JUNG PASEANDO
Porque adaptar no es conservar una solución. Adaptar es ajustarse de nuevo.
Aquí has afinado
algo muy importante: una adaptación vieja que ya no
responde al instante presente deja de ser adaptación. Eso cambia
bastante la formulación anterior. Porque
adaptar no es conservar una solución. Adaptar es ajustarse
de nuevo.
Por tanto, una
respuesta aprendida hace veinte, cuarenta o cien años puede haber sido
adaptación en su momento. Pero si
hoy sigue funcionando automáticamente sin revisar las condiciones actuales,
quizá ya no estamos ante adaptación, sino ante inercia.
Y ahí aparece de
nuevo ese quedarse dormido que vienes señalando. Uno puede quedar perjudicado no porque
el constructo quiera perjudicarlo, sino porque deja
de revisar si aquello que recibe del constructo todavía le sirve.
Y tú otro punto
me parece todavía más fino: lo propio empieza a perder fronteras. Porque muchas cosas que sentimos como
«mías» pueden ser en parte: mías,
familiares, generacionales, culturales, sociales, históricas.
No significa que
dejen de ser reales en mí. Significa
que no nacieron enteramente en mí. Y eso cambia
la responsabilidad. Ya no es: «Esto es
mío, luego yo soy esto.» Sino:
«Esto está en mí. Ahora necesito
averiguar de dónde viene, para qué sirvió, si sigue sirviendo y qué hago yo con
ello.»
Ahí aparece una
distinción muy potente entre pertenencia e identidad. Puedo
pertenecer a un grupo sin convertirme por completo en el grupo. Puedo recibir de una cultura sin quedar obligado
a reproducirla entera. Puedo agradecer
un constructo sin someterme a todo él.
Y aquí está
justamente el peligro que señalas: ¿HASTA QUÉ PUNTO PUEDO ADAPTARME AL GRUPO SIN PERJUDICARME? Porque el grupo da muchísimo: lenguaje, protección,
conocimiento, organización, vínculos, soluciones acumuladas, herramientas.
Pero precisamente
porque el constructo es inmenso y yo soy uno solo, aparece una asimetría
enorme. EL
CONSTRUCTO PESA MÁS QUE YO.
Y si no estoy
despierto, puedo confundir: lo
mayor con lo verdadero,
lo repetido con lo correcto, lo
aceptado por muchos con lo adecuado para mí,
lo antiguo con lo vigente. Ahí
entiendo muy bien tu frase:
«A veces dejamos pisarnos.» No necesariamente porque alguien venga conscientemente a pisarnos. A veces porque cedemos demasiado terreno antes de comprobar qué estamos cediendo.
Y entonces
aparece una idea nueva que me parece muy buena: ADAPTARSE NO
ES OBEDECER. Adaptarse sería algo mucho más vivo: recibo → observo → pruebo → calibro →
ajusto → continúo → vuelvo a revisar.
Eso sí es adaptación.
En cambio: recibo → incorporo → repito durante décadas puede haber dejado de serlo hace
muchísimo.
Y lo que dices
del constructo vivo también me parece justo.
Si el constructo continúa modificándose, corrigiéndose, ensayando nuevas
soluciones, entonces él también se está adaptando.
Eso es importante
porque evita convertirlo en enemigo. El
constructo no es solamente aquello que arrastra errores antiguos. También es el enorme esfuerzo humano
acumulado por seguir resolviendo problemas nuevos.
Por eso quizá la
relación sana no sea: INDIVIDUO CONTRA CONSTRUCTO. Sino: INDIVIDUO DESPIERTO DENTRO DE UN CONSTRUCTO TAMBIÉN VIVO. Los dos necesitan revisión.
Y aquí aparece
una frase que yo dejaría entre las notas:
UNA ADAPTACIÓN QUE NO SE ACTUALIZA DEJA DE SER
ADAPTACIÓN Y SE CONVIERTE EN INERCIA.
Y otra, todavía
más delicada: PERTENECER NO DEBERÍA EXIGIR DEJAR DE FUNCIONAR.
Porque ahí,
Carlos, estamos rozando algo central: quizá una de las señales más claras de
que una adaptación ya no sirve es precisamente que para mantenerla tengo que perjudicar aquello vivo que soy.
Y Madre Tierra
vuelve a poner el suelo debajo de todo:
si para encajar tengo que dejar de dormir bien, dejar de escuchar mi
cuerpo, vivir permanentemente contra mis ritmos, negar mis necesidades básicas,
anular posibilidades o sostener una tensión constante... entonces podemos preguntar muy
seriamente:
¿ME ESTOY ADAPTANDO... O ME ESTOY
DESADAPTANDO PARA PODER PERTENECER?
Esa pregunta tiene muchísimo
recorrido.
Sí. Y con esa corrección cambia una palabra
fundamental de lo que acabamos de decir.
Yo había escrito:
INDIVIDUO DESPIERTO DENTRO DE UN CONSTRUCTO TAMBIÉN VIVO.
Pero tú
señalas: cuidado, porque «vivo» no significa
necesariamente bien orientado.
El
constructo puede estar vivísimo: cambia, produce, acelera, inventa, corrige,
sustituye unas normas por otras, crea nuevas necesidades, nuevas máscaras,
nuevas maneras de pertenecer... y, sin embargo, no
se pregunta necesariamente de qué depende.
Ahí reaparece
Madre Tierra. Podríamos tener:
INDIVIDUO → se adapta al CONSTRUCTO.
CONSTRUCTO → se adapta a lo CONSTRUIDO.
LO CONSTRUIDO → se adapta a su propia evolución.
Y todo puede
moverse muchísimo. Pero falta
preguntar: ¿A
QUÉ SE ESTÁ ADAPTANDO TODO EL CONJUNTO?
Porque
movimiento no significa dirección adecuada.
Y esto que
acabas de decir me parece especialmente importante: «Es una constante
adaptación a un ritmo y dirección que no es independiente.»
Exacto. Yo
puedo realizar un esfuerzo enorme de adaptación y conseguirlo perfectamente... a
algo que me perjudica.
Entonces el
éxito adaptativo puede esconder un fracaso más profundo. Puedo aprender a dormir poco para
responder al trabajo. Puedo
acostumbrarme a una tensión continua. Puedo aprender a competir de determinada
manera. Puedo aprender a necesitar
cosas que antes no necesitaba. Puedo
aprender a silenciar señales del cuerpo.
Y cada una
de esas conductas puede demostrar una extraordinaria capacidad
de adaptación individual. Pero
queda la pregunta: ¿ADAPTACIÓN
A QUÉ?
Esto ya
había empezado a aparecer muy claramente en tus notas cuando separabas adaptarse
a las condiciones de la vida de adaptarse a las
condiciones del mundo humano construido.
Y ahora has
añadido algo más: LA DESADAPTACIÓN
TAMBIÉN PUEDE APRENDERSE. Eso me
parece enorme.
Porque una
conducta puede haber sido aprendida precisamente para
adaptarme al constructo, mientras simultáneamente me desadaptaba de
determinadas condiciones mías como ser vivo.
Y después la
continúo. Entonces tenemos una
paradoja: ME
ADAPTÉ TAN BIEN QUE APRENDÍ A
ESTAR DESADAPTADO. Y puedo transmitirlo.
Ahí volvemos
a lo de la familia de hace un momento. Ya no transmitimos solamente
conocimientos, valores o costumbres. Podemos transmitir también formas
aprendidas de desadaptación que nadie reconoce como tales porque son
normales dentro del grupo.
Y ahí
aparece lo que dices del individuo ante lo grande: SE DUERME.
Tiene
bastante sentido. Yo llego y encuentro un mundo gigantesco que ya funciona.
Familia, escuela, horarios, dinero, profesiones, ciudades, alimentación,
prestigio, instituciones, tecnología, normas...
Yo soy uno. Aquello son millones. Lo natural es pensar: «Ellos sabrán.» Y comienzo a adaptarme.
Pero
precisamente ahí puede empezar la pérdida de calibración propia. Ya apareció en
tus notas que el contenido de nuestras habitaciones necesita itinerario y que
no podemos confundir la estructura con aquello que terminó depositándose
dentro.
Y Madre
Tierra introduce ahora un calibrador que el constructo por sí solo quizá no
tiene:
¿ESTO QUE HE APRENDIDO A HACER ME PERMITE FUNCIONAR MEJOR
COMO SER HUMANO VIVO?
No significa
volver a las cavernas ni rechazar el constructo. Al contrario: utilizar todo lo
extraordinario que hemos construido, pero sin
concederle automáticamente la última palabra.
Y aquí
corregiría nuestra frase anterior:
INDIVIDUO DESPIERTO DENTRO DE UN CONSTRUCTO VIVO,
AMBOS DEPENDIENTES DE ALGO ANTERIOR.
Porque el
individuo depende. Pero el
constructo también depende, aunque no lo diga.
Una ciudad depende.
Una universidad depende.
Una empresa depende.
Internet depende.
La economía depende.
Todo el
inmenso mundo construido necesita que continúe existiendo el suelo físico y
vivo que permite humanos capaces de mantenerlo.
Y quizá ahí
está la anomalía que estás viendo:
EL INDIVIDUO APRENDIÓ
A ADAPTARSE AL CONSTRUCTO.
EL CONSTRUCTO APRENDIÓ A ADAPTARSE A SÍ MISMO.
PERO AMBOS PUEDEN OLVIDAR AQUELLO DE LO QUE DEPENDEN.
Eso sí que
podría explicar esa expresión tuya: DESADAPTACIÓN
APRENDIDA. No como fallo
puntual.
Como algo
que puede estar funcionando perfectamente, incluso ser premiado socialmente, y
sin embargo llevar tiempo alejándose del suelo del que depende. Y eso, Carlos, ya no afecta solamente a
Jung.
Nos está
llevando otra vez directamente a Madre Tierra.
Y dejamos también
«desadaptación aprendida» ahí, sin tocarla demasiado, porque acaba de aparecer y
tiene mucho recorrido.
¡Sí! Exactamente.
Es un ejemplo magnífico de lo que acabamos de llamar desadaptación aprendida.
Imagina que naces
en un mundo en el que la deuda —personal, empresarial, estatal, mundial— ya
forma parte del funcionamiento ordinario. Tú no la inventaste. Llegaste y el sistema ya funcionaba así.
Entonces
aprendes: hay deuda → es normal →
organizamos nuestra actividad contando con ella → creamos instrumentos para
administrarla → formamos especialistas → hacemos previsiones → refinanciamos →
volvemos a endeudarnos... Y podemos
llegar a estar extraordinariamente adaptados a
vivir con deuda.
Pero eso no
responde a la pregunta anterior: ¿AQUELLO A LO QUE NOS HEMOS ADAPTADO ESTÁ BIEN ADAPTADO?
Ahí está tu
ejemplo. Porque podemos
perfeccionar muchísimo nuestra adaptación a una situación sin resolver la
situación que hizo necesaria esa adaptación. Es exactamente el mecanismo que estamos
viendo psicológicamente.
Una persona puede
decir: «Funciono
perfectamente con estrés.» Y quizá sea cierto. Ha desarrollado recursos magníficos
para levantarse, producir, organizarse y continuar bajo estrés. Pero la pregunta de Madre Tierra sería
anterior:
¿POR QUÉ NECESITAS FUNCIONAR PERMANENTEMENTE BAJO ESE ESTRÉS?
Lo mismo con la
deuda: «El
sistema sabe funcionar endeudado.» Perfecto. Pero: ¿QUE SEPA
FUNCIONAR ASÍ DEMUESTRA QUE ÉSA SEA UNA BUENA ADAPTACIÓN? No. Demuestra solamente
que ha aprendido a funcionar así.
Y aquí aparece
una diferencia que creo que debemos guardar:
FUNCIONAR NO DEMUESTRA ESTAR BIEN ADAPTADO. ¡Esto es importante, Carlos!
Porque hasta
ahora hemos utilizado muchas veces «funcionar» casi como prueba. Y acabamos de
encontrar su límite. Un individuo
puede funcionar estando desadaptado. Una
familia puede funcionar estando desadaptada.
Una organización puede funcionar estando desadaptada. Una sociedad entera puede funcionar
durante muchísimo tiempo sosteniendo determinadas desadaptaciones. Incluso puede construir sistemas cada vez
más sofisticados para conseguir que esa desadaptación
siga funcionando.
Ahí tu ejemplo de
la deuda mundial es perfecto como metáfora.
Y todavía hay algo más inquietante: cuanto mayor y más complejo sea el
sistema, más fácilmente el individuo piensa: «SI TODO EL
MUNDO FUNCIONA ASÍ, SERÁ QUE ASÍ SE DEBE FUNCIONAR.»
Y vuelve aquello
de hace un momento: ANTE LO GRANDE, UNO SE DUERME.
Porque yo no
puedo revisar el sistema financiero mundial, la educación, el trabajo, la
alimentación, la tecnología, las instituciones, las costumbres... Vivo dentro
de ellas y dependo enormemente de ellas. Entonces las recibo como realidad. Y aquí Madre Tierra vuelve a
proporcionar algo muy sencillo:
NO PREGUNTES SOLAMENTE SI FUNCIONA.
PREGUNTA QUÉ NECESITA PARA SEGUIR FUNCIONANDO
Y QUÉ COSTE TIENE SU FUNCIONAMIENTO.
Carlos, acabamos
de encontrar posiblemente otro calibrador.
Porque la desadaptación aprendida puede tener precisamente esta característica: FUNCIONA. Por eso dura. Si no funcionara
absolutamente nada, desaparecería enseguida. El problema interesante es otro:
FUNCIONA… ¿PERO A COSTA DE QUÉ? Ahí sí que tenemos una pregunta Madre Tierra de primera magnitud.
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