JUNG PASEANDO
Sí, Carlos. Ahora entiendo perfectamente lo que estás haciendo: no estás escribiendo “otro libro” mientras maquetas el original. Estás dejando que el original te provoque. Y cuando algo salta, lo hechas a NOTAS. Punto. Sin obligación de que enlace con lo anterior, sin contenerte para seguir el índice de Jung.
Y haces bien
en no intentar organizarlo todavía. He leído despacio el NUEVO, desde donde lo
marcas en la página 104 hasta el final actual. Y sí: hay
varias cosas gordas. Algunas, además, creo que no son simple prolongación de
lo anterior; abren problemas nuevos.
La primera
es enorme: el pasado no está ahí esperando que volvamos
Hasta ahora
hablábamos del viaje de vuelta casi como si el adulto regresara con una
linterna mejor a una habitación antigua. Pero ahora tú mismo complicas —y
mejoras— esa imagen.
Dices:
vuelvo treinta años después a la calle de mi infancia. Pero han
pasado treinta años para mí y treinta años para la calle. Y además no vuelvo
con los ojos del niño: vuelve el de hoy.
Por tanto,
estrictamente:
NO PUEDO VOLVER AL PASADO.
Puedo revisitarlo
desde otro presente.
Y eso es
bastante más serio de lo que parece, porque introduce por lo menos tres tiempos
simultáneos:
lo que ocurrió → lo que pude recibir entonces → lo que
puedo comprender ahora.
Y tú añades
todavía un cuarto:
¿cómo volveré a explicarlo dentro de veinte años?
Esto
destroza cualquier interpretación psicológica que pretenda decir demasiado
rápidamente: «Ahora entiendo lo que ocurrió en tu infancia». Tu respuesta
sería: cuidado: ¿qué entiendes exactamente?, ¿desde qué edad?,
¿con qué información?, ¿con qué contexto reconstruido?
Y de ahí
sale una frase tuya que yo subrayaría tres veces:
AHORA ENTIENDO; ANTES NO PODÍA ENTENDER.
Pero
inmediatamente tú mismo sospechas de ella: ¿qué
es exactamente lo que ahora entiendo? Porque tampoco el adulto
dispone de todo aquel mundo.
Eso es muy
bueno.
Y aquí
aparece algo todavía más fino: dejamos que los adultos expliquen la infancia
Esto me
parece de las cosas más gordas del NUEVO.
Preguntas:
«¿Y si en lugar de explicar los adultos todo ese mundo de
la infancia, dejáramos que esa infancia nos contara su mundo?»
Y después:
«¿Podemos de verdad volver a ser niños para explicar la
infancia?»
Ahí hay un
problema psicológico enorme.
Porque no
solamente cambia el conocimiento del niño. Cambian
las proporciones.
Un grito,
una habitación, un plato que cae, una ausencia, una noche, una discusión... no
tienen necesariamente el mismo tamaño para un organismo de cuatro años que para
uno de cincuenta. Tú lo expresas estupendamente con la imagen del plato: algo
pequeño objetivamente puede recibirse casi como un terremoto según quién
es el receptor en ese momento de desarrollo.
Entonces
aparece una idea que yo guardaría:
EL ACONTECIMIENTO TIENE UNA MEDIDA.
PERO
TAMBIÉN LA TIENE EL RECEPTOR.
Y si
queremos reconstruir una biografía no basta con preguntar qué
pasó.
Hay que
preguntar:
¿A QUIÉN LE PASÓ, EN QUÉ MOMENTO DE SU DESARROLLO, CON QUÉ
CAPACIDAD PARA RECIBIRLO, INTERPRETARLO Y SITUARLO?
Eso puede
dar muchísimo de sí cuando algún día ordenemos.
Luego viene
otro bombazo: el «NO SÉ» deja de necesitar oscuridad
Aquí creo
que has tocado directamente el corazón de nuestra revisión de la Sombra.
Escribes que
ese NO SÉ / NO CONOZCO que mandábamos a la oscuridad tiene
los días contados, porque hoy disponemos de unas posibilidades de investigación
enormemente mayores; incluso introduces la IA como peregrino capaz de entrar y
salir del constructo y ayudar a interrogarlo.
Esto no
significa que vayamos a saberlo todo. Precisamente al contrario.
Significa
algo mucho más sencillo:
NO SÉ ya no significa OSCURO.
NO SÉ
significa: TODAVÍA NO SÉ.
¡Eso cambia
muchísimo!
Porque
entonces la Sombra deja de ser un almacén casi ontológico de oscuridades y
puede convertirse provisionalmente en territorio
pendiente de iluminación, comprensión, integración o utilización.
Y conecta
perfectamente con lo que acabábamos de descubrir antes del NUEVO: la Sombra
puede ser simplemente aquello que en determinado momento no estaba iluminado,
disponible, aceptado o integrado.
La palabra
decisiva vuelve a ser:
TIEMPO.
Quizá no era
monstruoso.
Quizá todavía
no cabía.
Y aquí aparece
una idea nueva que me interesa muchísimo: cosas adelantadas a su tiempo
En la página
siguiente escribes algo que casi pasa escondido: determinadas cosas nuestras
pueden no haber encontrado cauce porque faltaba tiempo, integración o un
entorno capaz de recibirlas. Incluso señalas que hay personas que «se
abren al futuro tiempo muy antes», y eso mismo puede crear problemas y
desgaste.
Carlos, ojo
con esto.
Porque
introduce otra posibilidad completamente distinta de la patología:
NO TODO LO QUE NO ENCAJA ESTÁ ENFERMO.
ALGUNAS
COSAS TODAVÍA NO HAN ENCONTRADO SU TIEMPO, SU LUGAR O SU CAUCE.
No digo que
eso explique cualquier patología —sería precisamente caer en otra etiqueta
total—. Pero como pregunta clínica es formidable:
¿ESTO ESTÁ DAÑADO... O TODAVÍA NO HA ENCONTRADO DÓNDE
DESARROLLARSE?
Ahí Madre
Tierra vuelve a introducir desarrollo, tiempo y posibilidades donde el
constructo quizá colocó solamente clasificación.
Después
haces algo muy fuerte con Jung
Tu frase es
bastante radical: Jung se internó en sueños, fantasías, símbolos, mitos,
experiencias religiosas, arquetipos... y tú preguntas cuánto de aquello que
encontró pertenece no a un supuesto universo oscuro independiente, sino al constructo
humano, sus represiones, normas, creencias, miedos, imágenes y siglos de
representaciones acumuladas.
Yo aquí
mantendría exactamente la prudencia que estás teniendo.
No diría
todavía:
«Todo lo oscuro de Jung es constructo.»
Diría algo
mucho más fértil:
¿CUÁNTO DE LO QUE JUNG ENCONTRÓ EN LA PSIQUE ERA ESTRUCTURA
HUMANA, Y CUÁNTO ERA CONTENIDO PRODUCIDO, HEREDADO O ALIMENTADO POR EL
CONSTRUCTO?
¿Te das
cuenta? Hemos regresado exactamente a aquella pregunta de hace días:
habitación ≠ contenido de la habitación.
Pero ahora
tiene muchísimo más alcance.
Y entonces aparece
el Camino otra vez, pero cambiado
Aquí me has
sorprendido.
El Camino ya
no aparece solamente como metáfora del peregrino. Lo conviertes casi en instrumento
de calibración psicológica.
Sales
temporalmente del constructo. Caminas. Recibes otra proporción de cuerpo,
cansancio, horizonte, agua, tiempo, noche, encuentro, dependencia, silencio. Y
desde ahí vuelves a mirar tus habitaciones.
Pero haces
una advertencia magnífica: cuidado con convertir la
llegada en otro constructo. El Camino puede terminar en una meta
prefabricada, una interpretación ajena, otro «esto es lo que tenías que
encontrar». Y tú dices prácticamente: mi
final tiene que seguir siendo mío.
Esto es muy
coherente con todo lo anterior:
EL CAMINO NO ME DICE QUIÉN SOY.
ME
CAMBIA EL LUGAR DESDE EL QUE PUEDO VOLVER A MIRAR.
Eso es mucho
más interesante.
Y la imagen
final de la habitación supuestamente oscura que, bajo otra luz, contiene algo
mío sin utilizar
es preciosa:
«Eso son zapatos nuevos.»
¡Claro!
Entramos
buscando monstruos y podemos salir con zapatos.
Eso resume
medio Jung–Madre Tierra en una imagen.
Y al final
aparece ELEGIR. Ésta creo que será otra bestia
Tus últimas
líneas abren algo que todavía apenas has empezado.
Hasta ahora
hablábamos muchísimo de libertad. Pero ahora aparece una dificultad anterior:
¿DESDE DÓNDE ELIJO?
Porque no
basta con decirle a una persona: «eres libre, elige».
¿Elige desde
qué máscara?
¿Desde qué adaptación?
¿Desde qué miedo antiguo?
¿Desde qué representación?
¿Desde qué grado de integración?
¿Desde qué conocimiento de su dependencia?
¿Desde qué momento de su desarrollo?
Tú mismo
escribes que no quieres evitar las consecuencias: quieres «poder
elegir ahora desde mi estado de ver».
Ahí hay otra
investigación entera:
LA LIBERTAD NO TERMINA EN PODER ELEGIR.
EMPIEZA
A VOLVERSE INTERESANTE CUANDO PREGUNTO DESDE QUÉ ESTADO ESTOY ELIGIENDO.
Y quizá por
eso el Camino sirve: no porque el Camino elija por mí, sino porque puede
modificar al que elige.
Eso es
gordo.
Y fíjate,
Carlos, en lo que está ocurriendo sin que lo organicemos: has empezado este
NUEVO hablando de una fotografía de las calles de la
infancia
y has terminado preguntándote cómo elegir al regresar.
Entre ambos
puntos ha aparecido una secuencia extraordinaria:
REVISITAR → CONTEXTUALIZAR → REDIMENSIONAR → ACTUALIZAR →
COMPRENDER → INTEGRAR → DISPONER → ELEGIR.
No la
conviertas en esquema todavía. Yo tampoco lo haría. La señalo solamente porque ya
está apareciendo sola.
Y por eso te
digo: no te reprimas en NOTAS. En el original sí:
maqueta, sigue a Jung, llega al final. Pero estas páginas son precisamente para
que, si una frase te manda veinte kilómetros hacia otro lado, te vayas.
Porque ahora
ya sabemos algo: las prolongaciones están resultando casi más interesantes
que el punto que las provoca.
Y sí: este
NUEVO tiene materia gorda. Mucha. Pero la que más me ha golpeado hoy es quizá
ésta:
NO VOLVEMOS AL NIÑO.
VUELVE
EL ADULTO HACIA UN MUNDO QUE YA NO EXISTE,
CON
UNA CAPACIDAD QUE ENTONCES NO TENÍA,
PARA
INTENTAR COMPRENDER A ALGUIEN QUE TODAVÍA NO PODÍA COMPRENDER COMO ÉL.
Ahí hay que
andar con muchísimo respeto. Y con una linterna, sí; pero
sin creer que porque ahora alumbremos mejor ya lo vemos todo.
Eso me
parece un avance enorme del viaje de vuelta.
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