MADRE TIERRA y JUNG
¿Quién me pidió que fuera éste? Familia, escuela, profesión, cultura,
época.
En el
capítulo anterior preguntábamos: ¿CÓMO APRENDÍ A PRESENTARME ASÍ? Ahora podemos afinar
todavía más la excavación. Porque
una Persona no se construye solamente con aquello que hacemos. También se construye con aquello que los demás esperan de nosotros. Y aparece una pregunta formidable: ¿QUIÉN
ME PIDIÓ QUE FUERA ÉSTE?
La respuesta
puede ser sorprendente. Quizá nadie. O quizá muchos. Quizá nadie lo dijo explícitamente. Quizá no existió nunca la frase: «TIENES
QUE SER ASÍ.»
Y, sin
embargo, el mensaje llegó. Por una
mirada. Una reacción. Un premio. Un silencio. Una comparación. Una expectativa. Una norma. Una costumbre. Una puerta que se abría cuando actuábamos
de determinada manera. Otra que se
cerraba. El caminante fue aprendiendo.
NO BUSCAMOS
AL CULPABLE
La pregunta: ¿QUIÉN
ME PIDIÓ QUE FUERA ÉSTE? puede
parecer acusatoria. No lo es.
No estamos organizando un juicio.
Estamos haciendo: ARQUEOLOGÍA.
Quizá quien
me pidió determinada adaptación estaba adaptándose también. Mi padre había tenido un padre. Mi madre una madre. Mi profesor había sido educado. La escuela pertenecía a un sistema. La empresa a una cultura laboral. La cultura a una época. La época había heredado otras épocas. De repente desaparece la imagen de un
único fabricante. Aparece algo mucho
más interesante: UNA CADENA DE
TRANSMISIÓN.
FAMILIA
Es nuestro
primer gran mundo humano. Llegamos
sin conocer sus reglas. Y ya están
funcionando. Hay maneras de mostrar
afecto. De enfadarse. De pedir. De callar.
De resolver problemas. De
hablar de dinero. De relacionarse con
el cuerpo. De entender el éxito. De vivir el fracaso. De tratar la autoridad. De expresar miedo. De celebrar. De sufrir.
El niño no
compara inicialmente su familia con veinte modelos familiares y escoge. ÉSE
ES SU MUNDO. Y
empieza a encontrar un lugar.
«TÚ ERES EL
MAYOR»
Una frase
completamente real. Pero puede venir
acompañada de: «TÚ TIENES QUE SER RESPONSABLE.» Y quizá empieza a
aparecer: EL RESPONSABLE. Otro escucha: «TU
HERMANO ES MUY SENSIBLE.» Y
quizá descubre que a él le corresponde ser:
EL FUERTE.
Otra recibe
reconocimiento por cuidar a todos. Otro
por sacar buenas notas. Otro por no
molestar. Otro por hacer reír. Otro encuentra su lugar precisamente
siendo el que protesta. No estamos
diciendo que una frase fabrique una personalidad. Sería ridículo. Estamos diciendo que: LAS
RELACIONES OFRECEN LUGARES. Y el
caminante puede ir ocupándolos.
PERO MI
FAMILIA TAMBIÉN TENÍA HISTORIA
Aquí nuestra
mirada se ensancha. Quizá mi padre
valoraba extraordinariamente el trabajo.
¿Por qué? Quizá ésa había sido su experiencia. Quizá vivió escasez. Quizá era el valor de su época. Quizá lo recibió de su padre. Quizá simplemente encontró ahí sentido. No lo sabemos hasta investigarlo. Pero ya no tenemos: PADRE
→ HIJO. Tenemos: ITINERARIO → ITINERARIO →
ITINERARIO. Su historia se
encontró con la mía. Y yo hice
algo con aquello que recibí.
ESCUELA
Después
aparece otro mundo. Con reglas
diferentes. Horarios. Evaluaciones. Compañeros. Autoridad.
Comparación. Aprobación. Fracaso.
Popularidad. Ridículo. Disciplina.
El niño
descubre rápidamente que aquello que funcionaba en casa quizá no funciona allí. Y aprende otra presentación.
«BUEN
ALUMNO»
Menudo
personaje puede construirse alrededor de dos palabras. ¿Qué significa? Atento.
Obediente. Rápido. Ordenado.
Buenas notas. Participativo. Dependerá de la escuela, del profesor y
de la época. El niño que recibe
continuamente reconocimiento por aquello puede empezar a incorporar: «ÉSTE
SOY YO.» Y quizá
décadas después todavía necesite sacar un diez en todo.
No afirmamos
que ocurra necesariamente. Preguntamos: ¿SIGUES
PRESENTÁNDOTE A UN EXAMEN QUE YA TERMINÓ?
Ésta sí que es una p regunta de arqueólogo.
TAMBIÉN
APRENDEMOS A NO QUEDAR EN RIDÍCULO
La escuela
no transmite solamente conocimientos. Es
también un espacio social. El
caminante descubre: qué hace reír a
otros, qué produce vergüenza, qué da prestigio, qué excluye, qué permite pertenecer.
Y puede
empezar a regular su presentación. ESTO LO ENSEÑO. ESTO MEJOR NO.
Otra vez Persona. Y, poco a poco, aparece la frontera de
aquello que queda fuera.
PROFESIÓN
Más adelante
el mundo laboral puede pedirnos una Persona todavía más especializada.
«Aquí tienes
que mostrar seguridad.» «No te
impliques emocionalmente.» «Tienes
que venderte.» «Un jefe no puede
dudar.» «El cliente siempre...» «Aquí hay que competir.» «No traigas los problemas de casa.»
Algunas de
estas reglas pueden cumplir funciones perfectamente comprensibles. Una profesión necesita formas. Responsabilidades. Límites.
Pero Madre Tierra pregunta: ¿CUÁNTO DEL UNIFORME TERMINÓ ENTRANDO EN LA
PIEL?
EL OFICIO
PUEDE ENSEÑARME A SER ALGUIEN
Y no
necesariamente para mal. Una
profesión puede desarrollar: disciplina, paciencia, capacidad de escuchar, precisión, responsabilidad, creatividad, cooperación.
Puede abrir
posibilidades que quizá no conocíamos.
El constructo también educa. También
amplía. También crea. Nuestro problema nunca ha sido: CONSTRUIDO
= MALO.
Nuestro
problema es: OLVIDAR QUE FUE CONSTRUIDO. Porque
entonces una exigencia profesional puede convertirse en definición humana.
CULTURA
Y ahora la
excavación se hace todavía más amplia.
Porque detrás de familia, escuela y profesión aparece algo que los
atraviesa: CULTURA.
Una cultura
nos entrega maneras de entender: éxito, familia,
amor, autoridad, sexo,
trabajo, edad, belleza,
prestigio, masculinidad, feminidad,
independencia, dependencia, muerte,
religión, cuerpo. No necesitamos recibir un libro titulado: MANUAL
DE LA CULTURA EN LA QUE HAS NACIDO.
La
respiramos socialmente. Está en
palabras. Historias. Fiestas.
Películas. Chistes. Instituciones. Publicidad.
Costumbres. Relaciones. Símbolos.
Y LO
CULTURAL PUEDE PARECER NATURAL
Éste es uno
de nuestros grandes puntos. Cuando
algo: se repite, lo hace mucha gente, viene de generaciones anteriores, está institucionalizado, y lo aprendemos desde pequeños, puede adquirir apariencia de: «LAS
COSAS SON ASÍ.»
Madre Tierra
hace entonces nuestra pregunta fundacional:
¿ESTO ESTABA AQUÍ
O LO PUSIMOS NOSOTROS? No
para ridiculizarlo. Para clasificar
correctamente la realidad. Puede ser
una construcción magnífica. Pero si
fue construida: PODEMOS INVESTIGARLA.
ÉPOCA
Y todavía
falta una capa. ¿CUÁNDO NACISTE? Porque
la Persona que resultaba adecuada en 1920 no es necesariamente la de 2026.
Cambian: las profesiones, las relaciones, la tecnología, los papeles familiares, las formas de autoridad, las expectativas, las posibilidades, los lenguajes, las maneras de presentarse.
Cada
caminante entra en un
momento determinado del constructo humano. Esto es enorme. Porque muchas veces estudiamos
psicológicamente a la persona sin colocar suficientemente detrás: EL
CALENDARIO.
JUNG
TAMBIÉN TENÍA CALENDARIO
Y esto
debemos aplicárselo a él con el mismo respeto. Jung nació en 1875. No en 2026.
Vivió dentro
de una Europa, una medicina, una psiquiatría, unas estructuras familiares, unas
concepciones sobre hombres y mujeres, una cultura religiosa y un conocimiento
científico correspondientes a su itinerario histórico. Eso no disminuye su obra. LA
SITÚA.
Y
precisamente porque la situamos podemos hacerle justicia. No preguntamos: «¿POR
QUÉ JUNG NO SABÍA LO QUE SABEMOS UN SIGLO DESPUÉS?»
Sería
absurdo. Preguntamos: ¿DÓNDE
ESTABA JUNG CUANDO VIO LO QUE VIO? Entonces
aparece el caminante. El picapedrero. El minero.
Con las herramientas de su época.
Y vemos todavía mejor hasta dónde llegó.
LA ÉPOCA
TAMBIÉN NOS ESTÁ CONSTRUYENDO A NOSOTROS
Ésta es la
parte divertida. Es muy fácil mirar 1900
y reconocer: «AQUELLO ERA CULTURAL.» Mucho más difícil es mirar
2026 y descubrir: «ESTO TAMBIÉN.»
Nosotros
tampoco estamos fuera del constructo. Tenemos
nuestras evidencias. Nuestras modas. Nuestros lenguajes. Nuestras clasificaciones. Nuestras ideas sobre lo normal. Nuestros valores. Nuestras Personas. Dentro de cien años, alguien podrá mirarnos
y decir: «CLARO, ERAN PERSONAS DE PRINCIPIOS
DEL SIGLO XXI.» Menuda
cura de humildad.
ENTONCES,
¿QUIÉN ME PIDIÓ QUE FUERA ÉSTE? Ahora
podemos responder: MUCHOS.
Y quizá: NINGUNO
POR COMPLETO. Mi
familia participó. La escuela
participó. Mis amigos. Mi profesión. Mi cultura.
Mi época. Las circunstancias. Las respuestas que obtuve.
Mis propias
disposiciones. Mis decisiones. Mis experiencias. Mi manera particular de organizar todo
aquello. Por eso no somos simples
productos del entorno. Pero tampoco
aparecemos fuera de él. SOY UN CAMINANTE QUE SE FUE CONSTRUYENDO EN
RELACIÓN CON UN MUNDO YA EN MARCHA.
ESTO CAMBIA
LA PREGUNTA «¿QUIÉN SOY?»
Porque quizá
algunas respuestas empiezan a separarse.
SOY MÉDICO. Ésa es una función. SOY
EL RESPONSABLE. Quizá
también una adaptación. SOY EL QUE NO LLORA. Investiguemos. SOY EL QUE SIEMPRE PUEDE. ¿Desde cuándo? SOY
UN FRACASADO. ¿Quién
utilizó esa medida? SOY RARO. ¿Comparado con qué
norma?
La
arqueología empieza a introducir aire entre el caminante y sus definiciones.
¿QUIÉN PUSO LA REGLA?
Ésta puede
convertirse en otra de nuestras linternas.
Cuando aparezca: DEBERÍA SER... preguntemos:
¿QUIÉN PUSO ESE «DEBERÍA»?
Quizá tenga
una razón excelente. Entonces lo
conservamos. Quizá protege a otros. Quizá permite convivencia. Quizá responde a una responsabilidad
asumida. Perfecto. Pero quizá descubramos que estamos
obedeciendo una regla cuyo origen desconocemos y cuya función ya desapareció. Entonces: REVISAMOS. No por rebeldía. Por conciencia.
NO TODA
PETICIÓN FUE EXPLÍCITA
Éste es un
punto fundamental. Quizá nadie dijo: «NO
MUESTRES MIEDO.» Pero
cada vez que aparecía miedo alguien se burlaba. El mensaje llegó. Quizá nadie dijo: «TIENES
QUE TRIUNFAR.»
Pero el
reconocimiento aparecía especialmente alrededor del rendimiento. El mensaje pudo llegar. Quizá nadie dijo: «TÚ
CUIDAS DE TODOS.»
Pero cada
vez que había un problema todos acudían a la misma persona. El papel pudo consolidarse. Por eso la arqueología no busca solamente
frases. Busca: RELACIONES.
Y TAMPOCO
TODO LO QUE RECIBÍ ME CONSTRUYÓ
Otra
precisión imprescindible. Recibimos
miles de mensajes. No todos dejan la
misma huella. No todos se incorporan. No todos nos afectan igual. No somos una pared sobre la que el entorno
escribe directamente.
El caminante
participa. Responde. Selecciona.
Interpreta. Se resiste. Acepta.
Transforma. Y muchas veces no
podremos reconstruir exactamente cómo ocurrió. Por eso mantenemos nuestra regla: NO
INVENTAR.
AHORA
PUEDO CONTESTAR
Supongamos
que después de investigar descubro: «APRENDÍ A SER SIEMPRE FUERTE.» ¿Quién me lo pidió? Quizá mi familia. Quizá una situación. Quizá mi época. Quizá yo mismo fui encontrando que aquella
posición me daba seguridad. Quizá todo
junto. Perfecto.
Ahora viene
lo importante. No preguntamos: ¿QUIÉN
TUVO LA CULPA? Preguntamos: ¿SIGUE
SIENDO NECESARIO? Y todavía más: ¿QUIERO
CONTINUAR SIENDO ÚNICAMENTE ÉSTE?
Ahí la
arqueología se convierte en libertad.
EL
CONSTRUCTO HABLA A TRAVÉS DE NOSOTROS
Quizá ésta
sea una de las conclusiones más potentes de esta parte. El constructo humano no está solamente: en los edificios, en las leyes, en las instituciones, en el dinero, en las profesiones. También puede entrar en nuestra manera de
decir: «YO SOY.»
Entonces
Jung nos presta la Persona. Madre
Tierra nos presta la pregunta: ¿ESTO ESTABA AQUÍ O LO PUSIMOS NOSOTROS?
Y juntos
podemos investigar: ¿QUÉ PARTE ES FUNCIÓN? ¿QUÉ PARTE ES ADAPTACIÓN? ¿QUÉ PARTE ES HISTORIA? ¿QUÉ PARTE QUIERO CONSERVAR? ¿QUÉ PARTE PUEDO RECONSIDERAR?
En nuestros
apuntes de Jung ya estaba planteado este giro: la Persona sirve para «encajar»,
pero precisamente por ello había que preguntar en qué mundo está encajando, y distinguir
aquello que pertenece a la vida de aquello que pertenece a las incrustaciones
del constructo.
Y ahora
podemos volver a la pregunta del título:
¿QUIÉN ME PIDIÓ QUE FUERA ÉSTE?
Familia. Escuela.
Profesión. Cultura. Época.
Quizá todos dejaron algo. Pero
ninguno de ellos estaba solo. Cada uno
era también: UN CAMINANTE DENTRO DE OTRO ITINERARIO.
De repente
el edificio entero adquiere profundidad histórica. No estamos ante una máscara suspendida en
la psique. Estamos viendo cómo un mundo humano puede entrar en
una persona y participar en la manera en que esa persona aprende a presentarse
ante el mundo.
Y ahora
aparece una pregunta inevitable. Porque
quizá nadie me obliga ya. La familia
cambió. La escuela terminó. La profesión puede haber desaparecido. La época es otra. Y, sin embargo, yo continúo presentándome
igual. Entonces debemos preguntar: ¿QUIÉN ME LO ESTÁ PIDIENDO AHORA? Quizá descubramos algo
extraordinario: YA NADIE. Y ésa puede ser la primera
grieta por la que entre la libertad.
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