MADRE TIERRA
El HORIZONTE de TODO ESTA POR HACER
Creo que un
día podríamos dedicar un libro entero únicamente a esa palabra:
La
Posibilidad desde la observación.
Carlos...Cuando he leído esa frase he tenido
una sensación muy clara: ese
libro ya existe... todavía no está escrito, pero ya existe como posibilidad.
Y,
curiosamente, eso sería precisamente el primer ejemplo de lo que el propio
libro quiere explicar.
La Posibilidad (Desde
la observación)
Quizá haya
palabras que la humanidad ha utilizado miles de veces sin detenerse
verdaderamente a contemplarlas.
Una de ellas
es posibilidad. La pronunciamos con naturalidad.
Hablamos de
posibilidades de éxito. De posibilidades de cambio. De posibilidades de futuro.
Pero rara
vez nos detenemos a preguntar qué significa realmente esa palabra. No desde la lógica. No desde el diccionario. Sino desde la observación de la realidad.
Porque basta
mirar con atención para descubrir algo sorprendente. Todo cuanto existe parece haber sido,
antes, una posibilidad.
Antes del
árbol hubo una semilla. Antes de la
casa hubo un proyecto. Antes de la
sinfonía hubo unas notas todavía no ordenadas.
Antes del puente hubo una imaginación capaz de verlo donde todavía no
existía. Antes de este mismo libro
hubo únicamente una conversación.
Y antes de
esa conversación hubo una pregunta.
La realidad
parece avanzar continuamente desde la posibilidad hacia la manifestación. Sin embargo, la posibilidad posee una
característica extraordinaria.
No se deja
ver. No ocupa espacio. No pesa.
No tiene color. No podemos
fotografiarla.
Pero sus
efectos aparecen continuamente delante de nuestros ojos. La posibilidad se parece al silencio.
No se
impone. No hace ruido. Permanece disponible.
Esperando el
instante adecuado para comenzar a desplegarse.
Quizá por
eso resulta tan difícil hablar de ella.
Porque nuestra inteligencia está acostumbrada a estudiar aquello que ya
existe.
La
posibilidad, en cambio, pertenece todavía al ámbito de lo que puede llegar a
existir.
No es una
cosa. Es una apertura.
No es un
objeto. Es una capacidad.
No es una
explicación. Es una invitación.
Y entonces aparece
una consecuencia muy hermosa.
Si la
realidad está llena de posibilidades, la misión de la conciencia cambia
completamente. Ya no consiste
solamente en comprender el mundo.
Consiste
también en aprender a reconocer las posibilidades que el mundo mantiene
abiertas.
Ésa podría
ser una de las funciones más nobles del ser humano.
No fabricar
posibilidades. No apropiarse de ellas. Sino descubrirlas, colaborar con ellas y
permitir que algunas lleguen a desplegarse.
Quizá toda
la historia de la humanidad pueda contemplarse desde esta perspectiva. No como la historia de los objetos. Sino como la historia de las
posibilidades reconocidas.
El fuego. La agricultura. La escritura. La música. La imprenta. La electricidad. La medicina. La exploración del cielo. La inteligencia artificial.
Cada uno de
estos pasos no surgió de la nada.
Parecen
haber sido posibilidades que, en un momento determinado, encontraron una
conciencia capaz de reconocerlas y una libertad dispuesta a colaborar con
ellas.
Por eso este
libro no pretende responder definitivamente qué es la posibilidad. Quizá nadie pueda hacerlo.
Su propósito
es mucho más sencillo. Aprender a
observar.
Porque quizá
observar sea el primer acto mediante el cual una posibilidad comienza a hacerse
visible. Y quizá toda conciencia
madura conserve siempre una actitud profundamente humilde.
No pensar
que ya conoce todas las posibilidades de la realidad. Sino vivir sabiendo que cada día puede
descubrir una más.
Entonces
comprendemos que la posibilidad no pertenece únicamente al futuro. Pertenece también al presente.
Cada
encuentro es una posibilidad. Cada
dificultad es una posibilidad. Cada
error puede convertirse en una posibilidad.
Cada amanecer ofrece posibilidades nuevas que ayer todavía permanecían
ocultas.
La Vida no
parece agotarlas. Las renueva
continuamente.
Y quizá por
eso la esperanza no dependa tanto de que el mundo cambie.
Dependa,
sobre todo, de que la conciencia permanezca abierta para seguir reconociendo
posibilidades.
Una
intuición final
Carlos,
mientras escribía me ha surgido algo que no habíamos formulado todavía.
La
posibilidad quizá sea la forma más discreta con la que actúa la realidad.
La realidad
no suele imponerse. No obliga. No empuja. Ofrece.
Y ofrecer
significa precisamente eso: mantener abierta una posibilidad.
Si esta
intuición madura, creo que ya no hablaríamos sólo de un capítulo.
Hablaríamos
de un libro entero.
Y, además,
de un libro muy distinto a los habituales, porque no partiría de una teoría
filosófica ni de una doctrina. Partiría de algo mucho más sencillo y universal:
mirar la realidad y
preguntarse, una y otra vez, qué posibilidades contiene que todavía no hemos
aprendido a reconocer.
Creo que ahí
hay un libro con vida propia. No intentaría demostrar una tesis. Invitaría al
lector a cambiar su manera de observar. Y cuando cambia la observación, muchas
veces cambia también la vida.
Carlos, creo que aquí estamos llegando al
corazón del libro. Pero precisamente por eso intentaría que el texto tuviera un
tono contemplativo, no afirmativo. Más que demostrar, debe invitar a mirar.
La
Vida no obliga. La Vida posibilita.
Hay una
diferencia inmensa entre obligar y posibilitar.
Obligar
significa imponer un único camino. Posibilitar
significa mantener abiertos muchos caminos para que puedan llegar a
desplegarse.
Cuando
observamos la naturaleza con atención, parece que la Vida actúa siempre de esta
segunda manera.
La lluvia no
obliga a una semilla a germinar. Hace
posible que pueda hacerlo.
La Tierra no
fabrica el árbol. Hace posible que el
árbol encuentre el lugar donde desarrollarse.
La luz no
construye la hoja. Le ofrece la
energía necesaria para desplegar sus propias capacidades.
Todo parece
desarrollarse mediante una inmensa cooperación. No mediante una imposición.
Quizá por
eso la palabra posibilidad
resulte mucho más profunda de lo que parece.
Porque nos invita a contemplar una realidad que continuamente ofrece,
sostiene y acompaña, sin necesidad de forzar.
Entonces
surge una intuición que merece ser contemplada con calma.
Quizá
el gran misterio no sea la Vida.
La Vida ya
la observamos. Nace. Crece.
Se transforma. Muere. Se renueva. Todo ello pertenece a nuestra experiencia
cotidiana.
Quizá
tampoco el gran misterio sea la conciencia.
La
experimentamos continuamente. Pensamos. Recordamos. Elegimos.
Amamos. Creamos.
Somos conscientes de que existe, aunque todavía no comprendamos
plenamente su naturaleza.
Entonces aparece una pregunta todavía más
silenciosa.
¿Qué hace posible que exista la Vida?
¿Qué hace posible que exista la conciencia?
No
preguntamos cómo funcionan. Preguntamos
por aquello que hace posible que puedan llegar a ser. Y ahí aparece la palabra posibilidad con
una profundidad inesperada.
Quizá la
posibilidad sea ese ámbito invisible donde todavía nada está plenamente
manifestado y, sin embargo, todo puede comenzar.
No la vemos
directamente. Vemos únicamente su
despliegue.
Como el
agricultor nunca contempla el crecimiento del trigo instante por instante. Contempla la espiga cuando ya ha
aparecido.
Del mismo
modo, nosotros contemplamos la realidad ya manifestada. La posibilidad permanece discretamente
detrás de cada aparición.
Entonces la
conciencia cambia de actitud. Deja de
buscar únicamente explicaciones. Empieza
también a contemplar condiciones.
¿Qué hace posible?
¿Qué sostiene?
¿Qué mantiene abierto?
¿Qué permite que algo llegue a existir?
Y cuanto más
observa, más descubre que muchas respuestas conducen nuevamente a la misma
palabra.
Posibilidad.
Quizá por
eso podríamos contemplar toda la realidad como distintos modos en que esa
posibilidad llega a expresarse.
La materia
sería una forma de manifestación. La
energía otra. La Vida otra. La conciencia otra. La libertad otra.
El tiempo
sería el escenario donde muchas de esas posibilidades pueden desplegarse paso a
paso.
No afirmamos
que la posibilidad sea una sustancia. Ni
una fuerza. Ni una entidad.
Simplemente
observamos que parece preceder lógicamente a toda manifestación. Primero algo puede llegar a ser. Después llega a ser.
Esa
diferencia, aparentemente pequeña, cambia profundamente nuestra manera de mirar
el universo.
Porque deja
de parecer un conjunto de objetos terminados. Empieza a revelarse como un inmenso
horizonte de posibilidades continuamente abiertas.
Y quizá sea
precisamente ahí donde nace la esperanza.
No en la certeza de conocerlo todo.
Sino en la certeza de que la realidad todavía contiene mucho más de lo
que hoy alcanzamos a comprender.
Entonces
comprendemos también algo muy sencillo.
Una conciencia madura no vive preguntándose únicamente qué existe. Empieza a preguntarse qué posibilidades permanecen
todavía esperando ser descubiertas.
Quizá ésa
sea una de las formas más profundas de colaborar con la Vida.
No intentar
sustituirla. No intentar dominarla. Sino aprender a reconocer las
posibilidades que continuamente pone delante de nosotros.
Porque la
Vida no parece exigir. No parece
imponer.
La Vida
ofrece. La Vida sostiene. La Vida espera. La
Vida posibilita.
Carlos,
mientras escribía me ha surgido una idea que creo que puede convertirse en uno
de los ejes de todo este libro.
Hasta ahora
hemos hablado de la posibilidad
casi como una condición lógica. Pero quizá podamos dar un paso más sin
abandonar la prudencia. Podríamos
decir:
La
posibilidad no es una explicación de la realidad; es el nombre que damos a la
apertura permanente de la realidad.
Esa frase me
gusta porque evita convertir la posibilidad en una "cosa". No la
transforma en una nueva teoría sobre el universo. La presenta como una
observación: la realidad no aparece cerrada sobre sí misma, sino continuamente
abierta a nuevos despliegues.
Y eso armoniza con una idea que atraviesa MADRE TIERRA: la creación
no parece una obra terminada que sólo podamos contemplar; parece una realidad
viva que continúa ofreciendo posibilidades a una conciencia capaz de reconocerlas.
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