“Ese no soy
yo”
Hay momentos en la vida en los que algo se agrieta en silencio.
No necesariamente ocurre durante una gran tragedia.
A veces sucede frente a un espejo.
En una noche de cansancio.
En medio de una rutina normal.
O mientras sostenemos un personaje que ya pesa demasiado.
Y entonces aparece una sensación difícil de explicar:
“Hay algo aquí…
que confundí conmigo.”
Este libro nace de ese estremecimiento.
No pretende destruir identidades,
ni negar la vida vivida,
ni convertir al ser humano en alguien vacío o aislado del mundo.
Al contrario.
Es una invitación a observar.
A distinguir entre:
lo que somos,
y aquello que se fue adhiriendo con el tiempo.
Porque gran parte de lo que llamamos “yo”:
fue aprendido,
absorbido,
heredado,
adaptado,
temido,
o construido para sobrevivir.
Como una esponja,
el ser humano absorbe:
miradas,
mandatos,
miedos,
roles,
heridas,
personajes
y formas de existir.
Y poco a poco,
el uniforme termina pareciendo piel.
Este libro propone detenerse un instante
y preguntarse:
¿Qué parte de mí fue añadida…
y qué queda cuando eso empieza a aflojarse?
No para odiar las capas.
Muchas fueron necesarias.
Muchas ayudaron a llegar hasta aquí.
Pero quizá haya llegado el momento de:
mirarlas,
comprenderlas,
respirar debajo de ellas
y volver a caminar más conscientemente.
Porque el problema nunca fue vestir.
El problema fue olvidar
que llevábamos un vestido.
“Ese no soy yo”
El
estremecimiento de mirarse:
- y sospechar que gran parte de lo que llamamos
“yo”
fue añadido.
Porque entra
directamente en:
- el estremecimiento,
- la grieta interior,
- el inicio de la conciencia.
Y además lo
hace sin teoría pesada.
Con una sola intuición humana brutal:
“Ese no soy yo.”
Eso puede
atravesar a cualquiera.
Porque
todos, en algún momento:
- frente a un espejo,
- en silencio,
- en una crisis,
- en el cansancio,
- o en una extraña lucidez…
hemos
sentido algo parecido.
Como si:
- la imagen visible,
- el personaje,
- el cansancio,
- las capas,
- las reacciones automáticas…
no agotaran
completamente aquello que somos.
Y entonces aparece:
el
estremecimiento.
No todavía
una respuesta.
Solo:
- una sospecha,
- una grieta,
- una conciencia naciendo.
Y la frase:
“gran parte de lo que llamamos ‘yo’ fue añadido”
es el eje
entero del libro.
Porque desde ahí se abre:
- la observación,
- el discernimiento,
- la desnudez interior,
- la reorganización,
- y finalmente la posibilidad de volver a caminar
conscientemente.
Yo incluso lo dejaría muy limpio y muy sobrio, algo
así:
“Ese no soy yo”
El
estremecimiento de mirarse.
Y sospechar
que gran parte de lo que llamamos “yo”
fue añadido.
Tiene:
- silencio,
- profundidad,
- y una fuerza enorme precisamente por no
explicarlo todo.
Lo que está apareciendo aquí es:
un recorrido
humano de conciencia, desprendimiento y reorganización interior.
Y además con imágenes muy potentes y memorables:
- el molde,
- la esponja,
- el uniforme,
- la cueva,
- el espejo,
- la desnudez,
- el volver a vestirse.
Que tendría que:
- entrar humano,
- íntimo,
- sin explicar demasiado,
- pero dejando sentir:
- el estremecimiento,
- la sospecha,
- el cansancio del personaje,
- y el inicio de la conciencia.
No
filosófico de entrada.
Más vivido.
Como alguien que un día:
- se mira,
- respira,
- y siente:
“hay demasiadas cosas aquí que confundí conmigo.”
VOLVER A CAMINAR
Después de
desprenderse de algunas capas,
muchas personas sienten vértigo.
Como si al
aflojar ciertos personajes,
también desapareciera el suelo conocido.
Pero este
libro no propone vivir desnudo para siempre.
La vida
continúa.
Seguiremos
usando nombres,
roles,
herramientas,
formas,
lenguajes
y vestidos humanos.
La
diferencia es otra.
Ahora quizá podamos
vestirnos conscientemente.
Sin quedar
completamente atrapados
dentro del personaje.
Sin olvidar
que debajo de todo eso
sigue existiendo algo más esencial,
más silencioso
y más vivo.
Tal vez el
verdadero despertar
no consista en destruirse,
sino en distinguir.
Reconocer:
qué vino del miedo,
qué nació para sobrevivir,
qué fue impuesto,
qué se heredó,
y qué todavía respira auténticamente debajo de las capas.
Entonces el
camino deja de ser una guerra contra uno mismo.
Y comienza
algo más humano:
reorganizarse.
Volver a
caminar.
Volver a elegir.
Volver a habitarse.
Porque quizá
la libertad interior no sea
dejar de tener vestidos,
sino recordar,
mientras los usamos,
que eso no agota lo que somos.
Y tal vez,
después de todo,
la pregunta más importante siga siendo:
¿Qué queda…
cuando esto se afloja?


