Madre Tierra interroga la astrología
Durante siglos, la astrología ha preguntado al cielo por el ser humano.
Ahora la
pregunta cambia de dirección.
Madre Tierra
interroga la astrología.
No para
confirmarla.
No para
destruirla.
Para preguntarle
qué queda de sus símbolos cuando los confrontamos con aquello que hace posible
la Vida.
¿Qué función
representa realmente cada planeta?
¿Qué
necesidad vital atiende?
¿Qué aporta
a la unidad?
¿Qué ocurre
si falta?
¿Qué sucede
cuando ocupa más lugar del que le corresponde?
¿Y qué parte
de todo lo que la astrología ha dicho durante siglos pertenece al arquetipo y
qué parte pudo ir añadiendo la historia humana?
A través de
un calibrador de doce preguntas, esta obra propone separar las capas sin destruir
ninguna de ellas.
Lo que
permanece después de la pregunta nos ayuda a buscar la función original.
Lo que queda
fuera no se desecha: se convierte en una arqueología del ser humano, de las
sociedades y de las épocas que fueron depositando significados sobre los
símbolos.
La primera
parte construye el método.
La segunda
se atreve a aplicarlo planeta por planeta.
Marte,
Venus, Saturno, Mercurio, la Luna, el Sol y los demás arquetipos se sientan
delante de Madre Tierra y tienen que responder.
El resultado
no es un nuevo diccionario astrológico.
Es un cambio
de punto de observación.
Una
invitación a volver a mirar la astrología desde la Vida, la unidad y la
continuidad.
Porque quizá
la pregunta más importante ya no sea:
¿Qué dice el
cielo sobre nosotros?
Sino
también:
¿Qué hemos
puesto nosotros sobre el cielo?
EL PASO DADO
¿Y si una
parte enorme de la realidad en la que vivimos hubiera sido construida por
nosotros mismos?
¿Y si
después hubiéramos olvidado que la construimos?
La
astrología es el punto de partida de esta interrogación.
Desde los signos
y sus significados, este tomo se adentra sin miedo en una pregunta mayor: la
diferencia entre aquello que existe y aquello que el ser humano ha
interpretado, nombrado y construido sobre ello.
Porque una
cosa es el cielo.
Otra son los
símbolos que hemos colocado sobre él.
Y otra,
todavía, la manera en que vivimos esos símbolos y terminamos convirtiéndolos en
nuestra propia realidad.
Durante
generaciones hemos construido explicaciones para orientarnos, sobrevivir y
comprender.
No hay
fantasmas.
Lo hemos
hecho nosotros.
Lo hemos
hecho como sabíamos.
Pero llega
un momento en que una construcción puede permanecer mientras el ser humano
continúa cambiando.
Y entonces
aparece la gran pregunta:
¿Seguimos
viviendo dentro de algo que nosotros mismos construimos y ya hemos olvidado que
podemos transformar?
Madre Tierra
se convierte aquí en el punto de contraste.
En la base
sobre la que hemos construido.
En el
termómetro capaz de recordarnos que existe una realidad mayor que nosotros no
podemos reorganizar a voluntad y, al mismo tiempo, una realidad humana que sí
hemos ido organizando.
Reconocer
esa diferencia no es una amenaza.
Es una
liberación.
Porque
entonces descubrimos que podemos mirar de nuevo.
Podemos
preguntar.
Podemos
rectificar.
Podemos transformar.
Y podemos
continuar construyendo.
Esta vez,
sabiendo que construimos.
Quizá la
gran revolución no consista en crear otro mundo dentro de la misma
construcción.
Quizá
consista en reconocer la placenta que nos protegió, comprenderla… y atrevernos,
por fin, a nacer.
Cuando la astrología vuelve a ser preguntada
Durante
siglos, la astrología ha preguntado.
Ha
preguntado al cielo por el ser humano.
Ha observado
los movimientos de los astros, ha buscado correspondencias, ha reunido
experiencias, ha construido símbolos y ha transmitido interpretaciones de generación
en generación.
Y gracias a
ese largo recorrido ha llegado hasta nosotros un inmenso patrimonio de
observaciones, intuiciones, asociaciones y conocimientos.
Pero quizá
haya llegado el momento de realizar una pregunta distinta.
No para
negar todo lo anterior.
No para
sustituirlo.
No para
demostrar que estaba equivocado.
Sino para
volver a preguntar desde otro lugar.
Hasta ahora,
el ser humano miraba el cielo desde su propia historia. Y ese ser humano ya
vivía dentro de una civilización, una cultura, una moral, una economía, una
religión, una idea del poder, de la familia, del hombre, de la mujer, del
éxito, de la guerra y de la autoridad.
Era
inevitable que, al mirar los símbolos del cielo, también depositara sobre ellos
algo de sí mismo.
Eso no invalida
la astrología.
Pero nos
obliga a distinguir.
¿Qué
pertenece realmente al arquetipo?
¿Qué
pertenece a la función que representa?
¿Y qué pudo
ir añadiendo el ser humano durante siglos?
Ésa es la
pregunta que abre este libro.
Madre Tierra
no viene a confirmar la astrología.
Tampoco
viene a destruirla.
La
interroga.
La coloca
delante de aquello que hace posible toda vida y le pregunta:
¿Qué función
cumples?
¿Qué
necesidad vital atiendes?
¿Qué aportas
al conjunto?
¿Qué ocurre
si faltas?
¿Qué ocurre
si ocupas más lugar del que te corresponde?
¿Y qué parte
de todo lo que hemos dicho sobre ti pertenece realmente a tu función y qué
parte puede haber sido añadida por nuestra propia historia?
Ésta no es
una investigación contra la astrología.
Es una
investigación que acepta la posibilidad de que la astrología tenga todavía
cosas que descubrir sobre sí misma.
Si un
símbolo representa una función real de la vida, esa función debería poder
reconocerse antes de sus vestidos culturales.
Y si una
interpretación no responde a las preguntas de la vida, tampoco será arrojada a
la basura.
Será
estudiada.
Porque quizá
nos hable de la sociedad que la necesitó, de la época que la creó o de la
humanidad que la depositó sobre el símbolo.
Así, nada se
pierde.
Lo que
permanece después de la pregunta nos ayuda a buscar la función.
Lo que queda
fuera nos ayuda a comprender la historia humana.
Y tal vez
ésa sea una de las mayores riquezas de este trabajo.
Por primera
vez, no preguntamos solamente qué dice la astrología sobre nosotros.
Preguntamos
también qué hemos dicho nosotros sobre la astrología.
Y lo hacemos
desde un suelo común a todos:
la Vida.
La Tierra.
La
continuidad.
Desde ahí
comienza esta conversación.
Madre Tierra
pregunta.
La
astrología responde.
Y nosotros
tendremos que escuchar incluso aquello que no esperábamos encontrar.
Cambiar el punto de observación
Hay momentos
en los que una disciplina no necesita más datos.
Necesita
cambiar de lugar.
La
astrología ha acumulado durante siglos una enorme cantidad de observaciones,
símbolos, correspondencias y experiencias. Ha servido para pensar, para
orientarse, para comprender y, en muchas ocasiones, para acompañar a las
personas.
Sin embargo,
toda observación se realiza desde algún lugar.
Nadie mira
desde ninguna parte.
Cada época
observa con sus propios ojos.
Cada
sociedad formula sus preguntas.
Cada cultura
selecciona aquello que considera importante.
Y después,
casi sin darnos cuenta, terminamos creyendo que el símbolo siempre dijo
exactamente aquello que nosotros fuimos aprendiendo a leer en él.
Este libro
propone una operación sencilla, aunque sus consecuencias puedan ser profundas.
Antes de
preguntar qué significa un planeta, un signo o una casa, preguntaremos algo
anterior:
¿Qué función
de la Vida podría estar intentando describir?
No
empezaremos por Marte como guerra.
Ni por Venus
como amor.
Ni por
Saturno como castigo.
Ni por el
Sol como ego.
Ni por la
Luna como maternidad.
Esas
palabras no se niegan.
Se dejan a
un lado provisionalmente.
Primero
intentaremos descubrir qué necesidad vital existe antes de ellas.
Para ello se
construye un calibrador de doce preguntas.
No pretende
decidir si la astrología es verdadera o falsa.
Pretende
separar capas.
La capa
vital.
La capa
funcional.
La capa
humana.
La capa
histórica.
La capa
cultural.
Y después
volver a reunirlas, pero sabiendo qué lugar ocupa cada una.
Porque una
interpretación histórica no tiene por qué ser falsa.
Puede haber
sido extraordinariamente útil.
Puede
explicar perfectamente una sociedad, una época o una persona.
Pero quizá
no sea la raíz.
Y conocer la
raíz no obliga a destruir el árbol.
Al
contrario.
Permite
comprender cómo creció.
La primera
parte de esta obra construye ese instrumento.
La segunda
se atreve a utilizarlo.
Los planetas
van sentándose, uno a uno, delante de Madre Tierra.
No reciben
privilegios.
No se les
perdona nada.
Pero tampoco
se les acusa.
Se les
pregunta.
Y algo
empieza a ocurrir.
Palabras que
parecían definitivas comienzan a abrirse.
La guerra
puede esconder una función de defensa.
La autoridad
puede esconder una necesidad de estructura.
La relación
puede revelar una función de intercambio.
La identidad
puede empezar a entenderse como referencia a una unidad mayor.
Nada queda
decidido de antemano.
Ésa es
precisamente la condición de la investigación.
Este libro
no ofrece un nuevo diccionario astrológico.
Ofrece un
nuevo lugar desde el que mirar.
Y quizá, al
hacerlo, descubramos que algunas cosas de la astrología se sostienen con más
fuerza de la que imaginábamos.
Que otras
necesitan ser recolocadas.
Que algunas
pertenecen claramente a la historia humana.
Y que otras
quizá tengan que caer.
Si eso
ocurre, también habrá sido un resultado.
Porque el
objetivo no es tener razón.
El objetivo
es acercarnos un poco más a la función original de los símbolos.
Mirarlos
desde la Vida.
Desde
aquello de lo que todos dependemos.
Y comprobar qué queda cuando la astrología vuelve a ser preguntada.
Después de preguntar
Al terminar
este recorrido no encontramos una astrología destruida.
Tampoco
encontramos una astrología confirmada.
Encontramos
algo más interesante.
Una
astrología que ha tenido que responder.
Ésa era la
condición desde el principio.
No veníamos
a demostrar que los antiguos tenían razón.
Ni a
demostrar que estaban equivocados.
Veníamos a
preguntar qué ocurre cuando los símbolos son confrontados con las necesidades
que hacen posible la Vida.
Y la
respuesta no ha sido uniforme.
Algunas
interpretaciones parecen conservar un núcleo funcional debajo de siglos de
palabras añadidas.
Otras
muestran claramente el peso de las sociedades que las formularon.
Y algunas
quedan abiertas, esperando nuevas preguntas.
Eso no es
una debilidad.
Es quizá el
resultado más honesto de una investigación.
Porque un
símbolo no se vuelve más verdadero por repetirlo durante siglos.
Ni se vuelve
falso por ser antiguo.
Tiene que
poder responder desde aquello que pretende representar.
La gran
sorpresa de este trabajo quizá no sea lo que hemos descubierto sobre Marte,
Venus, Saturno, Mercurio, la Luna o el Sol.
Tal vez sea
lo que hemos descubierto sobre nosotros.
Al interrogar
los arquetipos hemos empezado a ver cuánto de nuestra propia historia habíamos
depositado sobre ellos.
Guerras.
Jerarquías.
Matrimonios.
Profesiones.
Prestigios.
Miedos.
Esperanzas.
Cada época
dejó algo.
Y ese algo
también merece ser comprendido.
Porque no es
basura.
Es historia
humana.
Así, el
camino no termina separando lo original de lo añadido.
Termina
aprendiendo a ubicarlos.
La función
vital puede ayudarnos a comprender qué había debajo.
La historia
puede ayudarnos a comprender cómo llegamos hasta aquí.
Y ambas
cosas son necesarias si queremos seguir avanzando sin negar el camino
recorrido.
Quizá la
astrología del siglo XXI no necesite acumular más significados.
Quizá
necesite, antes que nada, recuperar la pregunta.
Preguntar
qué función describe.
Qué
necesidad atiende.
Qué aporta.
De qué
depende.
Qué
facilita.
Qué ocurre
cuando falta.
Qué sucede
cuando domina.
Y cómo
coopera con el resto de la unidad.
Si continúa
respondiendo a esas preguntas, tendrá algo sólido que ofrecer.
Y si alguna
parte no responde, tampoco será una derrota.
Será una
invitación a volver a mirar.
Porque eso
es, en el fondo, lo que ha hecho Madre Tierra durante todo este libro.
No ha
dictado sentencia.
Ha
preguntado.
Y quizá ésa
sea la mejor manera de cuidar una tradición:
no repetirla
ciegamente,
no
destruirla apresuradamente,
sino acompañarla hasta que pueda volver a decirnos qué permanece de ella cuando la contemplamos desde la Vida
La gran interrogación
Este libro
se acerca a la astrología sin miedo.
Y quizá ésa
sea ya una forma de comenzar.
Porque
interrogar no significa destruir.
Interrogar
significa mirar.
Volver a
mirar aquello que durante mucho tiempo hemos dado por sabido. Preguntarnos qué
vemos realmente y qué hemos aprendido a ver. Preguntarnos dónde termina aquello
que está ante nosotros y dónde comienza aquello que nosotros mismos hemos
colocado sobre ello.
La
astrología ha acompañado al ser humano durante una parte inmensa de su
historia. Hemos mirado el cielo buscando orientación, explicaciones, señales y
sentido. Hemos observado los ciclos, los planetas, el Sol y la Luna. Y, sobre
esa observación, hemos construido un universo de significados.
Pero llega
un momento en el que una pregunta se hace inevitable:
¿Cuánto
de aquello que llamamos astrología estaba en el cielo y cuánto hemos puesto
nosotros sobre él?
Esta
pregunta no pretende acabar con la astrología.
Pretende
algo quizá más difícil:
liberarla
de la obligación de ser aquello que hemos dicho que era.
Porque una
cosa es aquello que existe.
Y otra, muy
distinta, es lo que el ser humano interpreta sobre aquello que existe.
Una cosa es
observar Marte en una determinada posición respecto a la Tierra.
Otra cosa es
atribuir a Marte determinados significados.
Y otra,
todavía, es que una persona reconozca, experimente o viva esos significados en
su propia existencia.
Todo ello
puede formar parte de la experiencia humana.
Pero no todo
pertenece al mismo nivel.
Y quizá una
de nuestras grandes dificultades ha consistido precisamente en olvidar esa
diferencia.
Hemos
construido.
Después
hemos transmitido lo construido.
Y, con el
paso del tiempo, hemos podido llegar a olvidar que lo construimos.
Entonces la
interpretación se convierte en realidad.
El símbolo
se convierte en destino.
La
descripción se convierte en identidad.
Y aquello
que pudo ser una manera humana de comprender termina siendo vivido como si
fuera la totalidad de lo que somos.
Ésta es la
interrogación que atraviesa este libro.
Pero, a
medida que avanzamos, descubrimos que la astrología es sólo una parte.
Porque la
pregunta termina creciendo.
Y termina
interrogándonos a nosotros mismos.
Después de la interrogación
Este tomo ha
interrogado los signos.
Pero la
interrogación ha terminado siendo mucho mayor que los signos.
Porque, al
acercarnos a ellos sin miedo, aparece una cuestión que atraviesa toda la
experiencia humana.
Nada obliga
a que una construcción simbólica sea una prisión.
Puede ser
una herramienta.
Puede ser
una lectura.
Puede ser
una forma de orientación.
Puede
incluso formar parte profunda de la experiencia de una persona.
El problema
comienza cuando dejamos de verla como construcción y la convertimos en una
verdad absoluta.
Cuando el
símbolo se convierte en aquello que somos.
Cuando la
interpretación se convierte en nuestro destino.
Cuando una
descripción se convierte en una frontera.
Entonces
olvidamos algo esencial.
La
construcción no es necesariamente la totalidad de la realidad.
Reconocerlo
no significa que todo desaparezca.
Al
contrario.
Por primera
vez podemos verlo en su lugar.
Podemos
mirar el cielo sin tener que destruir los símbolos.
Podemos
utilizar una interpretación sin convertirla en una cárcel.
Podemos
recibir una lectura sin entregar por completo nuestra realidad a esa lectura.
Podemos
construir sin olvidar que estamos construyendo.
Y quizá ahí
se encuentra la verdadera libertad.
No en dejar
de crear.
No en
abandonar todos los mundos humanos.
Sino en
saber que los creamos.
Porque el
ser humano siempre ha construido una realidad sobre la realidad.
Ha creado
significados sobre aquello que veía.
Ha levantado
mundos dentro del mundo.
Y después,
muchas veces, ha olvidado que eran suyos.
Ese olvido
puede hundirnos.
Porque
aquello que creemos inevitable deja de poder ser interrogado.
Y aquello
que no interrogamos termina, con frecuencia, gobernándonos.
Pero ahora
podemos volver a mirar.
Y al mirar
podemos reconocer.
Y al
reconocer podemos rectificar.
Tal vez ésa
sea una de las mayores posibilidades que se abren ante nosotros.
No descubrir
que todo lo anterior fue un error.
Sino
descubrir que podemos comprender por
qué hicimos lo que hicimos.
Y desde ahí
continuar.
Enderezar. Transformar. Aprender. Crear de nuevo.
Esta vez con
una diferencia fundamental.
Sabiendo
que tenemos poder de construcción.
No un poder
absoluto.
No el poder
de cambiar la realidad inmensa que nos contiene.
Pero sí el
poder de participar en la construcción de nuestra realidad humana.
Y eso es
enorme.
Porque
significa que no estamos terminados.
Que nuestra
historia no está completamente cerrada.
Que muchas
de las paredes que nos rodean pueden ser revisadas.
Que algunos
límites quizá fueron construidos.
Que algunas
certezas pueden volver a ser preguntas.
Y que, al
descubrir la construcción, volvemos a descubrir la posibilidad.
Por eso este
libro no termina con una respuesta definitiva sobre la astrología.
Termina con
algo quizá más vivo:
una
interrogación abierta.
La
astrología ha sido mirada.
Los signos
han sido interrogados.
Los símbolos
han sido devueltos a su dimensión humana.
Y, al
hacerlo, algo más ha aparecido.
La
posibilidad de que el ser humano vuelva a verse a sí mismo como aquello que
siempre ha sido:
un
constructor de mundos.
La
diferencia es que ahora puede empezar a construir sin olvidar que construye.
Y quizá ése
sea el comienzo de una nueva etapa.
No el final
de la placenta.
Sino el
momento de comprenderla.
Y después…

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