Antes de mirar el cielo, mira la Tierra
Hubo un
momento en el que apareció una imagen de nuestro planeta vista desde el
espacio. No era una ilustración cualquiera. Al contemplarla sucedió algo
inesperado: la mirada dejó de perderse en teorías y volvió a reconocer una
evidencia sencilla.
Vivimos
sobre la Tierra.
No era una
idea nueva. Siempre había sido así. Sin embargo, verla de ese modo despertó una
verdad que muchas veces queda oculta entre conceptos y construcciones.
Los océanos
son esenciales. Sin el agua no existiría la vida tal como la conocemos. Pero la
existencia humana cotidiana transcurre sobre la tierra firme.
Aquí
caminamos. Aquí nacen los bosques. Aquí germinan las semillas. Aquí construimos nuestros hogares. Aquí cultivamos el alimento. Aquí vivimos.
De pronto
comprendí que aquella imagen no mostraba solamente un planeta. Mostraba nuestro
lugar de existencia.
Por eso el
título de este libro no es casual.
No habla del
planeta como un objeto astronómico.
Habla de la Madre
Tierra.
La tierra
que sostiene. La tierra que alimenta. La tierra que hace posible la vegetación,
la estabilidad y el desarrollo de la vida.
Mientras
contemplaba aquella imagen comprendí que, sin darme cuenta, volvía a poner los
pies en la realidad.
Era como si
desapareciera una niebla.
Todo volvía
a ocupar su lugar.
Antes de
elevar la mirada hacia el cielo, era necesario reconocer el suelo que ya
sostenía mi existencia.
Ésa fue una
de las inspiraciones silenciosas de este libro.
Porque quizá
la primera lección de la astrología no consiste en aprender los signos, los
planetas o las casas.
Quizá la
primera lección consiste simplemente en recordar dónde vivimos.
Sobre la
Madre Tierra.
Y desde ella
volver a mirar el cielo.
La imagen de la Madre Tierra no apareció para decorar una
portada. Apareció para recordarnos una evidencia. Durante un instante dejó de
importar lo complicado y reapareció lo esencial. Comprendí que toda astrología,
toda filosofía y toda búsqueda humana deberían comenzar por el mismo lugar:
reconocer el suelo que nos sostiene. Sólo cuando volvemos a poner los pies en
la Tierra, el cielo puede recuperar su verdadero significado. La Madre Tierra
no nos aleja del cielo; nos prepara para mirarlo con verdad.
La
imagen de la Madre Tierra produjo en mí una sensación difícil de describir.
Fue como
cuando el óptico va cambiando cristales durante una revisión de la vista.
—¿Así?
No.
—¿Y ahora?
Todavía no.
Va probando
una lente tras otra hasta que, de repente, llega un momento en que uno
responde:
"Ahora
sí."
No porque el
mundo haya cambiado, sino porque por
fin lo vemos con nitidez.
Eso mismo
ocurrió al contemplar aquella imagen.
No veía
únicamente un globo flotando en el espacio.
Veía la
Tierra donde la vida humana puede desarrollarse. Veía la tierra firme. Veía los continentes. Veía los bosques. Veía el lugar donde caminamos, sembramos,
construimos, descansamos y vivimos.
No era una
interpretación. No era una teoría. Era
una evidencia.
Los océanos
son imprescindibles. Sin ellos no
existiría la vida.
Pero
nosotros vivimos sobre la tierra firme.
Y al
reconocerlo desapareció una especie de desenfoque interior.
Todo volvió
a ocupar su lugar.
Fue como si
alguien hubiera cambiado la última lente y, por primera vez, pudiera decir con
absoluta tranquilidad:
"Ahora
sí."
No porque
hubiera descubierto una Tierra nueva. Sino
porque, por fin, veía con claridad la Tierra de siempre.
La verdad no apareció porque cambiara la realidad; apareció porque cambió la claridad con la que la contemplaba.
"La
mayor revelación no consiste en descubrir una Tierra nueva, sino en aprender a
mirar de nuevo la Tierra de siempre."
No
cambia el mundo; cambia la mirada.
Mira la Tierra.
Date cuenta de que aquí sucede la vida. Ahora levantemos la mirada hacia el
cielo.
"Voy
a leer un libro de astrología."
"No.
Primero voy a aprender a mirar la Tierra donde vivo. Después levantaré la
mirada al cielo."
Comprende primero la
Tierra. Reconoce la Vida. Después mira el cielo.
"Éste es el
lugar donde vivo."
No:
"Qué planeta más bonito."
Ni:
"Qué fotografía espacial tan espectacular."
Sino:
"Aquí
transcurre mi existencia."
Ésa es la diferencia.
Toda
comprensión comienza por el fundamento. No buscábamos la Tierra más hermosa. Buscábamos la Tierra que nos devolviera a la
realidad. "Éste es tu hogar. Desde aquí empieza todo."
Con frecuencia hemos
puesto tanto la atención en la inmensidad del planeta que hemos olvidado
contemplar el lugar donde realmente transcurre nuestra existencia.
Nos hemos acostumbrado a mirar la Tierra como
un planeta. Este libro invita a volver a mirarla como nuestro hogar.
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