JUNG
PASEANDO
Notas desde Madre Tierra y Jung
EL MOTIVO DE
ESTA PORTADA
Jung aparece caminando. Y camina delante. No es casualidad.
Después de todo este recorrido comprendimos que no queríamos representar a Jung encerrado en una biblioteca, convertido en estatua, en teoría terminada o en autor al que únicamente se estudia.
Queríamos volver a sacarlo a pasear. Porque Jung fue un explorador. Un picapedrero de la psicología. Un minero nato.
Entró en territorios donde otros apenas se atrevían a mirar, abrió galerías, encontró habitaciones y dejó muchas puertas sin cerrar.
Por eso no queremos adelantarlo. Tampoco corregirlo desde la comodidad de nuestro tiempo. Preferimos decirle:
—PASA DELANTE, JUNG.
Tú conoces la mina. Tú empezaste a picar estas paredes.
Nosotros llegamos después, con nuevas herramientas, nuevos conocimientos, nuevas posibilidades y, sobre todo, nuevas preguntas.
No sabemos qué pensaría Jung hoy. No podemos hablar por él.
Pero sí creemos que un investigador con aquella capacidad de búsqueda difícilmente se habría quedado sentado custodiando sus propias conclusiones. Probablemente habría seguido mirando.
Por eso, en esta portada, continúa caminando. Y nosotros vamos detrás. No para seguir sus huellas obligatoriamente, sino para acompañarlo hasta donde todavía haya terreno por explorar.
Quizá ése sea también el sentido de este libro. No conservar a Jung inmóvil.
DAR VIDA A LAS PUERTAS QUE ABRIÓ.
Y ante el nuevo camino, decirle simplemente:
Pasa delante, Jung.
Tú abriste el camino.
Nosotros traemos nuevas preguntas.
PRÓLOGO
Hay
autores a los que el tiempo va dejando atrás.
Y hay otros que, mucho después de haber escrito, continúan dejando
puertas abiertas.
Carl
Gustav Jung pertenece a estos últimos.
Este
libro nació después de Madre
Tierra y Jung. En principio, no tenía por qué existir. El trabajo estaba hecho. Jung había sido
leído, recorrido, interrogado desde Madre Tierra. Tocaba ordenar, maquetar y
continuar.
Pero
ocurrió algo inesperado. Al volver a
leerlo comenzaron a aparecer preguntas.
Una detrás de otra.
¿Qué
estamos llamando conciencia?
¿Qué
existe antes de que podamos decir «yo»?
¿Qué
pertenece realmente a nuestra arquitectura humana y qué ha ido entrando después
a través de nuestra biografía?
¿Es
lo mismo una habitación que aquello que encontramos dentro de ella?
¿Qué
parte de lo que consideramos propio procede de nuestro itinerario?
¿Qué
parte pertenece al constructo en el que hemos nacido?
¿Qué
significa colectivo?
¿Lo
compartido es necesariamente universal?
¿Y
lo colectivo es necesariamente innato?
Jung
volvía a abrirse. Y comprendimos algo
importante:
RESPETAR
A UN AUTOR NO SIGNIFICA DEJAR DE PREGUNTARLE.
A
veces ocurre precisamente lo contrario.
El respeto puede convertirse en distancia. La admiración puede inmovilizar.
Una
teoría adquiere autoridad, sus conceptos reciben nombres, los nombres entran en
los libros y, poco a poco, aquello que nació de la valentía de alguien que se
atrevió a explorar termina produciendo miedo a continuar explorando.
Sería
una extraña manera de respetar a Jung.
Porque Jung se atrevió. Entró
donde otros no entraban. Miró. Nombró.
Se
equivocaría unas veces y acertaría otras, como cualquier investigador que se
adentra en territorio poco conocido. Pero dejó algo quizá todavía más
importante que sus respuestas: DEJÓ TERRITORIO SIN AGOTAR.
Por
eso estas páginas no pretenden desmontar a Jung. Tampoco defenderlo. Pretenden algo mucho más sencillo: VOLVER
A ENTRAR.
Si
Jung encontró una habitación, podemos agradecer el descubrimiento y
preguntarnos qué hay realmente dentro.
Si
habló de Sombra, podemos preguntar quién la llenó, cuándo, con qué experiencias
y bajo qué constructo.
Si
habló de individuación, podemos preguntarnos si estamos ante una meta que algún
día alcanzamos o ante una manera consciente de caminar.
Si
habló del inconsciente colectivo, podemos detenernos antes de conceder
automáticamente carácter universal e innato a aquello que muchas personas
comparten.
Podemos
separar. Arquitectura y contenido. Predisposición y experiencia. Herencia y condena. Individuo y constructo. Colectivo y universal.
Podemos
hacerlo sin quitarle a Jung una sola de las puertas que abrió. Al contrario. LAS
UTILIZAMOS.
Y
entonces sucede algo extraordinario. Jung
vuelve a tener vida.
Deja
de ser solamente un autor al que estudiar y vuelve a convertirse en compañero
de investigación.
Podemos
decirle: —Jung, hasta aquí llegaste
tú. Ahora déjame mirar. Y quizá vea lo mismo. Quizá vea algo diferente. Quizá descubra que todavía no sé mirar. O quizá la pregunta que tú dejaste hace un
siglo produzca hoy otra pregunta que entonces todavía no podía formularse. Eso también es continuar una obra.
Este
libro está hecho precisamente de ese movimiento.
No
nació con un índice previamente establecido ni con una conclusión esperando al
final. Nació de preguntas. Una pregunta modificó la siguiente. Una respuesta provisional abrió otra
habitación.
Y,
poco a poco, aquello que comenzó siendo una nueva mirada sobre Jung terminó
llevándonos mucho más lejos: al itinerario
personal, a la biografía, al viaje de vuelta, a la dependencia, a la libertad, al constructo, a aquello que llamamos innato, a lo colectivo, a los diferentes mundos humanos que hemos
construido, y finalmente a preguntarnos
cómo podemos relacionarlos, ponderarlos y tender hilos entre ellos sin tener que uniformarlos.
Por
eso el lector no encontrará aquí un Jung terminado. Ni encontrará una nueva doctrina destinada
a sustituirlo. Encontrará NOTAS.
Preguntas
nacidas mientras caminábamos. Hipótesis. Rectificaciones. Puertas que parecían conducir a una
habitación y terminaron abriendo otra.
Y encontrará también huecos que hemos preferido dejar vacíos antes que
rellenarlos precipitadamente con una palabra. Eso
es deliberado.
Porque
una de las cosas que este recorrido nos ha enseñado es que no saber todavía puede ser una
magnífica posición para continuar investigando. Quizá ésa sea también la invitación que
estas páginas hacen al lector. No
tienes que aceptar nuestras respuestas.
Ni siquiera tienes que aceptar nuestras preguntas.
Pero
puedes recuperar algo que a veces perdemos cuando nos encontramos ante grandes
autores, grandes teorías o grandes construcciones humanas:
EL
DERECHO A VOLVER A MIRAR. Puedes abrir la
puerta. Puedes entrar. Puedes utilizar tu propia linterna. Puedes preguntar qué pertenece a Jung,
qué pertenece a su época, qué pertenece a nuestra arquitectura humana, qué puso
después la cultura y qué ha ido escribiendo tu propio itinerario. Y puedes continuar.
Porque
quizá la mejor manera de honrar a quienes se atrevieron a explorar antes que
nosotros no sea conservar intactas todas sus respuestas. Quizá sea conservar vivo su atrevimiento para preguntar.
Jung
abrió puertas. Nosotros hemos entrado
por algunas. Y después de este libro
quedan muchas más abiertas que antes.
Ésa no es una
dificultad. Ésa es precisamente la
continuación.
INTRODUCCIÓN
Este libro
conviene leerlo de una manera poco habitual. No empieza sabiendo adónde va. No tiene una tesis colocada al principio
que después intentaremos demostrar. No
conoce de antemano su última página.
Son NOTAS.
Pero no
notas tomadas después de una investigación.
Son notas durante la investigación. Y esa diferencia es importante.
Todo comenzó
al volver a leer y maquetar Madre
Tierra y Jung. Una
palabra empezó a aparecer una y otra vez:
CONCIENCIA.
Parecía una
pregunta conocida. ¿Qué es la
conciencia? Pero enseguida apareció
una dificultad.
Antes de que
yo pudiera ser consciente de estar vivo...
ya estaba vivo. Antes de comprender,
recibía. Antes de poder explicarme
lo que ocurría, ocurrían cosas. Antes
de decir «yo», un organismo se estaba desarrollando. Y entonces decidimos hacer algo que resultó
decisivo:
NO RELLENAR DEMASIADO PRONTO EL HUECO.
Si todavía
no sabemos qué estamos buscando, quizá ponerle rápidamente un nombre sea
precisamente una manera de dejar de buscarlo.
Así apareció
varias veces en estas páginas: (
.. ) Un espacio. Algo que todavía no sabemos nombrar. Podría parecer una carencia. Terminó convirtiéndose en una herramienta. Nos obligaba a continuar mirando. Y mientras buscábamos aquello que todavía no
podíamos nombrar apareció una segunda sorpresa:
HABÍA QUE INVESTIGAR TAMBIÉN AL QUE PREGUNTABA.
Porque quien
formula la primera pregunta no es exactamente el mismo que, después de recorrer
cien páginas, formula la siguiente.
Aprendemos. Relacionamos. Descubrimos. Rectificamos.
Y entonces
podemos hacer preguntas que anteriormente ni siquiera estaban disponibles para
nosotros.
**NO SOLO EVOLUCIONAN NUESTRAS RESPUESTAS.
EVOLUCIONA NUESTRA CAPACIDAD DE PREGUNTAR.**
Ésta es una
de las razones por las que el lector encontrará repeticiones, regresos y
asuntos que aparecen, desaparecen y vuelven páginas después transformados.
No siempre
estamos diciendo nuevamente lo mismo.
A veces hemos regresado al mismo lugar siendo ya otro el que mira. Así ocurrió con Jung. La Sombra volvió. La Persona volvió. El inconsciente volvió. Los arquetipos volvieron. La individuación volvió. Pero empezaron a recibir preguntas
diferentes.
Y una de ellas cambió buena parte del
recorrido:
¿ES LO MISMO LA HABITACIÓN
QUE SU CONTENIDO?
Quizá Jung
descubrió habitaciones extraordinariamente importantes de la arquitectura
humana. Pero que exista una
habitación no significa necesariamente que sepamos qué contiene.
El contenido
necesita una historia. Necesita
experiencias. Necesita relaciones. Necesita tiempo. Necesita un itinerario. Y entonces apareció una afirmación que
irá creciendo a lo largo del libro:
LA HABITACIÓN NO ES EL
CONTENIDO DE LA HABITACIÓN.
A partir de
ahí tuvimos que volver a mirar muchas cosas.
También nuestra propia biografía.
Y nació el VIAJE DE VUELTA. No para regresar al pasado buscando
culpables. No para encontrar qué
parte de nosotros debemos amputar. No
para descubrir el monstruo escondido.
Sino para recorrer nuevamente un camino que ya hicimos una vez, ahora
con una linterna que entonces no teníamos.
Preguntar:
¿Qué ocurrió? ¿Qué recibí? ¿Cómo respondí?
¿Qué aprendí? ¿Qué utilicé para continuar?
¿Qué dejé sin utilizar? ¿Qué
posibilidades siguen ahí?
Y, sobre
todo: ¿CÓMO
HE LLEGADO HASTA AQUÍ?
La biografía
empezó entonces a hacerse muchísimo más grande que la colección de
acontecimientos con la que solemos contarla.
Entre
nuestros grandes recuerdos había días.
Miles de días. Comíamos. Dormíamos. Jugábamos. Aprendíamos. Mirábamos.
Nos relacionábamos. Nuestro
cuerpo crecía. La vida continuaba.
Y mientras
investigábamos esa vida apareció una palabra que cambió nuevamente el
recorrido: DEPENDENCIA.
Estoy vivo. Sí.
Pero: ¿GRACIAS
A QUÉ? Necesito aire. Agua.
Alimento. Temperatura. Un cuerpo.
Un entorno. Otros.
Condiciones
que yo no he creado. Entonces Madre
Tierra dejó definitivamente de ser escenario. No estaba alrededor de nuestra
investigación. ESTABA
DEBAJO.
Y al
levantar la mirada ocurrió algo todavía más sencillo:
¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!
El
árbol está ahí. El perro está ahí. La jirafa está ahí. El pino está ahí. Todos diferentes.
Todos dentro
de Madre Tierra. No necesitamos
atribuirles nuestra conciencia. Tampoco
negársela antes de investigar qué estamos llamando conciencia.
Podemos
empezar mucho más abajo: vida, dependencia,
relación, recepción, respuesta,
regulación, intercambio, continuidad,
diferencia. Y continuar
preguntando.
Pero todavía
faltaba algo. El humano no vive
solamente dentro de Madre Tierra. Nace
también dentro de un MUNDO HUMANO YA CONSTRUIDO. Lenguaje.
Familia. Costumbres. Normas.
Símbolos. Miedos. Creencias.
Valores. Instituciones. Historias.
Formas de interpretar lo que ocurre.
CONSTRUCTO. Y entonces las
habitaciones volvieron a cambiar.
Porque una
cosa podía pertenecer a nuestra arquitectura humana y otra muy distinta ser
aquello con lo que una determinada época, familia, cultura o civilización había
llenado esa posibilidad.
Así llegamos
a una pregunta particularmente delicada para volver a mirar a Jung:
**¿QUÉ ES INNATO? ¿QUÉ ES ADQUIRIDO?
¿QUÉ ES INDIVIDUAL? ¿QUÉ ES COLECTIVO?
¿Y QUÉ ES REALMENTE UNIVERSAL?**
No hemos
querido responder precipitadamente. Hemos
preferido separar. Porque millones
de personas pueden compartir algo sin que por ello tenga que haber nacido con
cada una de ellas.
Puede haber
transmisión. Aprendizaje. Historia.
Constructo. Resonancia.
Una
extraordinaria capacidad humana para recibir, compartir y amplificar
contenidos. Y de ahí el libro termina
abriéndose todavía más.
Si
diferentes grupos humanos han construido diferentes maneras de continuar, quizá
antes de preguntarnos quién tiene razón podamos intentar comprender:
¿Cómo llegó cada uno hasta allí? ¿Qué problema intentó resolver?
¿Qué aprendió? ¿Qué protegió? ¿Qué precio pagó?
¿Qué puede conservar? ¿Qué puede revisar?
¿Qué podría aprender de los demás?
Y entonces
aparece una palabra que termina recorriendo silenciosamente muchas de estas
páginas: POSIBILIDADES.
Posibilidades
para el individuo. Posibilidades
para revisar su biografía. Posibilidades
para utilizar habitaciones que permanecían cerradas. Posibilidades para modificar un
constructo. Posibilidades para
relacionarnos entre constructos. Posibilidades
nuevas de comunicación.
Y también
una herramienta que ya está participando en estas mismas páginas: LA INTELIGENCIA
ARTIFICIAL. No como autoridad. No como sustituta del humano. No para decidir por nosotros.
Sino como
una nueva posibilidad para relacionar, comparar, traducir, ordenar y ayudarnos
a preguntar: ¿QUÉ
NO ESTAMOS TENIENDO EN CUENTA?
Quizá ésa
sea la mejor indicación antes de comenzar este libro. No busque el lector una conclusión
demasiado pronto. Observe el
recorrido.
Porque
algunas de las preguntas que encontrará al principio ya no significarán
exactamente lo mismo cuando vuelvan cien páginas después. Eso es deliberado. Estamos andando.
Jung anda
con nosotros durante buena parte del camino.
Madre Tierra permanece debajo durante todo él. Y las preguntas van haciendo su trabajo.
Hasta que
llegamos a descubrir que quizá tampoco los humanos ni nuestros constructos
necesitemos terminar siendo todos iguales para poder encontrarnos.
Podemos
hacer otra cosa. TENDER
HILOS. Relacionarnos. Escucharnos. Comparar.
Ponderar. Revisar. Aprender unos de otros. Y continuar.
Por eso, si
hubiera que dar una única recomendación antes de entrar en estas NOTAS, sería
ésta: NO
TENGA PRISA EN LLEGAR AL FINAL.
Porque aquí
el camino no sirve solamente para conducir a una respuesta. El camino modifica al que pregunta.
Y cuando eso
ocurre aparece algo mucho más interesante que una conclusión definitiva: UNA NUEVA POSIBILIDAD DE
CONTINUAR.
Aquí ya
quedan colocadas las señales del camino sin contarle el
libro entero al lector. Y me gusta especialmente que la Introducción empiece
con CONCIENCIA y termine con CONTINUAR: ése es, en
realidad, el desplazamiento que ha hecho todo el manuscrito.
Hemos
vuelto. Pero no estamos en el mismo
lugar. Comenzamos estas notas
regresando a Jung.
Parecía que
íbamos a releer una obra ya escrita, volver sobre conceptos conocidos, quizá
aclarar algunas preguntas que habían quedado pendientes. No ocurrió eso. O, por lo menos, no ocurrió solamente eso.
Cada vez que
regresábamos a un lugar conocido aparecía algo que anteriormente no habíamos
visto. Y poco a poco comprendimos por qué:
NO ERA EL MISMO EL QUE VOLVÍA. Había cambiado la pregunta. Había cambiado la linterna. Había aumentado el recorrido. Y aquello que anteriormente parecía una
respuesta comenzaba a mostrar una nueva puerta.
Quizá éste sea uno de los
descubrimientos más sencillos y más importantes de estas páginas: VOLVER
NO ES REPETIR.
Podemos
volver a un autor. A una teoría. A nuestra infancia. A una decisión. A una relación. A una creencia. A una habitación de nuestra propia biografía. Incluso a una idea que durante años
consideramos resuelta. Y preguntar
nuevamente.
No
necesariamente porque aquello estuviera equivocado. Sino porque nosotros hemos continuado.
Jung nos ha
acompañado magníficamente en este recorrido precisamente porque sus preguntas
han soportado nuestra vuelta.
No hemos
necesitado derribarlo para continuar.
Tampoco hemos necesitado obedecerlo.
Hemos podido hacer algo bastante más fértil:
CONVERSAR CON ÉL DESDE OTRO MOMENTO DEL CAMINO.
La Sombra
continuó ahí. La Persona continuó ahí. El inconsciente continuó ahí. La individuación continuó ahí. Los arquetipos y el inconsciente colectivo
continuaron esperando. Pero nosotros ya
no éramos exactamente los mismos que habíamos entrado por primera vez.
Y empezamos
a separar. La habitación de su
contenido. La arquitectura de aquello
que la experiencia deposita en ella. La
predisposición de la biografía. Lo
individual de lo colectivo. Lo
colectivo de lo universal. La herencia
de la condena. Y cuanto más
separábamos, curiosamente, menos necesitábamos destruir. Podíamos utilizar.
Ésa ha sido
una constante de este recorrido.
**NO AMPUTAR. VOLVER A MIRAR. COMPRENDER.
INCORPORAR. UTILIZAR.
CONTINUAR.**
Así nació
también el viaje de vuelta.
Regresar a
nuestra biografía no para construir una vida alrededor de sus heridas, sino
para recuperar sus dimensiones. Descubrir
que nuestra historia era muchísimo mayor que aquello que recordábamos de ella. Que entre los acontecimientos que
habíamos convertido en postes hubo kilómetros de vida. Y que si hemos llegado hasta aquí no
solamente podemos preguntar qué nos ocurrió. Podemos preguntar también:
¿QUÉ HICE PARA CONTINUAR? Eso cambia el pasado. No cambia los hechos. Cambia nuestra relación con ellos. Y quizá también cambie aquello que podemos
hacer después de haberlos comprendido.
Pero el
viaje de vuelta terminó llevándonos todavía más atrás. Antes de Jung. Antes de la psicología. Antes del Yo. Antes incluso de que pudiéramos preguntarnos
quiénes éramos.
Encontramos
algo extraordinariamente sencillo: ESTOY
VIVO. Y después: DEPENDO.
Y al mirar
alrededor: ¡HOSTIA,
NO SOY EL ÚNICO! Ahí cambió nuevamente la escala. El humano dejó de ocupar toda la
habitación.
Aparecieron
el árbol, el perro, el pino, la jirafa, el agua, el alimento, el aire, la
temperatura, los ciclos, los otros seres y las condiciones que hacen posible
nuestra existencia.
Madre Tierra
dejó de ser paisaje. Era el suelo. Y entonces también nuestra libertad tuvo
que volver a mirarse.
Ser
dependiente no significaba dejar de ser libre. Significaba descubrir dónde
está ocurriendo nuestra libertad. La
libertad de un ser vivo. De un humano.
De alguien
que no eligió necesitar aire, agua, alimento o determinadas condiciones para
continuar, pero que dispone de enormes posibilidades para decidir qué hace
dentro de ese cauce.
Y volvimos a
encontrar otra habitación. El CONSTRUCTO.
Porque
ninguno de nosotros nace solamente en Madre Tierra. Nacemos también en un mundo humano que ya
estaba funcionando antes de nuestra llegada.
Recibimos
palabras. Costumbres. Relatos.
Símbolos. Normas. Miedos.
Clasificaciones.
Maneras de
comprender. Maneras de no comprender. Y durante mucho tiempo podemos confundir
aquello que recibimos con aquello que somos.
Hasta que
volvemos. Miramos. Y preguntamos: **¿ESTO VENÍA CONMIGO O LO ENCONTRÉ EN EL CAMINO?**
Esa pregunta
nos devolvió otra vez a Jung.
¿Qué es estructura? ¿Qué es contenido?
¿Qué es innato? ¿Qué es aprendido?
¿Qué procede de mi biografía? ¿Qué procede del constructo?
¿Qué compartimos porque somos humanos?
¿Qué compartimos porque nos lo hemos
transmitido?
¿Qué llamamos colectivo?
¿Y con qué
derecho convertimos inmediatamente lo colectivo en universal? No hemos respondido definitivamente a esas
preguntas.
Y ahora
sabemos que eso no es un fracaso. Porque
hemos descubierto algo quizá más importante:
SABEMOS MEJOR QUÉ NO SABEMOS. Y desde ahí podemos continuar.
Pero al
llegar a los constructos ocurrió algo inesperado. El viaje que había comenzado dentro de una
persona empezó a extenderse hacia la humanidad. Si yo puedo volver sobre mi biografía,
quizá un constructo pueda volver sobre la suya. Si puedo preguntarme cómo llegué hasta
aquí, también podemos preguntar:
¿Cómo llegamos nosotros hasta aquí? ¿Qué intentábamos resolver?
¿Qué nos sirvió? ¿Qué dejó de servir? ¿Qué precio pagamos?
¿Qué conservamos por costumbre? ¿Qué podemos revisar?
¿Qué hemos aprendido que podría servir a
otros?
¿Y qué pueden enseñarnos ellos?
Entonces el
problema deja de ser únicamente: ¿QUIÉN
TIENE RAZÓN?
Y aparece
otro: ¿CÓMO
PODEMOS APRENDER UNOS DE OTROS SIN NECESIDAD DE DEJAR DE SER QUIENES SOMOS?
Aquí el
viaje de vuelta empieza a convertirse en viaje de encuentro. No necesitamos fabricar inmediatamente un
único constructo humano. No necesitamos
uniformarnos. Quizá tengamos que
aprender algo más difícil: ENTRETEJERNOS.
Tender
hilos. Conocer antes de juzgar. Comprender antes de imponer. Traducir.
Comparar. Escuchar. Revisar.
Ponderar. Dar tiempo.
Y aceptar
que algunas transformaciones que pueden ser correctas en dirección pueden
resultar destructivas si pretendemos realizarlas a una velocidad que los seres
humanos, las culturas o la propia realidad no pueden soportar.
Por eso
apareció también el RITMO. Y el TIEMPO. Y finalmente apareció algo que no estaba
disponible para Jung como lo está para nosotros: la inteligencia artificial.
No sabemos
qué llegará a ser. No sabemos hasta
dónde podrá ayudarnos. Y sería absurdo
entregarle nuestra responsabilidad.
Pero quizá
podamos utilizarla para algo profundamente humano: AMPLIAR LA MESA
ANTES DE DECIDIR.
Poner encima
más información. Más perspectivas. Más lugares. Más tiempos. Más consecuencias. Más preguntas. Y pedirle que nos ayude a detectar aquello
que estamos olvidando. No para que
decida por nosotros. Sino para que
nosotros podamos decidir habiendo mirado algo más.
Madre Tierra
pone el suelo. Los diferentes
constructos aportan sus experiencias.
Los seres humanos estamos repartidos por todo el planeta, mirando desde
millones de coordenadas diferentes. La
inteligencia artificial puede ayudarnos a relacionar parte de aquello que cada
uno alcanza a ver.
Y después
continúa algo que no podemos delegar: LA
RESPONSABILIDAD HUMANA. Quizá por eso estas
notas pueden terminar aquí. No porque
el recorrido haya terminado. Precisamente
por lo contrario. Porque ya tenemos
otra puerta abierta. Y ahora el
lector puede atravesarla.
Puede volver
a Jung. Puede volver a Freud. Puede volver a cualquier autor. Puede volver a su educación. A su familia. A su profesión. A su cultura.
A sus certezas. A su propia
biografía. Puede mirar aquello que
recibió y preguntarse:
¿Sigue sirviéndome? ¿Lo comprendí alguna vez?
¿Era una habitación o era solamente algo que
encontré dentro?
¿Es mío?
¿Lo heredé? ¿Lo aprendí?
¿Puedo revisarlo? ¿Puedo utilizarlo de otra manera?
Y después
continuar.
Nosotros
tampoco sabemos qué habrá detrás de todas las puertas que hemos dejado
abiertas. No hace falta. Hemos recorrido nuestro tramo. Otros recorrerán el suyo. Quizá descubran que algunas de nuestras
preguntas estaban mal formuladas. Magnífico.
Quizá
encuentren respuestas que nosotros no pudimos encontrar. Mejor todavía. Quizá vuelvan a estas páginas dentro de
veinte años y vean algo que nosotros hoy somos incapaces de ver.
Eso
significará que el camino continúa. Porque
el respeto verdadero no paraliza. DA
PERMISO PARA VOLVER. Y volver permite mirar nuevamente. Mirar permite preguntar. Preguntar abre posibilidades. Las posibilidades permiten elegir.
Y mientras
podamos elegir, revisar, aprender y volver a preguntar... EL CAMINO SIGUE ABIERTO.
No
necesitamos terminarlo nosotros. Podemos
hacer algo más humilde. Y quizá más
útil. **DEJAR ALGUNAS PUERTAS
ABIERTAS. TENDER ALGUNOS HILOS. Y CONTINUAR.**

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