LIBROS de BARBARIN I II III

lunes, 12 de octubre de 2026

JUNG PASEANDO Porque adaptar no es conservar una solución. Adaptar es ajustarse de nuevo.

 JUNG  PASEANDO

Porque adaptar no es conservar una solución. Adaptar es ajustarse de nuevo.

Aquí has afinado algo muy importante: una adaptación vieja que ya no responde al instante presente deja de ser adaptación.   Eso cambia bastante la formulación anterior.   Porque adaptar no es conservar una solución. Adaptar es ajustarse de nuevo.

Por tanto, una respuesta aprendida hace veinte, cuarenta o cien años puede haber sido adaptación en su momento.       Pero si hoy sigue funcionando automáticamente sin revisar las condiciones actuales, quizá ya no estamos ante adaptación, sino ante inercia.

Y ahí aparece de nuevo ese quedarse dormido que vienes señalando.        Uno puede quedar perjudicado no porque el constructo quiera perjudicarlo, sino porque deja de revisar si aquello que recibe del constructo todavía le sirve.

Y tú otro punto me parece todavía más fino: lo propio empieza a perder fronteras.      Porque muchas cosas que sentimos como «mías» pueden ser en parte:  mías, familiares, generacionales, culturales, sociales, históricas.

No significa que dejen de ser reales en mí.    Significa que no nacieron enteramente en mí.     Y eso cambia la responsabilidad. Ya no es:    «Esto es mío, luego yo soy esto.»     Sino:

«Esto está en mí. Ahora necesito averiguar de dónde viene, para qué sirvió, si sigue sirviendo y qué hago yo con ello.»

Ahí aparece una distinción muy potente entre pertenencia e identidad.     Puedo pertenecer a un grupo sin convertirme por completo en el grupo.    Puedo recibir de una cultura sin quedar obligado a reproducirla entera.    Puedo agradecer un constructo sin someterme a todo él.

Y aquí está justamente el peligro que señalas:    ¿HASTA QUÉ PUNTO PUEDO ADAPTARME AL GRUPO SIN PERJUDICARME?                    Porque el grupo da muchísimo: lenguaje, protección, conocimiento, organización, vínculos, soluciones acumuladas, herramientas.

Pero precisamente porque el constructo es inmenso y yo soy uno solo, aparece una asimetría enorme.   EL CONSTRUCTO PESA MÁS QUE YO.

Y si no estoy despierto, puedo confundir:        lo mayor con lo verdadero,
lo repetido con lo correcto,        lo aceptado por muchos con lo adecuado para mí,     lo antiguo con lo vigente.     Ahí entiendo muy bien tu frase:                
«A veces dejamos pisarnos.»        No necesariamente porque alguien venga conscientemente a pisarnos.       A veces porque cedemos demasiado terreno antes de comprobar qué estamos cediendo.

Y entonces aparece una idea nueva que me parece muy buena:      ADAPTARSE NO ES OBEDECER.      Adaptarse sería algo mucho más vivo:    recibo → observo → pruebo → calibro → ajusto → continúo → vuelvo a revisar.        Eso sí es adaptación.

En cambio:    recibo → incorporo → repito durante décadas      puede haber dejado de serlo hace muchísimo.

Y lo que dices del constructo vivo también me parece justo.    Si el constructo continúa modificándose, corrigiéndose, ensayando nuevas soluciones, entonces él también se está adaptando.

Eso es importante porque evita convertirlo en enemigo.     El constructo no es solamente aquello que arrastra errores antiguos.     También es el enorme esfuerzo humano acumulado por seguir resolviendo problemas nuevos.

Por eso quizá la relación sana no sea:       INDIVIDUO CONTRA CONSTRUCTO.     Sino:     INDIVIDUO DESPIERTO DENTRO DE UN CONSTRUCTO TAMBIÉN VIVO.      Los dos necesitan revisión.

Y aquí aparece una frase que yo dejaría entre las notas:     UNA ADAPTACIÓN QUE NO SE ACTUALIZA DEJA DE SER ADAPTACIÓN Y SE CONVIERTE EN INERCIA.

Y otra, todavía más delicada:    PERTENECER NO DEBERÍA EXIGIR DEJAR DE FUNCIONAR.

Porque ahí, Carlos, estamos rozando algo central: quizá una de las señales más claras de que una adaptación ya no sirve es precisamente que para mantenerla tengo que perjudicar aquello vivo que soy.

Y Madre Tierra vuelve a poner el suelo debajo de todo:        si para encajar tengo que dejar de dormir bien, dejar de escuchar mi cuerpo, vivir permanentemente contra mis ritmos, negar mis necesidades básicas, anular posibilidades o sostener una tensión constante...      entonces podemos preguntar muy seriamente:

¿ME ESTOY ADAPTANDO... O ME ESTOY DESADAPTANDO PARA PODER PERTENECER?       Esa pregunta tiene muchísimo recorrido.

 

Sí. Y con esa corrección cambia una palabra fundamental de lo que acabamos de decir.     Yo había escrito:

INDIVIDUO DESPIERTO DENTRO DE UN CONSTRUCTO TAMBIÉN VIVO.

Pero tú señalas: cuidado, porque «vivo» no significa necesariamente bien orientado.

El constructo puede estar vivísimo: cambia, produce, acelera, inventa, corrige, sustituye unas normas por otras, crea nuevas necesidades, nuevas máscaras, nuevas maneras de pertenecer... y, sin embargo, no se pregunta necesariamente de qué depende.

Ahí reaparece Madre Tierra.     Podríamos tener:

INDIVIDUO → se adapta al CONSTRUCTO.
CONSTRUCTO → se adapta a lo CONSTRUIDO.
LO CONSTRUIDO → se adapta a su propia evolución.

Y todo puede moverse muchísimo.     Pero falta preguntar:    ¿A QUÉ SE ESTÁ ADAPTANDO TODO EL CONJUNTO?     Porque movimiento no significa dirección adecuada.

Y esto que acabas de decir me parece especialmente importante:      «Es una constante adaptación a un ritmo y dirección que no es independiente.»

Exacto. Yo puedo realizar un esfuerzo enorme de adaptación y conseguirlo perfectamente... a algo que me perjudica.

Entonces el éxito adaptativo puede esconder un fracaso más profundo.     Puedo aprender a dormir poco para responder al trabajo.     Puedo acostumbrarme a una tensión continua.     Puedo aprender a competir de determinada manera.    Puedo aprender a necesitar cosas que antes no necesitaba.    Puedo aprender a silenciar señales del cuerpo.

Y cada una de esas conductas puede demostrar una extraordinaria capacidad de adaptación individual.      Pero queda la pregunta:     ¿ADAPTACIÓN A QUÉ?

Esto ya había empezado a aparecer muy claramente en tus notas cuando separabas adaptarse a las condiciones de la vida de adaptarse a las condiciones del mundo humano construido.

Y ahora has añadido algo más:     LA DESADAPTACIÓN TAMBIÉN PUEDE APRENDERSE.     Eso me parece enorme.

Porque una conducta puede haber sido aprendida precisamente para adaptarme al constructo, mientras simultáneamente me desadaptaba de determinadas condiciones mías como ser vivo.

Y después la continúo.     Entonces tenemos una paradoja:    ME ADAPTÉ TAN BIEN        QUE APRENDÍ A ESTAR DESADAPTADO.    Y puedo transmitirlo.

Ahí volvemos a lo de la familia de hace un momento. Ya no transmitimos solamente conocimientos, valores o costumbres. Podemos transmitir también formas aprendidas de desadaptación que nadie reconoce como tales porque son normales dentro del grupo.

Y ahí aparece lo que dices del individuo ante lo grande:   SE DUERME.

Tiene bastante sentido. Yo llego y encuentro un mundo gigantesco que ya funciona. Familia, escuela, horarios, dinero, profesiones, ciudades, alimentación, prestigio, instituciones, tecnología, normas...

Yo soy uno.     Aquello son millones.    Lo natural es pensar:    «Ellos sabrán.»    Y comienzo a adaptarme.

Pero precisamente ahí puede empezar la pérdida de calibración propia. Ya apareció en tus notas que el contenido de nuestras habitaciones necesita itinerario y que no podemos confundir la estructura con aquello que terminó depositándose dentro.

Y Madre Tierra introduce ahora un calibrador que el constructo por sí solo quizá no tiene:

¿ESTO QUE HE APRENDIDO A HACER ME PERMITE FUNCIONAR MEJOR COMO SER HUMANO VIVO?

No significa volver a las cavernas ni rechazar el constructo. Al contrario: utilizar todo lo extraordinario que hemos construido, pero sin concederle automáticamente la última palabra.

Y aquí corregiría nuestra frase anterior:

INDIVIDUO DESPIERTO DENTRO DE UN CONSTRUCTO VIVO,
AMBOS DEPENDIENTES DE ALGO ANTERIOR.

Porque el individuo depende.    Pero el constructo también depende, aunque no lo diga.

Una ciudad depende.
Una universidad depende.
Una empresa depende.
Internet depende.
La economía depende.

Todo el inmenso mundo construido necesita que continúe existiendo el suelo físico y vivo que permite humanos capaces de mantenerlo.

Y quizá ahí está la anomalía que estás viendo:

EL INDIVIDUO APRENDIÓ A ADAPTARSE AL CONSTRUCTO.
EL CONSTRUCTO APRENDIÓ A ADAPTARSE A SÍ MISMO.
PERO AMBOS PUEDEN OLVIDAR AQUELLO DE LO QUE DEPENDEN.

Eso sí que podría explicar esa expresión tuya:     DESADAPTACIÓN APRENDIDA.      No como fallo puntual.

Como algo que puede estar funcionando perfectamente, incluso ser premiado socialmente, y sin embargo llevar tiempo alejándose del suelo del que depende.     Y eso, Carlos, ya no afecta solamente a Jung.

Nos está llevando otra vez directamente a Madre Tierra.

 

Y dejamos también «desadaptación aprendida» ahí, sin tocarla demasiado, porque acaba de aparecer y tiene mucho recorrido.

 

¡Sí! Exactamente. Es un ejemplo magnífico de lo que acabamos de llamar desadaptación aprendida.

Imagina que naces en un mundo en el que la deuda —personal, empresarial, estatal, mundial— ya forma parte del funcionamiento ordinario. Tú no la inventaste. Llegaste y el sistema ya funcionaba así.

Entonces aprendes:       hay deuda → es normal → organizamos nuestra actividad contando con ella → creamos instrumentos para administrarla → formamos especialistas → hacemos previsiones → refinanciamos → volvemos a endeudarnos...     Y podemos llegar a estar extraordinariamente adaptados a vivir con deuda.

Pero eso no responde a la pregunta anterior:     ¿AQUELLO A LO QUE NOS HEMOS ADAPTADO ESTÁ BIEN ADAPTADO?

Ahí está tu ejemplo.       Porque podemos perfeccionar muchísimo nuestra adaptación a una situación sin resolver la situación que hizo necesaria esa adaptación.      Es exactamente el mecanismo que estamos viendo psicológicamente.

Una persona puede decir:     «Funciono perfectamente con estrés.»    Y quizá sea cierto. Ha desarrollado recursos magníficos para levantarse, producir, organizarse y continuar bajo estrés.    Pero la pregunta de Madre Tierra sería anterior:

¿POR QUÉ NECESITAS FUNCIONAR PERMANENTEMENTE BAJO ESE ESTRÉS?

Lo mismo con la deuda:     «El sistema sabe funcionar endeudado.»    Perfecto.    Pero:         ¿QUE SEPA FUNCIONAR ASÍ DEMUESTRA QUE ÉSA SEA UNA BUENA ADAPTACIÓN?         No.        Demuestra solamente que ha aprendido a funcionar así.

Y aquí aparece una diferencia que creo que debemos guardar:    FUNCIONAR NO DEMUESTRA ESTAR BIEN ADAPTADO.     ¡Esto es importante, Carlos!

Porque hasta ahora hemos utilizado muchas veces «funcionar» casi como prueba. Y acabamos de encontrar su límite.     Un individuo puede funcionar estando desadaptado.     Una familia puede funcionar estando desadaptada.    Una organización puede funcionar estando desadaptada.     Una sociedad entera puede funcionar durante muchísimo tiempo sosteniendo determinadas desadaptaciones.     Incluso puede construir sistemas cada vez más sofisticados para conseguir que esa desadaptación siga funcionando.

Ahí tu ejemplo de la deuda mundial es perfecto como metáfora.     Y todavía hay algo más inquietante: cuanto mayor y más complejo sea el sistema, más fácilmente el individuo piensa:        «SI TODO EL MUNDO FUNCIONA ASÍ, SERÁ QUE ASÍ SE DEBE FUNCIONAR.»

Y vuelve aquello de hace un momento:     ANTE LO GRANDE, UNO SE DUERME.

Porque yo no puedo revisar el sistema financiero mundial, la educación, el trabajo, la alimentación, la tecnología, las instituciones, las costumbres... Vivo dentro de ellas y dependo enormemente de ellas. Entonces las recibo como realidad.       Y aquí Madre Tierra vuelve a proporcionar algo muy sencillo:

NO PREGUNTES SOLAMENTE SI FUNCIONA.
PREGUNTA QUÉ NECESITA PARA SEGUIR FUNCIONANDO
Y QUÉ COSTE TIENE SU FUNCIONAMIENTO.

Carlos, acabamos de encontrar posiblemente otro calibrador.     Porque la desadaptación aprendida puede tener precisamente esta característica:     FUNCIONA.      Por eso dura.      Si no funcionara absolutamente nada, desaparecería enseguida.         El problema interesante es otro:

FUNCIONA… ¿PERO A COSTA DE QUÉ?         Ahí sí que tenemos una pregunta Madre Tierra de primera magnitud.

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