurrido. Ahí aparece una de nuestras grandes
fortalezas. Y también uno de nuestros
grandes problemas. Porque podemos
prepararnos para mañana... pero
también podemos tener
miedo de todos los mañanas posibles.
El miedo no es el enemigo Conviene comenzar aquí. No necesitamos convertir el miedo en otro culpable. El miedo cumple una función. Nos avisa.
Nos hace prestar atención. Moviliza
recursos. Puede impedir que asumamos
riesgos innecesarios. Puede llevarnos a
buscar refugio antes de una tormenta. A
guardar alimento. A proteger el
cuerpo. A cuidar aquello de lo que
dependemos. Por tanto:
EL
MIEDO TAMBIÉN PUEDE ESTAR AL SERVICIO DE LA VIDA.
El problema
comienza cuando una respuesta que nació para protegernos continúa creciendo sin
encontrar nunca el punto en que puede decir: «YA ES SUFICIENTE.»
Guardar para
mañana
Imaginemos
algo elemental. Tenemos alimento hoy. Pero sabemos que mañana quizá no lo haya. Entonces guardamos una parte. Es una respuesta inteligente. Después descubrimos que podemos almacenar
para varios días. Mejor todavía. Después para el invierno. Después para una mala cosecha. Después para varios años.
La capacidad
de prever nos proporciona seguridad. Pero
en algún punto puede producirse un cambio casi imperceptible. Ya no guardamos solamente porque sabemos que
llegará un periodo concreto de escasez.
Guardamos porque:
PODRÍA
FALTAR. Y como siempre puede
faltar... siempre podemos guardar un
poco más. Aquí aparece una
característica fascinante de la seguridad: PUEDE NO TENER TECHO.
Lo suficiente es
difícil de definir
¿Cuánto alimento es suficiente? ¿Cuánto dinero?
¿Cuánta propiedad? ¿Cuántos recursos?
¿Cuánta protección? ¿Cuánta previsión?
Cuando
existe una necesidad concreta, la respuesta puede ser relativamente clara. Necesito agua para determinado periodo. Necesito alimento hasta la próxima
cosecha. Necesito un refugio capaz
de protegerme de determinadas condiciones.
Pero cuando la necesidad deja de estar delimitada y pasa a ser: «QUIERO
ESTAR SEGURO FRENTE A LO QUE PUEDA OCURRIR», el horizonte se vuelve
infinito. Porque siempre puede
ocurrir algo más. Entonces aparece
una ecuación profundamente humana: MÁS RECURSOS = MÁS SEGURIDAD. Y mientras esa ecuación
permanezca sin interrogar, la acumulación puede continuar creciendo.
De tener para vivir a vivir para tener
Aquí puede
producirse una inversión semejante a la que vimos en el capítulo anterior. Primero: NECESITO
RECURSOS PARA VIVIR. Después: NECESITO
GUARDAR RECURSOS PARA PODER CONTINUAR VIVIENDO.
Hasta aquí
resulta comprensible. Pero la
construcción puede seguir creciendo: CUANTOS MÁS RECURSOS TENGA, MÁS SEGURO
ESTARÉ.
Y todavía: CUANTO
MÁS TENGA, MÁS POSIBILIDADES TENDRÉ.
Después
puede aparecer: LO QUE TENGO DICE ALGO SOBRE QUIÉN
SOY. Y finalmente
podemos llegar a una inversión formidable:
**YA NO TENGO PARA VIVIR. UNA PARTE DE MI VIDA ESTÁ DEDICADA A
TENER.** El instrumento ha
comenzado a modificar la finalidad.
Entonces aparece el miedo a perder Y aquí la construcción puede cerrarse
sobre sí misma. Porque aquello que
acumulamos para sentirnos seguros también puede convertirse en algo que
necesitamos proteger.
Tenemos más. Por tanto, podemos perder más. Entonces necesitamos proteger lo acumulado. Asegurarlo. Vigilarlo.
Administrarlo. Defenderlo. Incrementarlo para compensar posibles
pérdidas. La secuencia puede
convertirse en:
MIEDO
→ ACUMULACIÓN → SEGURIDAD → ALGO QUE PERDER → MIEDO A PERDER → MÁS PROTECCIÓN →
MÁS ACUMULACIÓN.
La solución
comienza a alimentar nuevamente el problema que pretendía resolver. No necesariamente porque haya algo
perverso en poseer. Sino porque la búsqueda de seguridad puede
volverse autorreferente.
Y después llega la comparación Pero el ser humano no vive solo. Observa lo que tienen otros. Entonces la medida de «suficiente» puede dejar de depender exclusivamente de nuestras necesidades. Aparece otra referencia: EL OTRO.
Tengo
suficiente para vivir. Pero otro tiene
más. Quizá entonces lo mío ya no
parece suficiente. La seguridad
empieza a mezclarse con posición. Reconocimiento. Prestigio. Poder.
Éxito. Pertenencia. Identidad.
Y una
necesidad originalmente relacionada con la protección de la vida puede terminar
rodeada de numerosas capas que ya no sabemos distinguir.
Éste es
precisamente nuestro trabajo: EXCAVAR.
¿Qué hay debajo? ¿Necesidad? ¿Miedo?
¿Previsión? ¿Reconocimiento? ¿Comparación?
¿Costumbre? ¿Identidad?
¿Una regla del mundo económico que habitamos?
Probablemente
muchas veces encontraremos varias cosas simultáneamente.
El constructo amplifica la necesidad Aquí ocurre algo especialmente importante. Una persona puede tener necesidades.
Pero cuando
millones de personas organizan instituciones, mercados, normas, símbolos de
prestigio y expectativas alrededor de ellas, aquella necesidad entra en un sistema que puede amplificarla.
Ya no se
trata solamente de lo que yo deseo. Existen
mensajes constantes acerca de lo que debería poseer. Lo que significa prosperar. Lo que representa haber triunfado. Qué vivienda corresponde a determinada
posición. Qué objetos expresan
determinado estatus. Qué nivel
económico debería alcanzar. Qué debo
asegurar para el futuro.
Entonces
puede resultar dificilísimo distinguir:
LO QUE NECESITO de LO
QUE EL MUNDO QUE HABITO ME HA ENSEÑADO A NECESITAR. Y aquí la toma de tierra
vuelve a ser extraordinariamente útil.
Volvamos por un momento al suelo
Retiremos
durante unos segundos el edificio. ¿Qué
necesita nuestro organismo para continuar?
Aire. Agua. Alimento.
Temperatura compatible. Descanso. Protección. Relaciones y cuidados especialmente
decisivos en determinadas etapas de la vida. Un entorno planetario capaz de continuar
sosteniendo las condiciones de las que dependemos.
Esto no nos
dice cuánto dinero debemos tener. No
nos dice qué casa comprar. No nos dice
qué modelo económico utilizar. No nos
dice cuánto podemos desear. Pero nos
permite recuperar la
raíz. Y después
regresar al mundo humano construido y preguntar: ¿CUÁNTO
DE LO QUE ESTOY HACIENDO CONTINÚA AL SERVICIO DE ESA VIDA Y CUÁNTO HA ADQUIRIDO
YA UNA DINÁMICA PROPIA?
La acumulación tuvo y tiene funciones reales
Tampoco
debemos caer en la simplificación contraria.
Acumular recursos puede ser necesario. Las reservas permiten atravesar crisis. El ahorro permite afrontar imprevistos. Las infraestructuras necesitan recursos
acumulados. Las sociedades complejas
requieren planificación. Una persona
puede querer dejar seguridad a sus hijos.
Una empresa necesita reservas para continuar funcionando. Una comunidad necesita almacenar
determinados bienes. Por tanto,
nuestra investigación no dice:
ACUMULAR
= MALO. Eso sería construir
otra consigna. Pregunta: ¿PARA
QUÉ ACUMULAMOS? Y
después: ¿CUÁNDO ES SUFICIENTE PARA CUMPLIR ESA
FUNCIÓN?
Ésta es una
pregunta mucho más incómoda. Porque
obliga a recuperar la finalidad. La Tierra introduce un límite que nuestros
números pueden olvidar
En el mundo
simbólico podemos añadir ceros indefinidamente. Un número puede crecer sin encontrar un
árbol, un río o una tonelada de mineral en su camino. Pero cuando nuestras construcciones
económicas se traducen en extracción, producción, consumo, territorio, energía
o residuos, regresamos inmediatamente a una realidad material.
Ahí los
números vuelven a tocar Tierra. Y
entonces aparece una pregunta que no es solamente económica: ¿PUEDE
CONTINUAR MATERIALMENTE AQUELLO QUE ESTAMOS HACIENDO?
Éste es uno
de los puntos donde el mundo construido y el mundo que no construimos se
encuentran directamente. Podemos
diseñar sistemas humanos enormemente sofisticados. Pero no podemos exigir al soporte
material de esos sistemas que se comporte como si también fuera una
abstracción.
Seguridad individual y continuidad colectiva Aquí aparece además una paradoja de
escala. Algo puede aumentar la
seguridad de una persona y, multiplicado por millones, contribuir a deteriorar
las condiciones de seguridad del conjunto.
Por eso no
basta siempre con preguntar: «¿Me beneficia?» Puede ser necesario
añadir: «¿QUÉ OCURRE SI MILLONES HACEMOS LO
MISMO?»
La toma de
tierra introduce entonces una referencia más amplia. Mi seguridad. Nuestra seguridad. Y la continuidad de las condiciones que
hacen posible ambas. No son
necesariamente enemigas. Pero tampoco
podemos suponer automáticamente que siempre coinciden.
Comprender antes de acusar Ahora podemos mirar el materialismo y
la acumulación desde una posición diferente.
Quizá detrás de comportamientos
que rápidamente llamaríamos codicia encontremos, en algunos casos, capas mucho
más antiguas y comprensibles:
miedo a
faltar, miedo a depender, miedo a perder, miedo al futuro, necesidad de reconocimiento, necesidad de controlar, experiencias familiares de escasez, o simplemente haber nacido dentro de un
mundo donde tener más
aparece como una medida normal de avanzar.
Comprender
esas capas no convierte cualquier conducta en aceptable. Pero nos permite intervenir en otro lugar. No solamente: «Deja
de acumular.» Sino: «¿QUÉ
ESTÁS INTENTANDO ASEGURAR?» Ésa
puede ser una pregunta mucho más profunda.
Quizá buscábamos tranquilidad Y aquí aparece una ironía
extraordinaria. Podemos haber
construido enormes sistemas para obtener algo muy sencillo: TRANQUILIDAD.
Poder dormir
sabiendo que mañana habrá alimento. Que
nuestros hijos estarán protegidos. Que
una enfermedad o un imprevisto no destruirán nuestra existencia. Que la vejez será atendida. Que tendremos un lugar donde vivir. Son aspiraciones perfectamente
comprensibles.
Pero si el
mecanismo construido para conseguir tranquilidad produce una necesidad
permanente de obtener, comparar, proteger y aumentar, quizá tengamos que
preguntarnos: ¿LA SOLUCIÓN CONTINÚA LLEVÁNDONOS
HACIA AQUELLO QUE BUSCÁBAMOS?
Porque puede
ocurrir que tengamos mucho más... y
continuemos sintiendo que todavía falta algo.
Recuperar el «suficiente» Quizá una de las palabras que nuestro
mundo construido necesita volver a investigar sea: SUFICIENTE.
No como
imposición. No como renuncia
obligatoria. No como condena de la
abundancia. Sino como capacidad de
reconocer cuándo una necesidad está atendida. Porque una construcción incapaz de
reconocer el suficiente puede crecer indefinidamente. Y en un planeta materialmente limitado, lo indefinido y lo material terminarán
encontrándose. Entonces
la cuestión ya no será moral. Será
funcional.
La pregunta de Madre Tierra Madre Tierra no nos dice cuánto
debemos poseer. No reparte
patrimonios. No diseña sistemas
económicos. No condena el deseo
humano de seguridad. Nos devuelve,
sencillamente, a la pregunta: ¿LO
QUE CONSTRUIMOS PARA PROTEGER LA VIDA CONTINÚA PROTEGIÉNDOLA?
Si la
respuesta es sí, tenemos una herramienta valiosa. Si es parcialmente, podemos mejorarla. Si alguna parte de la construcción
comienza a perjudicar aquello que pretendía proteger, podemos reubicarla. Eso es muy diferente de destruir.
Es sanear la función. Y ahora estamos preparados para tocar
una construcción todavía más profunda.
Porque para poder guardar, acumular, proteger y transmitir apareció una
distinción que hoy parece elemental: ESTO ES MÍO. ESO ES TUYO.
Pero también
aquí podemos volver a preguntar. No
para negar la propiedad. No para
decidir de antemano qué debería sustituirla.
Sino para hacer nuestra arqueología:
¿Qué
necesidad resolvió esa distinción?
¿Qué protege?
¿Qué organiza?
¿Qué consecuencias
produce?
¿Dónde continúa siendo
funcional?
¿Y qué ocurre cuando el
instrumento crece hasta confundirse con nuestra propia identidad?
Ahí entramos
en: Mío y tuyo Una de las construcciones más poderosas
puede comenzar con dos palabras extraordinariamente sencillas.
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