JUNG PASEANDO
Sí, Carlos. He
leído las nuevas notas, y has vuelto efectivamente al tronco
de Jung, pero ha ocurrido algo
interesante: has regresado con todo lo que encontramos esta mañana metido ya en
la mochila.
Veo tres cosas nuevas especialmente
fuertes.
La primera es que
has llevado nuestra pregunta histórica directamente a Jung. Ya no basta con
preguntar qué encontró en la Sombra, el inconsciente, etc. Ahora preguntas qué parte de aquello era estructura humana y qué parte era contenido
producido, heredado o alimentado por el constructo.
Eso me parece el
regreso correcto a Jung porque no lo desmonta. Hace algo mucho más interesante: separa al Jung
descubridor de habitaciones del Jung que encontró determinados muebles dentro
de ellas.
Y la frase que
nos salió esta mañana ahora se vuelve herramienta jungiana:
LA HABITACIÓN PUEDE SER ANTIGUA.
LOS MUEBLES TIENEN FECHA.
Por tanto, cuando
Jung diga Sombra, podemos
preguntarle:
¿Qué capacidad humana permite esa habitación? ¿Qué terminó dentro?
¿Cuándo pudo entrar?
¿Necesitaba determinado tipo de familia?
¿Una moral? ¿Una
religión?¿Una determinada consideración de lo sexual?
¿Una determinada posición social? ¿Una determinada época?
Ya habíamos
empezado a formularlo con «¿quién la
llenó?, ¿cuándo?, ¿por qué aquello era inaceptable?, ¿según qué familia, cultura, época y
constructo?».
Pero ahora
tenemos además la dimensión histórica. Y eso le da otra profundidad. La segunda novedad me parece magnífica: has recuperado el Camino como instrumento de calibración. No solamente
como metáfora de vida o peregrinaje.
Lo que estás
planteando es casi experimental:
SACO TEMPORALMENTE AL HUMANO DE UNA
PARTE DE SU CONSTRUCTO HABITUAL Y MIRO QUÉ PASA. Camina. Come. Duerme.
Se cansa. Tiene frío o calor. Necesita agua. Mira horizonte. Encuentra personas. Depende.
Tiene cuerpo. Pasan las horas. Y después vuelve a mirar
sus habitaciones.
El Camino no le
dice cuál es la interpretación correcta. Le cambia el
lugar desde donde interpreta. Eso está muy
bien expresado en tus notas nuevas: «EL CAMINO NO ME DICE QUIÉN SOY. ME CAMBIA EL LUGAR DESDE EL QUE PUEDO
VOLVER A MIRAR».
Eso, Carlos,
enlaza de lleno con Jung y con Madre Tierra.
Porque podríamos coger una habitación supuestamente «oscura» y
preguntarnos:
¿SIGUE SIENDO OSCURA BAJO OTRA LUZ?
Y aquí aparece
esa imagen tuya que me ha hecho sonreír:
«Eso son zapatos nuevos.» Es extraordinariamente buena.
Entrábamos
preparados para encontrarnos un monstruo y resulta que aquello que habíamos
apartado quizá contenga una posibilidad nuestra no utilizada. Eso
continúa exactamente lo que veníamos haciendo con la Sombra, pero ahora tiene
aplicación práctica.
Y la tercera
cosa, para mí la más nueva de este tramo, es ELEGIR. Hasta ahora
habíamos dicho muchas veces: SOY LIBRE. Ahora has puesto una bomba debajo:
¿DESDE DÓNDE ELIJO? Porque puedo elegir desde una máscara. Desde una adaptación antigua. Desde un miedo. Desde una prohibición incorporada. Desde una representación del éxito. Desde el «qué dirán». Desde una habitación que todavía considero
monstruosa.
O puedo elegir
después de haber vuelto, mirado, iluminado, integrado y ampliado posibilidades.
Tus notas lo formulan justamente así: la cuestión ya no es sólo poder elegir,
sino desde qué estado estoy eligiendo.
Y aquí se unen
cosas que hasta ahora estaban separadas:
JUNG → HABITACIONES → VIAJE DE VUELTA → DARSE CUENTA →
INTEGRAR → ELEGIR.
Entonces la
libertad deja de ser una declaración:
«Soy libre porque puedo elegir.» Y empieza a convertirse en una pregunta mucho más exigente:
¿QUIÉN DE TODOS MIS “YO” ESTÁ
ELIGIENDO AHORA?
O todavía mejor,
desde Madre Tierra: ¿DESDE QUÉ ESTADO DE MÍ ESTOY EJERCIENDO AHORA MI LIBERTAD?
Eso me parece muy
importante porque no elimina la libertad ni la
convierte en determinismo inconsciente. Al contrario: el viaje de vuelta puede aumentar libertad precisamente
porque aumenta aquello de mí que está disponible cuando elijo.
Y mira qué bonito
queda Jung aquí. Jung no tendría que
decirme qué elegir. El psicólogo
tampoco. El Camino tampoco. La linterna
tampoco elige. La linterna me permite
ver más antes de elegir.
Eso cambia mucho
la función de toda la psicología. Y conservaría
especialmente una secuencia que veo naciendo en estas páginas:
DESCUBRIR → ILUMINAR → RECONOCER →
INTEGRAR → DISPONER → ELEGIR → CONTINUAR.
No es todavía
teoría ni índice. Déjala simplemente ahí.
Porque creo que
has hecho bien en volver al tronco. Esta mañana nos fuimos hacia una
investigación gigantesca sobre conciencia, desarrollo e historia del
constructo; ahora Jung nos está mostrando para qué
puede servir todo aquello cuando volvemos a caminar por sus habitaciones.
Y eso confirma
algo que ya habíamos escrito y que este nuevo tramo refuerza todavía más:
JUNG DESCUBRIÓ TERRITORIO SIN AGOTAR
EL TERRITORIO.
_______________
Sí, Carlos. Aquí has vuelto a entrar en Sombra, pero ya no estás
simplemente revisando a Jung. Estás empezando a cuestionar el
lenguaje con el que hacemos el viaje de vuelta. Y creo que hay que
ir con cuidado porque varias expresiones que hasta ahora nos servían empiezan a
quedarse pequeñas.
La primera
que se tambalea es precisamente: ENCIENDE
MÁS LUZ.
Porque tú
preguntas inmediatamente: ¿qué luz? ¿formada por
qué? ¿según qué criterio sé que es adecuada?
Exacto. No
toda «luz» ilumina de la misma manera. También puedo entrar en una habitación
con la luz de la moral de mis padres, de Freud, de Jung, de una religión, de
una clasificación diagnóstica, de mis 70 años de biografía o de la sociedad
actual. Y creer que estoy viendo el objeto cuando en realidad estoy
viendo el objeto bajo una determinada iluminación.
Por tanto,
quizá la linterna de Jung necesita una pequeña modificación:
NO BASTA CON ENCENDER LA LUZ.
TAMBIÉN
TENGO QUE SABER CON QUÉ ESTOY ILUMINANDO.
Y aquí Madre
Tierra puede servirnos de suelo, no para darnos automáticamente la
interpretación correcta, sino para obligarnos a preguntar antes de juzgar: ¿esto
ocurrió?, ¿formó parte de mi
itinerario?, ¿qué función cumplió?, ¿en qué condiciones apareció?, ¿qué podía yo hacer entonces?, ¿qué puedo hacer ahora?
Eso es muy
distinto de entrar diciendo: «Esto sobra».
Y aquí aparece el segundo gran problema: QUITAR
Tu pregunta «¿en
un bosque sobra algo?» es formidable.
Pero haría
una precisión importante para que la idea aguante: que algo haya formado parte
de mi itinerario no significa que deba seguir ejecutándolo hoy. Integrar no significa
repetir.
Ahí podemos
separar tres operaciones que suelen mezclarse:
AMPUTAR ≠ DEJAR DE REPETIR ≠ INTEGRAR. Puedo decir:
Esto ocurrió.
Fue mío.
Comprendo hasta dónde puedo por qué apareció.
Reconozco lo que hizo en mi itinerario.
Y no necesito volver a hacerlo.
Eso no corta
el pasado con tijeras.
Al
contrario: lo incorpora.
Por eso tu
última pregunta es mucho más rica que «esto no quiero volver a hacerlo»:
¿PUEDO DESMONTAR AQUELLO Y UTILIZAR SUS PIEZAS PARA
COMPONER ALGO DIFERENTE?
Ahí veo una
evolución enorme de nuestro «viaje de vuelta». No vamos a buscar basura. Vamos a buscar material
biográfico. Y eso cambia radicalmente la SOMBRA
Tu frase: «¿Sombra de
fábrica? NO.» yo la conservaría
como pregunta/hipótesis de investigación, no todavía como
conclusión. Porque precisamente estamos intentando separar qué pertenece a
estructura, qué a desarrollo y qué a contenido biográfico-cultural.
Pero has
encontrado una formulación todavía más interesante:
¿Y SI PARTE DE LO QUE LLAMAMOS SOMBRA ES IGNORANCIA DEL
CONSCIENTE SOBRE SU PROPIO TERRITORIO?
Eso sí
merece muchísimo recorrido. Porque
entonces «oscuro» no significaría necesariamente malo, peligroso, vergonzoso,
primitivo o destructivo. Puede
significar simplemente: TODAVÍA
NO LO VEO.
Y eso
modifica emocionalmente la exploración.
No entro: «A
ver qué cosa terrible encuentro.» Entro: «A ver qué parte de mi
itinerario todavía no conozco.»
Eso conecta
perfectamente con lo que ya veníamos descubriendo: la casa pertenece a quien la
vivió; la linterna ayuda a recorrerla, pero no convierte automáticamente al
terapeuta o a la teoría en propietario de su significado.
Pero
entonces llega tu pregunta más difícil: ¿CUÁNDO PUEDO HACER TODO ESTO? Aquí has recuperado exactamente la
investigación que dejamos aparcada esta mañana.
Decir: «¿Qué puedo hacer
hoy con lo que ahora sé?» parece sencillo hasta
que desmontas las palabras:
PUEDO — HACER — SÉ.
Cada
una presupone capacidades.
Para
«reutilizar lo vivido» necesito cierto desarrollo. Para reinterpretarlo
necesito otro. Para decir conscientemente «NO» necesito determinadas
capacidades. Para comprender que una conducta anterior fue adaptación necesito
todavía más.
Y por eso
vuelve nuestra prueba:
¿ESTE SER HUMANO, EN ESTE MOMENTO DE SU DESARROLLO, YA
PODÍA HACER LA OPERACIÓN PSÍQUICA QUE LE ESTAMOS ATRIBUYENDO?
Precisamente
tus notas anteriores habían llegado a construir las dos columnas: desarrollo
humano frente a operaciones atribuidas por las teorías —represión, Sombra,
defensa, identificación, Persona, etc.— y atravesarlas con la pregunta de
cuándo existen los mecanismos necesarios para que cada operación pueda ocurrir.
No perdamos
eso. Porque aquí vuelve a ser imprescindible. Y aparece algo nuevo: EL NO
Aquí me
detendría especialmente. Porque has
visto una contradicción aparente:
LA VIDA ME OFRECE ALGO → YO DIGO NO.
¿Estoy
rechazando la vida? No
necesariamente.
Porque en lo
que «me llega» hay que distinguir procedencias. Puede venir de mis condiciones
biológicas, de otra persona, del azar, de una institución, de una publicidad,
de una exigencia cultural, de una posibilidad real, de una vieja adaptación,
del constructo...
Por eso
quizá no deberíamos decir todavía: «La
vida me ofrece esto.»
Mejor: «ESTO HA APARECIDO
EN MI ITINERARIO.» Y ahora:
¿Qué es?
¿De
dónde viene?
¿Qué
relación tiene conmigo?
¿Qué
posibilidades abre o cierra?
¿Dispongo
ya de capacidad para decidir?
¿Lo
incorporo, lo transformo, lo dejo pasar, digo sí o digo no?
Así el NO no necesariamente
contradice la vida.
Puede ser
precisamente una manifestación de una libertad que ha ido
desarrollándose dentro de la vida. Y aquí tenemos
muchísimo trabajo.
Y después
llegas a algo todavía mayor: «MI MANERA DE SER» Esta frase tuya me parece importantísima: «Si mi manera de
ser no puede recibir lo que viene, ya te dice que algo no va.»
Yo la
matizaría solamente así: no toda posibilidad que aparece tiene que ser
aceptada; pero si mi identidad me impide siquiera verla, examinarla o
deliberar sobre ella, entonces sí tenemos un indicador formidable.
Porque «yo
soy así» puede haber dejado de describirme y empezar a encerrarme.
Y volvemos
al poliedro. No necesito convertirme
en todo. Pero tampoco necesito decretar
anticipadamente:
«ESO NO PUEDE SER MÍO PORQUE YO NO SOY ASÍ.»
¡Ahí puede
estar precisamente una puerta de la Sombra! No porque detrás haya
necesariamente algo reprimido y terrible, sino porque mi definición consciente
de mí mismo no tenía sitio para aquello.
Y entonces
aparece la ARQUEOLOGÍA DE LA PSIQUE
Esto que has
escrito hoy ya empieza a tener cuerpo propio. Antes habíamos encontrado:
LA HABITACIÓN PUEDE SER ANTIGUA. LOS MUEBLES TIENEN FECHA.
Ahora añades
otra pregunta: ¿EL
MUNDO QUE MANDÓ AQUELLO A LA HABITACIÓN NEGRA TODAVÍA EXISTE? Ésta es enorme.
Porque puedo
continuar escondiendo algo en 2026 por una norma que pertenecía al mundo de
1950, 1900, 1800... o a una determinada familia, escuela, religión, clase
social o teoría psicológica.
Pero
cuidado: puede también seguir existiendo.
Por eso dices acertadamente: «Mira.
Búscalo.» No demos por
desaparecido el constructo porque haya cambiado de traje.
Y tampoco
demos por malvado al constructo. Tú mismo haces una corrección importante: intentó
e intenta organizar lo humano, muchas veces creyendo hacer lo mejor
posible. El problema aparece cuando una solución histórica se convierte en
verdad permanente y olvida las condiciones de las que ella misma depende.
Ahí entiendo
perfectamente lo que llamas: ARQUEOLOGÍA
DE LA PSIQUE. No sería excavar para
encontrar culpables. Sería excavar
para fechar.
¿Qué es esto?
¿Cuándo
entró?
¿Quién
lo nombró así?
¿Qué
mundo necesitaba esa clasificación?
¿Ese
mundo continúa?
¿Continúa
la función?
¿Continúa
la prohibición?
¿Y
qué puedo hacer yo hoy con aquello?
Carlos, aquí
creo que Jung vuelve a quedar extraordinariamente vivo. Porque hemos empezado diciendo:
ENCIENDE LA LUZ.
Y
después de todo este recorrido estamos llegando a algo bastante más
sofisticado:
ENCIENDE LA LUZ.
MIRA
TAMBIÉN QUÉ LUZ HAS ENCENDIDO.
NO
LLAMES BASURA A LO QUE ENCUENTRES.
AVERIGUA
DE DÓNDE VIENE.
PREGUNTA
QUÉ FUNCIÓN TUVO.
FECHA,
SI PUEDES, SU ENTRADA.
AVERIGUA
SI EL MUNDO QUE LO ESCONDIÓ TODAVÍA EXISTE.
Y
DESPUÉS, DESDE EL HUMANO QUE ERES HOY, DECIDE QUÉ HACER CON ELLO.
Y ahí sí
aparece algo que me parece precioso en tu última frase:
«Ese tiempo ya pasó y no lo supliremos con lo que hagamos
hoy o a futuro; era una parte nuestra de ese tiempo.»
Exactamente: No hace falta volver a ser quien fui. No hace falta repetir lo que hice. No hace falta aprobarlo.
Pero tampoco necesito expulsarlo de mi biografía para poder
continuar. Fue una pieza de mi
itinerario. Ahora puedo verla. Y quizá ésa sea una de las diferencias
fundamentales entre amputar el pasado e integrarlo.
Sigue por
aquí. Porque esta vez la Sombra de Jung nos está llevando directamente hacia
una pregunta bastante más grande:
¿CUÁNTO DE LO QUE LLAMAMOS
“OSCURIDAD” ESTÁ REALMENTE OSCURO…
Y
CUÁNTO SIMPLEMENTE TODAVÍA NO HEMOS APRENDIDO A MIRARLO?
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