MADRE TIERRA
La Ciencia de la Continuidad
de la Vida.
¿Dónde estoy?
¿Qué realidad me sostiene?
El camino importa tanto como el resultado.
Una decisión madura no es la que cree haber
considerado todas las posibilidades. Es la que reconoce honestamente cuáles ha
podido ver y cuáles podrían permanecer todavía ocultas.
La mejor decisión no siempre es la respuesta
correcta a una pregunta. A veces consiste en descubrir que la pregunta estaba
incompleta.
Pero cabe
preguntarse:
- ¿Qué sabemos realmente?
- ¿Qué ignoramos?
- ¿Qué consecuencias previsibles puede tener?
- ¿Qué información sería razonable intentar obtener
antes de decidir?
La inmediatez busca cerrar el problema. El buen
procedimiento busca comprenderlo. Cuando la comprensión mejora, la decisión
también mejora.
El tiempo dedicado a comprender no es tiempo perdido;
es parte de la solución.
"Así llegamos a esta decisión. Éstas eran las
evidencias disponibles. Éstas eran nuestras dudas. Éste fue el propósito que
nos guió."
Ningún
proyecto humano puede sostenerse indefinidamente si destruye las condiciones
que hacen posible la vida.
Toda
construcción humana debería poder preguntarse: ¿favorece la continuidad de la
vida o la debilita? Si la debilita de forma permanente, tarde o temprano esa
construcción tendrá que revisarse.
La mayor
inteligencia de una civilización no consiste en construir mucho, sino en
construir sin romper aquello que hace posible seguir construyendo.
La pregunta
que propones ¿Debemos hacerlo?
Y todavía
más: ¿Hemos comprendido
suficientemente lo que vamos a modificar?
Cuando
dices: "Cada montaña tiene un porqué. Cada río tardó en hacer su
cauce..."
También
cabría preguntarse:
- ¿Qué función cumplen esos árboles en ese lugar?
- ¿Qué se gana con el cambio?
- ¿Qué se pierde?
- ¿Existen alternativas menos destructivas?
- ¿Qué consecuencias tendrá dentro de cincuenta o
cien años?
Antes de transformar una parte de la Tierra,
preguntémonos si comprendemos realmente aquello que vamos a transformar. La
capacidad de intervenir no equivale, por sí sola, a la sabiduría para hacerlo.
¿En qué estoy perjudicando a la Madre Tierra y, con
ello, al futuro de mis nietos?
Antes de celebrar cualquier progreso, preguntémonos:
¿qué estoy mejorando y qué estoy deteriorando? ¿Qué recibirán mis nietos
gracias a esta decisión y qué dejarán de recibir?
¿Hace más habitable el mundo para quienes vendrán
después?
El verdadero progreso no consiste solamente en
aumentar nuestro poder sobre la realidad. Consiste en aumentar nuestra
comprensión de ella y en procurar que las generaciones futuras reciban una
Tierra, al menos, tan viva como la que nosotros recibimos.
¿Lo que estoy haciendo hoy deja más vida o deja menos
vida para quienes vendrán después?
No soy propietario de la Tierra. Soy un
inquilino de ella.
No he creado la Tierra. He llegado a una casa
que ya existía. Mi responsabilidad no consiste en comportarme como dueño
absoluto, sino como un buen inquilino que la cuida mientras la habita y la
entrega, si es posible, en mejores condiciones a quienes vendrán después.
¿Cómo
debo vivir en esta Tierra que me acoge?
No
hemos venido a poseer la Tierra. Hemos venido a habitarla.
La
Tierra no nos pertenece. Nosotros pertenecemos, durante un breve tiempo, a la
historia de la Tierra. Somos huéspedes de una casa que llevaba millones de años
abierta antes de nuestra llegada y que, si sabemos cuidarla, seguirá acogiendo
a quienes lleguen después.
Toda
filosofía, toda ciencia, toda economía y toda política deberán incorporar cada
vez más una pregunta que durante mucho tiempo ha permanecido en un segundo
plano: ¿favorece o compromete la continuidad de la vida?
La
gran revolución del siglo XXI quizá no consista en construir máquinas cada vez
más inteligentes, sino en convertirnos en una humanidad lo bastante sabia como
para conservar y continuar la vida que esas máquinas nunca podrán crear por sí
mismas.
Desde la Luna apenas se distingue nuestra
presencia. Sin embargo, esa pequeña humanidad ha llegado a pensar que puede
dominar un planeta cuya historia viva comenzó muchísimo antes de su aparición y
cuyos equilibrios todavía está aprendiendo a comprender.
La mayor muestra de inteligencia no será
dominar la Tierra, sino comprender que pertenecemos a una realidad mucho más
antigua, más amplia y más compleja que nosotros, y aprender a vivir en armonía
con ella.
La humanidad no se hace más grande cuando
demuestra cuánto puede transformar la Tierra. Se hace más grande cuando
descubre cuánto le queda todavía por comprender de ella.
Estamos vivos. Y si queremos seguir estándolo,
empecemos por objetivos cuyo centro sea no perjudicar a la Tierra.
Estamos vivos.
Vivimos gracias a una Tierra viva.
Durante siglos la humanidad dirigió su mirada hacia
preguntas inmensas: quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. Esas
preguntas seguirán acompañándonos. Pero el siglo XXI coloca otra delante de
nuestros ojos, inmediata e ineludible: ¿cómo continuamos haciendo posible la
vida? Si queremos responder a las grandes preguntas del futuro, primero debemos
conservar aquello que permite formularlas: una Tierra viva.
Quizá la primera inteligencia de una civilización no
consista en conquistar nuevos mundos, sino en no destruir el único mundo que,
hasta hoy, sabemos con certeza que sostiene la vida.
La humanidad está construyendo, poco a poco, una
memoria del acontecer del planeta. Cuanto mayor sea esa memoria, mayor será
también nuestra responsabilidad.
Las prioridades de una civilización cambian cuando
comprende mejor aquello de lo que depende. Durante mucho tiempo creímos que
dependíamos principalmente de nuestras construcciones. Poco a poco vamos
descubriendo que nuestras construcciones dependen, antes que nada, de una
Tierra capaz de seguir sosteniendo la vida.
Las grandes metas humanas no desaparecerán.
Continuarán existiendo la ciencia, la economía, el arte, la tecnología y la
política. Pero, poco a poco, todas ellas tenderán a preguntarse una cuestión
previa: ¿contribuye esto a mantener las condiciones que hacen posible la vida o
las deteriora? Esa pregunta no elimina las demás; las ordena.
Cada avance
en el conocimiento adelanta el momento de la responsabilidad. Ya no basta con
actuar cuando aparece el problema; debemos aprender a actuar cuando aparecen
las primeras señales fiables de que el problema puede llegar.
El
conocimiento no sólo aumenta nuestro poder de actuación; aumenta también
nuestra responsabilidad de actuar con previsión.
"¿Sobre
qué base científica se puede permitir que mueran dos millones de
personas?"
¿Qué conocimiento científico puede justificar aceptar
una pérdida humana de esa magnitud cuando existen alternativas razonables para
reducirla?
¿Hemos hecho todo lo que el conocimiento disponible
permitía hacer para proteger la vida?
Toda pérdida
humana empobrece a la humanidad. Y toda destrucción innecesaria de la Tierra
empobrece el hogar común donde esa humanidad vive. Ambas pérdidas deben formar
parte de una misma reflexión.
¿Hemos organizado nuestra inteligencia para proteger
la vida todo lo que realmente podíamos?
Habrá que
preguntarse también:
- ¿Cuánta vida hemos protegido?
- ¿Cuánto sufrimiento evitable hemos reducido?
- ¿Qué patrimonio humano hemos conservado?
- ¿Qué patrimonio natural hemos transmitido?
"¿Cuánto
vale cada ejemplar de hoy muerto si lo trasladamos a tiempos remotos?" no estás hablando de un precio.
Estoy hablando del valor de una historia evolutiva.
Cada
ser humano es el punto de llegada provisional de una evolución larguísima. No
podemos calcular su valor únicamente por lo que produce o por lo que posee.
También es portador de una historia biológica, cultural y humana que no volverá
a repetirse exactamente igual.
"...los cambios son imparables."
¿Hacia dónde queremos orientar esos cambios?
Los grandes cambios de la historia no
preguntan si estamos preparados. La cuestión es si sabremos orientarlos hacia
aquello que conserva y enriquece la vida, o si los utilizaremos para
empobrecerla.
La pregunta
ya no será únicamente: ¿Podemos hacerlo?
Sino:
¿Contribuye esto
a que la vida continúe desplegándose con mayor riqueza, diversidad y dignidad?
¿Esto ayuda a que la vida, en toda su
diversidad, pueda continuar y desplegarse, o la empobrece?
¿Cómo asegurar la continuidad de la vida?
La continuidad de la vida que hace posible la
Madre Tierra.
Habrá que
añadir:
- ¿Debemos hacerlo?
- ¿Qué consecuencias tendrá?
- ¿Favorece la continuidad de la vida?
- ¿Qué heredarán nuestros nietos?
Y empieza también a medirse por:
- vida
conservada,
- conocimiento
adquirido,
- daños
evitados,
- equilibrio
conseguido,
- futuro
entregado.
¿Lo que hacemos hoy ayuda a que la vida
continúe desplegándose sobre la Tierra, o la empobrece?
¿Contribuye esto a mantener viva la casa
común?
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