MADRE
TIERRA
INTERROGA
LA ASTROLOGÍA
SIGNOS y CASAS
La
gran interrogación
Este libro
se acerca a la astrología sin miedo.
Y quizá ésa
sea ya una forma de comenzar.
Porque
interrogar no significa destruir.
Interrogar
significa mirar.
Volver a
mirar aquello que durante mucho tiempo hemos dado por sabido. Preguntarnos qué
vemos realmente y qué hemos aprendido a ver. Preguntarnos dónde termina aquello
que está ante nosotros y dónde comienza aquello que nosotros mismos hemos
colocado sobre ello.
La
astrología ha acompañado al ser humano durante una parte inmensa de su
historia. Hemos mirado el cielo buscando orientación, explicaciones, señales y
sentido. Hemos observado los ciclos, los planetas, el Sol y la Luna. Y, sobre
esa observación, hemos construido un universo de significados.
Pero llega
un momento en el que una pregunta se hace inevitable:
¿Cuánto
de aquello que llamamos astrología estaba en el cielo y cuánto hemos puesto
nosotros sobre él?
Esta
pregunta no pretende acabar con la astrología.
Pretende
algo quizá más difícil:
liberarla
de la obligación de ser aquello que hemos dicho que era.
Porque una
cosa es aquello que existe.
Y otra, muy
distinta, es lo que el ser humano interpreta sobre aquello que existe.
Una cosa es
observar Marte en una determinada posición respecto a la Tierra.
Otra cosa es
atribuir a Marte determinados significados.
Y otra,
todavía, es que una persona reconozca, experimente o viva esos significados en
su propia existencia.
Todo ello
puede formar parte de la experiencia humana.
Pero no todo
pertenece al mismo nivel.
Y quizá una
de nuestras grandes dificultades ha consistido precisamente en olvidar esa
diferencia.
Hemos
construido.
Después
hemos transmitido lo construido.
Y, con el
paso del tiempo, hemos podido llegar a olvidar que lo construimos.
Entonces la
interpretación se convierte en realidad.
El símbolo
se convierte en destino.
La
descripción se convierte en identidad.
Y aquello
que pudo ser una manera humana de comprender termina siendo vivido como si
fuera la totalidad de lo que somos.
Ésta es la
interrogación que atraviesa este libro.
Pero, a
medida que avanzamos, descubrimos que la astrología es sólo una parte.
Porque la
pregunta termina creciendo.
Y termina
interrogándonos a nosotros mismos.
La realidad construida y el momento
de ver
Tal vez
vivimos desde hace mucho tiempo en una realidad virtual.
Pero no en
el sentido en que hoy solemos utilizar esa palabra.
No fue una
máquina la que construyó primero ese mundo.
No fue un
programa.
No fueron
las pantallas.
El
primer gran mundo virtual fue construido por el propio ser humano.
Vivimos
sobre una realidad inmensa que no hemos creado.
La Tierra. El cuerpo. La materia. El Sol.
Los ciclos. El cielo. La vida.
Todo eso
está ahí.
No podemos
reorganizarlo simplemente porque queramos.
Pero sobre
esa realidad hemos ido construyendo otra.
Una realidad
humana formada por palabras, símbolos, interpretaciones, religiones, historias,
categorías, valores, identidades y explicaciones.
Y hemos
vivido dentro de ella.
La hemos
necesitado.
Nos ha
protegido.
Nos ha
permitido crecer, orientarnos y sobrevivir.
Por eso no
se trata de despreciar aquello que hemos construido.
Sería absurdo.
Lo
construimos como sabíamos.
Lo
construimos con los conocimientos disponibles en cada momento, con nuestras
necesidades, nuestros miedos, nuestras esperanzas y nuestra necesidad de
comprender aquello que nos rodeaba.
El problema
no fue construir.
El problema
pudo comenzar cuando olvidamos
que construíamos.
Entonces las
paredes de nuestra construcción comenzaron a parecer las paredes de la realidad
misma.
Y dejamos de
ver la pecera.
Vimos
solamente el agua.
La gran
dificultad del ser humano quizá sea su extraordinaria capacidad de adaptación.
Podemos
adaptarnos a una realidad.
Vivir dentro
de ella. Absorberla. Creerla.
Y,
finalmente, sufrirla.
Incluso
cuando esa realidad forma parte de una construcción humana.
La carta
natal puede ser un ejemplo de ello.
Una carta
puede ofrecer una lectura.
Puede
contener símbolos.
Puede
provocar reconocimiento.
Puede formar
parte de la experiencia de una persona.
Pero el
momento decisivo llega cuando somos capaces de decir:
Esto
es un sistema humano de interpretación. Puede ofrecerme una lectura, pero no
tiene por qué convertirse en la totalidad de mi realidad.
Y lo mismo
puede ocurrir con muchas otras cosas.
Con una
clasificación.
Con una
identidad.
Con una
explicación.
Con una idea
sobre nosotros mismos.
Con una
historia que nos hemos contado durante toda la vida.
El primer
paso no es negar que aquello exista como experiencia.
El primer
paso es reconocer:
Éste
es un modo humano de describir lo que me ocurre. No necesariamente la totalidad
de lo que soy.
Y en ese
instante aparece una posibilidad inmensa.
Porque si
conseguimos reconocer la construcción, podemos volver a participar en ella.
Podemos
preguntar:
¿Por qué construimos esto así?
¿Qué necesidad resolvía?
¿Sigue siendo necesario?
¿Sigue sirviendo a la vida?
¿Qué ocurre si lo modificamos?
Y entonces
aparece una palabra que durante demasiado tiempo quizá hemos olvidado:
PODEMOS.
Podemos conservar. Podemos corregir.
Podemos transformar.
Podemos abandonar aquello que ya no sirve.
Podemos recuperar aquello que olvidamos.
Podemos construir nuevas posibilidades.
No porque
podamos cambiarlo todo.
No porque
podamos reorganizar la realidad mayor a nuestro capricho.
Sino porque
existe una diferencia fundamental entre aquello que no hemos creado y aquello
que hemos ido organizando nosotros.
Y quizá el
gran momento de nuestra historia sea precisamente aprender a distinguir ambas
cosas.
Madre Tierra
puede convertirse aquí en nuestro punto de contraste.
En nuestro
termómetro.
Hemos
construido sobre ella. Vivimos de
ella.
Dependemos
de ella.
Podemos
levantar las construcciones más extraordinarias, pero finalmente la vida nos
muestra si aquello que hemos construido puede sostenerse o si ha comenzado a
volverse contra aquello que nos sostiene.
Por eso la
interrogación no termina en la astrología.
Desde la
astrología podemos volver a preguntar por la historia, por los antiguos
relatos, por las religiones y por todas las formas humanas de comprender la
existencia.
No para decir simplemente:
«Esto es verdad».
O:
«Esto es falso».
Sino para preguntar: ¿Por
qué el ser humano necesitó construir esto?
Y también:
¿Qué ocurrió
cuando olvidó que lo había construido?
Tal vez
muchas de nuestras construcciones fueron necesarias para llegar hasta aquí.
Tal vez
fueron una protección. Tal vez fueron
una etapa de crecimiento.
Y entonces
aparece una imagen que lo cambia todo.
Quizá hemos
vivido durante mucho tiempo dentro de una especie de placenta humana.
Una placenta
construida por nosotros mismos.
Una realidad
que nos ha protegido.
Que nos ha
permitido crecer.
Que nos ha
dado explicaciones mientras todavía no podíamos comprender de otra manera.
Pero llega
un momento en que la gran revolución ya no consiste en cambiar una construcción
por otra.
No consiste
en decorar de nuevo la placenta.
Consiste en
reconocerla.
Y quizá
entonces… NACER.
Salir al
mundo. Dar los primeros pasos.
No destruir
aquello que nos protegió.
Sino
comprender que aquello que sirvió para crecer no tiene por qué ser el lugar
definitivo en el que debemos permanecer.
Éste es el
inmenso territorio que se abre ante nosotros.
La
astrología ha sido una puerta.
Pero detrás
de esa puerta aparece una interrogación mayor:
¿Cuánto
de la realidad humana hemos construido y después hemos olvidado que fuimos
nosotros quienes la construimos?
Y si
conseguimos responder, aunque sea parcialmente, quizá descubramos algo todavía
más importante.
Que no sólo
olvidamos lo que hicimos.
Olvidamos
que todavía podemos seguir haciendo.
Después de la interrogación
Este tomo ha
interrogado los signos.
Pero la
interrogación ha terminado siendo mucho mayor que los signos.
Porque, al
acercarnos a ellos sin miedo, aparece una cuestión que atraviesa toda la
experiencia humana.
Nada obliga
a que una construcción simbólica sea una prisión.
Puede ser
una herramienta.
Puede ser
una lectura.
Puede ser
una forma de orientación.
Puede
incluso formar parte profunda de la experiencia de una persona.
El problema
comienza cuando dejamos de verla como construcción y la convertimos en una
verdad absoluta.
Cuando el
símbolo se convierte en aquello que somos.
Cuando la
interpretación se convierte en nuestro destino.
Cuando una
descripción se convierte en una frontera.
Entonces
olvidamos algo esencial.
La
construcción no es necesariamente la totalidad de la realidad.
Reconocerlo
no significa que todo desaparezca.
Al
contrario.
Por primera
vez podemos verlo en su lugar.
Podemos
mirar el cielo sin tener que destruir los símbolos.
Podemos
utilizar una interpretación sin convertirla en una cárcel.
Podemos
recibir una lectura sin entregar por completo nuestra realidad a esa lectura.
Podemos
construir sin olvidar que estamos construyendo.
Y quizá ahí
se encuentra la verdadera libertad.
No en dejar
de crear.
No en
abandonar todos los mundos humanos.
Sino en
saber que los creamos.
Porque el
ser humano siempre ha construido una realidad sobre la realidad.
Ha creado
significados sobre aquello que veía.
Ha levantado
mundos dentro del mundo.
Y después,
muchas veces, ha olvidado que eran suyos.
Ese olvido
puede hundirnos.
Porque
aquello que creemos inevitable deja de poder ser interrogado.
Y aquello
que no interrogamos termina, con frecuencia, gobernándonos.
Pero ahora
podemos volver a mirar.
Y al mirar
podemos reconocer.
Y al
reconocer podemos rectificar.
Tal vez ésa
sea una de las mayores posibilidades que se abren ante nosotros.
No descubrir
que todo lo anterior fue un error.
Sino
descubrir que podemos comprender por
qué hicimos lo que hicimos.
Y desde ahí
continuar.
Enderezar. Transformar. Aprender. Crear de nuevo.
Esta vez con
una diferencia fundamental.
Sabiendo
que tenemos poder de construcción.
No un poder
absoluto.
No el poder
de cambiar la realidad inmensa que nos contiene.
Pero sí el
poder de participar en la construcción de nuestra realidad humana.
Y eso es
enorme.
Porque
significa que no estamos terminados.
Que nuestra
historia no está completamente cerrada.
Que muchas
de las paredes que nos rodean pueden ser revisadas.
Que algunos
límites quizá fueron construidos.
Que algunas
certezas pueden volver a ser preguntas.
Y que, al
descubrir la construcción, volvemos a descubrir la posibilidad.
Por eso este
libro no termina con una respuesta definitiva sobre la astrología.
Termina con
algo quizá más vivo:
una
interrogación abierta.
La
astrología ha sido mirada.
Los signos
han sido interrogados.
Los símbolos
han sido devueltos a su dimensión humana.
Y, al
hacerlo, algo más ha aparecido.
La
posibilidad de que el ser humano vuelva a verse a sí mismo como aquello que
siempre ha sido:
un
constructor de mundos.
La
diferencia es que ahora puede empezar a construir sin olvidar que construye.
Y quizá ése
sea el comienzo de una nueva etapa.
No el final
de la placenta.
Sino el
momento de comprenderla.
Y después…

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