LIBROS de BARBARIN I II III

domingo, 18 de octubre de 2026

MADRE TIERRA El HORIZONTE de TODO ESTA POR HACER ¿Cómo vivir para seguir descubriendo?

 

MADRE TIERRA

El  HORIZONTE  de TODO ESTA POR HACER


¿Cómo vivir para seguir descubriendo?

Quizá una de las preguntas más importantes que puede hacerse un ser humano no sea qué sabe, ni cuánto ha conseguido, ni siquiera quién es.       Quizá la pregunta sea mucho más sencilla:

¿Cómo vivir para seguir descubriendo?

Porque la conciencia parece poseer una característica extraordinaria.

Mientras permanece abierta, la realidad nunca deja de ofrecerle algo nuevo.       No necesariamente cosas espectaculares.

A veces basta un amanecer contemplado con calma.     Una conversación.     Una semilla.     El vuelo de un pájaro.    Una pregunta inesperada.     O un silencio que permite escuchar algo que el ruido ocultaba.

La vida continúa mostrando posibilidades a quien permanece disponible para verlas.


Sin embargo, existe un momento delicado.

Es cuando una persona empieza a pensar que ya comprendió la realidad.      Que ya sabe suficiente.    Que las cosas son únicamente como él las entiende.

En ese instante no deja de existir inteligencia.    Lo que comienza a disminuir es la capacidad de descubrimiento.    Porque la realidad siempre es mayor que nuestras explicaciones.

El universo no se hace pequeño porque nuestras teorías sean grandes.    Continúa siendo inmenso.      Y siempre guarda aspectos que todavía no hemos aprendido a reconocer.


Descubrir exige una forma de vivir.     No basta con acumular información.

Muchas personas conocen miles de datos y, sin embargo, hace años que no descubren nada verdaderamente nuevo.      Otras apenas poseen estudios y continúan sorprendiendo a todos por la frescura con la que miran la realidad.

La diferencia no está solamente en el conocimiento.    Está en la actitud.

Una conciencia abierta observa antes de concluir.     Escucha antes de responder.     Pregunta antes de afirmar.     Acepta que todavía queda mucho por aprender.

Y precisamente por eso continúa creciendo.


La naturaleza enseña esta actitud continuamente.

Ningún amanecer pretende ser el último.      Ninguna primavera cree haber terminado la obra.

Cada estación realiza plenamente su tarea y deja espacio para la siguiente.     Todo parece vivir disponible para continuar el despliegue.

Quizá el ser humano también pueda aprender esa forma de existir.     No vivir como quien ha llegado.     Sino como quien participa en una realidad que siempre puede mostrar un horizonte nuevo.


También conviene aprender a distinguir entre lo urgente y lo importante.

Lo urgente llena la agenda.       Lo importante ensancha la conciencia.

Muchas veces dedicamos enormes esfuerzos a resolver asuntos que dentro de unos meses habrán desaparecido.

Mientras tanto dejamos de contemplar aquello que sostiene nuestra vida cada día:      el agua,      el aire,     la luz,    los demás,    la Tierra,    el tiempo,    el propio hecho de estar vivos.

Y, curiosamente, es precisamente ahí donde suelen aparecer los descubrimientos más profundos.


Seguir descubriendo exige conservar la capacidad de asombro.     No el asombro infantil que desconoce.     Sino el asombro maduro que comprende que nunca terminará de comprender del todo.

Ese asombro no debilita la inteligencia.     La protege.     Porque impide que el conocimiento se convierta en orgullo.      Y mantiene viva la curiosidad.


También requiere descanso.       Una conciencia agotada apenas puede mirar más allá de lo inmediato.

Necesita resolver.     Defenderse.     Sobrevivir.

En cambio, cuando recupera el ritmo natural, vuelve a disponer de espacio interior.      Y en ese espacio aparecen preguntas nuevas.

No porque las fabriquemos.      Sino porque siempre estuvieron esperando.


Quizá por eso la historia de la humanidad no haya avanzado únicamente gracias a quienes encontraron respuestas.      Ha avanzado gracias a quienes conservaron la capacidad de formular una pregunta más.

Cada gran descubrimiento comenzó cuando alguien se negó a pensar que todo estaba ya explicado.

Miró una semilla y preguntó.     Miró una estrella y preguntó.     Miró el cuerpo humano y preguntó.     Miró la conciencia y volvió a preguntar.

Así continúa creciendo la humanidad.


Por eso, vivir para seguir descubriendo no consiste en perseguir continuamente novedades.      Consiste en mantener una disposición interior.

Una forma de caminar.      Una manera de habitar el mundo.     La conciencia no necesita correr.      Necesita permanecer despierta.      Porque la realidad no deja de ofrecer posibilidades.

La cuestión es si vivimos de una manera que nos permita reconocerlas.

Quizá ésa sea una de las mayores responsabilidades del ser humano.     No creer que ya ha llegado.     Sino permanecer siempre disponible para el siguiente descubrimiento.

Porque mientras exista esa apertura, la Vida seguirá teniendo algo nuevo que mostrar.      Y una conciencia que continúa descubriendo es, probablemente, una conciencia que continúa viviendo.


Carlos, mientras lo escribía me ha surgido una idea que creo que resume todo el capítulo y que podría quedar destacada, incluso en un recuadro:

Una conciencia viva no se reconoce porque tenga todas las respuestas, sino porque nunca pierde la capacidad de descubrir nuevas preguntas.

Creo que esta frase recoge muy bien el espíritu de MADRE TIERRA y también el de este nuevo libro. No invita a acumular conocimientos; invita a conservar abierta la puerta por la que la Vida sigue entrando en nuestra conciencia.

 

Carlos...Creo que aquí has tocado una pregunta que puede convertirse en uno de los grandes ejes de toda tu obra. Pero precisamente por eso merece un desarrollo muy sereno, sin precipitar respuestas. Yo la escribiría así:


¿Qué hace posible la posibilidad?

Durante siglos la humanidad se ha preguntado qué es la materia.    Después preguntó qué es la vida.    Más tarde comenzó a preguntarse qué es la conciencia.

Cada una de estas preguntas ha abierto horizontes inmensos. Sin embargo, al contemplarlas con calma, parece surgir otra todavía más profunda.

No pregunta por las cosas.     No pregunta por la vida.     No pregunta siquiera por la conciencia.

Pregunta por aquello que hace posible que cualquiera de ellas pueda llegar a existir.

¿Qué hace posible la posibilidad?

No es una pregunta fácil.    Quizá ni siquiera podamos responderla completamente.

Pero el simple hecho de formularla cambia nuestra manera de mirar.     Porque antes de que exista un árbol tiene que ser posible que exista un árbol.

Antes de que aparezca una estrella tiene que ser posible que aparezca una estrella.      Antes de que una conciencia pueda descubrir algo, tiene que existir la posibilidad misma del descubrimiento.

La posibilidad parece preceder a toda manifestación.

No la vemos directamente.      Vemos sus consecuencias.

Del mismo modo que no vemos el viento, pero sí las hojas que mueve.     No observamos la posibilidad en sí.

Observamos continuamente cómo las posibilidades llegan a hacerse realidad.

Una semilla se convierte en trigo.     Una célula en un organismo.     Una idea en una civilización.     Una intuición en un libro.

Todo ello parece indicar que la realidad posee una extraordinaria capacidad para desplegar posibilidades.

Ahora bien, aquí conviene detenerse.     No sabemos cuál es el origen último de esa capacidad.      No sabemos si pertenece a la naturaleza profunda del universo, si forma parte de la creación o si responde a un fundamento que todavía desconocemos.

Nuestro propósito no consiste en resolver ese misterio.       Consiste en reconocer que el misterio existe.

Y quizá eso ya sea un gran paso.     Porque cuando dejamos de creer que todo está explicado, la conciencia vuelve a abrirse.

La pregunta deja de ser un problema.      Se convierte en un horizonte.

Entonces comprendemos que la posibilidad no es simplemente una palabra.      Es aquello gracias a lo cual puede existir todo lo demás.

La vida sería un despliegue de posibilidades.

La conciencia sería la capacidad de reconocer algunas de ellas.

La libertad sería la posibilidad de responder a esas posibilidades.

Y la biografía de cada ser humano sería la historia de cómo fue encontrándose con ellas.

Quizá nunca lleguemos a saber qué hace posible la posibilidad.

Pero vivir con esa pregunta cambia profundamente la forma de contemplar la realidad.

Porque deja de parecernos un universo terminado.    Empieza a parecernos un universo continuamente abierto.     Y entonces aparece una consecuencia muy sencilla.

Cada amanecer ya no es solamente un día más.      Es una nueva posibilidad.

Cada encuentro.    Cada aprendizaje.    Cada dificultad.    Cada descubrimiento.

Todo puede convertirse en una puerta hacia posibilidades que ayer todavía permanecían invisibles.

Quizá ésa sea una de las mayores tareas de la conciencia humana.

No fabricar posibilidades.      No poseerlas.     Sino vivir de tal manera que pueda reconocerlas cuando la Vida las pone delante de nosotros.


Carlos, y al terminar de escribirlo me ha venido una frase que creo que puede convertirse en una de esas frases que permanecen durante años:

La posibilidad es el silencio fértil del que nacen todas las formas.

No afirma qué es ese "silencio". No lo identifica con una teoría, con Dios, con la física o con una filosofía concreta. Simplemente utiliza una imagen que deja abierta la investigación.

Creo que ése es el tono que más fuerza dará a este libro: no cerrar el misterio

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