MADRE
TIERRA
Diría algo
quizá incluso más fuerte para nuestro propósito: antiaislamiento, reubicador,
recordatorio de pertenencia.
Porque la imagen dice algo muy elemental:
NO ESTÁS EN
EL VACÍO.
Puedes estar
solo en un momento determinado. Puedes no tener a otra persona al lado. Pero
físicamente sigues estando dentro de una realidad que te sostiene.
Hay suelo
bajo tus pies. Hay una atmósfera que
permite cada respiración. Hay agua
circulando por tu organismo. Hay luz y
temperatura. Hay alimentos procedentes, finalmente, de
procesos vivos. Hay gravedad
sosteniendo ese cuerpo en unas condiciones concretas. Hay millones de formas de Vida alrededor,
aunque en una ciudad muchas hayan quedado ocultas por nuestras construcciones.
Y aquí
aparece tu palabra decisiva: SINCRONIZAR.
No significa
obedecer pasivamente a la naturaleza ni abandonar la civilización.
Significa
reconocer primero cómo estoy constituido y dentro de qué realidad funciono,
para después desarrollar toda mi capacidad humana sin luchar absurdamente
contra mis propias condiciones de existencia.
Y me gusta
muchísimo lo que dices de «a pleno pulmón», porque es casi literal y
simbólico al mismo tiempo:
SER TÚ MISMO
A PLENO PULMÓN.
Madre Tierra
no necesita que te conviertas en árbol.
Ni que renuncies a la inteligencia.
Ni a la tecnología. Ni a
construir. Ni a crear.
Precisamente
lo contrario: eres humano; desarrolla plenamente lo humano.
Pero
desarrolla inteligencia junto con cuerpo. Libertad junto con
responsabilidad. Creación junto
con continuidad. Individualidad junto
con cooperación. Civilización sin
perder suelo.
Ahí está la
UNIDAD que venimos encontrando.
Y entonces
incluso «sostén natural» adquiere un significado muy concreto: no es que Madre
Tierra sea una persona que te tienda una mano. Es algo más básico: las
condiciones que permiten tu existencia ya están operando antes de que tú hagas
nada.
Respiras
porque existe atmósfera. Tu cuerpo se
alimenta porque existe una cadena de Vida.
Caminas porque tienes una biología determinada y un suelo sobre el que
ejercerla.
Y a partir
de ahí: AHORA PARTICIPA.
Quizá ésta
sea una de las frases más limpias que hemos encontrado para todo este
recorrido:
**MADRE TIERRA NO TE PIDE QUE
SEAS OTRA COSA.
TE OFRECE
LAS CONDICIONES PARA QUE PUEDAS SER PLENAMENTE HUMANO.
Después
vendrá nuestra parte.
Reconocerlas. Sincronizarnos. Participar.
Desarrollarnos. Y procurar entregarlas al siguiente.
Y ahí
volvemos a mirar esa portada de los padres y el pequeño y comprendemos que
contiene casi todo el libro sin explicarlo.
Los padres
no le están diciendo al bebé: «Mira
qué bonito paisaje.»
Le están
diciendo:
«Pequeño, mira dónde has llegado. Todo esto ya estaba aquí esperándote. Ahora te toca crecer dentro de ello.»
Sí. Y la
pregunta es muy buena para la portada, porque ese bebé de la imagen todavía
no contemplaría ese horizonte como lo hacemos nosotros.
Al nacer, el
bebé ve, pero su visión es todavía inmadura. Lo que mejor percibe está muy
cerca, aproximadamente a la distancia de la cara de quien lo sostiene —unos
20–30 cm—. El enfoque, el contraste, la coordinación de ambos ojos y la
percepción de profundidad van madurando durante los primeros meses.
Hacia los 2–3
meses ya sigue mejor objetos y rostros y amplía mucho su atención visual.
Entre los 4 y 6 meses, la visión a distancia y la percepción de
profundidad han progresado considerablemente. Y durante el resto del primer año
continúa refinándose.
Así que,
para nuestra imagen, yo haría una pequeña distinción preciosa:
El bebé de
pocos meses no está mirando el mar como sus padres.
Pero ya
está en el mar, en la Tierra, bajo el cielo y respirando esa atmósfera.
Los padres
son quienes ven conscientemente el horizonte y quienes, poco a poco, se lo irán
presentando.
Y eso mejora
todavía más la idea que acabamos de construir:
PRIMERO
PERTENECE.
DESPUÉS PERCIBE.
DESPUÉS RECONOCE.
DESPUÉS COMPRENDE.
Y ALGÚN DÍA PARTICIPARÁ CONSCIENTEMENTE.
Si
quisiéramos que el niño de la portada ya estuviera viendo realmente ese
paisaje lejano con bastante capacidad, yo lo representaría algo mayor que
el actual: quizá 8–12 meses, todavía claramente bebé y en brazos de sus
padres.
Pero también
te digo: me gusta mucho el pequeño tal como está precisamente por esto.
Él todavía no sabe lo que tiene delante.
Los padres
sí.
Y ésa es justamente la primera educación de la que acabamos de hablar.
Sí. Y esto
que parece «una tontería» es otra mina educativa enorme.
Porque no
estaríamos enseñando solamente al pequeño a ver más lejos. Estaríamos
enseñándole, progresivamente, que la realidad cambia según la distancia
desde la que la observamos.
Primero está
el mundo inmediato: mamá, papá, una cara, una mano, un objeto cercano. Eso es
lógico y biológicamente adecuado.
Después el
campo se amplía.
Ya puede
atender a algo que está al otro lado de la habitación. Más adelante, a un
árbol. Luego al final de una calle. Después a una montaña, al horizonte, al
mar...
Y los padres
pueden acompañar esa ampliación de una manera sencillísima: «Mira esto que tienes aquí.»
Después: «Ahora mira aquello que está allí.»
Y
posteriormente: «Mira todo
junto.»
Ahí no
estamos desarrollando únicamente visión. Estamos introduciendo una forma de
pensamiento:
DETALLE →
ENTORNO → CONJUNTO.
Y después
puede hacerse el camino inverso:
CONJUNTO →
ZONA → DETALLE.
Eso es
extraordinario, porque una parte importante de nuestros errores adultos procede
precisamente de quedarnos atrapados en una sola escala. Vemos el problema inmediato y perdemos el
conjunto.
O hablamos
del planeta entero y olvidamos al humano concreto que tenemos delante.
El pequeño
podría aprender desde muy pronto a cambiar de escala.
Una hoja. El árbol al que pertenece. El pequeño bosque. El
paisaje entero. O una gota de agua. El charco. El riachuelo. El río.
El mar.
¡Eso ya es
una primera escuela de relaciones! Y
además aparece exactamente lo que dices:
EL MUNDO NO
TERMINA A DOS METROS DE MAMÁ.
Mamá y papá
son inicialmente su universo inmediato y protector. Perfecto. Pero poco a poco
pueden hacer algo precioso: abrirle ventanas de realidad.
«Estamos
aquí.» «Aquello está más lejos.» «Detrás todavía hay más.» «Y nosotros somos pequeñitos dentro de
todo esto.»
No para
empequeñecer psicológicamente al niño. Al contrario: para situarlo.
Eres pequeño respecto al planeta, pero formas parte de
él.
Eso puede
ayudarle a crecer sin que su pequeño entorno inmediato se convierta
inconscientemente en todo el universo.
Y aquí sí
tendría cuidado con convertirlo en una tabla rígida de «a los X meses
exactamente X metros». El desarrollo visual infantil es progresivo y variable;
además, ver a cierta distancia no equivale todavía a comprender distancia,
escala o conjunto.
Pero como
proyecto futuro podríamos hacerlo muy bien separando tres cosas:
CAPACIDAD
VISUAL → CAPACIDAD DE ATENCIÓN → CAPACIDAD DE COMPRENSIÓN.
Y entonces,
por edades aproximadas, proponer experiencias adecuadas:
CERCA: cara, mano, hoja, piedra, flor.
MEDIA
DISTANCIA: árbol,
animal, casa, personas caminando.
LEJOS: montaña, mar, horizonte, cielo.
CAMBIO DE
ESCALA: «Ahora mira
la flor. Ahora mira el campo donde está la flor.»
Eso último
me parece formidable:
ENSEÑAR A MIRAR CERCA, LEJOS Y
TODO JUNTO.
Porque
después, cuando sea adulto, eso ya no será solamente una manera de utilizar los
ojos.
Puede
convertirse en una manera de utilizar la conciencia.
Y sí: lo
dejamos señalado. No abrimos ahora esta mina porque entonces no cerramos Madre
Tierra jamás.
La hemos
encontrado. Ponemos una estaca. Y seguimos.
Muchísimas.
Y fíjate en lo importante: no serían conversaciones para enseñar respuestas
al niño, sino para enseñarle a mirar y preguntarse.
Una simple
excursión podría convertirse en una conversación extraordinaria sin parecer una
clase.
El padre
señala una piedra:
—¿Qué ves
aquí? —Una piedra.
—¿Y allí? —Una montaña.
—¿Y qué
crees que hay detrás de la montaña?
Ya hemos
abierto cerca, lejos y más allá de lo visible.
Otro día:
—Mira ese
árbol. ¿Qué ves?
—Hojas. —¿Todas iguales? —No.
—Ahora
aléjate. ¿Sigues viendo las hojas? —No,
veo el árbol.
—¿Han
desaparecido las hojas? —No.
¡Menuda
lección!
Que no veas
algo no significa que haya dejado de existir.
Y seguimos:
—Ahora mira
todo el bosque. ¿Dónde está aquel árbol?
—Allí.
—¿Y aquella
hoja que mirábamos? —Ya no la veo.
—Pero
sabemos que está.
Ahí tienes detalle
→ parte → conjunto, aprendido caminando y sin una sola definición.
Con el mar: —¿Dónde termina? —Allí.
—¿Seguro que
termina allí? —Parece que sí.
—Pues vamos
a mirar un mapa cuando lleguemos a casa.
¡Ya tenemos percepción
y realidad! Lo que veo no tiene necesariamente las dimensiones de lo que
existe.
Con una
hormiga: —¿Crees que ella ve este
campo como nosotros?
Y de pronto
hemos introducido otros puntos de vista.
Con la
lluvia: —¿Es buena o mala? —Mala, porque nos moja.
—¿Y para
esos árboles?
¡Ahí aparece
una barbaridad!: una misma realidad puede ser vivida de manera diferente
dependiendo de quién la recibe.
Con el
alimento: —¿De dónde viene esta
manzana? —De la tienda.
—Sí,
nosotros la hemos comprado allí. Pero ¿dónde empezó?
Y nos vamos
hacia atrás: tienda → transporte → agricultor → árbol → flor → suelo → agua →
Sol...
Continuidad.
Relaciones. Dependencia. Madre Tierra.
Y todavía
otra:
—¿Cuál de
todas esas cosas hizo sola la manzana?
Silencio. Ahí puede empezar a descubrir cooperación.
Y lo
precioso es que los padres tampoco necesitan saber todas las respuestas. Pueden
decir:
«No lo sé. Vamos a descubrirlo juntos.»
Eso me
parece incluso mejor educación que responder siempre.
Porque
entonces el pequeño aprende que papá y mamá no son enciclopedias. Son
compañeros más experimentados dentro de una realidad que tampoco ellos han
terminado de conocer.
Y llegados a cierta edad las
conversaciones pueden crecer muchísimo:
—¿Qué parte
de todo esto hizo el humano?
—¿Qué parte
encontró ya hecha?
—¿Qué
podemos modificar?
—¿Qué no
podemos modificar sin consecuencias?
—¿Qué
necesitamos para vivir?
—¿Qué
necesitamos para vivir bien?
—¿Es lo
mismo necesitar que querer?
—¿Ser libre
significa poder hacer cualquier cosa?
¡Y hemos
llegado a nuestro próximo libro sobre LIBERTAD simplemente paseando con
un niño!
No hay comentarios:
Publicar un comentario