BARBARIN - RESURRECCIÓN
LA RESURRECCIÓN Y LO COTIDIANO
Durante
mucho tiempo pensé que la resurrección pertenecía solamente a lo
extraordinario.
A algo
lejano.
Sagrado.
Inalcanzable.
Pero
lentamente apareció otra comprensión.
Quizá la
resurrección también ocurre aquí.
En la vida
diaria.
En la forma
de mirar.
En la manera de escuchar.
En cómo atravesamos el silencio.
En cómo respiramos.
En cómo habitamos un instante.
Porque un
ser humano puede continuar funcionando…
y sin embargo sentirse profundamente desconectado de la vida.
Puede:
- trabajar,
- hablar,
- cumplir,
- producir,
- caminar entre otros,
y aun así vivir desde:
- automatismo,
- tensión,
- cansancio,
- miedo,
- ausencia de presencia.
Entonces comprendí algo importante:
la
resurrección no siempre llega como un gran acontecimiento.
A veces
comienza cuando algo vuelve a despertar dentro de nosotros.
Puede aparecer:
- en un encuentro humano
verdadero,
- en una conversación sincera,
- en una mirada consciente,
- en el silencio,
- o incluso en algo tan simple
como beber un vaso de agua estando plenamente presente.
Porque
cuando la conciencia vuelve a habitar el instante,
la vida deja lentamente de sentirse mecánica.
Y algo
empieza nuevamente a respirar.
Este libro
no fue escrito para ofrecer respuestas fáciles.
Tampoco para
moralizar ni condenar al ser humano.
Fue escrito
para acompañar.
Para observar las capas que cubren
la conciencia:
- el miedo,
- la herida,
- la culpa,
- el agotamiento,
- el personaje,
- la desconexión,
- el vacío,
- y las múltiples formas en que
el ser humano se aleja lentamente de sí mismo.
Pero también fue escrito para
recordar algo esencial:
que incluso
debajo del cansancio,
todavía puede permanecer algo vivo.
Y quizá toda verdadera resurrección
consista precisamente en eso:
aprender
nuevamente a estar presentes dentro de la vida.
Durante
mucho tiempo imaginé la resurrección como algo lejano.
Algo
extraordinario.
Algo imposible.
Algo reservado para el final.
Pero lentamente empecé a comprender
otra cosa:
la
resurrección también ocurre aquí.
En lo
cotidiano.
En la forma
de mirar.
En la manera de respirar.
En cómo escuchamos.
En cómo atravesamos un instante.
Porque un
ser humano puede seguir funcionando…
y sin embargo estar profundamente desconectado de la vida.
Puede:
- hablar,
- trabajar,
- cumplir,
- producir,
- caminar entre otros,
y aun así vivir desde:
- automatismo,
- cansancio,
- dureza,
- ausencia de presencia.
Entonces
comprendí algo importante:
la verdadera
resurrección quizá empieza
cuando la conciencia vuelve a habitar plenamente la vida.
TOMÁS Y LA NECESIDAD DE TOCAR
Tomás dijo:
“Si no toco,
no creeré.”
Y quizá ahí
existe una verdad enorme.
Porque la
resurrección no puede quedarse solo en ideas.
Tiene que
tocar la existencia.
Tiene que aparecer:
- en las reacciones,
- en los encuentros,
- en la sensibilidad,
- en la forma de vivir el
instante.
Si no
transforma lo cotidiano,
todavía no descendió verdaderamente a la vida.
EL MILAGRO DE LO PEQUEÑO
A veces
creemos que lo sagrado solo aparece en grandes acontecimientos.
Pero quizá el milagro más profundo
ocurre en cosas simples:
- beber un vaso de agua
conscientemente,
- mirar verdaderamente a alguien,
- escuchar sin prisa,
- caminar presentes,
- compartir silencio,
- decir “buenos días” estando
realmente ahí.
Porque
cuando la presencia vuelve,
lo cotidiano deja de ser mecánico.
Y la vida
empieza otra vez a sentirse viva.
CADA ENCUENTRO PUEDE RESUCITAR ALGO
Mientras un encuentro humano sea
solamente:
- trámite,
- costumbre,
- intercambio superficial,
algo
continúa dormido.
Pero cuando existe presencia
verdadera,
pueden resucitar:
- ternura,
- humanidad,
- sensibilidad,
- gratitud,
- conciencia,
- memoria del alma,
- vida interior.
Entonces
cada encuentro deja de ser simple intercambio.
Y se
convierte en posibilidad de despertar.
LAS INCRUSTACIONES
La vida va
cubriendo al ser humano.
Con:
- miedo,
- tensión,
- heridas,
- automatismos,
- cansancio,
- desconexión.
Y poco a
poco aparecen capas que endurecen la conciencia.
Pero la
resurrección cotidiana empieza a quitar incrustaciones.
No
necesariamente cambiándonos en otra persona.
Sino devolviéndonos lentamente:
- presencia,
- sensibilidad,
- verdad interior,
- capacidad de vivir plenamente.
VIVIR EL INSTANTE
Quizá la resurrección verdadera se
reconoce ahí:
en la manera
de vivir el instante.
Porque vivir
plenamente un instante es extremadamente difícil.
Exige:
- presencia,
- apertura,
- silencio interior,
- capacidad de encuentro,
- conciencia despierta.
Y sin
embargo,
tal vez toda la vida humana consista precisamente en eso:
aprender
nuevamente a estar vivos.
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