LIBROS de BARBARIN I II III

jueves, 24 de septiembre de 2026

JUNG PASEANDO Notas desde Madre Tierra y Jung

 

JUNG

PASEANDO

 

Notas desde Madre Tierra y Jung


EL MOTIVO DE ESTA PORTADA

Jung aparece caminando.    Y camina delante.     No es casualidad.

Después de todo este recorrido comprendimos que no queríamos representar a Jung encerrado en una biblioteca, convertido en estatua, en teoría terminada o en autor al que únicamente se estudia.

Queríamos volver a sacarlo a pasear.  Porque Jung fue un explorador. Un picapedrero de la psicología.   Un minero nato.

Entró en territorios donde otros apenas se atrevían a mirar, abrió galerías, encontró habitaciones y dejó muchas puertas sin cerrar.

Por eso no queremos adelantarlo.   Tampoco corregirlo desde la comodidad de nuestro tiempo.    Preferimos decirle:

—PASA DELANTE, JUNG.

Tú conoces la mina.    Tú empezaste a picar estas paredes.

Nosotros llegamos después, con nuevas herramientas, nuevos conocimientos, nuevas posibilidades y, sobre todo, nuevas preguntas.

No sabemos qué pensaría Jung hoy.     No podemos hablar por él.

Pero sí creemos que un investigador con aquella capacidad de búsqueda difícilmente se habría quedado sentado custodiando sus propias conclusiones.       Probablemente habría seguido mirando.

Por eso, en esta portada, continúa caminando. Y nosotros vamos detrás. No para seguir sus huellas obligatoriamente, sino para acompañarlo hasta donde todavía haya terreno por explorar.

Quizá ése sea también el sentido de este libro.   No conservar a Jung inmóvil.

DAR VIDA A LAS PUERTAS QUE ABRIÓ.

Y ante el nuevo camino, decirle simplemente:

Pasa delante, Jung.
Tú abriste el camino.
Nosotros traemos nuevas preguntas.

 

PRÓLOGO

Hay autores a los que el tiempo va dejando atrás.    Y hay otros que, mucho después de haber escrito, continúan dejando puertas abiertas.

Carl Gustav Jung pertenece a estos últimos.

Este libro nació después de Madre Tierra y Jung. En principio, no tenía por qué existir.    El trabajo estaba hecho. Jung había sido leído, recorrido, interrogado desde Madre Tierra. Tocaba ordenar, maquetar y continuar.

Pero ocurrió algo inesperado.    Al volver a leerlo comenzaron a aparecer preguntas.     Una detrás de otra.

¿Qué estamos llamando conciencia?

¿Qué existe antes de que podamos decir «yo»?

¿Qué pertenece realmente a nuestra arquitectura humana y qué ha ido entrando después a través de nuestra biografía?

¿Es lo mismo una habitación que aquello que encontramos dentro de ella?

¿Qué parte de lo que consideramos propio procede de nuestro itinerario?

¿Qué parte pertenece al constructo en el que hemos nacido?

¿Qué significa colectivo?

¿Lo compartido es necesariamente universal?

¿Y lo colectivo es necesariamente innato?

Jung volvía a abrirse.    Y comprendimos algo importante:

RESPETAR A UN AUTOR NO SIGNIFICA DEJAR DE PREGUNTARLE.

A veces ocurre precisamente lo contrario.    El respeto puede convertirse en distancia.    La admiración puede inmovilizar.

Una teoría adquiere autoridad, sus conceptos reciben nombres, los nombres entran en los libros y, poco a poco, aquello que nació de la valentía de alguien que se atrevió a explorar termina produciendo miedo a continuar explorando.

Sería una extraña manera de respetar a Jung.    Porque Jung se atrevió.   Entró donde otros no entraban.       Miró.    Nombró.

Se equivocaría unas veces y acertaría otras, como cualquier investigador que se adentra en territorio poco conocido. Pero dejó algo quizá todavía más importante que sus respuestas:     DEJÓ TERRITORIO SIN AGOTAR.

Por eso estas páginas no pretenden desmontar a Jung.    Tampoco defenderlo.    Pretenden algo mucho más sencillo:  VOLVER A ENTRAR.

Si Jung encontró una habitación, podemos agradecer el descubrimiento y preguntarnos qué hay realmente dentro.

Si habló de Sombra, podemos preguntar quién la llenó, cuándo, con qué experiencias y bajo qué constructo.

Si habló de individuación, podemos preguntarnos si estamos ante una meta que algún día alcanzamos o ante una manera consciente de caminar.

Si habló del inconsciente colectivo, podemos detenernos antes de conceder automáticamente carácter universal e innato a aquello que muchas personas comparten.

Podemos separar.     Arquitectura y contenido.    Predisposición y experiencia.    Herencia y condena.     Individuo y constructo.    Colectivo y universal.

Podemos hacerlo sin quitarle a Jung una sola de las puertas que abrió.    Al contrario.     LAS UTILIZAMOS.

Y entonces sucede algo extraordinario.    Jung vuelve a tener vida.

Deja de ser solamente un autor al que estudiar y vuelve a convertirse en compañero de investigación.

Podemos decirle:    —Jung, hasta aquí llegaste tú.    Ahora déjame mirar.      Y quizá vea lo mismo.     Quizá vea algo diferente.     Quizá descubra que todavía no sé mirar.    O quizá la pregunta que tú dejaste hace un siglo produzca hoy otra pregunta que entonces todavía no podía formularse.      Eso también es continuar una obra.

Este libro está hecho precisamente de ese movimiento.

No nació con un índice previamente establecido ni con una conclusión esperando al final.      Nació de preguntas.    Una pregunta modificó la siguiente.     Una respuesta provisional abrió otra habitación.

Y, poco a poco, aquello que comenzó siendo una nueva mirada sobre Jung terminó llevándonos mucho más lejos:     al itinerario personal,    a la biografía,     al viaje de vuelta,    a la dependencia,    a la libertad,   al constructo,    a aquello que llamamos innato,    a lo colectivo,   a los diferentes mundos humanos que hemos construido,     y finalmente a preguntarnos cómo podemos relacionarlos, ponderarlos y tender hilos entre ellos sin tener que uniformarlos.

Por eso el lector no encontrará aquí un Jung terminado.    Ni encontrará una nueva doctrina destinada a sustituirlo.     Encontrará NOTAS.

Preguntas nacidas mientras caminábamos.    Hipótesis.   Rectificaciones.   Puertas que parecían conducir a una habitación y terminaron abriendo otra.    Y encontrará también huecos que hemos preferido dejar vacíos antes que rellenarlos precipitadamente con una palabra.        Eso es deliberado.

Porque una de las cosas que este recorrido nos ha enseñado es que no saber todavía puede ser una magnífica posición para continuar investigando.        Quizá ésa sea también la invitación que estas páginas hacen al lector.     No tienes que aceptar nuestras respuestas.     Ni siquiera tienes que aceptar nuestras preguntas.

Pero puedes recuperar algo que a veces perdemos cuando nos encontramos ante grandes autores, grandes teorías o grandes construcciones humanas:

EL DERECHO A VOLVER A MIRAR.    Puedes abrir la puerta.   Puedes entrar.    Puedes utilizar tu propia linterna.      Puedes preguntar qué pertenece a Jung, qué pertenece a su época, qué pertenece a nuestra arquitectura humana, qué puso después la cultura y qué ha ido escribiendo tu propio itinerario.     Y puedes continuar.

Porque quizá la mejor manera de honrar a quienes se atrevieron a explorar antes que nosotros no sea conservar intactas todas sus respuestas.    Quizá sea conservar vivo su atrevimiento para preguntar.

Jung abrió puertas.     Nosotros hemos entrado por algunas.     Y después de este libro quedan muchas más abiertas que antes.     Ésa no es una dificultad.      Ésa es precisamente la continuación.

 

 

INTRODUCCIÓN

Este libro conviene leerlo de una manera poco habitual.      No empieza sabiendo adónde va.       No tiene una tesis colocada al principio que después intentaremos demostrar.     No conoce de antemano su última página.      Son NOTAS.

Pero no notas tomadas después de una investigación.      Son notas durante la investigación.     Y esa diferencia es importante.

Todo comenzó al volver a leer y maquetar Madre Tierra y Jung.     Una palabra empezó a aparecer una y otra vez:      CONCIENCIA.

Parecía una pregunta conocida.     ¿Qué es la conciencia?     Pero enseguida apareció una dificultad.

Antes de que yo pudiera ser consciente de estar vivo...   ya estaba vivo.    Antes de comprender, recibía.      Antes de poder explicarme lo que ocurría, ocurrían cosas.     Antes de decir «yo», un organismo se estaba desarrollando.    Y entonces decidimos hacer algo que resultó decisivo:

NO RELLENAR DEMASIADO PRONTO EL HUECO.

Si todavía no sabemos qué estamos buscando, quizá ponerle rápidamente un nombre sea precisamente una manera de dejar de buscarlo.    

Así apareció varias veces en estas páginas:    ( .. )   Un espacio.   Algo que todavía no sabemos nombrar.     Podría parecer una carencia.    Terminó convirtiéndose en una herramienta.    Nos obligaba a continuar mirando.     Y mientras buscábamos aquello que todavía no podíamos nombrar apareció una segunda sorpresa:

HABÍA QUE INVESTIGAR TAMBIÉN AL QUE PREGUNTABA.

Porque quien formula la primera pregunta no es exactamente el mismo que, después de recorrer cien páginas, formula la siguiente.

Aprendemos.    Relacionamos.    Descubrimos.    Rectificamos.

Y entonces podemos hacer preguntas que anteriormente ni siquiera estaban disponibles para nosotros.

**NO SOLO EVOLUCIONAN NUESTRAS RESPUESTAS.

EVOLUCIONA NUESTRA CAPACIDAD DE PREGUNTAR.**

Ésta es una de las razones por las que el lector encontrará repeticiones, regresos y asuntos que aparecen, desaparecen y vuelven páginas después transformados.

No siempre estamos diciendo nuevamente lo mismo.      A veces hemos regresado al mismo lugar siendo ya otro el que mira.    Así ocurrió con Jung.     La Sombra volvió.    La Persona volvió.   El inconsciente volvió.   Los arquetipos volvieron.    La individuación volvió.   Pero empezaron a recibir preguntas diferentes.

Y una de ellas cambió buena parte del recorrido:

¿ES LO MISMO LA HABITACIÓN QUE SU CONTENIDO?

Quizá Jung descubrió habitaciones extraordinariamente importantes de la arquitectura humana.       Pero que exista una habitación no significa necesariamente que sepamos qué contiene.

El contenido necesita una historia.    Necesita experiencias.    Necesita relaciones.    Necesita tiempo.     Necesita un itinerario.      Y entonces apareció una afirmación que irá creciendo a lo largo del libro:

LA HABITACIÓN NO ES EL CONTENIDO DE LA HABITACIÓN.

A partir de ahí tuvimos que volver a mirar muchas cosas.     También nuestra propia biografía.      Y nació el VIAJE DE VUELTA.    No para regresar al pasado buscando culpables.     No para encontrar qué parte de nosotros debemos amputar.     No para descubrir el monstruo escondido.       Sino para recorrer nuevamente un camino que ya hicimos una vez, ahora con una linterna que entonces no teníamos.

Preguntar:

¿Qué ocurrió?    ¿Qué recibí?         ¿Cómo respondí?

¿Qué aprendí?        ¿Qué utilicé para continuar?

¿Qué dejé sin utilizar?      ¿Qué posibilidades siguen ahí?

Y, sobre todo:      ¿CÓMO HE LLEGADO HASTA AQUÍ?

La biografía empezó entonces a hacerse muchísimo más grande que la colección de acontecimientos con la que solemos contarla.

Entre nuestros grandes recuerdos había días.     Miles de días.   Comíamos.    Dormíamos.    Jugábamos.    Aprendíamos.   Mirábamos.   Nos relacionábamos.    Nuestro cuerpo crecía.     La vida continuaba.

Y mientras investigábamos esa vida apareció una palabra que cambió nuevamente el recorrido:     DEPENDENCIA.

Estoy vivo.    Sí.    Pero:   ¿GRACIAS A QUÉ?   Necesito aire.   Agua.   Alimento.   Temperatura.   Un cuerpo.   Un entorno.    Otros.

Condiciones que yo no he creado.    Entonces Madre Tierra dejó definitivamente de ser escenario.       No estaba alrededor de nuestra investigación.      ESTABA DEBAJO.

Y al levantar la mirada ocurrió algo todavía más sencillo:

¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!    El árbol está ahí.     El perro está ahí.   La jirafa está ahí.   El pino está ahí.   Todos diferentes.

Todos dentro de Madre Tierra.    No necesitamos atribuirles nuestra conciencia.    Tampoco negársela antes de investigar qué estamos llamando conciencia.

Podemos empezar mucho más abajo:   vida,  dependencia,   relación,  recepción,   respuesta,  regulación,  intercambio,  continuidad,  diferencia.   Y continuar preguntando.

Pero todavía faltaba algo.    El humano no vive solamente dentro de Madre Tierra.    Nace también dentro de un MUNDO HUMANO YA CONSTRUIDO.   Lenguaje.   Familia.   Costumbres.   Normas.   Símbolos.  Miedos.   Creencias.   Valores.   Instituciones.   Historias.   Formas de interpretar lo que ocurre.      CONSTRUCTO.     Y entonces las habitaciones volvieron a cambiar.

Porque una cosa podía pertenecer a nuestra arquitectura humana y otra muy distinta ser aquello con lo que una determinada época, familia, cultura o civilización había llenado esa posibilidad.

Así llegamos a una pregunta particularmente delicada para volver a mirar a Jung:

**¿QUÉ ES INNATO?          ¿QUÉ ES ADQUIRIDO?

¿QUÉ ES INDIVIDUAL?          ¿QUÉ ES COLECTIVO?

¿Y QUÉ ES REALMENTE UNIVERSAL?**

No hemos querido responder precipitadamente.    Hemos preferido separar.       Porque millones de personas pueden compartir algo sin que por ello tenga que haber nacido con cada una de ellas.

Puede haber transmisión.    Aprendizaje.    Historia.    Constructo.    Resonancia.

Una extraordinaria capacidad humana para recibir, compartir y amplificar contenidos.    Y de ahí el libro termina abriéndose todavía más.

Si diferentes grupos humanos han construido diferentes maneras de continuar, quizá antes de preguntarnos quién tiene razón podamos intentar comprender:

¿Cómo llegó cada uno hasta allí?     ¿Qué problema intentó resolver?

¿Qué aprendió?      ¿Qué protegió?     ¿Qué precio pagó?

¿Qué puede conservar?       ¿Qué puede revisar?

¿Qué podría aprender de los demás?

Y entonces aparece una palabra que termina recorriendo silenciosamente muchas de estas páginas:     POSIBILIDADES.

Posibilidades para el individuo.       Posibilidades para revisar su biografía.         Posibilidades para utilizar habitaciones que permanecían cerradas.        Posibilidades para modificar un constructo.     Posibilidades para relacionarnos entre constructos.    Posibilidades nuevas de comunicación.

Y también una herramienta que ya está participando en estas mismas páginas:     LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL.   No como autoridad.    No como sustituta del humano.    No para decidir por nosotros.

Sino como una nueva posibilidad para relacionar, comparar, traducir, ordenar y ayudarnos a preguntar:     ¿QUÉ NO ESTAMOS TENIENDO EN CUENTA?

Quizá ésa sea la mejor indicación antes de comenzar este libro.     No busque el lector una conclusión demasiado pronto.     Observe el recorrido.

Porque algunas de las preguntas que encontrará al principio ya no significarán exactamente lo mismo cuando vuelvan cien páginas después.      Eso es deliberado.   Estamos andando.

Jung anda con nosotros durante buena parte del camino.    Madre Tierra permanece debajo durante todo él.       Y las preguntas van haciendo su trabajo.

Hasta que llegamos a descubrir que quizá tampoco los humanos ni nuestros constructos necesitemos terminar siendo todos iguales para poder encontrarnos.

Podemos hacer otra cosa.       TENDER HILOS.    Relacionarnos.    Escucharnos.   Comparar.   Ponderar.    Revisar.  Aprender unos de otros.    Y continuar.

Por eso, si hubiera que dar una única recomendación antes de entrar en estas NOTAS, sería ésta:    NO TENGA PRISA EN LLEGAR AL FINAL.

Porque aquí el camino no sirve solamente para conducir a una respuesta.     El camino modifica al que pregunta.

Y cuando eso ocurre aparece algo mucho más interesante que una conclusión definitiva:    UNA NUEVA POSIBILIDAD DE CONTINUAR.

Aquí ya quedan colocadas las señales del camino sin contarle el libro entero al lector. Y me gusta especialmente que la Introducción empiece con CONCIENCIA y termine con CONTINUAR: ése es, en realidad, el desplazamiento que ha hecho todo el manuscrito.

 

Hemos vuelto.     Pero no estamos en el mismo lugar.    Comenzamos estas notas regresando a Jung.

Parecía que íbamos a releer una obra ya escrita, volver sobre conceptos conocidos, quizá aclarar algunas preguntas que habían quedado pendientes.      No ocurrió eso.     O, por lo menos, no ocurrió solamente eso.

Cada vez que regresábamos a un lugar conocido aparecía algo que anteriormente no habíamos visto.     Y poco a poco comprendimos por qué:

NO ERA EL MISMO EL QUE VOLVÍA.     Había cambiado la pregunta.   Había cambiado la linterna.    Había aumentado el recorrido.   Y aquello que anteriormente parecía una respuesta comenzaba a mostrar una nueva puerta.      Quizá éste sea uno de los descubrimientos más sencillos y más importantes de estas páginas: VOLVER NO ES REPETIR.

Podemos volver a un autor.   A una teoría.   A nuestra infancia.   A una decisión.   A una relación.  A una creencia.  A una habitación de nuestra propia biografía.    Incluso a una idea que durante años consideramos resuelta.    Y preguntar nuevamente.

No necesariamente porque aquello estuviera equivocado.   Sino porque nosotros hemos continuado.

Jung nos ha acompañado magníficamente en este recorrido precisamente porque sus preguntas han soportado nuestra vuelta.

No hemos necesitado derribarlo para continuar.     Tampoco hemos necesitado obedecerlo.      Hemos podido hacer algo bastante más fértil:

CONVERSAR CON ÉL DESDE OTRO MOMENTO DEL CAMINO.

La Sombra continuó ahí.    La Persona continuó ahí.    El inconsciente continuó ahí.    La individuación continuó ahí.    Los arquetipos y el inconsciente colectivo continuaron esperando.   Pero nosotros ya no éramos exactamente los mismos que habíamos entrado por primera vez.

Y empezamos a separar.    La habitación de su contenido.   La arquitectura de aquello que la experiencia deposita en ella.    La predisposición de la biografía.    Lo individual de lo colectivo.   Lo colectivo de lo universal.    La herencia de la condena.   Y cuanto más separábamos, curiosamente, menos necesitábamos destruir.   Podíamos utilizar.

Ésa ha sido una constante de este recorrido.

**NO AMPUTAR.     VOLVER A MIRAR.     COMPRENDER.

INCORPORAR.     UTILIZAR.      CONTINUAR.**

Así nació también el viaje de vuelta.

Regresar a nuestra biografía no para construir una vida alrededor de sus heridas, sino para recuperar sus dimensiones.      Descubrir que nuestra historia era muchísimo mayor que aquello que recordábamos de ella.      Que entre los acontecimientos que habíamos convertido en postes hubo kilómetros de vida.      Y que si hemos llegado hasta aquí no solamente podemos preguntar qué nos ocurrió.      Podemos preguntar también:

¿QUÉ HICE PARA CONTINUAR?     Eso cambia el pasado.   No cambia los hechos.    Cambia nuestra relación con ellos.    Y quizá también cambie aquello que podemos hacer después de haberlos comprendido.

Pero el viaje de vuelta terminó llevándonos todavía más atrás.     Antes de Jung.    Antes de la psicología.    Antes del Yo.   Antes incluso de que pudiéramos preguntarnos quiénes éramos.

Encontramos algo extraordinariamente sencillo:    ESTOY VIVO.              Y después:     DEPENDO.

Y al mirar alrededor:      ¡HOSTIA, NO SOY EL ÚNICO!     Ahí cambió nuevamente la escala.      El humano dejó de ocupar toda la habitación.

Aparecieron el árbol, el perro, el pino, la jirafa, el agua, el alimento, el aire, la temperatura, los ciclos, los otros seres y las condiciones que hacen posible nuestra existencia.

Madre Tierra dejó de ser paisaje.       Era el suelo.    Y entonces también nuestra libertad tuvo que volver a mirarse.

Ser dependiente no significaba dejar de ser libre.    Significaba descubrir dónde está ocurriendo nuestra libertad.     La libertad de un ser vivo.    De un humano.

De alguien que no eligió necesitar aire, agua, alimento o determinadas condiciones para continuar, pero que dispone de enormes posibilidades para decidir qué hace dentro de ese cauce.

Y volvimos a encontrar otra habitación.      El CONSTRUCTO.

Porque ninguno de nosotros nace solamente en Madre Tierra.     Nacemos también en un mundo humano que ya estaba funcionando antes de nuestra llegada.

Recibimos palabras.    Costumbres.   Relatos.   Símbolos.   Normas.   Miedos.    Clasificaciones.

Maneras de comprender.    Maneras de no comprender.   Y durante mucho tiempo podemos confundir aquello que recibimos con aquello que somos.

Hasta que volvemos.   Miramos.   Y preguntamos:     **¿ESTO VENÍA CONMIGO         O LO ENCONTRÉ EN EL CAMINO?**

Esa pregunta nos devolvió otra vez a Jung.

¿Qué es estructura?        ¿Qué es contenido?

¿Qué es innato?       ¿Qué es aprendido?

¿Qué procede de mi biografía?       ¿Qué procede del constructo?

¿Qué compartimos porque somos humanos?

¿Qué compartimos porque nos lo hemos transmitido?

¿Qué llamamos colectivo?

¿Y con qué derecho convertimos inmediatamente lo colectivo en universal?     No hemos respondido definitivamente a esas preguntas.

Y ahora sabemos que eso no es un fracaso.    Porque hemos descubierto algo quizá más importante:    SABEMOS MEJOR QUÉ NO SABEMOS.     Y desde ahí podemos continuar.

Pero al llegar a los constructos ocurrió algo inesperado.     El viaje que había comenzado dentro de una persona empezó a extenderse hacia la humanidad.       Si yo puedo volver sobre mi biografía, quizá un constructo pueda volver sobre la suya.       Si puedo preguntarme cómo llegué hasta aquí, también podemos preguntar:

¿Cómo llegamos nosotros hasta aquí?   ¿Qué intentábamos resolver?

¿Qué nos sirvió?     ¿Qué dejó de servir?     ¿Qué precio pagamos?

¿Qué conservamos por costumbre?      ¿Qué podemos revisar?

¿Qué hemos aprendido que podría servir a otros?

¿Y qué pueden enseñarnos ellos?

Entonces el problema deja de ser únicamente:    ¿QUIÉN TIENE RAZÓN?

Y aparece otro:    ¿CÓMO PODEMOS APRENDER UNOS DE OTROS SIN NECESIDAD DE DEJAR DE SER QUIENES SOMOS?

Aquí el viaje de vuelta empieza a convertirse en viaje de encuentro.    No necesitamos fabricar inmediatamente un único constructo humano.     No necesitamos uniformarnos.     Quizá tengamos que aprender algo más difícil:       ENTRETEJERNOS.

Tender hilos.   Conocer antes de juzgar.   Comprender antes de imponer.   Traducir.   Comparar.   Escuchar.   Revisar.    Ponderar.   Dar tiempo.

Y aceptar que algunas transformaciones que pueden ser correctas en dirección pueden resultar destructivas si pretendemos realizarlas a una velocidad que los seres humanos, las culturas o la propia realidad no pueden soportar.

Por eso apareció también el RITMO.     Y el TIEMPO.    Y finalmente apareció algo que no estaba disponible para Jung como lo está para nosotros:     la inteligencia artificial.

No sabemos qué llegará a ser.    No sabemos hasta dónde podrá ayudarnos.    Y sería absurdo entregarle nuestra responsabilidad.

Pero quizá podamos utilizarla para algo profundamente humano:     AMPLIAR LA MESA ANTES DE DECIDIR.

Poner encima más información.    Más perspectivas.    Más lugares.   Más tiempos.   Más consecuencias.   Más preguntas.   Y pedirle que nos ayude a detectar aquello que estamos olvidando.   No para que decida por nosotros.    Sino para que nosotros podamos decidir habiendo mirado algo más.

Madre Tierra pone el suelo.     Los diferentes constructos aportan sus experiencias.     Los seres humanos estamos repartidos por todo el planeta, mirando desde millones de coordenadas diferentes.    La inteligencia artificial puede ayudarnos a relacionar parte de aquello que cada uno alcanza a ver.

Y después continúa algo que no podemos delegar:    LA RESPONSABILIDAD HUMANA.      Quizá por eso estas notas pueden terminar aquí.     No porque el recorrido haya terminado.    Precisamente por lo contrario.    Porque ya tenemos otra puerta abierta.     Y ahora el lector puede atravesarla.

Puede volver a Jung.   Puede volver a Freud.   Puede volver a cualquier autor.   Puede volver a su educación.  A su familia.   A su profesión.  A su cultura.  A sus certezas.  A su propia biografía.   Puede mirar aquello que recibió y preguntarse:

¿Sigue sirviéndome?          ¿Lo comprendí alguna vez?

¿Era una habitación o era solamente algo que encontré dentro?

¿Es mío?     ¿Lo heredé?     ¿Lo aprendí?

¿Puedo revisarlo?        ¿Puedo utilizarlo de otra manera?

Y después continuar.

Nosotros tampoco sabemos qué habrá detrás de todas las puertas que hemos dejado abiertas.    No hace falta.    Hemos recorrido nuestro tramo.     Otros recorrerán el suyo.     Quizá descubran que algunas de nuestras preguntas estaban mal formuladas.     Magnífico.

Quizá encuentren respuestas que nosotros no pudimos encontrar.   Mejor todavía.     Quizá vuelvan a estas páginas dentro de veinte años y vean algo que nosotros hoy somos incapaces de ver.

Eso significará que el camino continúa.     Porque el respeto verdadero no paraliza.    DA PERMISO PARA VOLVER.    Y volver permite mirar nuevamente.    Mirar permite preguntar.   Preguntar abre posibilidades.   Las posibilidades permiten elegir.

Y mientras podamos elegir, revisar, aprender y volver a preguntar...   EL CAMINO SIGUE ABIERTO.

No necesitamos terminarlo nosotros.   Podemos hacer algo más humilde.    Y quizá más útil.    **DEJAR ALGUNAS PUERTAS ABIERTAS.   TENDER ALGUNOS HILOS.    Y CONTINUAR.**

 



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