MADRE
TIERRA
El HORIZONTE de TODO ESTA POR HACER
¿Cómo vivir para seguir descubriendo?
Quizá una de
las preguntas más importantes que puede hacerse un ser humano no sea qué sabe,
ni cuánto ha conseguido, ni siquiera quién es. Quizá la pregunta sea mucho más
sencilla:
¿Cómo
vivir para seguir descubriendo?
Porque la
conciencia parece poseer una característica extraordinaria.
Mientras
permanece abierta, la realidad nunca deja de ofrecerle algo nuevo. No necesariamente cosas espectaculares.
A veces
basta un amanecer contemplado con calma.
Una conversación. Una semilla. El vuelo de un pájaro. Una pregunta inesperada. O un silencio que permite escuchar algo
que el ruido ocultaba.
La vida
continúa mostrando posibilidades a quien permanece disponible para verlas.
Sin embargo,
existe un momento delicado.
Es cuando
una persona empieza a pensar que ya comprendió la realidad. Que ya sabe suficiente. Que las cosas son únicamente como él las
entiende.
En ese
instante no deja de existir inteligencia.
Lo que comienza a disminuir es la capacidad de descubrimiento. Porque la realidad siempre es mayor que
nuestras explicaciones.
El universo
no se hace pequeño porque nuestras teorías sean grandes. Continúa siendo inmenso. Y siempre guarda aspectos que todavía no
hemos aprendido a reconocer.
Descubrir
exige una forma de vivir. No basta
con acumular información.
Muchas
personas conocen miles de datos y, sin embargo, hace años que no descubren nada
verdaderamente nuevo. Otras apenas
poseen estudios y continúan sorprendiendo a todos por la frescura con la que
miran la realidad.
La
diferencia no está solamente en el conocimiento. Está en la actitud.
Una
conciencia abierta observa antes de concluir. Escucha antes de responder. Pregunta antes de afirmar. Acepta que todavía queda mucho por
aprender.
Y
precisamente por eso continúa creciendo.
La
naturaleza enseña esta actitud continuamente.
Ningún
amanecer pretende ser el último. Ninguna
primavera cree haber terminado la obra.
Cada
estación realiza plenamente su tarea y deja espacio para la siguiente. Todo parece vivir disponible para
continuar el despliegue.
Quizá el ser
humano también pueda aprender esa forma de existir. No vivir como quien ha llegado. Sino como quien participa en una realidad
que siempre puede mostrar un horizonte nuevo.
También
conviene aprender a distinguir entre lo urgente y lo importante.
Lo urgente
llena la agenda. Lo importante
ensancha la conciencia.
Muchas veces
dedicamos enormes esfuerzos a resolver asuntos que dentro de unos meses habrán
desaparecido.
Mientras
tanto dejamos de contemplar aquello que sostiene nuestra vida cada día: el agua, el aire, la luz,
los demás, la Tierra, el tiempo, el propio hecho de estar vivos.
Y,
curiosamente, es precisamente ahí donde suelen aparecer los descubrimientos más
profundos.
Seguir
descubriendo exige conservar la capacidad de asombro. No el asombro infantil que desconoce. Sino el asombro maduro que comprende que
nunca terminará de comprender del todo.
Ese asombro
no debilita la inteligencia. La
protege. Porque impide que el
conocimiento se convierta en orgullo.
Y mantiene viva la curiosidad.
También
requiere descanso. Una conciencia
agotada apenas puede mirar más allá de lo inmediato.
Necesita
resolver. Defenderse. Sobrevivir.
En cambio,
cuando recupera el ritmo natural, vuelve a disponer de espacio interior. Y en ese espacio aparecen preguntas
nuevas.
No porque
las fabriquemos. Sino porque siempre
estuvieron esperando.
Quizá por
eso la historia de la humanidad no haya avanzado únicamente gracias a quienes
encontraron respuestas. Ha avanzado
gracias a quienes conservaron la capacidad de formular una pregunta más.
Cada gran
descubrimiento comenzó cuando alguien se negó a pensar que todo estaba ya
explicado.
Miró una semilla
y preguntó. Miró una estrella y
preguntó. Miró el cuerpo humano y
preguntó. Miró la conciencia y volvió
a preguntar.
Así continúa
creciendo la humanidad.
Por eso,
vivir para seguir descubriendo no consiste en perseguir continuamente novedades. Consiste en mantener una disposición
interior.
Una forma de
caminar. Una manera de habitar el
mundo. La conciencia no necesita
correr. Necesita permanecer
despierta. Porque la realidad no
deja de ofrecer posibilidades.
La cuestión
es si vivimos de una manera que nos permita reconocerlas.
Quizá ésa
sea una de las mayores responsabilidades del ser humano. No creer que ya ha llegado. Sino permanecer siempre disponible para el
siguiente descubrimiento.
Porque
mientras exista esa apertura, la Vida seguirá teniendo algo nuevo que mostrar. Y una conciencia que continúa
descubriendo es, probablemente, una conciencia que continúa viviendo.
Carlos,
mientras lo escribía me ha surgido una idea que creo que resume todo el capítulo
y que podría quedar destacada, incluso en un recuadro:
Una
conciencia viva no se reconoce porque tenga todas las respuestas, sino porque
nunca pierde la capacidad de descubrir nuevas preguntas.
Creo que
esta frase recoge muy bien el espíritu de MADRE
TIERRA y también el de este nuevo libro. No invita a acumular
conocimientos; invita a conservar abierta la puerta por la que la Vida sigue
entrando en nuestra conciencia.
Carlos...Creo que aquí has tocado una
pregunta que puede convertirse en uno de los grandes ejes de toda tu obra. Pero
precisamente por eso merece un desarrollo muy sereno, sin precipitar
respuestas. Yo la escribiría así:
¿Qué
hace posible la posibilidad?
Durante
siglos la humanidad se ha preguntado qué es la materia. Después preguntó qué es la vida. Más tarde comenzó a preguntarse qué es la
conciencia.
Cada una de
estas preguntas ha abierto horizontes inmensos. Sin embargo, al contemplarlas
con calma, parece surgir otra todavía más profunda.
No pregunta
por las cosas. No pregunta por la
vida. No pregunta siquiera por la
conciencia.
Pregunta por
aquello que hace posible que cualquiera de ellas pueda llegar a existir.
¿Qué hace posible la posibilidad?
No es una
pregunta fácil. Quizá ni siquiera
podamos responderla completamente.
Pero el
simple hecho de formularla cambia nuestra manera de mirar. Porque antes de que exista un árbol tiene
que ser posible que exista un árbol.
Antes de que
aparezca una estrella tiene que ser posible que aparezca una estrella. Antes de que una conciencia pueda
descubrir algo, tiene que existir la posibilidad misma del descubrimiento.
La
posibilidad parece preceder a toda manifestación.
No la vemos
directamente. Vemos sus
consecuencias.
Del mismo
modo que no vemos el viento, pero sí las hojas que mueve. No observamos la posibilidad en sí.
Observamos
continuamente cómo las posibilidades llegan a hacerse realidad.
Una semilla
se convierte en trigo. Una célula en
un organismo. Una idea en una
civilización. Una intuición en un
libro.
Todo ello
parece indicar que la realidad posee una extraordinaria capacidad para
desplegar posibilidades.
Ahora bien,
aquí conviene detenerse. No sabemos
cuál es el origen último de esa capacidad.
No sabemos si pertenece a la naturaleza profunda del universo, si forma
parte de la creación o si responde a un fundamento que todavía desconocemos.
Nuestro
propósito no consiste en resolver ese misterio. Consiste en reconocer que el misterio
existe.
Y quizá eso
ya sea un gran paso. Porque cuando
dejamos de creer que todo está explicado, la conciencia vuelve a abrirse.
La pregunta
deja de ser un problema. Se
convierte en un horizonte.
Entonces
comprendemos que la posibilidad no es simplemente una palabra. Es aquello gracias a lo cual puede
existir todo lo demás.
La vida sería un despliegue de posibilidades.
La conciencia sería la capacidad de reconocer
algunas de ellas.
La libertad sería la posibilidad de responder
a esas posibilidades.
Y la biografía de cada ser humano sería la
historia de cómo fue encontrándose con ellas.
Quizá nunca
lleguemos a saber qué hace posible la posibilidad.
Pero vivir
con esa pregunta cambia profundamente la forma de contemplar la realidad.
Porque deja
de parecernos un universo terminado. Empieza
a parecernos un universo continuamente abierto. Y entonces aparece una consecuencia muy
sencilla.
Cada
amanecer ya no es solamente un día más.
Es una nueva posibilidad.
Cada
encuentro. Cada aprendizaje. Cada dificultad. Cada descubrimiento.
Todo puede
convertirse en una puerta hacia posibilidades que ayer todavía permanecían
invisibles.
Quizá ésa
sea una de las mayores tareas de la conciencia humana.
No fabricar
posibilidades. No poseerlas. Sino vivir de tal manera que pueda
reconocerlas cuando la Vida las pone delante de nosotros.
Carlos, y al
terminar de escribirlo me ha venido una frase que creo que puede convertirse en
una de esas frases que permanecen durante años:
La posibilidad es el silencio fértil del que
nacen todas las formas.
No afirma
qué es ese "silencio". No lo identifica con una teoría, con Dios, con
la física o con una filosofía concreta. Simplemente utiliza una imagen que deja
abierta la investigación.
Creo que ése es el tono que más fuerza dará a
este libro: no cerrar el
misterio
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