MADRE TIERRA
El HORIZONTE de TODO ESTA POR HACER
Carlos, y
aquí me ha surgido una idea que creo que puede convertirse en uno de los ejes
del libro.
Hasta ahora
hemos hablado de la
evolución de la conciencia. Pero quizá esa evolución tenga una
dirección muy concreta.
Podría
expresarse así:
La
conciencia madura cuando deja de preguntar únicamente "¿qué es esto?"
y comienza a preguntarse "¿qué posibilidad contiene?".
Fíjate qué
cambio.
Un niño
pregunta: ¿Qué es esa piedra?
Un
constructor pregunta: ¿Qué puedo construir con ella?
Un escultor
pregunta: ¿Qué forma espera dentro de ella?
Un geólogo
pregunta: ¿Cómo se formó?
Un filósofo
pregunta: ¿Qué me revela sobre la realidad?
La piedra
sigue siendo la misma. Lo que se ha
desplegado es la conciencia. Y quizá
ahí esté una de las intuiciones más fecundas de Madre Tierra. No hemos ido viviendo en mundos distintos. Hemos ido aprendiendo a ver más profundamente el mismo mundo.
Esa idea me
parece especialmente hermosa porque devuelve toda la importancia a la
conciencia sin convertirla en creadora absoluta. La conciencia no fabrica la
realidad; amplía su capacidad de reconocerla. Y ese reconocimiento, generación
tras generación, es el que hace posible la agricultura, la ciencia, el arte, la
medicina, la filosofía y también la espiritualidad.
Tal vez el
mayor progreso de la humanidad no haya consistido únicamente en transformar el
mundo, sino en aprender, poco a poco, a
leer el inmenso libro de posibilidades que el mundo llevaba escrito desde el
principio.
Carlos, creo que este capítulo ya tiene
entidad propia. Y me atrevería a darle un tono casi de síntesis, porque recoge
muchas de las intuiciones que han ido apareciendo durante estos días.
La evolución de la
conciencia humana
Quizá una de
las maneras de comprender la historia de la humanidad sea observar cómo ha ido
evolucionando la propia conciencia.
En un primer
momento, la conciencia reconoce principalmente las cosas. Ve una piedra. Ve un árbol. Ve un río. Ve un animal.
Su atención
se dirige hacia aquello que tiene delante.
Más tarde comienza a descubrir que las cosas no existen aisladas. Empieza a reconocer las relaciones entre
ellas. Comprende que la lluvia alimenta
la tierra. Que la tierra sostiene la
semilla. Que la luz favorece el
crecimiento. Que las estaciones
modifican el ritmo de la vida.
La realidad
deja de ser un conjunto de objetos dispersos.
Comienza a aparecer como una trama de relaciones. Después la conciencia da un nuevo paso. Empieza a reconocer regularidades. Observa que ciertos fenómenos se repiten. Que existen ritmos. Proporciones. Leyes.
La naturaleza
deja de parecer caprichosa. Empieza a
revelar un orden. Y, quizá, todavía
queda un paso más. La conciencia
comienza a descubrir posibilidades.
Ya no
contempla únicamente lo que es. Intuye
también lo que podría llegar a ser. Una
piedra puede convertirse en puente. Una
semilla puede convertirse en un campo.
Una observación puede convertirse en una ciencia. Una pregunta puede abrir un camino
completamente nuevo.
Entonces la
realidad adquiere una profundidad desconocida.
Las cosas dejan de ser únicamente
cosas. Se convierten en portadoras de
posibilidades.
Quizá el
verdadero progreso de la humanidad no consista solamente en fabricar más
objetos. Consista, sobre todo, en
descubrir posibilidades que siempre estuvieron presentes y aprender a colaborar
con ellas.
No hemos
creado la gravedad. No hemos creado
la vida. No hemos creado la capacidad
germinativa de una semilla.
Pero hemos
aprendido, lentamente, a comprenderlas mejor y a participar con mayor
responsabilidad en su despliegue. Tal
vez ahí resida uno de los mayores avances de la conciencia humana.
No
únicamente en saber más. Sino en mirar
más profundamente.
En descubrir
que la realidad siempre ha sido más rica de lo que alcanzábamos a ver. Y quizá ese aprendizaje nunca termine.
Porque cada
posibilidad reconocida abre otras nuevas.
Cada descubrimiento ensancha el horizonte. Y cada generación recibe un mundo que
todavía guarda innumerables posibilidades esperando ser contempladas.
Carlos, al leer
todo este recorrido, me ha surgido una idea que quizá sintetiza una buena parte
de Madre Tierra.
Podría
expresarse en cuatro movimientos muy sencillos:
La
conciencia primero reconoce las cosas.
Después reconoce las
relaciones.
Más tarde reconoce las leyes.
Finalmente comienza a
reconocer las posibilidades.
Y quizá
exista todavía un quinto paso, que recoge todo lo que hemos venido elaborando:
Y,
una vez reconocidas las posibilidades, aprende a colaborar con ellas.
Creo que ahí
culmina la evolución que describes. No termina en el conocimiento, sino en una
forma nueva de estar en el mundo.
Ya no se
trata de poseer más. Ni siquiera de
saber más. Se trata de participar mejor.
Participar
con una inteligencia que observa antes de actuar. Con una humildad que reconoce que no
inventó la realidad. Y con una
responsabilidad que comprende que cada posibilidad descubierta puede
convertirse en un bien para todos o en un daño, según cómo se utilice.
Ése, a mi
juicio, es uno de los mensajes más profundos que está naciendo en Madre Tierra: la
verdadera evolución de la conciencia no consiste sólo en ampliar el
conocimiento, sino en transformar la manera de relacionarnos con la realidad.
Dejamos de verla como un conjunto de objetos para usar y comenzamos a verla
como un universo de posibilidades con las que estamos llamados a colaborar. Esa
transición es, quizá, uno de los mayores saltos de la historia humana.
Carlos, sí. Y te diría algo más: creo que
aquí aparece el verdadero eje filosófico de Madre Tierra. Hasta ahora hablábamos de la creación, de
las semillas, de las posibilidades... Pero ahora se ve con claridad que el hilo
conductor no es la evolución de la creación, sino la evolución de la mirada humana. Ésa es la gran diferencia.
La expansión
de la conciencia
Quizá la
creación no necesite expandirse. Quizá
lo que verdaderamente se expande sea la conciencia.
La Tierra
sigue siendo Tierra. Las montañas
siguen elevándose. Los ríos continúan
su curso. Las estrellas permanecen en
el cielo. Las leyes de la naturaleza
siguen actuando. Lo que cambia es
nuestra manera de contemplarlas.
Cada
generación descubre algo que las anteriores no habían alcanzado a reconocer. No porque ese algo acabara de aparecer. Sino porque la conciencia ha aprendido a
verlo.
Por eso la
historia humana puede contemplarse desde otra perspectiva. No únicamente como la historia de las
herramientas. Ni siquiera como la
historia de los inventos.
Puede
contemplarse como la historia del reconocimiento de posibilidades. Primero descubrimos que una piedra podía
cortar.
Después
comprendimos que una semilla podía multiplicarse. Más tarde reconocimos el valor de los
metales. Después la electricidad. Las ondas.
Los microorganismos. El ADN. Las galaxias.
No fuimos
creando esas realidades. Fuimos
aprendiendo a reconocerlas. Y cada
posibilidad descubierta abrió otras muchas.
Quizá por
eso el progreso parece acelerarse. No
necesariamente porque la creación cambie.
Sino porque la conciencia dispone de una mirada cada vez más amplia y
puede reconocer relaciones y posibilidades que antes permanecían ocultas.
Cada
descubrimiento ilumina otros. Cada
comprensión prepara la siguiente. Y
así la historia de la humanidad aparece como una larga expansión de la
conciencia.
No una
expansión del universo. Una
expansión de nuestra capacidad para leerlo.
Y, Carlos,
creo que la frase que acabas de formular merece convertirse en uno de los
pilares del libro. Yo sólo le daría un ritmo un poco más sereno:
Quizá
la creación no sea la que se expande.
Quizá quien se expande
es la conciencia al reconocer, cada vez, más posibilidades de la creación.
O incluso,
todavía más contemplativa:
Tal
vez la creación siempre fue inmensamente fecunda. Lo que ha ido creciendo es
nuestra capacidad para reconocer su fecundidad.
Fíjate cómo
cambia el centro de gravedad. Ya no
estamos diciendo que el universo "necesite completarse". Tampoco que la conciencia "cree"
el universo. Estamos diciendo algo
mucho más sencillo y, a mi juicio, mucho más profundo:
la
realidad puede ser inmensamente más rica de lo que alcanzamos a ver en cada
momento.
Y la
historia humana sería, precisamente, la historia de ese aprendizaje.
Hay algo más
que me emociona de esta idea.
Si este
planteamiento es válido, entonces la evolución de la conciencia no consiste
sólo en acumular información. Consiste en ensanchar la capacidad de reconocimiento.
Un niño
reconoce unas pocas posibilidades. Un
agricultor reconoce muchas más en la tierra. Un científico descubre otras en la
naturaleza. Un artista percibe
posibilidades en la belleza. Un
filósofo en el pensamiento. Un
contemplativo en el misterio. No viven
en mundos distintos.
Contemplan
con distinta profundidad el mismo mundo.
Creo que ésa
puede ser una de las aportaciones más originales de Madre Tierra. La historia humana deja de ser,
principalmente, la historia de las cosas que fabricamos y pasa a ser la
historia de una conciencia que aprende, lentamente, a leer un universo cuya
riqueza siempre fue mayor que su propia comprensión. Ahí, precisamente, la
palabra desplegar
adquiere todo su sentido: no porque la creación estuviera incompleta, sino
porque nuestra mirada se va desplegando al ritmo de aquello que es capaz de
reconocer.
Carlos, creo que este pasaje tiene una
belleza especial porque utiliza una imagen que cualquiera puede comprender. La
biblioteca no necesita explicaciones técnicas; habla por sí misma. Yo
únicamente le daría el ritmo de Madre
Tierra, para que el lector vaya entrando en la contemplación.
La biblioteca de las
posibilidades
Quizá la
creación se parezca menos a un almacén de objetos y más a una inmensa
biblioteca. Los libros ya están
allí. No aparecen porque alguien
entre a leerlos. Esperan. Guardan en silencio todo aquello que
contienen.
Entra un
niño. Todavía no sabe leer. Se detiene en los colores. En los dibujos. En las formas. La biblioteca ya era inmensa. Pero él sólo puede reconocer una pequeña
parte de su riqueza.
Años después
regresa. Ahora descubre historias. Los personajes. Las aventuras. Los sentimientos.
La
biblioteca sigue siendo la misma. Quien
ha cambiado es el lector.
Más tarde
entra un científico. Abre libros de
matemáticas. De física. De biología.
Descubre
relaciones que el niño nunca habría imaginado. Después entra un poeta. Y encuentra otros libros. Palabras capaces de nombrar aquello que
parecía imposible expresar. La
biblioteca continúa siendo la misma.
Lo que ha
cambiado es la capacidad de cada persona para descubrir lo que siempre había
estado allí.
Quizá la
creación se parezca a esa biblioteca.
No porque contenga respuestas escritas para todo. Sino porque guarda una riqueza inmensamente
mayor que la que cada generación alcanza a descubrir.
La
conciencia no añade nuevos libros. Va
abriendo estanterías. Aprende a leer
páginas que antes permanecían cerradas.
Y cada libro
descubierto conduce a otros muchos. Entonces
comprendemos que el verdadero crecimiento quizá no consista únicamente en
acumular conocimientos. Consista,
sobre todo, en ensanchar la conciencia.
Porque
cuando la conciencia se ensancha no sólo sabe más. Ve
más.
Reconoce
relaciones que antes no percibía. Descubre
posibilidades que antes permanecían ocultas. Y el mundo, sin haber cambiado, comienza
a parecer infinitamente más amplio.
Quizá ahí
resida una de las aventuras más hermosas del ser humano. No llenar la biblioteca. Aprender a leerla.
Y comprender
que, por muchas páginas que hayamos abierto, siempre quedarán otras esperando
ser descubiertas.
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