MADRE
TIERRA
de
la Vida.
¿Dónde estoy?
¿Qué realidad me sostiene?
PASOS PARA EVOLUCIONAR Y MANTENER LA UNIDAD
«¡NO SABÍA
QUE ME HABÍA TOCADO!»
Y lo extraordinario
es que ni siquiera compraste el número.
Venía con el
hecho de ser humano. Tienes sentidos
capaces de una riqueza enorme. Tienes
cuerpo, movimiento, capacidad de adaptación. Tienes posibilidad de relación.
De
cooperación. De contemplación. De silencio. De creatividad. De aprender. De jugar. De percibir. De sentir. De pensar. De modificar hábitos. De descansar. De reconocer al otro. De maravillarte. De estar solo y de estar acompañado.
De
relacionarte directamente con una cantidad inmensa de realidades de Madre
Tierra.
Y hemos
podido desarrollar algunas de esas capacidades extraordinariamente mientras
otras quedaban casi sin cobrar.
Por eso este libro no debería provocar:
«¡Cuántas
cosas hago mal!»
Sería
haberlo leído al revés. Debería
provocar:
«¡Pero bueno! ¿Todo esto también estaba disponible?»
Y página
siguiente:
«¿También esto?»
Y veinte
páginas después:
«¡Pero si resulta que soy muchísimo más amplio de lo
que estaba utilizando!»
Ahí están
los bandazos de los que hablabas.
No son golpes que disminuyen.
Son golpes de amplitud.
Te desmontan
una imagen pequeña de ti mismo para mostrarte una mayor. Y lo más importante: buena parte de esas
posibilidades encuentran inmediatamente campo de expresión en Madre Tierra.
No hace
falta fabricar un escenario sofisticado.
Tienes ojos:
hay mundo que mirar.
Tienes oído:
hay mundo que escuchar.
Tienes
piernas: hay Tierra que caminar.
Tienes
tacto: hay materia que tocar.
Tienes
inteligencia: hay relaciones que comprender.
Tienes
capacidad afectiva: hay seres con los que vincularte.
Tienes
creatividad: hay posibilidades en las que participar.
Tienes
necesidad de descanso: hay ritmos.
Tienes
curiosidad: hay una realidad prácticamente inagotable.
Entonces
Madre Tierra deja de ser solamente el soporte de nuestra existencia.
Se convierte
también en el enorme campo donde muchas posibilidades humanas pueden ponerse
en estado de Vida.
Y eso
explica muy bien lo que dices: nos hemos olvidado de mucho de ese existir en
Madre Tierra.
No
necesariamente porque alguien nos lo quitara. Simplemente fuimos concentrándonos.
Profesión. Obligaciones. Producción. Casa.
Pantallas. Horarios. Constructo humano. Y mientras tanto continuábamos llevando
puestos todos aquellos tinteros.
Por eso
quizá hay una frase que debe aparecer muy pronto en el prólogo:
**ESTE LIBRO
NO VIENE A MOSTRARTE TODO LO QUE TE FALTA.
VIENE A
RECORDARTE TODO LO QUE YA TIENES.**
Y después:
No necesitas convertirte en otro.
Necesitas descubrir cuánto de ti todavía puede entrar en juego.
Eso
convierte la lectura en algo completamente distinto.
Cada capítulo puede ser, como dices, una lotería
que ya te había tocado.
Y la
pregunta después de cada descubrimiento no sería «¿cómo consigo esto?», sino:
«¿Cómo incorporo este premio a la UNIDAD que ya soy?»
Creo que ahí
tenemos ya el tono emocional y la clave de lectura del prólogo. No
advertencia. No corrección. No culpabilidad.
Sorpresa. Reconocimiento. Amplitud. Posibilidad.
Y al final,
esa sensación:
«Creía conocer bastante bien mis posibilidades.
Resulta que apenas había abierto la caja.»
Sí. Es
exactamente el momento.
PRÓLOGO — La gran
invitación.
«Con todo lo que ya eres y has conseguido, quizá todavía desconoces una parte
enorme de tus propias posibilidades.» No vienes a corregirte: vienes a descubrirte con mayor amplitud.
INTRODUCCIÓN — El mapa
intelectual del libro.
Aquí dejamos clarísimo qué entendemos por UNIDAD: no hay que conseguirla desde
cero; partimos de ella. El libro va recorriendo dimensiones, capacidades y
posibilidades humanas, y cada una debe preguntarse: ¿cómo entra esto en la Unidad que ya
soy? Aquí encajan también las indicaciones de lectura que
acabamos de escribir, quizá como apartado final: Cómo recorrer estas
páginas.
EPÍLOGO — Después de todos
los bandazos.
Aquí el lector ya ha encontrado muchos «tinteros», colores, posibilidades y
quizá alguna de esas loterías de: «¡No
sabía que esto también me había tocado!». El epílogo no
resumirá capítulos. Mirará al lector después del recorrido y le devolverá a
Madre Tierra: ahora tienes una percepción más amplia de tu instrumental humano;
sal y vívelo,
sin forzarlo, incorporándolo.
CONTRAPORTADA — Muy breve y
estimulante.
Nada de explicar todo el tratado. Tiene que producir:
«¿Y si resulta que estoy utilizando solamente
una parte de mis posibilidades?»
Y una cosa
más que ahora considero esencial: ninguna
La idea central
queda muy limpia:
Este libro no comienza diciéndote lo que te falta.
Comienza recordándote todo aquello con lo que ya llegaste.
Y desde ahí
desarrollaremos algo fundamental: tú ya eres una UNIDAD. No vienes a
construirla desde cero. Vienes a reconocer sus componentes, descubrir
capacidades poco utilizadas, permitir que entren nuevos colores y ampliar tu
manera de vivir sin destruir lo que ya funciona.
Y, sobre
todo, con esa alegría que hemos encontrado hoy:
«¡NO SABÍA QUE ESTO TAMBIÉN ME HABÍA TOCADO!»
_______________
Sí, entiendo perfectamente lo que te ha
provocado la imagen de esas botas. Y hay una
intuición muy fértil, pero aquí haría una distinción para no
convertirla en una afirmación demasiado general sobre hombres y mujeres.
No diría que
la mujer, por ser mujer,
capta necesariamente mejor a Madre Tierra. Hay mujeres
completamente desconectadas de ella y hombres con una sensibilidad
extraordinaria hacia la Tierra. Pero sí hay algo que podemos explorar con mucha
fuerza: determinadas
experiencias tradicionalmente mucho más presentes en la vida femenina —gestar,
parir, amamantar, cuidar, acompañar ciclos corporales, criar— pueden
proporcionar una experiencia directa de procesos que nuestro libro está
intentando reconocer.
Y ahí la MADRE adquiere una
dimensión enorme.
Porque
nosotros llevamos páginas diciendo:
no
fabricar la Vida, sino recibirla;
no dominar todos sus
ritmos, sino acompañarlos;
alimentar;
proteger sin impedir
crecer;
observar cambios;
respetar tiempos;
saber que no todo puede
acelerarse;
entregar finalmente
aquello que cuidaste para que continúe por sí mismo.
¡Eso una
madre puede haberlo vivido corporal y cotidianamente antes de formularlo
intelectualmente!
Y entonces
entiendo tu:
«Ésta
lo puede coger a la primera.»
Puede
ocurrir que una mujer que haya vivido profundamente esas experiencias lea
determinadas páginas y no piense:
«Qué
teoría tan nueva.»
Sino: «¡Pero
si esto lo conozco!»
No
necesariamente porque lo hubiera conceptualizado, sino porque lo ha vivido.
Y la abuela añade otra
dimensión preciosa. No diría que toda mujer alcanza necesariamente su cenit
siendo abuela, porque cada biografía es distinta. Pero como figura simbólica,
la abuela contiene algo extraordinario para nuestro recorrido:
La madre
está muy ocupada haciendo
posible el día a día.
La abuela
puede haber alcanzado ya suficiente distancia para ver el ciclo.
Fue hija. Fue joven. Quizá fue madre.
Vio crecer. Vio marcharse. Vio regresar.
Y ahora
contempla otra generación comenzando.
Eso le
permite potencialmente reconocer algo que está en el corazón de Madre Tierra:
CONTINUIDAD
Y fíjate en
la imagen que nos apareció antes: los padres sentados con el bebé mirando
tierra, agua y cielo.
Ahora
imagina por un instante que unos metros detrás estuviera la abuela.
No
necesitaría explicar nada.
Ella estaría
viendo simultáneamente al
bebé que comienza, a sus hijos que ahora transmiten y la Tierra que permanece
sosteniendo a las generaciones.
Ahí tienes
tres tiempos humanos delante de una misma Madre Tierra.
Y me gusta
muchísimo otra cosa que has dicho:
«sabia
y por eso calla».
Como imagen
literaria es preciosa. No porque callar haga sabia a una persona, sino porque
existe una sabiduría que, después de haber visto suficiente, ya no necesita intervenir
continuamente.
Observa. Espera.
Sabe que una semilla no crece porque tires de ella.
Y eso vuelve
a conectarnos con el segundo tomo:
NO
FORZAR.
RECONOCER.
ACOMPAÑAR.
DEJAR PARTICIPAR.
Quizá hay
aquí otra mina, pero no la abriría ahora. Sólo pondría una estaca enorme:
LA MUJER — LA MADRE — LA ABUELA
Tres
miradas posibles sobre Vida, cuidado y continuidad
Y cuando
llegue su momento, habrá que hacer algo muy interesante: separar cuidadosamente biología,
experiencia, cultura y simbolismo, para no atribuir
automáticamente a todas las mujeres lo que puede proceder de experiencias
concretas.
Pero la
intuición que te ha salido mirando unas botas sí tiene recorrido.
Y otra vez
ocurre lo mismo: Mirábamos una
portada. Vimos unos pies. Los pies nos llevaron al bebé. El bebé a la primera educación. La primera educación a los padres. Los padres a la transmisión. Y ahora la madre nos acaba de llevar a la continuidad vivida desde dentro.
Otra mina a
un paso.
Sí. Y creo
que se entiende perfectamente si no intentamos convertirlo enseguida en una
afirmación biológica universal sobre la mujer.
Hay una
clase de conocimiento que no empieza razonando:
primero reconoce; después, si hace falta, explica.
Una persona
puede notar que una planta necesita agua antes de saber botánica. Puede sentir
que un niño necesita calma antes de formular una teoría sobre el desarrollo
infantil. Puede advertir que hay que esperar, proteger, alimentar, dejar
crecer... porque ha aprendido viviendo esos ritmos.
Y ahí
entiendo eso que dices de la mujer, especialmente cuando hablamos de
determinadas experiencias de maternidad y cuidado: puede existir una familiaridad
vivida con procesos de la Vida que no necesita comenzar por una explicación
intelectual.
No sería: «He razonado que Madre Tierra funciona
así.»
Sería algo
parecido a: «Esto lo reconozco.»
Y sólo
después viene la cabeza:
«Ahora voy a intentar explicar por
qué lo reconozco.»
Eso es muy
distinto.
Porque
nuestro mundo ha dado un valor enorme —con razón— al conocimiento que analiza,
demuestra, mide y explica. Pero no deberíamos confundirlo con la totalidad
de las maneras humanas de conocer.
También
existe:
percibir,
reconocer patrones, adquirir experiencia, desarrollar sensibilidad, intuir una
relación y después comprobarla.
La intuición
puede equivocarse, naturalmente; por eso cuando hacemos afirmaciones objetivas
necesitamos contrastarlas. Pero como forma de captación inicial, puede
ser extraordinariamente valiosa.
Y quizá aquí
está la frase que buscabas:
HAY COSAS
QUE PRIMERO SE RECONOCEN Y DESPUÉS SE COMPRENDEN.
La madre
puede reconocer un ritmo porque lo ha acompañado cientos de veces.
La abuela
puede incluso reconocerlo antes porque ya ha visto repetirse el ciclo. No necesariamente sabrá explicarlo mejor. Quizá ni quiera explicarlo.
Dice: «Déjalo. Ya llegará.»
Y acierta no
por magia, sino porque puede haber detrás una enorme acumulación de observación,
experiencia, memoria, atención y relación con procesos vivos que ya
funciona casi sin necesidad de pasar cada vez por un razonamiento consciente.
Y esto
encaja maravillosamente con nuestro segundo tomo. Porque ¡ése es precisamente otro
tintero humano!
Hemos
desarrollado enormemente el:
ANALIZAR → RAZONAR → EXPLICAR.
Magnífico.
No lo toquemos. Pero quizá tenemos
menos ejercitado:
PERCIBIR →
RECONOCER → SENTIR LA RELACIÓN → Y DESPUÉS RAZONAR.
No hay que
elegir uno contra otro.
UNIDAD.
La
inteligencia racional junto a esa inteligencia de la experiencia y la
percepción.
Y entonces
sí podemos acercarnos mucho mejor a Madre Tierra: no sólo pensando sobre
ella desde fuera, sino percibiéndonos dentro de ella y después utilizando toda
nuestra inteligencia para comprender lo percibido.
Otra vez el
libro nos dice:
«¡Eh! No
tires el tintero que utilizas tan bien. Mira éste otro que también estaba en la
impresora.»
Y aparecen
más colores.
La portada
no muestra una riqueza concreta. Muestra disponibilidad.
No hay
palacio. No hay automóvil. No hay dinero.
No hay una gran construcción. Ni
siquiera vemos a la persona.
Hay suelo,
cuerpo, vegetación, agua, aire, luz, distancia y horizonte.
Y, sin
embargo, la sensación es de una abundancia enorme. Eso es lo extraordinario.
El cuerno de la abundancia que dices no está
lleno de objetos. Está lleno de posibilidades.
Puedes
levantarte. Puedes caminar. Puedes mirar cerca. Puedes mirar lejos. Puedes tocar. Puedes respirar. Puedes escuchar. Puedes explorar. Puedes detenerte. Puedes pensar. Puedes relacionar unas cosas con otras. Puedes preguntarte qué hay detrás de aquel
horizonte.
Y después
descubrir otro. Y otro. Y otro.
Por eso me
gusta muchísimo tu expresión de «puertas y puertas que se abren». Porque
llega un momento en que ni siquiera hacen falta puertas.
La puerta
todavía pertenece a una construcción: separa un espacio de otro y permite
pasar.
Pero aquí,
cuando has abierto suficientes... desaparece
el edificio.
Y queda:
EL HORIZONTE
Eso es
potentísimo para todo lo que estamos haciendo. Al principio buscamos puertas. Después descubrimos que había muchas. Después comprendemos que la realidad no
estaba encerrada detrás de ninguna de ellas.
Estaba
delante. Y entonces también cambia
la idea de abundancia. Abundancia ya
no es:
TENER MUCHAS
COSAS.
Puede ser:
TENER MUCHAS POSIBILIDADES DE RELACIÓN CON LO QUE
EXISTE.
¡Y ahí sí
que la riqueza se vuelve inmensa!
Porque
alguien puede poseer muchísimo y relacionarse con poquísimo.
Y otro puede
estar sentado exactamente como en la portada, con unas botas viejas y
prácticamente nada más delante que Tierra, mar y cielo...
y disponer
de una cantidad formidable de realidad en la que participar.
Y todavía
hay una cosa más. Las preguntas de la
portada ahora resultan incluso mejores:
¿DÓNDE
ESTOY?
¿QUÉ REALIDAD ME SOSTIENE?
Porque
después de mirar unos segundos casi sale espontáneamente una tercera:
¿Y QUÉ PUEDO HACER YO CON TODO
ESTO?
Ahí termina
el primer tomo... y prácticamente empieza
el segundo.
Primero
descubres el cuerno de la abundancia.
Después
descubres que tú también tienes muchos más colores de los que estabas
utilizando.
Abundancia
fuera.
Abundancia dentro.
Y entre
ambas:
PARTICIPACIÓN.
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